El 21 de marzo de 2012 una multitud se congregó en Union Square, en Nueva York, para escuchar a dos padres desconsolados: «Mi hijo no merecía morir», «Trayvon Martin somos todos; Trayvon Martin importaba».1 Pidiendo ayuda a los poderes celestiales, un predicador dirigió una oración: «Aleluya, esta noche somos Trayvon Martin…». La Million Hoodie March —en referencia a la Million Man March convocada en 1995 por el líder de Nación del Islam, Louis Farrakhan— fue anunciada en las redes sociales por un activista y publicista neoyorquino con el hashtag #MillionHoodies y una petición de change.org. Los padres de Trayvon Martin se enteraron a última hora durante una visita casual a Nueva York, pero, a pesar de la poca antelación, se había hecho lo suficientemente viral como para congregar a 5000 personas en Union Square y a 50000 en todo el país. En pocos días el meme llegaría a la Cámara de Representantes. Bobby Rush, diputado del distrito de South Side de Chicago, se puso una sudadera con capucha [hoodie] para pronunciar un discurso sobre la discriminación racial. Los guardias de seguridad le escoltaron fuera mientras el presidente de la Cámara decía: «el diputado ha sido destituido».

La Million Hoodie March tuvo lugar mientras la llama del movimiento Occupy se estaba apagando, al día siguiente de que se desalojase a un pequeño grupo de Union Square. Hubo un cruce de personal: los miembros de Occupy usaron el micrófono popular y gritaron cánticos, como el lema «somos el 99%», que estaban fuera de lugar. Junto a los nacionalistas negros y a los community organisers que solían aparecer en tales eventos había miembros de un público más joven: fanáticos de Zuccotti, anarquistas de Brooklyn, miembros de Occupy the Bronx, algunos de los cuales acabarían formando parte del Trayvon Martin Organizing Committee. Tras los discursos, la concentración se fragmentó: algunos se dirigieron a Times Square mientras que otra multitud tomó la dirección contraria, hacia el centro de Manhattan, donde uno se montó en el toro de bronce de Wall Street al grito de «yo soy Trayvon Martin». La disonancia simbólica accidental de ese gesto puede interpretarse como un punto de confluencia en la historia reciente de las luchas estadounidenses. Cinco días antes, los manifestantes de Occupy habían sido rechazados en su intento de retomar Zuccotti Park, y tres días después marcharían desde allí hasta Union Square, manifestándose contra la brutalidad policial, pero esta era su fase menguante: otro movimiento estaba creciendo.

MODULACIONES DESCENDENTES

Aunque la composición política había tendido a presentarse como un enigma fundamental e irresoluble para los movimientos de la oleada global de 2011 y 2012, no eran composicionalmente estáticos. Hubo una tendencia a producir modulaciones descendentes, donde los más desfavorecidos entraban a transformar las protestas iniciadas por los más acomodados: las ocupaciones iniciadas por estudiantes o profesionales educados atrajeron con el tiempo a un número creciente de personas sin hogar e indigentes; las manifestaciones universitarias por el aumento de las tasas atrajeron gradualmente a jóvenes que jamás habrían ido a la universidad de otra manera.

Más tarde, las protestas del Euromaidán en Ucrania, iniciadas por liberales y nacionalistas europeístas, se convirtieron en campamentos de trabajadores desposeídos. En Inglaterra, tales modulaciones habían terminado con el crescendo de los disturbios de 2011, cuando los pobres racializados llevaron su furia antipolicial a las calles.2

Si esta ascendencia composicional podía poner sobre la mesa cuestiones en torno a la raza en las luchas de un país en el que son, en gran medida, un desarrollo poscolonial, y donde menos del 4% de la población se identifica como negra, no era de extrañar que esas cuestiones pasaron pronto al primer plano en los movimientos de una nación fundada sustancialmente en la plantación, donde el porcentaje de población negra es tres veces mayor y el gueto urbano, una realidad.

Cuando, para movimientos como Occupy, el problema de la composición había surgido de la falta de una identidad compartida de antemano, la identidad «negro» —y en este país más que en ningún otro— parecía poder subsanar esa falta. Aunque era una identidad que, por supuesto, muchos de los occupiers no podían compartir, podía al menos ofrecer un polo de atracción, una punta de lanza para las movilizaciones. Los primeros activistas de esta oleada trataron de resolver conscientemente el problema de la «blanquitud» de Occupy, lo cual muchos imaginaron que facilitaría el desarrollo de una amplia alianza entre trabajadores y pobres o, para algunos, el de un nuevo movimiento por los derechos civiles.

A Trayvon Martin le dispararon, y murió, con 17 años el 26 de febrero de 2012, durante una visita a la urbanización cerrada suburbana donde vivía la prometida de su padre. Los propietarios de The Retreat at Twin Lakes en Sanford, Florida, habían sufrido enormes pérdidas de capital en los años inmediatamente posteriores a la crisis, el valor de sus viviendas se había desplomado, y un par de robos recientes habían aumentado el clima de ansiedad. El vigilante voluntario de la vecindad, George Zimmerman, estaba armado y patrullaba la zona, anticipando el regreso de los culpables. La aparición de un individuo desconocido, que aparentemente encajaba con el perfil racializado que Zimmerman tenía en mente, le hizo llamar a la policía, antes de verse envuelto en algún enfrentamiento. El hecho de que Trayvon solo llevara un paquete de Skittles y té frío Arizona cuando le dispararon, pero vistiera un distintivo racial estándar —la sudadera con capucha—, establecería las coordenadas simbólicas del caso.3

Pero tanto los medios tradicionales como los nuevos guardaron silencio al principio; luego, el 8 de marzo, la noticia saltó a la prensa nacional. Comenzó entonces un goteo en las redes sociales, que pronto se convertiría en un torrente a medida que se extendía la indignación por la discriminación racial y el asesinato de un adolescente. En poco tiempo se organizaron acciones locales: una concentración en una iglesia de Sanford; otra frente al juzgado del condado de Seminole. Pero estas no se podían reducir a la respuesta espontánea de una comunidad local: la primera fue liderada por un predicador evangélico de Baltimore; la segunda fue organizada por estudiantes activistas de un grupo de izquierda de reciente formación, «Dream Defenders», en la históricamente negra Universidad Agrícola y Mecánica de Florida, a unos 500 kilómetros de distancia, en Tallahassee, la capital del estado. El 17 de marzo los llamamientos de la familia para que interviniera el Departamento de Justicia ya aparecían en el New York Times —llamamientos a los que se respondió rápidamente, con Emanuel Cleaver, del Caucus Negro del Congreso, anunciando una investigación del caso como posible «delito de odio»—. Cuatro días después, con la «Marcha del millón de sudaderas» [Million Hoodie March], las manifestaciones también adquirieron carácter nacional.


MEDIACIONES VERTICALES

Al día siguiente Al Sharpton estaba encabezando una manifestación en Sanford. Sharpton —presentador de televisión, ex mánager de James Brown, fundador y presidente de la organización de derechos civiles National Action Network (NAN)— es la mitad del duopolio de activistas negros célebres de Estados Unidos. La otra mitad —que pronto seguiría sus pasos, al igual que el presidente de la NAACP,4 Ben Jealous— es Jesse Jackson: dos veces candidato presidencial demócrata, colega de Martin Luther King Jr., fundador de la National Rainbow Coalition y de Operation PUSH, así como su fusión actual, Rainbow/PUSH. Ambos son ministros bautistas ordenados, siguiendo el patrón estándar que entrelaza los derechos civiles y la religión organizada. King también fue ministro bautista. La llegada de estas figuras y de sus instituciones dio al movimiento naciente el imprimátur de antiguas figuras de los derechos civiles y de los actuales «líderes raciales».5

El hecho de que la mayoría de sus líderes fueran objeto de una violenta represión estatal no ha impedido que el movimiento por los derechos civiles ocupase un lugar especial y sacrosanto en el mito nacional.6 Aquí, aquel pecado original de los cimientos de la nación, la esclavitud de los negros, queda sublimado cual rito en la figura mitificada de King, en cuya sangre se ungió literalmente Jackson. Los discursos de King han hecho de él una personalidad del panteón estadounidense, junto a Lincoln y a Jefferson, y tiene, al igual que George Washington, un día festivo nacional en su honor. Para los niños estadounidenses, el día de MLK señala la proximidad del mes de la historia negra, durante el cual se les habla de la orgullosa Rosa Parks en el autobús y se les muestra imágenes de noticiarios de policías sureños atacando a manifestantes pacíficos. Todo esto en conjunto ofrece una imagen retocada de un movimiento social que, habiendo emergido fugazmente del fango de la historia estadounidense, ahora todo el mundo puede aplaudir sin temor a equivocarse. En este horizonte, el movimiento por los derechos civiles viene a ser una especie de protomodelo de la acción política per se, cuya constelación de líderes y de acontecimientos históricos son los principales puntos de orientación y de aspiración. Gracias a este movimiento, parte de la población negra consiguió salir del destino miserable de los que permanecían en el gueto. El movimiento también dejó tras de sí una importante infraestructura institucional.

Los «líderes de los derechos civiles» como Sharpton y Jackson, a menudo colocados al frente de las manifestaciones, tienen incluso suficiente peso político como para ser escuchados con cierta regularidad por el Presidente: Sharpton había recibido más de 60 invitaciones a la Casa Blanca desde 2009 hasta el momento en el que se escriben estas líneas. Aunque la oleada de luchas que más tarde se darían a conocer como #BlackLivesMatter pareciese a menudo un ejemplo más de activismo juvenil con hashtags, y aunque las redes sociales —como más tarde coincidirían en afirmar los abogados de ambas partes en el juicio por el asesinato de George Zimmerman— constituyesen la clave del éxito en el caso Trayvon, sería un error hacer hincapié en una supuesta horizontalidad a expensas de estas mediaciones más verticales, que ya estaban en marcha un mes después de la muerte de Trayvon. Este tipo de coordinación integrada verticalmente es, por supuesto, un lugar común en la historia estadounidense, en la que los lazos raciales entre los blancos siempre se han extendido a lo largo de un espacio mayor. El propietario de esclavos y el campesino, el terrateniente de la posguerra y el miserable aparcero blanco, el industrial WASP7 y el inmigrante irlandés tenían entre ellos incluso menos en común que lo que las élites políticas negras de hoy en día tienen con las víctimas predominantemente pobres de la violencia racial. Por su lado, el terrateniente se unió a los slave patrols8 y luchó en pos de la esclavitud durante la guerra de Secesión; el aparcero blanco, tras la breve alianza interracial del populismo, apoyaría la segregación de Jim Crow sembrando el terror con linchamientos; y el inmigrante irlandés, aunque inicialmente racializado, vigilaría brutalmente los barrios negros en nombre de sus superiores protestantes. Históricamente, las mediaciones verticales de los blancos pudieron salvar estas grandes distancias, no gracias a la afinidad cultural o al parentesco, sino porque estaban encarnadas en el propio Estado americano.

Ahora, sin embargo, ese estado estaba coronado por alguien ostensiblemente ajeno a esta construcción. Aunque, tenuemente, la negritud también parecía ahora capaz, al menos en principio, de salvar distancias comparables. Antes de que transcurriera un mes, el reticente Obama había cedido a la presión de los medios de comunicación para que hiciera una declaración, con un tibio pronunciamiento en la rosaleda de la Casa Blanca en el que conseguía afirmar en voz baja una identificación racial personal con Martin —«si tuviera un hijo, se parecería a Trayvon»— al tiempo que lo ocultaba bajo la alfombra de una identidad estadounidense común: «todos nosotros, como estadounidenses, vamos a tomarnos esto con la seriedad que merece». La tensión retórica aquí —la particularidad racial frente a la universalidad de la ciudadanía nacional— registraba la contradicción constitutiva de la sociedad estadounidense. Esta tensión había acosado tanto a la campaña como a la presidencia de Obama, en la que la raza era tanto un activo como un pasivo.9 De esta manera, las oscilaciones retóricas entre estos polos estructurarían sistemáticamente sus reacciones ante la oleada de luchas que se avecinaba.

MEDIACIÓN Y CAUSALIDAD

Pero la manifestación encabezada por Al Sharpton o por Jesse Jackson después del asesinato de otra persona negra —normalmente a manos de la policía— había sido un elemento común en el paisaje político estadounidense durante décadas; la cantidad de este tipo de muertes había sido alta durante años, y puede que incluso más alta anteriormente.10 La capacidad de una sola víctima mortal para poner en marcha lo que, una vez que se hubiera encontrado con algunas potentes contracorrientes, se convertiría en la oleada de luchas estadounidenses más importantes en décadas exige, por tanto, alguna explicación, y es aquí donde las particularidades del activismo hashtag cobran importancia, junto con otros factores clave. La moderna adopción masiva de herramientas digitales fáciles de usar había bajado el listón de la movilización política, democratizando las capacidades de producción y difusión activas de información. Esto ofrecía la posibilidad de contrarrestar o eludir las agendas informativas dominantes y facilitaba procesos de cuestionamiento de la práctica habitual de limitarse a reiterar informes policiales en medios de comunicación populares. Ahora podían construirse colectivamente otros relatos, con relativamente poco esfuerzo por parte de los individuos, relacionando casos particulares que en épocas anteriores no se habrían podido relacionar. Fue a través de estas mediaciones que se pudo construir una causa unificada a partir de una lista de asesinatos dispersos geográfica y temporalmente, y es por tanto en parte a estas mediaciones a las que debemos mirar si deseamos comprender cómo se da la articulación de este movimiento.

Además, tras haberse convertido más o menos en un tabú durante la larga represión iniciada bajo Nixon, con la oleada de luchas de la era de la crisis, Occupy en particular, la protesta abierta volvió a ser visiblemente posible y cada vez más legítima. Finalmente, los últimos años han sido unos de crisis político-económica y social, con una disminución de las perspectivas de futuro más alta en las comunidades que en otros sitios: la raza es una marca para las fracciones más inseguras de la fuerza de trabajo estadounidense, que, inevitablemente, se ven afectadas de manera desproporcionada por el deterioro general de las condiciones. La combinación de estos factores coyunturales con las peculiares estructuras sociales e institucionales de representación racial en Estados Unidos permitiría el florecimiento de un movimiento de masas singular. La muerte de Trayvon Martin fue la señal luminosa que iluminó un paisaje mortificado. Por lo tanto, las comparaciones que se harían habituales entre él y Emmett Till, el joven de 14 años asesinado cuyos rasgos mutilados contribuyeron a espolear el movimiento por los derechos civiles, no eran para nada ociosas.

Los padres de Martin no tardaron en emprender sus propias campañas sobre el caso de Trayvon y cuestiones similares, mientras las manifestaciones proliferaban a escala nacional y las conversaciones en las redes sociales seguían creciendo. Una manifestación por Trayvon celebrada el 24 de marzo de 2012 en Hollywood fue, al parecer, la ocasión para el primer despliegue de Black Life Matters como eslogan y hashtag, tal vez en respuesta a la afirmación del padre de Trayvon, Tracy Martin, pocos días antes, en la Million Hoodie March, de que Trayvon importaba. En el caso de Martin, la intención parece haber sido de programa: hacer que Trayvon importara a través de una campaña, en su nombre, y por la justicia. Una intención performativa similar puede percibirse en los eslóganes surgidos en esa época. #BlackLivesMatter apareció —quizá como una alteración del eslogan que ya existía— en la respuesta de @NeenoBrowne al anuncio del 12 de abril de que Zimmerman sería acusado de asesinato; es muy posible que el meme tenga una procedencia más antigua.11 Que las vidas de las personas negras «importen» es una cuestión que se plantea objetivamente en un país en el que se gastan tan perfunctoriamente: hubo 6454 asesinatos en 2012, una cifra totalmente desproporcionada en relación con la dimensión de la población negra.12 Esta clase de memes seguramente se ponen de moda por una razón: son pensamientos que ya tiene todo el mundo.

GOLPEANDO EL YESO

El 6 de abril los Dream Defenders emprendieron una marcha de 60 kilómetros, siguiendo el modelo por los derechos civiles, desde Daytona Beach hasta Sanford. A finales de abril otro caso se entrelazó con el de Trayvon, añadiendo complejidad e indignación: en Jacksonville (Florida), Marissa Alexander estaba siendo procesada por agresión con agravantes tras haber efectuado un disparo de advertencia a su marido maltratador; un disparo que, a diferencia del de Zimmerman, solo había llegado a impactar en el yeso. La versión de Florida de la ley «Stand Your Ground» —que autoriza a defenderse a quienes están siendo amenazados— parecía estar en juego en ambos casos, con resultados prospectivos claramente distintos.13 Por un lado, un hombre que había matado a un adolescente negro desarmado, invocando el derecho de legítima defensa. Por otro, una mujer negra que no había herido a nadie y que se había defendido de la amenaza de violencia, exponiéndose a pasar una larga temporada en prisión. La sombría combinación de estos dos casos parecía suficiente demostración, incluso antes de que se conociesen los resultados de los juicios, del carácter racial —y de género— del sistema judicial. La sentencia dictada el 20 de mayo contra Alexander, a quien se le impuso una pena mínima obligatoria de 20 años de prisión, no hizo sino confirmar las expectativas.14

En particular, el caso de Trayvon se había convertido ya en un espectáculo mediático nacional y, desde la declaración de Obama, había suscitado reacciones familiares. De villano franco nacional, Zimmerman pasó a ser celebrado cada vez más como héroe popular de los conservadores. Se produjo una batalla mediática sobre la representación: Zimmerman afirmó que estaba siendo victimizado mientras que Trayvon recibió el tratamiento habitual que se dispensa a esa clase selecta de fallecidos racializados cuyas muertes provocan significativas protestas: su presencia digital fue escudriñada por los medios de comunicación, que estaban en busca de cualquier indicio de que pudiera haber sido algo menos que un «ángel». El hecho de que fuera un chico de clase media en un suburbio de Florida no lo impidió, pero limitó su verosimilitud y, por lo tanto y probablemente, su eficacia. Es casi seguro que tanto el resultado como la capacidad de Obama para conjurar una identificación paterna habrían sido distintos si Trayvon hubiera sido realmente del gueto. Aun así, mientras el caso esperaba y la familia de Trayvon seguía dedicada a un activismo a pequeña escala, la cobertura mediática fue disminuyendo gradualmente, y los torrentes de las redes sociales se fueron reduciendo a un miserable goteo.

Pero el 23 de noviembre se añadió otro nombre a la lista: Jordan Davis, de 17 años, que fue asesinado a tiros también en Jacksonville, Florida, por Michael Dunn. La ofensa de Davis fue que ponía hip-hop a todo volumen en su coche, por lo que se ganó diez disparos de una pistola de 9 mm, tres de los cuales le alcanzaron y le mataron. Se trató de un acto aleatorio de rabia de alguien que sentía antipatía por lo que él consideraba una cultura de «matones», aunque Dunn también alegó defensa propia por sentirse amenazado por una misteriosa escopeta que jamás se encontró.15 Con un caso similar en Florida después de tan pocos meses, era inevitable que #RIPJordanDavis se uniera a #RIPTrayvonMartin. El 1 de diciembre los Dream Defenders organizaron una vigilia por Davis a un par de horas de distancia del sitio, en Tallahassee. La familia Davis no tardó en unirse a la triste cadena de los deudos en campaña, uniéndose a la familia de Trayvon en actos contra la violencia armada después del tiroteo de Sandy Hook. Recurrieron a su historia familiar que los asociaba con la lucha por los derechos civiles, mientras que la madre de Davis contaría más tarde una melancólica historia que vinculaba ambos destinos:

Jordan no paraba de decir [respecto a Trayvon Martin]: «Mamá, ese podría haber sido yo. Mamá, ese podría haber sido yo». Hablamos largo y tendido al respecto. Dijo: «Ni siquiera hizo nada malo». Y yo le dije: «Jordan, no hace falta que hagas nada malo: eres un joven negro y hay ciertas personas que jamás te respetarán».16

Control de armas de fuego y «Stand Your Ground»: estos fueron los temas tangibles y sin perspectivas inmediatas de campaña que estaban en juego en ese momento, en los largos meses de espera a que empezara el juicio de Zimmerman. Pero, por supuesto, la sensación generalizada de que había algo específicamente racial en juego jamás había desaparecido. Una manifestación celebrada a finales de diciembre en Oakland, California, estableció vínculos entre Trayvon y un hombre negro de la localidad, Alan Blueford, que había muerto a manos de la policía, mientras que en enero de 2013, JET Magazine, que había publicado las fotos originales de Emmett Till, colocó el retrato de Davis en su portada con el titular: Is your child next? [¿Será su hijo el siguiente?].

El 9 de marzo de 2013 Kimani Gray, de 16 años, fue abatido a tiros por policías de paisano en East Flatbush, Brooklyn, en un suceso cuyas contradictorias versiones —miembro de una banda que estaba blandiendo un arma o inocente desarmado ejecutado a sangre fría mientras huía para salvar su vida— jamás se reconciliarían. Esto provocó en la ciudad de Nueva York lo más parecido a un motín antipolicial desde la década de los 80 —una farmacia destrozada y coches en llamas a pocas manzanas del lugar del tiroteo, después de que unos adolescentes se alejasen de una vigilia— y nuevas concentraciones en noches posteriores, mientras #BrooklynRiot se extendía por Twitter. Jumaane Williams, concejal de la zona, se presentó con sus hombres para acabar con los disturbios en nombre de la comunidad, acusando al movimiento Occupy de mandar agitadores externos. Este fue uno de los primeros ejemplos de un patrón que se generalizaría, en el que las organizaciones negras existentes afirmaban representar al movimiento y su legitimidad a este respecto dependía de su capacidad para frenar los eventos violentos. Pero lo que distinguió esta protesta de la de Trayvon y Davis fue el confinamiento a una sola localidad y la relativa ausencia de mediación: aunque pronto se sumó a los hashtags, las acciones en nombre de Gray fueron distintas. En lugar de las protestas solidarias de activistas lejanos y oleadas de conversaciones en redes sociales en las semanas y meses posteriores al incidente, la reacción a la muerte de Gray fue cercana tanto en tiempo como en espacio.17 Estas diferencias pueden leerse como índices de composiciones distintas.

EL PRESIDENTE ES TRAYVON MARTIN

En junio de 2013, en el verano en que se conmemoraba el quincuagésimo aniversario de la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad, los activistas de Black Life Matters estaban en el South Side de Chicago «recogiendo sueños» para protestar por la violencia armada. Después, llegó la absolución de todos los cargos de Zimmerman el 14 de julio. Esto avivó la llama de 2012. El 16 de julio, los Dream Defenders iniciaron una sentada que se prolongó en varias semanas en el edificio del Capitolio de Florida para exigir una Ley Travon Martin que derogara Stand Your Ground e ilegalizara el perfilado racial, y, con las publicaciones en Twitter y Tumblr sobre el juicio de Zimmerman, la variante #BlackLivesMatter volvió a asomar la cabeza, esta vez bajo la dirección de ciertos activistas —Alicia Garza, Patrisse Cullors y Opal Tometti— que, más tarde, se convertirían en figuras destacadas del movimiento y reivindicarían este eslogan como su propiedad.18 Mientras tanto, el Estado jugaba a la cooptación y a la coerción semioculta: por presión demócrata, el 19 de julio se anunciaron audiencias en el Senado de los Estados Unidos sobre Stand Your Ground, en las que las familias de Trayvon Martin y Jordan Davis testificarían, mientras que Obama se identificaba a sí mismo con Trayvon y como víctima de prejuicios raciales, hablando largo y tendido sobre cuestiones raciales, y sugiriendo que podría haber algunas reformas legislativas en el futuro al tiempo que defendía que la ley vigente era neutral y lanzaba advertencias contra las protestas violentas. Aquí estaba de nuevo la tensión entre «negro» y «presidente», en cierto modo enfrentados; ahora quizá más que nunca, el primero invadiendo retóricamente al segundo, probablemente bajo la anticipación razonada de que el caso Trayvon Martin no moriría en silencio.

Al día siguiente, como de costumbre, Al Sharpton y la National Action Network anunciaron manifestaciones en «100 ciudades». Las protestas de Martin, Alexander y Davis se habían circunscrito hasta entonces a Florida con acciones solidarias procedentes de las dos metrópolis activistas de Estados Unidos: Nueva York y el área de la bahía de San Francisco. Las manifestaciones se extendieron ahora a Washington D. C., Atlanta, Dallas, Cincinnati, Nueva Orleans, Minneapolis, etc., aunque Florida continuaba siendo la base, con protestas en Jacksonville y en Miami. El caso Alexander seguía a la orden del día, con una concentración en Jacksonville convocada por Jesse Jackson, quien prestó su apoyo físico a la sentada de Tallahassee y también se ofrecía a movilizar la fuerza institucional en favor de los manifestantes más jóvenes. Según él, Florida era un «Estado de apartheid» y, como decía el himno del movimiento por los derechos civiles, «la Selma de nuestro tiempo». Aunque era obvio que los agentes de poder habituales de la política negra no podían llenar por sí solos manifestaciones y encierros, ahora, como en primavera de 2012, esto era más que un surgimiento espontáneo.

De hecho, el concentrado impulso de las manifestaciones y los encierros dirigidos por estudiantes —y, más tarde, los disturbios—, así como los remanentes institucionales y personales del activismo por los derechos civiles hasta llegar a los órganos legislativos del Estado estadounidense, con la mediación diplomática y las concesiones anunciadas por el Presidente, es uno de los aspectos más notables de esta oleada de luchas. Frente a Occupy o el movimiento antiglobalización, ha tenido una «profundidad» social e institucional particular, quizá únicamente posible en un país acosado por la contradicción constitutiva de la raza y donde los legados de los derechos civiles desempeñan importantes funciones sociales e ideológicas. Con una clase media negra, ahora considerable, que sigue siendo propensa a identificarse con líneas raciales antes que con cualquier otra cosa, y con una activa presencia negra en las instituciones estatales superiores, existe una base social, al parecer, para modos sustancialmente verticales de composición del movimiento que desafían la narrativa tradicional sobre los estallidos y su cooptación inevitable. Esto fue lo que «lo negro» aportó.

Al poco tiempo, incluso Oprah Winfrey —miembro de la lista de ricos de Forbes, con un valor de 3 billones de dólares— se sumó al debate, estableciendo analogías entre Trayvon Martin y Emmett Till, y en menos de un mes llegó el espectáculo mediático del aniversario de la Marcha sobre Washington y la «National Action to Realice the Dream March», que reunió a los Obama, Bill Clinton y Jimmy Carter —pero no a los Bush; Carter identificó claramente los logros de los derechos civiles con la fortuna demócrata— para glorificar el movimiento por los derechos civiles como mito nacional. Sharpton aprovechó una oportunidad histórica para criticar la cultura de la juventud negra y sus «pantalones caídos», crítica por la que recibió muchos aplausos. Pero las estimaciones de asistencia fueron mucho más bajas de lo previste, probablemente en torno a los diez mil. Aunque la simbología de los derechos civiles siempre está cerca en esta oleada de luchas, esto fue una prueba, quizá, de que los sentimientos expuestos por el caso Trayvon buscaban algo más que unos monumentos al heroísmo de una generación anterior; Luther se pone la máscara del apóstol Pablo.

A LA MIERDA LOS FEDERALES

En esta fase, la estrategia activista se limitaba, en gran medida, al manual erigido por los derechos civiles. En primer lugar, destacar los casos locales de violencia racista o de discriminación institucional para atraer la atención del gobierno federal. A continuación, utilizar las investigaciones del Departamento de Justicia o del FBI sobre «violaciones de los derechos civiles» para obtener concesiones de parte de los funcionarios estatales y locales.19 Esta orientación hacia el gobierno federal puede parecer sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta su papel en la elaboración de políticas que han afectado negativamente a los afroamericanos. Pero la raza y el Estado estadounidense han mantenido una larga e íntima relación, en la que el papel del segundo no puede reducirse simplemente al abuso o a la acomodación. Sería un error interpretar aquí la función del Estado como una simple incorporación de la política negra insurgente de una generación anterior. Los negros de Estados Unidos han estado continuamente expuestos a altos niveles de violencia arbitraria. A menudo, esta violencia ha sido directamente infligida por agentes de los gobiernos federal, estatal y municipal; en otras ocasiones, por actores privados, con una aprobación tácita o explícita del Estado. Pero los conflictos jurisdiccionales entre distintos niveles gubernamentales también han permitido a los movimientos negros, en determinados periodos, enfrentarse entre sí; de hecho, sus intentos de hacerlo han dado forma a la actual división de poderes en Estados Unidos.

Antes de la Guerra Civil se habían introducido en la Constitución fuertes restricciones al poder federal con el explícito fin de prevenir cualquier posibilidad de que el Congreso socavara o ilegalizara la esclavitud en los estados del Sur. La protección legal federal se había limitado, en gran medida, a los propietarios de esclavos: las Cláusulas de Comercio y del Esclavo Fugitivo de la Constitución limitaban la aplicación federal de los derechos de propiedad al tipo de propiedad que tenía tendencia a escapar de las fronteras estatales. Pero después de la guerra, las enmiendas 14 y 15, junto con las Enforcement Acts, otorgaron al Congreso poderes sin precedentes para anular la legislación estatal, con el fin de proteger a los antiguos esclavos de sus antiguos amos. Estas enmiendas, junto con una reforzada interpretación de la Cláusula de Comercio, siguen siendo actualmente la base del poder federal sobre los poderes judiciales estatales. Así pues, la cuestión racial está íntimamente ligada a la misma estructura del poder político en Estados Unidos.

Pero los supuestos beneficiarios de estos avances fueron abandonados casi de inmediato por el gobierno federal, recién investido de poderes, en medio de una reacción violenta contra la Reconstrucción liderada por una élite sureña revanchista. Una serie de decisiones del Tribunal Supremo que culminaron en el caso Plessy contra Ferguson (1896) consiguieron privar a los negros del Sur de sus nuevas protecciones constitucionales, e incluso cuando la supervisión y la intervención judicial federal se ampliaron a principios del siglo XX para abarcar la delincuencia organizada, el robo de automóviles y los chanchullos de la droga y de la prostitución —denominados «esclavitud blanca»—, el gobierno federal ignoró sistemáticamente los llamamientos de los activistas contra los linchamientos.20 No fue hasta el caso Brown contra el Consejo de Educación (1954), cuando Jim Crow se convirtió en una vergüenza nacional,21 que los negros del Sur pudieron finalmente descontar estos pagarés constitucionales.22 En cierto sentido, los negros fueron a la vez los primeros y los últimos en disfrutar del acceso a la protección federal.

Por supuesto, hoy como ayer, esas protecciones siguen siendo muy limitadas. Fue una incoherencia de parte del Departamento de Justicia el hacer cumplir su mandato en materia de derechos civiles. Nadie imagina que los federales estén comprometidos con la igualdad racial. Quizás se pueda hacer aquí una analogía con el Partido Comunista Chino en lo que respecta a dar ejemplo a los funcionarios locales corruptos con el fin de sofocar protestas y preservar el sistema más amplio de corrupción.

El papel del Congreso a la hora de sentar las bases del encarcelamiento masivo —véase el apéndice— y la reciente destrucción de la Ley de Derecho al Voto por parte del Tribunal Supremo no dejan lugar a dudas sobre la fiabilidad del gobierno federal a este respecto. Pero la historia de la Reconstrucción demuestra que no hay nada nuevo en el hecho de que los supuestos héroes de los negros puedan ser sus peores enemigos.

BUSCAR AYUDA SIENDO NEGRO

El 14 de septiembre de 2013 Jonathan Ferrell, de 24 años, estrelló su coche en Charlotte, Carolina del Norte, y se dirigió a una casa cercana para pedir ayuda. El dueño de la casa llamó al 911. Los agentes de policía no tardaron en llegar al lugar. En lugar de ayudarle, el agente de policía Randall Kerrick disparó 10 veces a Ferrell.23

El 2 de noviembre, Renisha McBride, de 19 años, estrelló su coche en Dearborn Heights, Michigan, en el área metropolitana de Detroit, y fue en busca de ayuda. Aparentemente drogada y confusa, llamó a la puerta de Theodore P. Wafer de madrugada, quien respondió con un disparo de escopeta en la cara. La aparición de patrones tan sorprendentemente repetitivos en esta historia es probablemente, en parte, producto de la mediación de incidentes concretos: dos casos que, por separado y con diferente cronología, apenas podrían haber llamado la atención por sí mismos, llegan a resonar juntos, el último amplifica el primero, y ambos suenan más fuerte juntos. Pero, sin duda, es también en parte por las estructuras genéricas de la sociedad estadounidense: una persona negra en un barrio desconocido que ha sufrido un accidente de coche, despertando temores por parte del residente al que intenta pedir ayuda, lo que en última instancia conduce a su muerte. Todo el aparato de la angustia suburbana, de la racialización y la violencia arbitraria hacia las personas negras se despliega.

Los portavoces de la familia McBride parecen haberse resistido a su inserción en la macabra narrativa de Trayvon y compañía, pero con la ley Stand Your Ground en juego, y la defensa de Wafer alegando que creía que estaban allanando su casa, la asociación era probablemente inevitable —al igual que la pronta entrada de Al Sharpton en escena, presentando el caso—. El día del funeral de McBride, un intento de los demócratas de derogar la ley Stand Your Ground de Florida fue derrotado por una abrumadora oposición de los republicanos. En las semanas posteriores, crecieron las manifestaciones en Detroit, con encierros y con concentraciones ante una comisaría de policía utilizando el lema Black Lives Matter, mientras que #JusticeForRenisha entró en la charla nacional. Sin embargo, se observó la ausencia de movilizaciones similares a las de Trayvon: ¿acaso las vidas de las mujeres negras importaban aún menos?

En febrero de 2014, aunque el asesino de Jordan Davis fue declarado culpable de asesinato de segundo grado, un jurado en desacuerdo hizo que la acusación de asesinato a gran escala quedara pendiente de nuevo juicio. Esto provocó la indignación nacional y manifestaciones en Florida por Davis. A estas siguieron, en las principales ciudades del país, una nueva ronda de acciones por Trayvon Martin. Una manifestación celebrada el 10 de marzo en el Capitolio del Estado de Florida, en Tallahassee, encabezada por los padres de Martin y de Davis, así como por el omnipresente Sharpton, exigió la derogación del Stand Your Ground. En ese momento, la asamblea legislativa de Florida, dominada por los republicanos, parecía realmente dispuesta a prorrogar su legislación, aunque con vistas a casos como el de Marissa Alexander, en el que el disparo fue de advertencia. Aunque el pulso del país parecía acelerarse cuando se trataba de estos asesinatos y la idea de un «nuevo movimiento por los derechos civiles» seguía muy presente, parecía concebible que las cosas se hubieran desvanecido en campañas menores de Stand Your Ground y de control de armas, de no ser por la intervención de otros acontecimientos.

NO PUEDO RESPIRAR

Pero a mediados de verano, mientras los Dream Defenders organizaban Escuelas de la Libertad por toda Florida, siguiendo el modelo del obligado precedente del movimiento por los derechos civiles, los policías neoyorquinos añadieron otro nombre a la lista, haciendo que la brutalidad policial pasase a primer plano en los temas de actualidad: Eric Garner, de 43 años, asesinado por estrangulamiento el 17 de julio de 2014 en Staten Island, Nueva York, a manos del agente de policía Daniel Pantaleo. Al parecer, Garner vendía loosies —cigarrillos sueltos comprados en estados vecinos donde los impuestos eran más bajos— y ya había sido detenido varias veces en 2014 por este delito menor. Para la policía, no era cuestión de reprimir la delincuencia sino el desorden, como parte de la estrategia policial de «ventanas rotas» popularizada por la policía neoyorquina.24 La última detención de Garner fue grabada y publicada seis horas más tarde, haciéndose inmediatamente viral: un vídeo de Garner protestando contra los policías, refiriéndose a las detenciones como un patrón de acoso, diciendo que «esto se acaba hoy»; Daniel Pantaleo echando su brazo alrededor de su cuello, mientras otros cinco policías le arrastraban al suelo, amontonándose sobre él. En otro vídeo, podemos ver cómo se reúne una multitud mientras los policías insisten en que «aún respira»; los trabajadores de las ambulancias no se dan cuenta de que no respira. Garner murió en la acera rodeado de sus asesinos, sus últimas palabras fueron captadas por la cámara: «No puedo respirar. No puedo respirar».

Sea porque los acontecimientos precedentes ya habían preparado el terreno, porque este acontecimiento fue captado de manera tan visceral, o porque tuvo lugar en Nueva York y no en Florida o en Michigan, en ese momento quedó claro que se estaba engendrando cierto impulso. El 19 de julio se celebraron manifestaciones por Garner en Staten Island y en Harlem, con la participación de Al Sharpton y la NAN. En un discurso en el que criticó a la policía, Sharpton no tardó en anunciar una demanda de derechos civiles contra la policía de Nueva York. El 29 de julio, estrellas de Broadway organizaron una manifestación flashmob por Garner en Times Square. Después, otro nombre: John Crawford, de 22 años, asesinado a tiros por la policía en Beavercreek, Ohio, el 5 de agosto de 2014 tras coger una pistola de juguete en una tienda. El vídeo del agresivo interrogatorio policial a su novia avivaría aún más la polémica.

Y otro nombre: el 9 de agosto Michael Brown Jr., de 18 años, fue abatido a tiros por el agente de policía Darren Wilson en Ferguson, Missouri, un suburbio de San Luis, desarmado y, según los testigos, con las manos en alto en señal de rendición. Si hasta entonces los acontecimientos de esta oleada de luchas habían seguido en gran medida la norma sancionada por los derechos civiles de la acción directa no violenta, ahora se produce un cambio: era el momento de Watts. Y si, hasta entonces, las acciones habían sido en su mayoría convocadas e impulsadas por estudiantes universitarios y activistas profesionales, ahora volvían a entrar en acción esas modulaciones descendentes, sacando a la calle una parte sustancial de los pobres de Ferguson.

Apéndice:

Sobre el encarcelamiento masivo

Con Ferguson al borde del abismo, probablemente no tuviese mucha influencia, en la evolución general de los acontecimientos, el hecho de que el 7 de agosto Theodore P. Wafer, el asesino de Renisha McBride, fuera declarado culpable de todos los cargos y condenado a una pena de entre 17 y 32 años. De hecho, incluso algunos activistas dudaban de que se pudiera considerar una victoria. Patrisse Cullors, activista contra el encarcelamiento y creadora de la Red Black Lives Matter, junto con Alicia Garza y Opal Tometi, empezó a preocuparse de que el movimiento estuviera celebrando precisamente aquello contra lo que ella había estado haciendo campaña. De hecho, ella y Alicia Garza estaban debatiendo esta cuestión cuando el tiroteo de Michael Brown apareció en las noticias.25 Ferguson apartaría esta cuestión, pero el hecho de que el primer movimiento de masas contra el encarcelamiento masivo tuviera como demanda central más encarcelamiento —aunque solo fuera para policías y racistas— seguiría siendo un punto de controversia.

En 1970 un enigmático sociólogo de Galveston, Texas, Sidney M. Willhelm, publicó un libro con el incendiario título Who Needs the Negro? [¿Quién necesita al negro?].26 En él argumentaba que la población estadounidense negra se enfrentaba a una amarga ironía: justo cuando el movimiento por los derechos civiles prometía liberar a los negros de la discriminación en el lugar de trabajo, la automatización estaba acabando con aquellos empleos de los que antes habían sido excluidos. Willhelm pintó un distópico futuro que ha resultado inquietantemente profético. Advirtió que los afroamericanos corrían el riesgo de compartir el destino de los indios americanos, con una fuerte segregación y condenados a niveles perpetuamente elevados de pobreza y a cada vez más bajas tasas de natalidad, una población obsolescente, condenada al declive demográfico. En su momento, en la efervescencia del éxito de los derechos civiles, Willhelm fue tachado de chiflado. Hoy solo se recuerda su libro en algunos círculos nacionalistas negros.27

En retrospectiva, muchas de las predicciones de Willhelm se cumplieron, pero ni su sombría visión logró anticipar la verdadera magnitud de la catástrofe que le esperaba a la América negra. Escribió que «la verdadera frustración de la “sociedad total” proviene de la dificultad de descartar a 20 millones de personas que se han vuelto superfluas por la automatización», ya que «no hay posibilidad de volver a subyugar al negro ni de encarcelar a 20 millones de estadounidenses de distintos matices de lo que se considera “negro”». En ninguna parte de su imaginación distópica podía Willhelm prever un aumento de la población carcelaria de la magnitud de la que se produjo en las dos décadas posteriores a la publicación de su libro. Sin embargo, esta fue la solución final al problema que Willhelm había percibido: la correlación entre la pérdida de empleos manufactureros para los hombres afroamericanos y el aumento de su encarcelamiento es inequívoca.

Hoy en día, en Estados Unidos, uno de cada diez hombres negros de entre 18 y 35 años está entre rejas, una cifra muy superior a la registrada en cualquier otra época o lugar. La cifra absoluta ha descendido en los últimos años, pero el impacto acumulado es aterrador. Entre todos los hombres negros nacidos desde finales de la década de 1970, uno de cada cuatro ha pasado tiempo en prisión a mediados de los 30 años. Para los que no terminaron el bachillerato, el encarcelamiento se ha convertido en la norma: el 70% ha pasado por el sistema.28 Suelen estar encerrados en prisiones rurales lejos de amigos y familiares. Muchos son explotados, tanto por la prisión como por sus bandas, y decenas de miles se pudren actualmente en régimen de aislamiento.

¿Cómo explicar este infierno moderno? Willhelm nos ofrece una historia económica: los capitalistas ya no tienen la capacidad o el motivo para explotar el trabajo de estos hombres; innecesarios para el capital, son convertidos en pupilos del Estado. Michelle Alexandre, en The New Jim Crow, nos da una historia política: el miedo a la insurgencia negra —una reacción contra los éxitos del movimiento por los derechos civiles— llevó a los votantes blancos a apoyar políticas de «ley y orden», como el aumento de las sentencias mínimas obligatorias y la reducción de las oportunidades de libertad condicional.29 Alexander le resta importancia al impacto de una ola de delincuencia muy real que comenzó a finales de la década de los 60, si bien es cierto que estas políticas fueron defendidas en primer lugar por una «estrategia sureña» republicana que poco hacía por ocultar la animadversión racial de fondo, y empezaron a recibir apoyo bipartidista en la década de 1980, cuando la epidemia de crack unió al país en el miedo a la criminalidad negra. De todas formas, si los políticos blancos esperaban centrarse específicamente en los negros con estas políticas punitivas, fracasaron.

De 1970 a 2000, la tasa de encarcelamiento de los blancos aumentó con la misma rapidez, y siguió aumentando incluso cuando la de los negros comenzó a disminuir, después de 2000. Los negros siguen siendo encarcelados en tasas mucho más altas, pero la disparidad entre blancos y negros se redujo durante la era del encarcelamiento masivo. Esto es en parte una cuestión de tendencias demográficas más amplias, como la urbanización y la migración interregional, pero significa que los negros están lejos de ser las únicas víctimas del boom carcelario.30 Incluso si todos los hombres negros actualmente encarcelados fueran milagrosamente liberados en una especie de rapto antirracista, Estados Unidos seguiría teniendo la tasa de encarcelamiento más alta del mundo.

BANLIEUE AMERICANA

Ferguson es una imagen de suburbio agradable, una ciudad de calles arboladas y casas bien cuidadas, muchas de ellas construidas para la clase media a mediados de siglo, pero Ferguson se encuentra en el norte del condado de San Luis, y la zona sufre uno de los mercados inmobiliarios más débiles de la región. — St. Louis Post Dispatch, 18 de agosto de 2013.

San Luis tiene un largo historial de segregación racial impuesta por el Estado en forma de «redlining», viviendas públicas segregadas, pactos restrictivos, etc.31 De la ingeniería urbana y la «cirugía de los barrios marginales», surgió el proyecto Pruitt-Igoe en 1956 que albergó a 15 mil personas en el norte de San Luis. Modelado en parte según los principios de Le Corbusier por Minoru Yamasaki, el arquitecto que más tarde diseñaría el World Trade Center, este proyecto se hizo famoso casi de inmediato por su delincuencia y por su pobreza.32 Las autoridades locales resolvieron el problema —y el de la huelga de alquileres a gran escala— demoliéndolo a principios de la década de 1970, en un acontecimiento que Charles Jencks identificó como «el día en que murió la arquitectura moderna».33 El norte de San Luis ha seguido estando muy empobrecido y racializado hasta la actualidad, con un 95% de población que se identifica como negra, y un desempleo entre los hombres de veinte años que se acerca, en muchos barrios, al 50%.

San Luis, Ferguson había sido uno de los primeros destinos de la huida de los blancos, ya que tanto los trabajadores como los puestos de trabajo se trasladaron fuera de la ciudad en las décadas de 1950 y 1960, para escapar del sistema escolar no segregado y beneficiarse de los impuestos más bajos del condado suburbano de San Luis. Pero muchos de los refugiados de la catástrofe de Pruitt-Igoe también huyeron hacia el norte, a lugares como Ferguson, cuando otros suburbios blancos habían bloqueado la construcción de viviendas multifamiliares, impuesto convenios restrictivos o simplemente resultado demasiado caros.34 Este fue el inicio de otra oleada de emigración, esta vez negra, a medida que la delincuencia y la pobreza arrasaban la desindustrializada ciudad durante las décadas de los 80 y los 90. Los blancos empezaron a abandonar Ferguson, llevándose consigo las inversiones y los ingresos fiscales, y el gobierno local comenzó a permitir la construcción de apartamentos de renta baja y mixta en el sureste de la ciudad.35 Esta evolución se ajusta a un patrón general de polarización espacial y homogeneización local, ya que la segregación se estaba produciendo entre bloques de tamaño cada vez mayor, ciudades y suburbios en lugar de barrios.36 Mediante esta dinámica, la población de Ferguson se ha vuelto cada vez más negra en las últimas décadas: del 1% en 1970, al 25% en 1990, al 67% en 2010. Pero el Estado local que gobierna esta población se ha quedado muy rezagado con respecto a su perfil racial, que cambia rápidamente: en 2014, solo alrededor del 7,5% de los agentes de policía eran afroamericanos, y casi todos los cargos electos eran blancos. Mientras tanto, el equilibrio de género varió con la misma rapidez, y Ferguson presenta el mayor número de «hombres negros desaparecidos» de Estados Unidos: solo 60 hombres negros por cada 100 mujeres; es decir, más de 1 de cada 3 hombres negros ausentes, presuntamente muertos o entre rejas.37

Otra afluencia a Ferguson —y concretamente a Canfield Green, el complejo de apartamentos del sureste donde vivía y murió Michael Brown— se produjo a raíz de otra demolición masiva de viviendas: el vecino Kinloch, un barrio afroamericano mucho más antiguo, también había estado sufriendo la dinámica general de descenso de población y alta delincuencia hasta que gran parte de la zona fue arrasada para dar paso a la ampliación del Aeropuerto Internacional Lambert-San Luis. Si bien Kinloch y Ferguson podrían formar juntos un cuadro continuo de racialización, decadencia urbana y embrutecimiento a manos de planificadores y promotores, vistas a otras escalas, son las polarizaciones las que empiezan a aparecer: a un par de kilómetros del perímetro sur de Ferguson se encuentra la pequeña localidad de Bellerive. Bordeando el campus de la Universidad de Missouri-San Luis, Bellerive tiene una renta familiar media de unos cien mil dólares.

De hecho, el propio Ferguson sigue estando relativamente integrado según los estándares del condado de San Luis, con una isla blanca bastante próspera alrededor de South Florissant Road. Así, aquí, tanto la delincuencia como la pobreza son menores que en suburbios vecinos como Jennings y Berkeley. Pero es un suburbio en transición. Si en los años sesenta y setenta las divisiones raciales del condado de San Luis estaban en gran medida esculpidas por políticas públicas, así como por pactos restrictivos semipúblicos, en los años noventa y 2000 tendieron a seguir un patrón más discreto y espontáneo de valoraciones inmobiliarias.

Ferguson, al igual que Sanford (Florida), se vio muy afectada por la reciente crisis de las ejecuciones hipotecarias. Más de la mitad de las nuevas hipotecas en el norte del condado de San Luis entre 2004 y 2007 eran subprime,38 y en Ferguson para 2010 una de cada once casas estaban bajo ejecución hipotecaria. Entre 2009 y 2013, las viviendas del norte del condado perdieron un tercio de su valor.39 Los propietarios y las sociedades de inversión compraron propiedades que estaban por debajo del precio de hipoteca y las alquilaron a minorías. La huida de los blancos se estaba convirtiendo en una estampida.

Como los impuestos sobre la propiedad están vinculados a las tasaciones, el gobierno municipal de Ferguson tuvo que buscar financiación en otra parte. Entre 2004 y 2011 las multas judiciales supusieron 1,2 millones de dólares, alrededor del 10% de los ingresos de la ciudad. En 2013 esta cifra se había duplicado. El informe presupuestario anual de la ciudad lo atribuyó a un «enfoque más estricto en la aplicación de las normas de tráfico». Ese año, el Tribunal Municipal de Ferguson tramitó 24.532 órdenes judiciales y 12.018 casos, es decir, unas 3 órdenes judiciales y 1,5 casos por cada vivienda. Un informe del Departamento de Justicia no tardaría en revelar que la distribución entre la población distaba mucho de ser equitativa:

Los afroamericanos representan el 85% de los controles de vehículos, el 90% de las citaciones y el 93% de las detenciones realizadas por agentes del FPD, a pesar de que solo constituyen el 67% de la población de Ferguson. Tienen un 68% menos de probabilidades que el resto de que se sobresea su caso [y] un 50% más de probabilidades de acabar con una orden de detención.40

En zonas de alta pobreza como Canfield Green, el impago de las multas puede dar lugar fácilmente a más multas, así como a penas de cárcel, y el informe descubrió que «las órdenes de detención se utilizaban casi exclusivamente con el fin de obligar al pago mediante la amenaza del encarcelamiento». En este caso, la desaparición de la riqueza blanca y la destrucción de la negra habían provocado una mutación en la forma del Estado local: ingresos recaudados no mediante impuestos consentidos, sino mediante el saqueo violento y descarado.

EL CUERPO DE MIKE BROWN

Durante cuatro horas y media, el cuerpo de Mike Brown yació putrefacto sobre el asfalto caliente. Cuando por fin los policías se lo llevaron —ni siquiera en una ambulancia, simplemente en la parte trasera de un todoterreno—, el charco de sangre había pasado de rojo a negro. Dejaron el cuerpo en la calle tanto tiempo porque estaban ocupados «asegurando la escena del crimen», lo que significaba dispersar a la gran multitud enfurecida que se estaba reuniendo a medida que los vecinos salían de los apartamentos circundantes. Cuando los periodistas locales llegaron al lugar de los hechos, ya empezaban a circular imágenes poco nítidas del cadáver de Brown grabadas con teléfonos móviles. Dorian Johnson, un amigo de Brown que estaba con él en el momento del fatal incidente, dijo a los entrevistadores que le habían «disparado como a un animal». Los policías informaron de disparos y cánticos de «muera la policía». «Manos arriba, no disparen» y «nosotros somos Michael Brown» no tardaron en sumarse al coro, mientras alguien prendía fuego a un contenedor de basura; primeras señales de que se avecinaba un motín antipolicial. El cuerpo expuesto, doblado sobre sí mismo, con la sangre corriendo por la calle, parecía decir: esto es lo que importa. La imagen se reforzó cuando más policías que llegaron al lugar de los hechos pasaron por encima de un monumento improvisado de pétalos de rosa donde había estado el cuerpo de Brown; también es posible que dejaran que un perro policía orinase sobre él.

En una vigilia diurna al día siguiente, el 10 de agosto de 2014, un líder negro del gobierno del condado intentó calmar los crecientes disturbios, pero fue reprendido a gritos. Miembros del Nuevo Partido de las Panteras Negras corearon «Black Power» y «divagaron sin sentido sobre esa música rap del demonio, los moros, etc.».41 A medida que se iba haciendo de noche, la multitud numerosa e inquieta se encontró con un despliegue policial masivo: el clásico escenario de vísperas de los disturbios. Siguieron los enfrentamientos: un coche de policía y una furgoneta de televisión atacados; tiendas saqueadas; una gasolinera QuickTrip fue lo primero en arder. Y en lugar del destrozo arbitrario típico de la «furia de la multitud», había un objetivo seleccionado deliberadamente: se rumoreaba que el personal había llamado a la policía acusando a Brown de robar en una tienda. Tras el QuickTrip se produjeron algunos disturbios: vehículos aparcados incendiados, saqueos en West Florissant Avenue y un poco de fiesta, con música y gente repartiendo perritos calientes. La policía se retiró durante horas, dejando ese extraño espacio pseudoliberado que puede aparecer en medio de una revuelta.

Mientras el país entero tenía los ojos puestos en los acontecimientos, la gente se unía en las redes sociales con el hashtag #IfTheyGunnedMeDown, burlándose de la selección mediática de los retratos de víctimas más gangsteriles posibles. Activistas de San Luis, algunos de los cuales habían participado en una marcha espontánea el año anterior por el centro de la ciudad en respuesta al veredicto de Zimmerman, empezaron a llegar al suburbio. Mientras tanto, los mecanismos habituales entraron en acción: el 11 de agosto el FBI abrió una investigación de derechos civiles sobre el tiroteo de Brown, mientras que el presidente de la NAACP, Cornell William Brooks, volaba a Ferguson para pedir el fin de la violencia. Obama intervino al día siguiente con una declaración en la que daba el pésame a la familia Brown y pedía calma a la gente. Ante la inmediata oleada de disturbios, era previsible en qué sentido se resolvería ahora la tensión constitutiva: Obama evitó cualquier identificación racial con Brown o su familia, en favor de «la comunidad estadounidense en general».

Pero los disturbios se prolongaron durante días; la acción era necesariamente difusa en este paisaje suburbano, las líneas policiales se tensaban para abarcar las subdivisiones.42 Lejos de la primera línea de fuego, los centros comerciales fueron saqueados mientras en el aire persistían estribillos carnavalescos: los manifestantes se amontonaban en coches que circulaban despacio, con hip-hop a todo volumen, como una especie de cabalgata fantasma. En los altercados entre policías y manifestantes, estos últimos a veces lanzaban piedras o molotov. Pero también solían levantar las manos y gritar «no disparen». En retrospectiva, hay una parte paradigmática en este ejemplo de la teatralidad de la ola de lucha que estaba por venir, lo que pronto se convertiría en un meme conocido.

Pero también fue, al parecer, una respuesta espontánea a la situación inmediata, justo después del tiroteo de Brown, antes de que los activistas más mediáticos llegaran a la ciudad a finales de mes, porque tenía un referente inmediato, y no solo simbólico, en el propio Brown. Su carácter era eminentemente práctico, ya que los manifestantes se enfrentaron a las diversas herramientas del Estado: Equipos SWAT, gases lacrimógenos, balas de goma, pelotas de pimienta, granadas flash, bolsas de pelotas de goma, bombas de humo, camiones blindados. El país quedó atónito ante las imágenes que aparecían en pantalla mostrando a estos equipos militares, como la de un policía que decía «traedlos, malditos animales», cobertura mediática que se intentó bloquear en más de una ocasión.

Los movimientos sociales en Estados Unidos se ha enfrentado durante mucho tiempo a una amenaza de violencia física mucho mayor que en otros países similares; de hecho, los manifestantes de Ferguson también fueron disparados en alguna de sus salidas con munición real por parte de pistoleros no identificados, resultando heridos ocasionalmente (esta es, seguramente, una de las razones por las que esta protesta parece a menudo notablemente silenciada, dadas las condiciones). La violencia policial contra los negros desarmados no era, por tanto, un simple contenido de estas protestas, una cuestión que se limitaban a trasladar, como cualquier otra reivindicación. También estaba implicada en la naturaleza de las propias protestas, en las que todo el mundo que salía a la calle esos días era un Mike Brown en potencia. Podríamos decir que se presentaba aquí una peculiar posibilidad de unificación del movimiento: una unidad a un paso del cementerio, dada por la igualdad que este ofrece; una unidad de los potencialmente asesinables: manos arriba, no disparen. Y ante la mirada del país, esta actuación de vulnerabilidad absoluta comunicó algo potente, algo para lo que la policía no estaba preparada: ¿vais a negar siquiera que soy un cuerpo vivo?

Tales mensajes, difundidos a escala nacional, parecían suponer una amenaza para la legitimidad de la policía y planteaban cuestiones prácticas sobre la gestión continuada de los disturbios de Ferguson. El día 14 se ordenó la intervención de la Patrulla de Carreteras —un cuerpo de policía estatal menos implicado en la localidad, con una proporción mucho mayor de agentes negros y un estilo claramente no militarista— como una alternativa más suave para aliviar las tensiones, a primera vista con cierto éxito. Por la noche, un capitán llegó incluso a acompañar una gran manifestación pacífica. En «una emotiva reunión en una iglesia» los miembros del clero se mostraron desesperados ante «la naturaleza aparentemente incontrolable del movimiento de protesta y los brotes de violencia que las personas mayores del grupo aborrecían».43 Mientras tanto, Canfield Green se convirtió en una fiesta de barrio.

Después de 5 días de protestas, a menudo dispersadas violentamente, finalmente se anunció el nombre del asesino de Brown, Darren Wilson, junto con un informe de que Brown había robado un paquete de cigarrillos en Ferguson Market & Liquor —no en la gasolinera QuickTrip— la mañana de su muerte. El momento en que se identificó la criminalidad fue probablemente táctico; poco después se admitió que Wilson no había detenido a Brown por ese motivo. Esa noche, Ferguson Market & Liquor recibió un trato similar al de QuickTrip: fue saqueada. Al día siguiente se declaró el Estado de excepción y el toque de queda. Ahora había un número pequeño pero significativo de armas en las calles, a menudo disparadas al aire, y la policía estaba cada vez más nerviosa. El 12 de agosto Mya Aaten-White, bisnieta de la cantante de jazz local Mae Wheeler, recibió un disparo cuando salía de una protesta; la bala le perforó el cráneo pero no le alcanzó el cerebro, alojándose en la cavidad sinusal. Sobrevivió y se negó a cooperar con las investigaciones policiales.

Aunque algunos llegaron de zonas vecinas, los que salieron a la calle los primeros días seguían siendo predominantemente residentes locales.44 Pero una masa de enredaderas ya trepaba por la superficie de Ferguson, formando marañas vegetales e intentando agarrarse a cualquier mampostería: pantomimas cristianas, círculos de oración y rap, predicadores chiflados, el Partido Comunista Revolucionario, «gente que caminaba entre la policía antidisturbios y la multitud diciendo “Jesús” una y otra vez»; una feria de reclutamiento generalizada.45 Los Bloods y los Crips estaban fuera, participando en enfrentamientos con la policía y, al parecer, protegiendo algunas tiendas de los saqueadores. Los miembros de la Nación del Islam también salieron a la calle intentando vigilar los comercios, argumentando que las mujeres debían marcharse. Otros hicieron un llamamiento a la paz en nombre de un nuevo Movimiento por los Derechos Civiles. Jesse Jackson fue abucheado y se le pidió que abandonara una manifestación de la comunidad local cuando aprovechó la oportunidad para pedir donativos para su iglesia. También se comentó que los «líderes cívicos afroamericanos» de San Luis estaban «frustrados por su incapacidad para guiar a los manifestantes». Parecía que se estaba abriendo una brecha.46

Esta revuelta podría haberse quedado fácilmente en un asunto local como los de Cincinnati 2001, Oakland 2009 o Flatbush del año anterior. No obstante, coincidió con el punto álgido de una oleada nacional de activismo y consiguió librarse de los mediadores locales, abriendo un espacio para que otros lo interpretaran y representaran a su antojo. Pronto llegaron a Missouri autobuses repletos de activistas de todo el país organizados por redes sociales: Occupy y Anonymous parecían tener identidades propias, así como algunos anarquistas. Al mes siguiente se organizaron «Freedom Rides» —otra referencia a los derechos civiles— bajo el lema Black Lives Matter: fue entonces cuando surgió por derecho propio como una identidad destacada dentro de estos movimientos. Ferguson estaba pasando de ser un terreno de disturbios comunitarios a convertirse en un centro nacional de activismo. Empezaron a surgir figuras clave, a menudo identificadas por su número de seguidores en Twitter: algunas locales, como Johnetta Elzie («Netta») y Ashley Yate; otras que habían peregrinado, como DeRay McKesson, de Minneapolis.47

LOS NUEVOS LÍDERES RACIALES

Es más que un hashtag: es un movimiento por los derechos civiles. —¡YES! Magazine, 1 de mayo de 2015

Todas las piezas estaban ahora en su sitio. Lo que parecía un solo movimiento eran en realidad dos: activistas expertos en medios de comunicación y alborotadores proletarios, en su mayor parte divididos tanto social como geográficamente.48 Pero en el epílogo de Ferguson, esta división fue superada por un sentido compartido de urgencia, por las diversas resonancias de un hashtag, por el desarrollo de puentes institucionales y quizás, sobre todo, por el legado del propio Movimiento por los Derechos Civiles, con su capacidad para conjurar la unidad negra. Las similitudes eran muchas: «Las vidas de los negros importan» evocaba el antiguo eslogan «Yo soy un hombre»;49 la fe y la retórica religiosa de muchos activistas; las tácticas de desobediencia civil no violenta y la visibilidad mediática, que contrastaban con los disturbios, mucho más opacos; por no hablar de la implicación directa de las organizaciones de Derechos Civiles y de los propios veteranos.

La clave de este encuentro es el simple hecho de que los logros históricos del Movimiento por los Derechos Civiles no consiguieron mejorar la vida de la mayoría de los estadounidenses negros. En la actualidad, las disparidades raciales en ingresos, riqueza, escolarización, desempleo y mortalidad infantil siguen siendo tan pronunciadas como siempre. La segregación persiste. Los linchamientos y la ciudadanía de segunda clase han sido sustituidos por el encarcelamiento masivo. La lucha contra un nuevo Jim Crow parecería exigir el tipo de movimiento que derrocó al antiguo. Pero hay algo fundamental que ha cambiado y que, por ende, dificulta este proyecto: una pequeña parte de los afroamericanos se benefició considerablemente del fin de la discriminación de jure. En 1960, 1 de cada 17 afroamericanos se encontraba en el quintil superior de ingresos; hoy esa cifra es de 1 de cada 10. La desigualdad en riqueza e ingresos ha aumentado significativamente entre los afroamericanos, de tal manera que hoy es mucho mayor que entre los blancos.50

Para algunos marxistas, la participación de la clase media negra en los movimientos antirracistas se considera un signo de su carácter limitado y de colaboración de clases. Cuando estas personas se convierten en líderes, a menudo se da por sentado que solo atenderán a sus propios intereses y traicionarán al proletariado negro.51 Es cierto, como señalan estos críticos, que el legado institucional y político de los derechos civiles ha sido más o menos monopolizado por los negros más ricos.52 Sin embargo, tales críticas suelen tropezar con problemas notorios a la hora de definir la clase media, problemas que se agudizan especialmente cuando se trata de la clase media negra. En la ideología política estadounidense, «la clase media» está formada por todos excepto los miembros más pobres de la sociedad. Para la sociología dominante, está en el centro del espectro de ingresos o riqueza, un rango más o menos amplio en torno a la mediana. Los weberianos añaden ciertos marcadores de estatus a la definición, como las funciones de supervisión en el lugar de trabajo, las profesiones de «cuello blanco» o la educación universitaria. Por último, los marxistas tienden simplemente a añadir ad hoc alguna de las dos definiciones a un modelo de dos clases basado en la propiedad o no propiedad de los medios de producción. Ninguno de estos enfoques nos proporciona un sujeto de clase consistente portador de un conjunto coherente de intereses.

Estos problemas de definición se amplifican con la clase media negra. Sabemos que ha habido una afluencia de personas negras, mujeres en particular, a las profesiones de «cuello blanco», pero esto ha ocurrido justo cuando se estaba despojando a este tipo de trabajos de gran parte de su estatus superior.53 Sabemos que muchas más personas negras tienen hoy una educación universitaria, pero también que el valor de dicha educación ha caído bruscamente en las últimas décadas. La transformación en la distribución de los ingresos, tanto entre negros y blancos como entre negros, parece por tanto más reveladora que las medidas weberianas. No obstante, el aumento de los ingresos experimentado por determinadas familias desde los años sesenta no siempre ha sido duradero. La transmisión intergeneracional de la riqueza está menos asegurada en el caso de los afroamericanos, cuya exclusión histórica de los mercados inmobiliarios ha hecho que los perceptores de un salario medio posean normalmente mucha menos riqueza que los hogares blancos del mismo rango de ingresos. Como consecuencia, los nacidos en familias de renta media tienen más probabilidades que los blancos de ganar menos dinero que sus padres.54 La movilidad descendente se vio amplificada por la reciente crisis, que afectó negativamente a la riqueza de los negros mucho más que a la de los blancos.55

Bien porque las herramientas de medida disponibles de la estructura social están muy condicionadas por esta noción, bien porque realmente existen estratos cuyo rasgo estructural más destacado es que se sitúan —aunque sea vagamente— entre las verdaderas élites y los inequívocamente identificables como pobres, es imposible prescindir del concepto de «clase media». Aquí, y en lo que sigue, utilizamos «clase media» en el sentido corriente, para referirnos a las personas con una renta media. Pero hay que permanecer alerta ante las ambigüedades y posibles trampas que acechan a este término. En el caso de la «clase media negra», el problema fundamental es que tiende a fusionar dos estratos diferentes: (1) los que lograron acceder a profesiones estables de cuello azul o del sector público, y que por tanto consiguieron un poco de equidad en la vivienda, pero que por lo general viven cerca del gueto, están al borde de la bancarrota y se vieron perjudicados por la crisis de las hipotecas de alto riesgo; y (2) un estrato pequeño pequeñoburgués y burgués que logró acceder a puestos de dirección media o dirigió sus propias empresas, que se trasladó a sus propios barrios pijos y que ahora es capaz de reproducir su posición de clase.

Muchos de los nuevos líderes activistas pertenecen a uno u otro de estos estratos.56 Los antiguos líderes de los derechos civiles también solían proceder de la «élite negra». Sin embargo, esa élite estaba relativamente más cerca del proletariado negro en cuanto a ingresos y riqueza, y estaba condenada por Jim Crow a vivir junto a ellos y compartir su destino. Estaba formada por líderes religiosos y políticos, así como por profesionales, comerciantes y fabricantes que monopolizaban mercados racialmente segmentados: la «burguesía del gueto». Aunque muchos ayudaron a construir la segregación de Jim Crow, actuando como «gestores raciales», también tenían interés en superar las barreras que les negaban a ellos y a sus hijos el acceso a las mejores escuelas y carreras, y así, en el Movimiento por los Derechos Civiles, adoptaron el papel de «líderes raciales», asumiendo como tarea «elevar» a la raza en su conjunto.57

Los nuevos activistas se distinguen de la generación anterior por su carácter tecnológico, interseccional y organizativo. Desconfían de los modelos organizativos verticalistas y de los líderes masculinos carismáticos. Pero no se trata tanto de un rechazo del liderazgo en sí mismo como de un reflejo del hecho de que, en la era de los nichos de las redes sociales, casi cualquiera puede reivindicar el liderazgo racial o actuar como intermediario en algún grupo imaginario.

Se oponen a las estructuras jerárquicas de las ONG tradicionales, aunque muchos forman parte de su personal. Se identifican más con la inspiradora fuga de prisión de Assata Shakur que con la cuidadosa formación de coaliciones entre bastidores de Bayard Rustin.58 Quieren sacudirse estas mediaciones embrutecedoras de un modo que los alinee con los alborotadores de Ferguson, más jóvenes y dinámicos, y las redes sociales parecen darles esa oportunidad.

Pero a pesar de sus buenas intenciones y de su autoimagen radical, y a pesar de la unidad real que Ferguson parecía ofrecer, las diferencias entre la nueva generación de líderes raciales y la anterior no hacen sino reforzar la brecha entre los activistas y aquellos a quienes esperan representar. Esas diferencias pueden describirse a partir de tres ejes:

  1. En primer lugar, la mayoría de los activistas tienen estudios universitarios. Y, a diferencia de la generación anterior, no se han limitado a las universidades exclusivamente para negros.59 Esto no significa que tengan garantizados empleos bien remunerados, ni mucho menos. Pero sí significa que tienen una experiencia cultural a la que muy pocas personas de los barrios pobres de Ferguson o Baltimore tienen acceso: han interactuado con muchas personas blancas a las que no se paga para controlarlas y, por lo general, habrán tenido alguna experiencia en la danza trepidante y cautelosa de la política identitaria universitaria, así como de los avances (a menudo no deseados) de los «aliados blancos». Así, aunque su activismo no siempre va dirigido contra los liberales blancos, sus habilidades sociales y técnicas en este sentido suelen superar a las de hábiles manipuladores mediáticos como Sharpton.

  2. En segundo lugar, a diferencia de la generación anterior, muchos de ellos no crecieron en el gueto. Este es quizá el mayor legado del Movimiento por los Derechos Civiles: la posibilidad de trasladarse a los barrios residenciales, para quienes podían permitírselo. En 1970 el 58% de la clase media negra vivía en barrios pobres de mayoría negra; en la actualidad, el mismo porcentaje vive en barrios más ricos de mayoría blanca, sobre todo en los afueras.60 Por supuesto, siguen siendo objeto de actuaciones policiales racistas, la policía los detiene mucho más que a los blancos y son objeto de todo tipo de humillaciones e indignidades, pero tienen muchas menos probabilidades de que los metan en la cárcel o los maten.61 De hecho, la probabilidad de acabar en la cárcel ha disminuido constantemente para la clase media negra desde la década de 1970, aunque se ha disparado para los pobres, tanto negros como blancos.62

  3. Por último, y quizá lo más significativo, el activismo es para ellos, a diferencia de la generación anterior, en muchos casos una opción profesional. Hoy la expectativa de «liderazgo racial» ya no forma parte de la educación de la élite negra. La identificación con las víctimas de la violencia policial suele ser una cuestión de simpatía electiva entre quienes optan por convertirse en activistas y, por supuesto, muchos no toman esa decisión.63 Pero para quienes sí lo hacen, los empleos tradicionales en la función pública y el trabajo voluntario han sido sustituidos por oportunidades profesionales en un sector especializado sin ánimo de lucro. Estos empleos suelen ser temporales y permiten a los licenciados universitarios «devolver algo» antes de pasar a cosas mejores.64 DeRay McKesson, antes de convertirse en el rostro del nuevo activismo, había sido embajador de Teach for America (TFA), una organización que recluta a licenciados universitarios de élite para que pasen dos años enseñando en escuelas de barrios pobres, a menudo como parte de una estrategia para promover las escuelas concertadas y acabar con los sindicatos de profesores locales.65 En general, las ONG de «organización comunitaria», ya sean principalmente religiosas o políticas, suelen estar financiadas por grandes fundaciones como Ford, Rockefeller y la Open Society de George Soros. Como parte integrante de la privatización del Estado del bienestar estadounidense, también pueden funcionar como «astroturf»: movimientos políticos supuestamente de base que en realidad son tapaderas de grupos de presión —por ejemplo, la reforma escolar— y de los demócratas

Así, tras lo ocurrido en Ferguson, junto con la afluencia de activistas de todo el país se produjo una afluencia de dólares. Mientras las organizaciones sin ánimo de lucro existentes competían por reclutar activistas locales, las fundaciones competían por financiar nuevas organizaciones sin ánimo de lucro, eligiendo a los ganadores.66 Netta fue reclutada inicialmente por Amnistía Internacional, y ella y DeRay crearían Campaign Zero con el respaldo de Open Society.67 Posteriormente, DeRay renunció a su salario de seis cifras para «centrarse en el activismo a tiempo completo».68 Algunos activistas locales no tuvieron tanta suerte. Muchos perdieron sus empleos y pasaron a depender de pequeñas donaciones financiadas por la multitud. En enero de 2015 Bassem Masri, que retransmitió en directo muchas de las protestas originales, fue denunciado como ex yonqui por un comentarista rival.69

DISTURBIOS REFORMISTAS

El 18 de agosto el gobernador de Missouri, Jay Nixon, llamó a la Guardia Nacional para hacer cumplir el toque de queda. Dos días después, el fiscal general Eric Holder viajó a Ferguson, donde se reunió con los residentes y la familia de Brown. En la cercana localidad de Clayton, un gran jurado comenzó a escuchar las pruebas para determinar si Wilson debía ser acusado. El 23 de agosto, al menos 2.500 personas acudieron a una manifestación a favor de Garner en Staten Island, encabezada por Sharpton, con cánticos de «no puedo respirar» y «manos arriba, no disparen», reviviendo el meme de Ferguson. Un grupo llamado Justice League NYC, afiliado a Harry Belafonte, exigió el despido del agente Pantaleo y el nombramiento de un fiscal especial. Al día siguiente, al funeral de Brown en San Luis asistieron 4.500 personas, entre ellas no solo los omnipresentes Sharpton y Jackson y la familia de Trayvon Martin, sino también representantes de la Casa Blanca, Martin Luther King III y una buena dosis de famosos: Spike Lee, Diddy y Snoop Dogg. En nombre de los padres de Brown, el elogio de Sharpton menospreció los disturbios:

Michael Brown no quiere ser recordado por un motín. Quiere que se le recuerde como el que hizo que América se planteara cómo vamos a actuar con la policía en Estados Unidos.

Pero, por supuesto, no se excluyen mutuamente, como atestigua la historia de la reforma impulsada por los disturbios. Aunque los disturbios suelen consolidar la reacción contra un movimiento —con los expertos habituales aullando a favor de medidas punitivas, mientras otros se esfuerzan por invocar, a raíz de los acontecimientos, una «comunidad» más razonable y respetuosa con la ley, con ellos mismos a la cabeza—, también tienden a sacudir al Estado para que tome medidas correctivas. Pocos días después, el Departamento de Justicia anunció una investigación sobre la actuación policial en Ferguson. Después se anunciaron reformas a gran escala de las instituciones políticas y jurídicas de Ferguson. A finales de septiembre, el jefe de policía de Ferguson había pedido disculpas públicamente a la familia Brown, que también fue invitada a la convención del Caucus Negro del Congreso, donde Obama habló sobre la raza. Desde la comunidad nacional única invocada contra el impacto inmediato de los disturbios, volvió a ceder un terreno importante a la particularidad de las cuestiones raciales, hablando del «trabajo inacabado» de los Derechos Civiles, al tiempo que lo presentaba como una cuestión de interés para «la mayoría de los estadounidenses».

Los disturbios continuaron hasta septiembre, desbordando a las fuerzas policiales de Ferguson, que pronto serían sustituidas de nuevo, esta vez por la policía del condado de San Luis. Con la maraña de organizaciones y activistas profesionales sobre el terreno, otras formas de acción más teatrales y no violentas tendían ahora a sustituir a los disturbios comunitarios, como la interrupción el 6 de octubre de un concierto de música clásica en San Luis con el viejo himno de la lucha de clases de la época de la Depresión: «¿De qué lado estás?». Ese mismo día, un juez federal falló a favor de los activistas pacíficos, y en contra de la policía, sobre si se podía exigir a las manifestantes que «siguieran andando». Mientras tanto, Eric Holder anunció una revisión general de las tácticas policiales por parte del Departamento de Justicia, y a partir del 9 de octubre comenzaron las audiencias en el Senado sobre la cuestión de la policía militarizada. Las acciones de Ferguson se prolongaron durante todo el mes de octubre, bajo la égida de muchos grupos diferentes, entre ellos «Hands Up United» [Manos Arriba Unidas], que se había formado localmente tras la muerte de Brown, mientras llegaban más manifestantes de todo el país.

BLOQUEO

Paralelamente, continuaron las manifestaciones en favor de John Crawford, con la ocupación de la comisaría de policía de Beavercreek (Ohio) y concentraciones en la Cámara de Representantes del Estado de Ohio. De ellas surgió un proyecto de «Ley John Crawford», una ley astuta que exigía que las pistolas de juguete vendidas en Ohio estuvieran marcadas como juguetes. Al fin y al cabo, la policía de Ohio parecía tener especial dificultad para diferenciar los juguetes de las armas reales —al menos cuando estaban en manos de personas de raza negra—, ya que pronto se añadiría otro nombre a la lista: Tamir Rice, de 12 años, asesinado a tiros en Cleveland (Ohio) el 23 de noviembre de 2014 por el agente de policía Timothy A. Loehmann, mientras jugaba con lo que la persona que llamó al 911 ya había identificado como un juguete. Dos días después, los manifestantes a favor de Tamir Rice provocarían atascos en el centro de Cleveland. A mediados de noviembre, conforme se acercaba la decisión del Gran Jurado sobre el asesino de Brown, el gobernador de Missouri, Jay Nixon, había declarado una vez más el Estado de emergencia, recurriendo a la Guardia Nacional en previsión de la habitual no inculpación y de una nueva ronda de disturbios.70 El 24 de noviembre se cumplieron estas expectativas. Mientras se anunciaba la no inculpación, la madre de Michael Brown fue grabada por las cámaras gritando: «¡Se equivocan! Todo el mundo quiere que esté tranquila. ¿Saben cómo alcanzaron esas balas a mi hijo?». Mientras se derrumbaba de dolor, su pareja, que llevaba una camiseta con la consigna «Yo soy Mike Brown» escrita en la espalda, la abrazó y la consoló durante un rato, antes de volverse hacia la multitud, claramente hirviendo de ira, para gritar repetidamente «¡quemad a esta puta!»; si la vida de Mike Brown importaba poco al Estado, al menos se podía hacer que importara. Mientras los saqueos y los disparos agitaban la zona de Ferguson y San Luis, las protestas estallaron en Nueva York, Sanford, Cleveland, Los Ángeles, Seattle, Washington y otras 170 ciudades, muchas de ellas con la táctica de obstruir el tráfico. Tras un «die-in»71 .] y un bloqueo itinerante del tráfico en Oakland, mítico centro del activismo, los disturbios se extendieron, con saqueos, incendios y ventanas destrozadas. En medio de la agitación nacional grupos eclesiásticos intervinieron criticando la decisión del Gran Jurado y apoyando las manifestaciones pacíficas. Las iglesias de Ferguson aportaron un nuevo giro religioso a los discursos activistas sobre los «espacios seguros», ofreciéndose como «espacios sagrados» para la protección de los manifestantes.72 En los días siguientes, a medida que aumentaba la presencia de la Guardia Nacional en Ferguson, se sucedían las manifestaciones en todo el país, y más allá. En el exterior de la Embajada de Estados Unidos en Londres, completamente blindada, alrededor de 5.000 personas se reunieron en la húmeda tarde otoñal del 27 de noviembre para una manifestación de Black Lives Matter, que desembocó en una acción itinerante de «manos arriba, no disparen» en Oxford Street y en enfrentamientos con la policía en Parliament Square, un acontecimiento que estableció vínculos entre Brown y Mark Duggan, de Tottenham, cuya muerte había desencadenado la oleada de disturbios de 2011 en Inglaterra.73 También en ciudades a lo largo de toda Canadá hubo acciones de solidaridad con Ferguson.74 El 1 de diciembre Obama invitó a «activistas de los derechos civiles» a la Casa Blanca para hablar, mientras que los Rams de San Luis se hermanaron con la causa de Brown, entrando en el campo con las manos en alto.

Dos días después se produjo la segunda exculpación del Gran Jurado en poco más de una semana: el agente cuya llave de estrangulamiento había matado a Eric Garner, a plena luz del día, previsiblemente absuelto. Los policías, por supuesto, casi nunca son acusados por estas cosas, y es aún menos probable que sean condenados, ya sea en EE. UU. o en cualquier otro lugar; los ejecutores de la violencia del Estado no pueden, literalmente, ser sometidos a las mismas normas que los ciudadanos a los que vigilan, a pesar de que su credibilidad depende de la impresión de que pueden serlo. El debido proceso se llevará a cabo y se alargará si es posible hasta que se haya calmado la ira, para luego dar paso a la inevitable exoneración; solo en los casos más flagrantes o extremos se sacrificará a agentes individuales en el altar de la legitimidad general de la fuerza policial.

No obstante, en cierto modo parece sorprendente que se haya elegido un momento tan oportuna para echar gasolina sobre incendios que ya estaban ardiendo.75

Al día siguiente miles de personas protestaron en Nueva York, con manifestaciones itinerantes que bloquearon las carreteras alrededor del lugar de la matanza en Staten Island y a lo largo de Manhattan, coreando «No puedo respirar. No puedo respirar». En Grand Central Station se produjeron concentraciones, que tuvieron su reflejo al otro lado del país, en la zona de la bahía. Casi todos los días se producían acciones significativas, normalmente convocadas a través de Facebook o Twitter, con grupos que bloqueaban el tráfico en una esquina de una ciudad recibiendo actualizaciones en directo de grupos en muchas otras zonas, a veces encontrándose con ellos con gran alegría. En las ciudades costeras la reciente experiencia de Occupy prestó cierta facilidad a la manifestación espontánea. La policía parecía desbordada, pero en muchos casos había recibido instrucciones de contenerse por miedo a avivar las llamas.

El 13 de diciembre se convocaron manifestaciones a gran escala en varias ciudades: Nueva York, Washington, Oakland, Chicago. La manifestación de Washington estuvo encabezada por el inevitable Sharpton y por las familias de Garner y Brown, aunque los jóvenes activistas de Ferguson interrumpieron los discursos, una señal más de la ruptura. Decenas de miles de personas salieron a la calle en Nueva York, pero se trató de una marcha dirigida tradicionalmente, en la que la energía de las semanas anteriores se contuvo o se gastó. Pocos días después, dos policías de Brooklyn fueron ejecutados por Ismaaiyl Brinsley aparentemente en venganza por Garner y Brown, y el sindicato policial culpó al alcalde de izquierdas, Bill de Blasio, de adoptar una línea blanda con los manifestantes.76 Mientras tanto, Obama anunció otra respuesta institucional: una comisión sobre la reforma policial, «Task Force on 21st Century Policing» para «examinar cómo fortalecer la confianza pública y fomentar relaciones sólidas entre las fuerzas de seguridad locales y las comunidades a las que protegen, promoviendo al mismo tiempo una reducción eficaz de la delincuencia».

Aunque los disturbios se calmaron en los fríos meses de invierno, no se extinguieron. A principios de enero de 2015 se formó un pequeño campamento frente a la sede del Departamento de Policía de Los Ángeles, publicitado con los hashtags #OccupyLAPD y #BlackLivesMatter, para protestar por el asesinato de Ezell Ford, un joven de 25 años con problemas mentales al que la policía de Los Ángeles había disparado en 2014 y cuya muerte ya había sido motivo de varias manifestaciones. En febrero los memes de «Black Lives Matter» se viralizaron en los círculos de famosos, con los bailarines de Beyoncé y Common y Pharrell Williams haciendo gestos de «manos arriba, no disparen» en los Grammy. La implicación de celebridades ha sido otro aspecto destacable de una oleada de luchas caracterizada por algunas formas de acción que deben horrorizar a la pulcra sociedad estadounidense: desde la recaudación de fondos para Trayvon en noviembre de 2013 que Jamie Foxx organizó en su propia casa hasta las asociaciones de Snoop Dogg con las familias Brown y Davis, pasando por el rescate de Beyoncé y Jay-Z a los manifestantes de Ferguson y Baltimore o el «rally4peace» y la canción protesta «Baltimore» de Prince, en 2015.

A principios de marzo el Departamento de Justicia anunció que Darren Wilson no sería acusado a nivel federal por violación de los derechos civiles en el tiroteo contra Brown, alegando falta de pruebas. Ese mismo día, el mismo departamento emitió un informe condenatorio sobre el sesgo racial de la actuación policial en Ferguson, evidenciado en correos electrónicos que contenían abusos racistas y un uso sistemático de las infracciones de tráfico para aumentar las arcas del Estado. El jefe de la policía local dimitiría a los pocos días. Las conclusiones iniciales del «Grupo de Trabajo sobre la Policía del siglo XXI» también se hicieron públicas entonces, para hacer mayor hincapié en las perspectivas de reforma y, por asociación, en la eficacia de los disturbios para conseguirla. No obstante, al día siguiente, Cleveland, sin disturbios, se las arregló para culpar a Tamir Rice, de 12 años, de su propio tiroteo, algo en lo que la ciudad no tardó en dar marcha atrás tras estallar el escándalo. En Ferguson continuaron las protestas, en el contexto de las cuales otros dos policías resultaron heridos de bala, aunque no muertos, lo que dio lugar a manifestaciones de apoyo a la policía y a enfrentamientos entre acciones a favor y en contra de la esta.

DURO PASEO

A principios de abril se añadió otro nombre a la lista: Walter Scott, de 50 años, asesinado a tiros mientras huía, por el agente de policía Michael Slager, en North Charleston, Carolina del Sur. Se trataba de otro caso grabado por las cámaras, imágenes que pronto se difundieron con la ayuda de un activista de Black Lives Matter. Cuando Anthony Scott vio el vídeo, rememoró las palabras del amigo de Brown, Dorian Johnson, al comentar: «Pensé que a mi hermano le habían disparado como a un animal». A los pocos días se presentaron cargos de asesinato contra Slager, mientras los activistas llegaban al lugar de los hechos y se iniciaban pequeñas manifestaciones en favor de Walter Scott en el Ayuntamiento de North Charleston. Al igual que la de Renisha McBride, la familia de Scott parece haberse resistido inicialmente a su incorporación a la cadena de fallecidos y al espectáculo mediático asociado a ella. Pero la historia no tardó en llegar a la portada de la revista Time, con las fotos del flagrante asesinato de Scott exhibidas en una portada ennegrecida bajo un gran texto en negrita «BLACK LIVES MATTER». Al día siguiente del funeral de Scott, la policía de Baltimore detuvo a Freddie Gray, de 25 años, y le dio un «duro paseo» en la parte trasera de un furgón policial, en el transcurso del cual se rompió el cuello.77

Durante los días posteriores al coma de Gray, antes de su muerte el 19 de abril, ya habían comenzado las manifestaciones frente a la comisaría del Distrito Oeste. El 25 de abril las protestas de Black Lives Matter llegaron al centro de Baltimore, dando las primeras señales de los disturbios que se avecinaban.78 Al funeral del 27 de abril, como al de Brown, asistieron miles de personas, entre ellas representantes de la Casa Blanca, la familia Garner, «líderes de los derechos civiles», etc. Un enfrentamiento entre policías y adolescentes a las puertas del centro comercial Mondawmin Mall de Baltimore fue el detonante de los disturbios masivos en los que se sumió Baltimore durante varios días y que causaron daños materiales estimados en 9 millones de dólares.79 Los tuits declaraban «guerra total entre niños y policía» y «comunistas salvajes».80 Le siguió el guion habitual de los disturbios: llamamientos a la calma y condenas a los «matones», culpando a una minoría egoísta y defendiendo, en contra, la protesta pacífica; el llamada a la Guardia Nacional; anuncio de toque de queda; concentraciones masivas para limpiar la zona de los disturbios; una madre disciplinaria convertida en heroína nacional tras ser grabada por una cámara dando un tirón de orejas a su hijo alborotador; insinuaciones de que las bandas estaban detrás de todo; algunas personas espiando la llegada de agitadores externos...

Pero los arquetipos lanzados por la luz de las llamas no deben, por supuesto, cegarnos ante las especificidades de cada ola de disturbios. En los disturbios ingleses las primeras afirmaciones sobre la implicación de las bandas resultaron infundadas. En Baltimore las bandas parecen haber desempeñado exactamente la función contraria a la que se les atribuyó en un principio. La policía había advertido de una tregua entre Bloods, Crips y la Black Guerilla Family con la intención de «unirse» contra ellos. Pero pronto se reveló que la tregua, negociada por la Nación del Islam, era en realidad para reprimir los disturbios. Los líderes de los Bloods y de los Crips publicaron una declaración en vídeo en la que pedían calma y protestas pacíficas en la zona, y se unieron a la policía y al clero para hacer cumplir el toque de queda. El 28 de abril, las cámaras de los informativos grabaron a miembros de las bandas dispersando a «posibles alborotadores» en el centro comercial Security Square.81

TIEMPOS DIFÍCILES EN LA CIUDAD

La mejor imagen para resumir el inconsciente es Baltimore de madrugada. —Jacques Lacan

Las similitudes entre Baltimore y San Luis son asombrosas. Ambas ciudades llevan décadas volviéndose cada vez más pequeñas como consecuencia de la desindustrialización, y casi la mitad de sus habitantes viven por debajo del umbral de la pobreza. Ambas fueron epicentros de la segregación impuesta por el Estado hasta la década de los 70 y de los préstamos de alto riesgo en la década de los 2000.82 Y, mientras que, en la mayoría de las ciudades estadounidenses, los índices de delincuencia habían descendido drásticamente después de su punto álgido en la década de los 90, en San Luis y en Baltimore han permanecido elevados, y ambas figuran sistemáticamente en los diez primeros en las listas sobre delitos violentos y homicidios.83 Sin embargo, mientras que los suburbios negros tradicionales de San Luis, como Kinloch, fueron destruidos, los de Baltimore prosperaron y proliferaron.84 Situados en el nexo de unión de la rica expansión triestatal de Maryland, Virginia y Washington D. C., los suburbios de Baltimore contienen la mayor concentración de clase media negra de Estados Unidos. El condado de Prince George es el condado con mayoría negra más rico del país, a menudo citado como el suburbio de clase media negra por excelencia, y su policía tiene la reputación de ser muy violenta.85 En sus memorias más recientes, Ta-Nehisi Coates cita el descubrimiento de este hecho como el origen de su desilusión con el nacionalismo negro. Prince Jones, compañero de estudios de Coates en la Universidad Howard, fue asesinado por un agente negro del condado de Prince George, que lo confundió con un sospechoso de robo. En su momento, Coates dedicó un artículo a las cuestiones de raza y de clase que planteaba este asesinato:

Normalmente, la brutalidad policial es una cuestión racial: Rodney King sufriendo a manos de un Departamento de Policía de Los Ángeles blanco y racista, o, más recientemente, Timothy Tomas, desarmado, abatido a tiros por un policía blanco de Cincinnati. Pero en cada vez más comunidades los policías que cometen estos abusos son afroamericanos supervisados por jefes de policía afroamericanos y responsables ante alcaldes y ayuntamientos afroamericanos.

Al tratar de explicar por qué acudieron tan pocas personas a una marcha encabezada por Sharpton tras el tiroteo contra Jones, Coates señala que «los residentes negros acomodados tienen las mismas probabilidades que los blancos de pensar que las víctimas de la brutalidad policial se lo tienen merecido».86

Durante décadas, estos suburbios fueron el caldo de cultivo de una clase política negra: representantes federales, senadores estatales, vicegobernadores, concejales y comisarios de policía. Este es otro legado de los derechos civiles.87 Implica que Baltimore fue la primera revuelta estadounidense contra una estructura de poder mayoritariamente negra, como han señalado varios comentaristas.88 Esto contrastaba notablemente con Ferguson, y planteaba un importante problema para los simplistas intentos de atribuir las muertes de negros al racismo policial. Después de todo, tres de los seis policías acusados de matar a Gray eran negros.89

Parecía, pues, que los acontecimientos estaban obligando a que la cuestión de clase volviera al orden del día. La negritud se había presentado hasta entonces como la solución al problema de la composición, sustituyendo la indeterminada política de clase del 99% con algo que parecía poseer toda la actualidad social que Occupy no tenía.

Pero al igual que las modulaciones compositivas descendentes habían producido ese cambio de tonalidad, ahora planteaban la cuestión de si la nueva unidad negra podía mantenerse a lo largo de sus líneas hasta entonces extremadamente verticales. ¿La clase era la roca sobre la que naufragaría la raza, o era la raíz social gracias a la cual podría radicalizarse? En ese momento, lo primero parecía lo más probable.

MIRANDO HACIA ABAJO

El 28 de abril, mientras los drones del FBI sobrevolaban el cielo de Baltimore, Obama interrumpió una cumbre con Shinzo Abe para hacer una declaración. La declaración parecía mucho menos guionizada que las anteriores. Pasó con cautela de una frase a otra para equilibrar las declaraciones de apoyo a la policía con las de apoyo a la familia Gray; señaló que las manifestaciones pacíficas nunca reciben tanta atención como los disturbios; torpemente, llamó a los alborotadores «manifestantes», antes de reconocer el paso en falso y sustituirlo rápidamente por «delincuentes», para luego escalar y compensar con un racializador thugs;90 vinculó Baltimore con Ferguson para situar la sucesión de acontecimientos en «una crisis de lenta evolución» que llevaba dándose desde hacía «décadas»; pidió a los sindicatos policiales que no cerraran filas y que reconocieran que «esto no es bueno para la policía».

La contradicción que había descrito las tensiones polares de la retórica de Obama pasó, sin embargo, a un segundo plano, mientras que el hecho de que «como país tenemos que hacer un examen de conciencia» pasó a ser específicamente el problema de los negros pobres, un problema de comunidades empobrecidas, de ausencia de empleo formal y de su sustitución por la economía ilegal, de policías llamados simplemente para contener los problemas de gueto. Este era el verdadero problema, y era difícil de resolver políticamente.91 Hillary Clinton también se esforzó por expresar su comprensión de las cuestiones sociales que estaban en juego en estas luchas.92 El periódico conservador Washington Times declaró que el problema de Baltimore era una cuestión de clase, y no de raza, y hablaba con simpatía de cómo «los residentes de los barrios más pobres se sienten atacados por una fuerza policial que los trata injustamente».93

La opinión general parecía estar cambiando, con los demócratas y los republicanos intercambiando disparos sobre Baltimore, aunque compartiendo a menudo la premisa tácita de que el problema era la pobreza del centro de la ciudad. El contraste con la década de los 60 era impresionante: mientras que Johnson, un ultraliberal, consideraba que las revueltas de los negros eran un complot comunista, ahora, toda la clase política parecía estar de acuerdo con las quejas de los alborotadores. Las vidas de los negros importaban, y sí, las condiciones de los guetos y el encarcelamiento eran un problema.94

Además del nivel relativamente bajo de destrucción de propiedades en comparación con los disturbios de los sesenta (véase la tabla a continuación), el sorprendente grado de aceptación por parte de las élites en este caso podría atribuirse, quizás, a las posibilidades tan diferentes a las que se enfrentaban estos dos movimientos por los derechos civiles.

Tabla: Impacto de algunos disturbios en EE. UU. (Wikipedia)

Mientras que el primero amenazaba con tener efectos sociales y políticos sustancialmente transformadores, desafiaba estructuras de opresión racial que se remontaban a la derrota de la Reconstrucción y hacía suya la idea de destronar a algunas élites racistas, la nueva política unitaria negra parecía estar dándole patadas a una puerta abierta que no llevaba a ninguna parte. Mientras que la primera podía ofrecer la perspectiva de la incorporación de al menos ciertas partes de la población negra a una economía en crecimiento, el nuevo movimiento se enfrentaba a una economía estancada con cada vez menos oportunidades, incluso para muchos de los que tenían la suerte de haber evitado el gueto, por no hablar de lo que estaban atrapados en él.95 La élite negra actual está dispuesta a ensalzar la retórica del New Jim Crow siempre que lleve a los activistas a las ONG y ayude a consolidar votos, pero a ser posible dentro de un marco paternalista, salpicado de evocaciones de la familia negra disfuncional al estilo de Moynihan. Aquí las penosas iniciativas se centran en cosas como tutorías para mejorar las perspectivas individuales, eludiendo así los problemas sociales. Mientras tanto, las iglesias funcionan como sustitutos del Estado del bienestar y como órganos de representación de la comunidad, funciones que han demostrado estar dispuestos a aceptar y a afirmar en el contexto de este movimiento.96 Las élites de Baltimore han aprovechado el ambiente, por ejemplo, acusando a todos los policías del caso Gray, algo que le valdrá elogios a la fiscal del Estado, Marilyn J. Mosby, sea cual sea el resultado. Pero probablemente sea significativo que la palabra «matón» fuera utilizada por primera vez aquí por esas mismas élites —y por Obama—.97 Mientras que la gente de todo el espectro de la sociedad negra estadounidense y más allá podría afirmar fácilmente que todas esas vidas desde Trayvon Martin en adelante ciertamente importaban, ¿qué podrían decir a los alborotadores de los guetos de Baltimore? ¿Podía mantenerse la delgada unidad de la identidad negra cuando el estigma de la criminalidad pasaba a primer plano?

GRACIA

El 8 de junio fue procesado un agente de policía en uno de los casos más destacados: Michael Slager, por el asesinato de Walter Scott. Podríamos anticipar razonablemente que, aquí, por fin, es probable que se sacrifique a un policía en aras de una mayor legitimidad de la policía. Sin duda, no pueden hacer otra cosa: este caso parece tan claro como el que más, y cualquier otro resultado sería una admisión rotunda de doble rasero. Pero, como hemos visto recientemente con Randall Kerrick —asesino de Jonathan Ferrell—, incluso los casos claros no suelen dar lugar a condenas; al igual que en los casos civiles de «Stand Your Ground», el agente de policía solo tiene que decir que se sintió «amenazado», aunque la víctima estuviera desarmada.

La celda vecina a la de Slager pronto sería ocupada por otro hombre de Carolina del Sur: Dylann Roof, de 21 años, verdugo, el 17 de junio, de 9 feligreses negros en Charleston. La suya fue la reacción de un supremacista blanco a los acontecimientos posteriores a Trayvon. Cuando por fin se cumplió la exigencia de inculpar a los policías —se iba a inculpar a más a lo largo del mes siguiente, en Cincinnati—, la reacción a la masacre pareció silenciada. No hubo protestas airadas, solo conmoción y dolor. En la vista previa al juicio de Roof se presentaron familiares de sus víctimas y le perdonaron públicamente. Fue esta «gracia» cristiana la que dio a Obama la oportunidad de presentarse finalmente como un presidente de los Derechos Civiles, en el funeral del senador estatal Reverendo Pinckney, que había muerto en la masacre. La inocencia como corderos de las víctimas y la respuesta civil de la comunidad le permitieron invocar una imagen de la negritud revestida de esa tradición tan americana: la fe cristiana.

Apropiándose de la retórica vernácula de la iglesia negra, por fin pudo dejar de lado sus equívocos sobre raza y racismo: «no solo nos protegemos contra los insultos racistas, sino también contra el sutil impulso de llamar a Johnny para una entrevista de trabajo, pero no a Jamal». Aplausos de júbilo: «¡Aleluya!» El nacionalismo sureño revanchista de Roof significaba que la justa rabia negra podía ahora dirigirse no contra los policías asesinos, sino contra un símbolo: la bandera confederada, que había ondeado en los palacios estatales de Alabama y Carolina del Sur desde que George Wallace encabezó una reacción blanca contra los derechos civiles en los años sesenta. El 27 de junio Bree Newsome, una activista cristiana negra, arrancó la bandera de la sede del Estado de Carolina del Sur. A la semana siguiente, los gobernadores republicanos de ambos estados habían ordenado retirar la bandera de los edificios oficiales.98 Durante un tiempo, los vídeos de ataques a personas, coches y edificios en los que ondeaba la bandera se convirtieron en un popular meme de Internet.99

Con el verano llegaron las intervenciones de los activistas de Black Lives Matter en las primarias demócratas: interrupciones de los discursos del sorprendente aspirante izquierdista Bernie Sanders que se interpretarían como enfrentamientos entre los izquierdismos de «la raza primero» y «la clase primero»; una reunión improvisada con Hillary Clinton, seguida de una denuncia de «su participación y la de su familia en la perpetuación de la violencia supremacista blanca en este país y en el extranjero». En este punto empezaron a surgir tensiones entre la Campaing Zero, identificada con DeRay, y la Red Black Lives Matter, liderada por Garza, Tometi y Cullors, en gran parte por la cuestión de si debían aceptar el tierno abrazo de los demócratas.100 Esta cautela no carece de justificación: después de todo, como les gusta decir a los izquierdistas estadounidenses, el Partido Demócrata es donde los movimientos sociales van a morir. En agosto, el Comité Nacional Demócrata aprobó una resolución sobre «Black Lives Matter», solo para ser rechazada en una declaración por la Red Black Lives Matter; los demócratas más veteranos compitieron por apoyar al alumno más obediente, Campaign Zero.

Con menos cobertura, pero quizá más significativo, el verano también fue testigo de un enfrentamiento abierto con la vieja guardia de los derechos civiles en la NAACP. Gran parte de las desavenencias se deben a la cuestión de la delincuencia «negro contra negro»: según la Oficina de Estadísticas de Justicia, el 93% de los asesinatos de personas de raza negra se producen a manos de otras personas de raza negra, como Rudy Giuliani no dudó en señalar en el momento álgido de los disturbios de Ferguson. Para figuras de la NAACP como Roslyn Brock, la cuestión acuciante es, por tanto: «¿Cómo damos vida a la narrativa de que las vidas de los negros importan cuando somos nosotros los que matamos?».101 «Para los nuevos activistas, estos discursos eximen a la «supremacía blanca» de toda responsabilidad, culpando a los propios negros, y equivalen a que los líderes negros «vigilen» sus propias comunidades como parte de una «política de respetabilidad» generalizada.

DELINQUIR SIENDO NEGRO

La cuestión de la «criminalidad negra» está sobredeterminada por décadas de acritud entre liberales y conservadores, que se remonta al lamento de Moynihan en 1965 por el estado de la «familia negra».102 Aproximadamente tres conjuntos distintos de diagnósticos y recetas delimitan el perímetro retórico de este debate triangular. Los conservadores condenan las patologías culturales y la falta de familias biparentales estables, que consideran el origen de la elevada delincuencia en los barrios negros; las soluciones pasan a ser la promoción de la observancia religiosa y la paternidad negra, junto con la condena de la música rap. Los liberales defienden a los raperos y a las madres solteras de los conservadores patriarcales, y condenan a los policías racistas que exageran la criminalidad negra al vigilar en exceso los barrios negros; así, la solución pasa a ser la reforma de la policía y la lucha contra el racismo. Por último, los socialdemócratas estarán de acuerdo con los conservadores en que la delincuencia negra es real, pero apuntan a factores estructurales como el elevado desempleo y la pobreza, a su vez impulsados en parte por el racismo presente y pasado; la solución se convierte así en un Plan Marshall para el gueto.

Los miembros de la clase media negra se muestran escépticos ante la negación liberal de la criminalidad negra; muchos tienen familiares o amigos que se han visto afectados por la delincuencia. A menudo abiertos a argumentos estructurales, también están cansados de esperar panaceas socialdemócratas que parecen cada vez menos probables. Al observar su propia capacidad de progreso relativo, les resulta fácil contrastar la situación de los negros pobres con el supuesto éxito de otros grupos de inmigrantes racializados. Así, llegan a conclusiones conservadoras: debe haber algo que no funciona en su cultura, en sus costumbres sexuales, etcétera. No se trata solo de Bill Cosbys y Ben Carsons. Es la posición de influyentes académicos liberales como William Julius Wilson y Orlando Patterson. También se ha convertido cada vez más en la postura de muchos supuestos radicales: Al Sharpton despotricando contra los pantalones caídos o Cornel West denunciando el «nihilismo» de la cultura negra e identificando la religión como solución.103 A esto se refieren los activistas del Black Lives Matter cuando se oponen a «la política de la respetabilidad».

Tales objeciones son, por supuesto, esencialmente correctas: es estúpido culpar de la delincuencia a la cultura.104 The New Jim Crow, de Michelle Alexander, es un punto de referencia clave para estos activistas. Alexander señala las disparidades raciales en el encarcelamiento relacionado con las drogas: los negros y los blancos consumen drogas en proporciones similares, pero los negros son detenidos con mucha más frecuencia, y a veces reciben condenas más largas por el mismo delito, lo que implica que estas disparidades son obra de policías y jueces racistas. Sin embargo, estas respuestas liberales a los argumentos conservadores suelen ir acompañadas de un punto ciego. Al centrarse en los delincuentes de poca monta relacionados con las drogas —que incluso muchos conservadores están de acuerdo en que no deberían cumplir condena—, Alexander elude algunas cuestiones espinosas. Entre los reclusos, los delincuentes violentos superan en número a los delincuentes de drogas en más de 2 a 1, y la desproporción racial entre estos presos es tan alta como entre los delincuentes de drogas.105 Pero con estos delitos es difícil negar que los negros son tanto víctimas como autores en tasas mucho más altas.106 Aquí la explicación de los estructuralistas es básicamente correcta, aunque sus soluciones parezcan inverosímiles: los negros tienen muchas más probabilidades de vivir en guetos urbanos, enfrentados a niveles de privación material mucho más altos que los blancos.

Con su violencia endémica, estos lugares son la base real de las elevadas estadísticas de «crímenes de negros contra negros» que a los conservadores les gusta sacar a relucir como prueba de que la responsabilidad de la violencia a la que están sometidos los negros recae en las propias comunidades negras. En una reacción comprensible contra tales argumentos, los liberales han señalado las similitudes entre las tasas de asesinatos intrarraciales: 84% para los blancos y 93% para los negros.107 Parece un argumento polémicamente eficaz: ¿no deberían las comunidades blancas asumir también más responsabilidad por los «crímenes de blancos contra blancos»? Pero, de nuevo, se está ocultando algo: según la Oficina de Estadísticas de Justicia, los negros se matan entre sí 8 veces más a menudo. No es necesario aceptar la lógica retórica por la que reconocer esto parece una concesión a la moralina conservadora. ¿Acaso no cabe esperar altos índices de criminalidad en la sociedad más desigual del mundo desarrollado? ¿Y no es totalmente previsible que la delincuencia violenta se concentre en zonas urbanas donde predominan formas de empleo que no gozan de protección legal y que, por lo tanto, a menudo deben ser respaldadas con la capacidad de recurrir a la fuerza directa? Los argumentos que evitan estas cosas suelen implicar apelaciones implícitas a una noción poco realista de la inocencia y, así, parecen tener el efecto perverso de reforzar el estigma de la delincuencia; aquí los críticos de la «política de respetabilidad» reproducen su premisa fundacional.108 Mientras que la perspectiva de que el problema subyacente se resuelva mediante un gigantesco Plan Marshall para el gueto parece la más desoladora, muchas propuestas políticas de los activistas de Black Lives Matter se limitan a alguna versión de «más policías negros».109 La historia de la reforma policial en lugares como Baltimore, donde la policía y las «juntas civiles de revisión» han reflejado durante mucho tiempo los rostros de la población en general, demuestra claramente la insuficiencia de estas respuestas. Pero quienes afirman de forma más radical que lo que se debería exigir es menos policía, en lugar de mejor, están en cierto modo igual de alejados de la realidad.110 El hecho preocupante —citado a menudo por la derecha conservadora, pero no por ello menos cierto— es que es precisamente en los barrios negros más pobres donde a menudo encontramos el mayor apoyo a una policía más dura. Cuando Sharpton, en su elogio a Brown, arremetió contra la negritud abyecta del gángster y el matón, algunos de los activistas se horrorizaron, pero su mensaje fue recibido calurosamente por muchos de los residentes de Ferguson presentes. Esto se debe a que Sharpton apelaba a una versión de la «política de respetabilidad» que tiene sus raíces en el gueto. Ta-Nahesi Coates, que creció en Baltimore Oeste, ha reconocido que muchos residentes «eran más propensos a pedir apoyo a la policía que a quejarse de la brutalidad». Esto no se debe a que amaran especialmente a los policías, sino a que no tenían otro recurso: mientras que la «seguridad» de la América blanca estaba en «las escuelas, las carteras y los rascacielos», La suya estaba en «hombres armados que solo podían mirarnos con el mismo desprecio que la sociedad que los envió».111

VIGILANCIA DE LAS POBLACIONES EXCEDENTES

En el nivel más abstracto, el capital es daltónico: la plusvalía producida por la mano de obra blanca no es diferente de la producida por la mano de obra negra, y cuando las leyes racistas interfieren en la compra y venta de mano de obra, como acabó ocurriendo en el Sur de Jim Crow, los capitalistas tenderán a apoyar la derogación de esas leyes. No obstante, cuando la demanda de mano de obra disminuye y se plantea la cuestión de quién debe quedarse sin ella, por lo general se puede confiar en que los trabajadores descubran las divisiones necesarias entre ellos, normalmente a lo largo de líneas de parentesco, etnia y raza. De este modo, los capitalistas se benefician del racismo aunque no lo creen, ya que en periodos de crecimiento estas divisiones socavan cualquier poder de negociación colectiva que los trabajadores pudieran conseguir de otro modo. Históricamente, las rígidas jerarquías raciales no han sido obra del capital, sino del Estado, sobre todo, aunque no exclusivamente, de los colonos blancos y otros Estados coloniales. El racismo de Estado se personifica en las leyes contra el mestizaje, que pretenden hacer realidad la diferencia racial prohibiendo la mezcla de razas; de esta manera, el Estado-nación se convirtió en un Estado racial. En tiempos de crisis económica se podía contar con que los Estados raciales intervinieran en los mercados laborales —que asignan contingentemente trabajadores a los empleados y a los desempleados— para reordenar estas determinaciones metódicamente, según criterios raciales.

A mediados del siglo XX, este proyecto de creación de raza orquestado por el Estado se vino abajo a escala mundial. Por un lado, la revelación del genocidio nazi y el éxito de los movimientos de descolonización deslegitimaron el racismo estatal explícito. Por otro, el rápido crecimiento de la posguerra condujo a la rigidez de los mercados laborales, lo que redujo la competencia por los puestos de trabajo entre los grupos racializados. Fue, pues, una época de asimilación, evidenciada por las victorias parciales del Movimiento por los Derechos Civiles. Lo que hizo retroceder este proceso fue la reafirmación de las tendencias capitalistas de crisis en los años setenta. La caída de los beneficios provocó un descenso de la demanda de mano de obra. La igualdad formal recientemente alcanzada no impidió que las desigualdades económicas reales se vieran reforzadas por una mayor competencia por los puestos de trabajo. Aquí el Estado encontraría para sí mismo un nuevo papel de creación de raza, esta vez no como árbitro de la separación legal, sino más bien como gestor de poblaciones excedentes racializadas.112

A medida que la regulación de las relaciones sociales por el mercado laboral empezó a resquebrajarse con la ralentización de la economía, los proletarios fueron expulsados del sector industrial, lo que provocó el aumento del desempleo y el subempleo, y el crecimiento de los servicios con salarios bajos. La población huyó hacia los suburbios, dejando atrás unos centros urbanos en decadencia. Esto provocó un deshilachamiento del tejido social, junto con una crisis fiscal del Estado. A pesar de las divisiones bipartidistas, los gobiernos a partir de Reagan aprovecharon la oportunidad para poner fin a toda una serie de programas sociales ya de por sí escasos. Las comunidades previamente existentes empezaron a desmoronarse. Esto tenía una dimensión cultural: el consumo privado de medios de comunicación en casa, la creciente atomización, etcétera. Pero, sobre todo, las solidaridades existentes se habían basado en una economía en crecimiento. Las comunidades que debían alcanzar la autonomía en el contexto del Movimiento del Poder Negro se encontraron desgarradas por la delincuencia y la desesperación. Aquí la policía intervino como último recurso de mediación social, gestionando un creciente desorden social, convirtiéndose en omnipresente en todo el tejido social. Cuando, por ejemplo, las personas entraban en estados mentales alterados por una u otra crisis, el Estado enviaba cada vez más, no a «profesionales de la salud mental», sino a policías, que sometían por la fuerza y a menudo mataban en el proceso.

En este mundo precario hay que sobrevivir con poca ayuda, y cualquier accidente o racha de mala suerte puede suponer perderlo todo. No es de extrañar que la gente enferme o recurra a la delincuencia cuando cae y no puede volver a levantarse. La policía está ahí para garantizar que los que han caído no creen más disturbios, y para llevarlos a la cárcel si lo hacen. Las personas que quedan atrapadas no son solo las que atrapa la policía, sino personas —no ángeles— atrapadas en los vectores de una desintegración social que se extiende. Al mismo tiempo, poblaciones más amplias —temerosas de mirar hacia abajo— desarrollan sus propias mentalidades policiales. Esto da la razón a los eslóganes antipoliciales que presentan a la policía como una imposición a la comunidad, que se basan en la suposición de que estas comunidades estarían bien si la policía dejara de interferir: donde la comunidad y la sociedad están en estado de decadencia, la policía se ofrece como un sustituto, aportando una apariencia de orden a las vidas que ya no importan al capital.

Por la misma razón, es más o menos imposible que el Estado resuelva el problema cambiando el carácter fundamental de la policía. Una reforma a gran escala que acabara con la función actual de la policía como mediación social represiva y de último recurso, requeriría un renacimiento del proyecto socialdemócrata. Pero con sus menguados recursos económicos, el Estado carece de la llave de esa puerta. Mientras tanto, las reformas más suaves en torno a las cuales los activistas de Black Lives Matter pueden unirse con una élite política bipartidista —cosas como el encarcelamiento de los delincuentes de drogas de bajo nivel y la «reinversión de la justicia» en la policía comunitaria— solo aumentan la perspectiva de una versión más quirúrgica del Estado carcelario. La brutal vigilancia policial de la América negra es una advertencia sobre el futuro global de la humanidad sobrante. Escapar de ese futuro requerirá el descubrimiento de nuevos modos de acción unificada, más allá de las separaciones.

CODA

Esta oleada de luchas, que ha reunido a personas de toda la sociedad estadounidense bajo el término «negro» para protestar por cuestiones profundamente relacionadas con las estructuras raciales, ha mostrado una peculiar integración vertical. El contenido de este término unificador ha sugerido un cierto peso cuando se contrapone al tanteo sin orientación hacia la unidad de otros movimientos recientes como Occupy. Es raro el movimiento que parece unir al habitante del gueto, a la estrella multimillonaria y al agente del poder político en torno a una causa social sustantiva. Pero ahí está el problema. Al extenderse a lo largo de un espacio tan desigual, era inevitable que la unidad en juego fuera correspondientemente delgada. Si el contenido de la identidad es nulo sin ella, en los extremos de la diferencia el planteamiento de la identidad se convierte en una mera formalidad, mientras que el contenido se escapa.

Que la negritud pueda parecer que ofrece algo más sustancial es un efecto de su peculiar construcción: un contenido social forzosamente dado por su papel como marcador de clase subordinada, pero también una unidad identitaria posibilitada por su no correspondencia última con la clase. Estos polos en tensión han identificado durante mucho tiempo la especificidad de las luchas negras: insurgencia proletaria o «liderazgo de raza»; negritud como maldición socioeconómica o como cultura. Pero a medida que la brecha entre ricos y pobres se ensancha, y que estos últimos se hunden cada vez más en la miseria y la delincuencia, los gestos para mantener unidos los dos polos deben ser cada vez más vacíos. Para alcanzar el contenido social hay que soltar la identidad; para abrazar la identidad hay que soltar el contenido. Es prácticamente imposible mantener ambos a la vez. ¿La principal reivindicación es la reforma de la policía? ¿O se trata de mejorar las condiciones de los guetos en los que la violencia policial es más o menos la única forma de controlar otros tipos de violencia? Si la negritud parece ofrecerse como un espacio en el que estas demandas podrían no estar realmente en desacuerdo, es solo por la luz borrosa de la penumbra de las antiguas capacidades de solidaridad, cuando la clase media negra también vivía en el gueto y compartía su destino; cuando la clase trabajadora negra podía razonablemente esperar ver días mejores.

Aunque está claro que la negritud ha sido en gran parte evacuada de un contenido social consistente, por su evidente capacidad para inducir movilizaciones dinámicas a tan gran escala en la población estadounidense está igualmente claro que sería prematuro anunciar su desaparición. Y en sus tensiones reside todavía un momento inestable aunque inafirmable, en la raíz social de las lógicas racializadoras, donde las relaciones sociales capitalistas se pudren en la nada, y donde residen los problemas más acuciantes de la humanidad excedente. Si la raza podía presentarse como la solución a un enigma compositivo, conjurando una nueva unidad a través de modulaciones descendentes, esa misma unidad desemboca en otro impasse compositivo cuando un nuevo descenso amenaza con deshacerla. Ahora que el gueto ha redescubierto su capacidad de amotinarse, y de forzar el cambio al hacerlo, ¿se quedarán de brazos cruzados otros componentes más amplios de los pobres de Estados Unidos, blancos y latinos? ¿Y qué papel desempeñarán, en esos momentos, los nuevos líderes raciales? Hay que aguzar el oído para captar las nuevas composiciones en las que se están resolviendo estas modulaciones.

EPÍLOGO

Los cadáveres no han dejado de acumularse. El 16 de julio de 2015 la activista de Black Lives Matter Sandra Bland, de 28 años, fue encontrada ahorcada en una celda de la policía en el condado de Waller (Texas), un suceso que se dictaminó suicidio, pero en el que, por supuesto, muchos sospecharon de juego sucio. Los que entran en el panteón macabro de este movimiento son la punta del iceberg. En el momento de escribir estas palabras, 891 personas habían sido asesinadas en lo que va de año por la policía estadounidense, de las cuales 217 fueron identificadas como negras, más del doble que las tasas de blancos e hispanos.113 Aunque no se dispone de cifras exactas, en los años transcurridos desde que comenzó esta oleada de luchas decenas de miles de personas negras habrán sido asesinadas en Estados Unidos.114 Aunque el total sería solo ligeramente inferior en el caso de los blancos, éstos representan el 63% de la población estadounidense, mientras que los negros son solo el 13%.

El 9 de agosto, aniversario del tiroteo contra Brown, 250 personas se congregaron en Ferguson durante el día. Por la noche se produjeron algunos disparos contra la policía, saqueos y un robo a un periodista, mientras hombres armados vigilaban Ferguson Market & Liquor. Tyrone Harris Jr., de 18 años —al parecer, amigo íntimo de Mike Brown—, fue abatido por cuatro agentes de policía vestidos de civil, tras participar supuestamente en un tiroteo entre saqueadores. El 19 de agosto otro adolescente de San Luis, Mansur Ball-Bey, de 18 años, recibió un disparo por la espalda de la policía tras huir de un registro en su domicilio. Grandes multitudes se congregaron en el norte de San Luis, donde la policía lanzó gases lacrimógenos; se tiraron piedras, se quemaron coches, se produjeron saqueos... Se hizo viral un vídeo de Peggy Hubbard, una abuela negra que creció en Ferguson, atacando al Black Lives Matter por apoyar a «matones» como Ball-Bey —y a su hermano y su hijo, que estaban en la cárcel—, mientras ignoraba la trágica muerte de Jamyla Bolden, de 9 años, asesinada por una bala perdida de un tiroteo mientras yacía en la cama de su madre. El 24 de agosto un juez de Ferguson recién nombrado anunció que se anularían todas las órdenes de detención emitidas antes de 2015, y la legislatura de Missouri limitó las tasas judiciales en el condado de San Luis al 12,5% de los ingresos municipales. Aunque la matanza no da señales de amainar, la negociación colectiva por disturbios vuelve a obtener concesiones.