NOTAS HACIA UN ANTIRRACISMO ABOLICIONISTA

Sin una explicación de la relación entre la «raza» y la reproducción sistemática de la relación de clase, la cuestión de la revolución como superación de divisiones sociales arraigadas solo puede ser planteada de forma distorsionada e incompleta. Y sin una comprensión de las dinámicas de la racialización —desde los orígenes históricos del capitalismo en la «acumulación primitiva» hasta la reestructuración del Estado estadounidense en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial—, las continuas luchas contra nuevas formas de dominio racial solo pueden ser mal reconocidas como periféricas a un conflicto en última instancia neutral desde el punto de vista de la raza entre capital y trabajo. En lugar de desvanecerse con el declive de lo que a veces se interpreta como un sistema vestigial de creencias populares, la resistencia a la subordinación racial en los EE. UU. ha continuado. La «raza» no ha desaparecido: más bien se ha reconfigurado frente a las medidas de austeridad y a un Estado aumentado de seguridad «posrracial» que ha surgido para gestionar las aparentes amenazas raciales a la nación planteadas por la vida sin salarios de los negros, la mano de obra inmigrante latina y el «terrorismo islámico».

A través de la «raza», la esclavitud de los negros en los Estados Unidos constituía el trabajo «libre» como blanco y la blancura como inesclavitud y propiedad inenajenable. Posteriormente, la abolición formal de la esclavitud ha llegado a definir el logro estadounidense de lo que Marx llamó «doble libertad»: la «libertad» de la separación forzosa de los medios de producción y la «libertad» de vender la fuerza de trabajo a la clase colectiva de dueños de esos medios.1 Sin embargo, la «raza» no complica simplemente cualquier periodización de los orígenes históricos del capitalismo; fue la protagonista de una variedad global de movimientos de liberación nacional, contra el apartheid y por los derechos civiles a mediados del siglo XX. Una ofensiva antirracista a nivel mundial puso en tela de juicio casi cuatro siglos y medio de «sentido común» racial y desacreditó en gran medida la supremacía blanca como política estatal explícita. La «raza» ha sido reconfigurada en respuesta a este auge antirracista histórico-mundial y continúa existiendo como un cuerpo de ideas —pero también como una relación de dominación dentro y fuera de la relación salarial— reproducida a través de instituciones y políticas aparentemente no raciales. Dos dinámicas han reproducido la «raza» en los EE. UU. desde los movimientos antirracistas de mediados del siglo XX: primero, la subordinación económica a través de diferencias salariales racializadas y superfluidad, y segundo, la violencia racializadora y el alcance global del estado penal y de seguridad nacional. La mayoría de los procesos de adscripción racial contemporáneos son, en gran medida, políticamente irrepresentables como cuestiones que atañen a la «raza» porque han sido codificados superficialmente como neutrales desde el punto de vista racial: por ejemplo, aparatos estatales disciplinarios definidos a través de discursos de «amenazas a la seguridad nacional», «inmigración ilegal» y «crimen urbano».

Sin una comprensión de la fuerza estructurante de la «raza» en la política exterior de los EE. UU. y como motor del surgimiento del estado carcelario en respuesta al fin de la segregación legal, solo se puede tener una comprensión parcial de la fusión institucional y la expansión de apariencia ilimitada del poder policial y militar en los últimos cuarenta años. Las críticas antirracistas de movimientos sociales recientes como Occupy Wall Street, así como la consolidación de la oposición bajo la bandera de una política de descolonización, iluminan una falla importante en la vida política de los EE. UU., dividiendo una «política de «raza» de una «política de clase». La polarización intelectual entre estas dos formaciones políticas ha revelado la inadecuación tanto de los enfoques marxistas de la clase como de las teorías de la «raza» expresadas como una problemática de diferencias culturales y no de dominación.

Superpuesto a —aunque conceptualmente distinto de— la clase, la cultura, la casta, el género, la nación y la etnia, la «raza» no es solo un sistema de ideas, sino una serie de procedimientos adscriptivos de racialización que estructuran múltiples niveles de vida social. A pesar de su compromiso de desafiar la ideología racial como la asignación de valor diferencial a la apariencia física y la ascendencia, gran parte del análisis y la práctica antirracistas continúan tratando la «raza» como un sustantivo, como una propiedad o atributo de identidades o grupos, en lugar de como un conjunto de procesos adscriptivos que imponen identidades ficticias y subordinan a poblaciones racializadas. Distinguir la adscripción racial de los actos voluntarios de identificación cultural —y de una variedad de respuestas a la legislación racial, desde la huida hasta la revuelta armada— requiere un cambio de enfoque de la «raza» al racismo. Pero centrarse en el fenómeno del racismo tiende a reducir el terreno en el que la «raza» es estructuralmente impuesta a actitudes personales o ideologías raciales, en lugar de a procesos institucionales que pueden generar profundas disparidades raciales sin requerir de creencias o intenciones individuales racistas.

Como resultado, la «raza» se teoriza en términos culturales o económicos divergentes como evidencia de la necesidad de afirmar las identidades grupales denigradas o integrar más profundamente a los individuos en los mercados capitalistas momentáneamente distorsionados por el prejuicio individual. Por un lado, la «raza» es una forma de estigmatización y tergiversación cultural que requiere reconocimiento personal, institucional y/o estatal. Por otro lado, la «raza» es un sistema de diferencias salariales, estratificación de la riqueza y segregación ocupacional y espacial. Ya sea defendido o ridiculizado por críticos de todo el espectro político, el concepto de identidad racial o cultural se ha convertido en una especie de figura representativa para discutir asuntos de la «raza» en general. Por el contrario, aquellos que reniegan de las «políticas de la identidad» basadas en explicaciones funcionalistas o epifenomenalistas de la «raza» proponen una «política de clase», socialista o socialdemócrata-alternativa, basada esencialmente en la misma lógica política de afirmación de los sujetos —es decir, los trabajadores— dentro y, a veces, contra el capitalismo. Esta división entre formas económicas y culturales de la «raza» naturaliza la desigualdad económica racial y transforma el problema de la opresión y explotación racial en un epifenómeno de la clase o en el reconocimiento erróneo de la identidad.2

Las teorías de la estratificación, tanto la cultural como la económica, han tendido a enmarcar la desigualdad racial fundamentalmente como un problema de la distribución desigual de los privilegios, el poder y los recursos existentes, al mismo tiempo que continúan planteando la economía como racialmente neutral o incluso como un motor del progreso racial. La escasez de análisis materialistas del conjunto de procedimientos adscriptivos y punitivos organizados bajo el signo de la «raza» ha significado que los críticos de todo el espectro político hayan continuado minimizando la gravedad y el alcance de la dominación racial organizada por unas instituciones sociales supuestamente «daltónicas». Cargada con discursos de mejora racial a través de la meritocracia, la «raza» continúa siendo representada como una particularidad cultural o como una desviación de la igualdad cívica daltónica. En cualquier caso, la «raza» se articula en términos de diferencia, ya sea real o ilusoria, de una norma política o cultural más que como una forma de coerción estructural.

Si la «raza» es por tanto entendida en términos de diferencia más que de dominación, entonces la práctica antirracista requerirá la afirmación de las identidades estigmatizadas en lugar de su abolición como indicadores de subordinación estructural. Formular un antirracismo abolicionista requeriría imaginar el fin de la «raza» como una asignación jerárquica, en lugar de una negación de la relevancia política de las identidades culturales. «Raza» designa una relación de subordinación. La omisión conceptual de la diferencia entre la adscripción racial y las respuestas individuales y grupales a la interpelación racial es endémica en gran parte de la literatura, tanto la que denuncia como la que defiende una política de identidad. Desde el punto de vista de la emancipación, un orden social liberado de la dominación racial y de género no significaría necesariamente el fin de dicha identidad como tal, sino de los procesos adscriptivos que se encuentran tan profundamente ligados a la génesis histórica y la trayectoria del capitalismo global, que las categorías básicas de la sociabilidad colectiva se transformarían hasta dejar de ser reconocibles.3

El precipitado descenso en el siglo XXI de la participación de los trabajadores estadounidenses en la renta empresarial y la transición a la austeridad han alterado por completo el terreno, lo que está en juego y las posibilidades de éxito no sólo del movimiento obrero estadounidense, sino también de todas las luchas políticas antirracistas contemporáneas. El legado de exclusiones raciales y de género que han estructurado el movimiento laboral estadounidense se ha ido erosionando constantemente al mismo tiempo que ha disminuido el tamaño y la fuerza relativos del trabajo organizado. Debido a que el sector público, con sus sólidos mandatos contra la discriminación, representa el último bastión de los trabajadores organizados de los EE. UU., la hostilidad hacia el movimiento laboral de los Estados Unidos se formula con frecuencia a través de una retórica racista. Como argumentan Kyriakides y Torres, las visiones de la década de 1960 acerca de un sujeto del Tercer Mundo anticolonial o no alineado en los EE. UU., en una época de recesión, se han fracturado en múltiples «sujetos de identidades étnicamente determinadas en constante competencia, no solo por las migajas de las cada vez más reducidas ayudas económicas, sino por el reconocimiento de su sufrimiento desarrollado por un Estado-nación en el que la derecha ganó la batalla política y la izquierda la guerra cultural».4

Adenda: sobre la terminología

La «raza» ha sido descrita de formas diversas como una ilusión, un constructo social, una identidad cultural, una ficción biológica fácticamente social y como un complejo de significados sociales en desarrollo. A lo largo de este artículo, «raza» aparece entre comillas para evitar atribuirle propiedades causales independientes a objetos que son definidos por procesos adscriptivos. En pocas palabras, la «raza» es la consecuencia y no la causa de la adscripción racial o procesos de racialización que justifican relaciones de poder históricamente asimétricas a través de la referencia a las características fenotípicas y la ascendencia: «Sustituida por el racismo, la raza transforma la acción de un sujeto en un atributo del objeto».5

También he escrito «raza» entre comillas para sugerir tres dimensiones superpuestas del término: como un indicador de desigualdad material variable, como un conjunto de ideologías y procesos que crean un orden social racialmente estratificado y como una historia en desarrollo de lucha contra el racismo y la dominación racial —una historia que a menudo se ha arriesgado a la reificación de la «raza», al revalorizar identidades impuestas, o a reificar la «ausencia de raza» al afirmar ficciones liberales de individualidad atomísticamente aislada—. El entrelazamiento de la dominación racial con la relación de clase ofrece la esperanza de desmantelar sistemáticamente la «raza» como indicador de relaciones estructurales de poder desiguales. Así, la «raza» puede ser imaginada como una categoría emancipatoria no desde el punto de vista de su afirmación, sino a través de su abolición.

1. UNA BREVE HISTORIA DE SUBORDINACIÓN RACIAL: DE LA LIMPIEZA DE SANGRE A LA SUPERFLUIDAD GLOBAL

La trayectoria de la dominación racial, desde la esclavitud hasta las poblaciones excedentes racializadas actuales, traza un largo arco histórico entre la creación colonial de la «raza» a través de las nociones españolas del siglo XVI de «limpieza de sangre» y su reproducción estructural bajo la reestructuración global del capitalismo. Una historia que solo se podrá esbozar brevemente. La genealogía de la «raza» y sus precursores se remonta a la expansión espacial del colonialismo europeo, —desde el barroco sistema de castas raciales de las administraciones coloniales española y portuguesa, hasta el posterior orden racial producido por la colonización británica de las Américas, África y Asia, nos encontramos con el exterminio, la esclavitud o la colonización de poblaciones racializadas— a menudo a manos de una clase colonial de sirvientes contratados— la «raza» fue consolidada a través de la disminución de la servidumbre europea y el surgimiento de la esclavitud negra. Esta fue la otra cara de lo que los marxistas llaman «proletarización». Marcadas por historias en curso de exclusión del salario y subyugación violenta a variedades de «trabajo no libre», las poblaciones racializadas se insertaron en el capitalismo temprano de maneras que aún hoy continúan definiendo a las poblaciones excedentes contemporáneas.

El tratamiento superficial de la violencia racial en la narración histórica de la «acumulación primitiva» sigue siendo un punto ciego fundamental en los análisis marxistas de la relación entre «raza» y capitalismo. En la era de la conquista y en la transición al capitalismo, la «raza» surgió a través del saqueo, la esclavitud y la violencia colonial. Al mismo tiempo, la acumulación primitiva en Inglaterra produjo un excampesinado desposeído y superfluo, pues aún no se había creado el sistema fabril que pudiera absorberlo. Muchos de estos excampesinos fueron finalmente enviados a las colonias o reclutados en empresas imperiales: la marina militar, la marina mercante, etc. En los siglos XVIII y XIX más de estas poblaciones excedentes se integraron en la economía capitalista en desarrollo, ya sea como esclavos o como trabajadores asalariados, de acuerdo con una tipología de «raza» cada vez más compleja. Finalmente, después de décadas de aumentos en la productividad laboral, el capital comenzó a expulsar más mano de obra del proceso de producción de la que absorbía. Eso, a su vez, produjo otro tipo de población superflua en forma de un ejército industrial de reserva desproporcionadamente no blanco. En la periferia del sistema capitalista global, el capital ahora renueva la «raza» al crear vastas poblaciones urbanas superfluas de cerca de mil millones de habitantes, descendientes desesperadamente empobrecidos de sus antecesores esclavizados y colonizados.

En el siglo XXI la sustancial sobrerrepresentación de grupos estadounidenses racializados entre los desempleados y subempleados —«los últimos en ser contratados y los primeros en ser despedidos»— demuestra la incorporación desigual y concesiva de estos grupos en un sistema de diferencias salariales altamente racializadas, segregación ocupacional y trabajo precario. A medida que el capital se deshace de estas poblaciones excedentes en el centro, el capital excedente producido cada vez por menos trabajadores más intensamente explotados en el norte global recorre el mundo en busca de salarios más bajos y reaparece como la amenaza racial de la mano de obra barata del sur global. En los Estados Unidos, con el fin del trabajo asalariado seguro y la retirada de las ayudas públicas, ha surgido un Estado masivo de seguridad «posracial» para gestionar las supuestas amenazas civilizatorias a la nación, vigilando la vida sin salario de los negros, deportando la mano de obra inmigrante y librando una guerra ilimitada «Contra el Terror». El aumento catastrófico del encarcelamiento masivo de negros, la hipermilitarización de la frontera sur de los EE. UU. y la continuidad de las operaciones de seguridad abiertas en todo el mundo musulmán revelan cómo la «raza» sigue siendo no solo una asignación probabilística de valor económico relativo, sino también un índice de vulnerabilidad diferencial a la violencia estatal.6 , Racial Formation in the Twenty-First Century (University of California, 2012), pp. 276-301.]

2. REINTERPRETAR LA SUPREMACÍA BLANCA EN LA «BASE»

Si bien Marx y Engels generalmente insistieron en la necesidad de que los trabajadores se opusieran al racismo en sus manifestaciones más flagrantes del siglo XIX, no intentaron articular la relación de «raza» y clase a un nivel categórico.7 , p. 305) es citado a menudo por sus defensores, al igual que sus denuncias del racismo antirlandés. Menos mencionadas son las opiniones de Marx y Engels sobre los «mexicanos vagos» y la causa de la inmadurez política de Lafargue, el yerno de Marx, siendo «el estigma de su herencia negra» y «sangre criolla». Ver Frederick Engels, «Democratic Pan-Slavism», Nueva Gaceta Renana 231 (MECW 8), p. 362; Babacar Camara, Marxist Theory, Black/African Specificities, and Racism (Lexington, 2008), pp. 71-2.] Como observa Derek Sayer, «Marx fue un hombre de su tiempo»:

Como la mayoría de victorianos, Marx consideró tanto la «raza» como la familia como categorías naturales —incluso si estaban sujetas a alguna «modificación histórica»— y tuvo pocos problemas para distinguir entre «civilización» —que para él era blanca, occidental y moderna— y «barbarie». Sus puntos de vista sobre los resultados beneficiosos del colonialismo europeo avergonzarían a muchos marxistas del siglo XX, a pesar de sus denuncias sobre la violencia de sus medios…8

La relación teórica entre «raza» y clase se ha convertido posteriormente en el tema de un largo debate en las variedades del marxismo académico que surgieron cuando ingresó a la universidad una generación de «Nueva Izquierda» inspirada en las luchas de los años sesenta. En una contribución temprana e influyente a este debate, Stuart Hall afirmó que la «raza» era la modalidad en la que se «vive» la clase, el medio a través del cual se experimentan las relaciones de clase, «la forma en que se hace propia y a través de la que se lucha».9 Hall y otros teóricos culturales complementaron las categorías marxistas de «base» y «superestructura» con las ideas de figuras marxistas occidentales como Louis Althusser y Antonio Gramsci. En particular, tuvo una amplia acogida el segundo, con su desarrollo del concepto de «hegemonía» —con un espacio para teorías más matizadas de cultura, ideología y política—, el cual ha sido una referencia central en los intentos académicos por rearticular la relación entre «raza» y clase. En este sentido, la lucha antirracista es vista como una contienda por la «hegemonía democrática», que siguió desde mediados del siglo XX al desprestigio de la supremacía blanca como política estatal explícita.10 Hasta hace poco, el análisis de Gramsci de la hegemonía, que ha servido de base tanto a la teoría cultural marxista como a muchas críticas muy influyentes sobre la «raza» y la esclavitud, no ha sido cuestionado.11

La reciente escritura crítica de Frank Wilderson, miembro de un grupo de teóricos contemporáneos de la política negra a quienes Wilderson ha calificado ampliamente como «afropesimistas», incluyendo a Saidiya Hartman, Hortense Spillers, Jared Sexton y Joy James, desafía agudamente la idoneidad de este marco gramsciano. Wilderson evalúa los límites de una economía política de la «raza» centrada en el trabajo asalariado, más que en las relaciones directas de violencia racial y terror, desde la esclavitud de los negros hasta su encarcelamiento masivo. En contraste con una perspectiva marxista que se centra en la lucha respecto al salario o respecto a los términos de explotación, Wilderson identifica «el despotismo de la relación no asalariada» como el motor que impulsa el racismo contra los negros.12

Wilderson presenta una crítica devastadora de la relevancia del análisis gramsciano de la hegemonía para comprender la violencia estructural contra los negros. Para Wilderson es el enfoque en las luchas respecto al salario lo que conduce a la incapacidad del marxismo para conceptualizar la violencia gratuita contra los cuerpos negros, la cual sería, «una relación de terror opuesta a una relación de hegemonía».13 Wilderson tiene razón al señalar que «el sujeto privilegiado del discurso marxista es el subalterno al que se acerca el capital variable: el asalariado».14 Esto se debe a que el acceso al salario fue un requisito previo tanto para las luchas laborales como para las posteriores luchas civiles identitarias posteriores al fin de la segregación legal, a lo largo del siglo XX. Desde el punto de vista del movimiento obrero clásico, el racismo fue visto como un impedimento desafortunado para un proceso de integración progresiva en una clase trabajadora en expansión. Sin embargo, es precisamente la racialización de los no asalariados, los no libres y los excluidos lo que constituye la sociedad civil como un espacio donde el reconocimiento se otorga a través de contratos salariales formales y derechos de ciudadanía en abstracto para sus miembros.15 Así, para Wilderson «el sujeto negro revela la incapacidad del marxismo para pensar en la supremacía blanca como el punto de partida».16

En contra de la lectura gramsciana de Marx, con su enfoque en el trabajo asalariado, los teóricos de la forma-valor brindan un marco alternativo para trazar la compleja interacción entre las formas directas e indirectas de dominación. Si el capital es ante todo una forma de dominación indirecta o impersonal —a diferencia de la esclavitud negra o el feudalismo, por ejemplo—, en la que las relaciones de producción no están subordinadas a las relaciones sociales directas, no existe incompatibilidad necesaria entre esto y la persistencia o desarrollo de formas directas y manifiestas de dominación racial y de género. Aquí están en juego no solo formas de trabajo no asalariado, coaccionado o dependiente, sino también, de manera crucial, la gestión de aquellas poblaciones que se han vuelto redundantes en relación con el capital. Tales poblaciones son prescindibles, pero no obstante se encuentran atrapadas dentro de la relación del capital, porque su existencia está definida por una economía mercantil generalizada que no reconoce su capacidad de trabajo. Se podría decir que la gestión de tales poblaciones está «determinada formalmente» por la relación del capital, sin estar subsumida por ella.

La teoría de la «determinación formal» del Estado también puede ayudar a superar algunos de los límites de la visión gramsciana del Estado como un objeto sobre el cual las fuerzas sociales en pugna luchan por obtener el control. Del «debate de la derivación del Estado» de la década de 1970 surgió una visión alternativa del Estado como una manifestación particular de la relación del capital, constituida por la separación de las relaciones de producción indirectas e impersonales del poder político directo. Así, el Estado, con sus capacidades penales o carcelarias ampliadas, puede imponer relaciones directas de dominación racial mientras, por ejemplo, se involucra en la regulación disciplinaria y la expulsión de la mano de obra inmigrante. En aquellas relaciones mediadas por el intercambio «libre», donde se comercia con el trabajo asalariado como una mercancía, el Estado está obligado a garantizar los términos del intercambio y del contrato, mientras que las relaciones no asalariadas colocan a una o ambas partes de la relación potencialmente fuera o más allá de la ley. La criminalización cada vez más punitiva de la compra, venta y tráfico de drogas ilícitas proporciona quizás uno de los ejemplos más infames de una economía informal racializada y racializadora estructurada fundamentalmente por la violencia estatal. La condición jurídica de la mujer como propiedad dentro del matrimonio ofrece otro, en el que las mujeres tradicionalmente no tenían protección frente a sus maridos dentro del marco de la ley, sino protección frente al resto de hombres. La protección limitada de este estatus legal como propiedad se revocó en el caso de los trabajadores domésticos negros para racionalizar la violación y la explotación sexual generalizadas por parte de los empleadores varones blancos.17 En cualquier caso, la división racial tanto del trabajo productivo como reproductivo mantiene de manera consistente jerarquías raciales dentro de las categorías de género y jerarquías de género dentro de las categorías raciales.18

El movimiento obrero —con su valorización del trabajo asalariado, el trabajo y el trabajador como sujeto de la historia— no logró comprender que el trabajo asalariado no es la única forma estable de explotación sobre la cual los capitalistas pueden beneficiarse. El capitalismo no solo ha demostrado ser totalmente compatible con el trabajo no libre —desde la esclavitud, la servidumbre por contrato, el arrendamiento de convictos y la servidumbre por endeudamiento hasta formas de trabajo doméstico y trabajo reproductivo no remunerado—, sino que ha requerido la racialización sistemática de este trabajo a través de la creación de una variedad de sujetos raciales y de género no soberanos. Estos modos de explotación no están destinados a desaparecer con la expansión de las relaciones sociales capitalistas en todo el mundo —por ejemplo, a través de campañas masivas de estados independientes en África, América Latina y Asia para subyugar a las poblaciones locales a proyectos de industrialización—. En cambio, se reproducen a través de la creación de poblaciones excedentes similares a castas, abandonadas por el salario, pero aún aprisionadas dentro de los mercados capitalistas. La «raza» no es extrínseca al capitalismo ni simplemente el producto de formaciones históricas específicas como el apartheid sudafricano o las leyes Jim Crow. Asimismo, el capitalismo no incorpora simplemente la dominación racial como parte incidental de sus operaciones, sino que desde sus orígenes comienza a producir y reproducir la «raza» de forma sistemática como un excedente global de humanidad.

Como señaló Marx, la base para la «acumulación primitiva», que requiere el despojo del campesinado en Inglaterra y Escocia, se encuentra en la esclavitud de las plantaciones del Nuevo Mundo, la extracción de recursos y el exterminio de las poblaciones no europeas a escala mundial:

El descubrimiento de oro y plata en América, la extirpación, esclavización y sepultura en minas de la población aborigen, el inicio de la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la conversión de África en una madriguera para la caza comercial de pieles negras, marcó el amanecer rosado de la era de la producción capitalista. Estos procedimientos idílicos son el momento principal de la acumulación primitiva. Pisándole los talones estaría la guerra comercial de las naciones europeas, con el globo terráqueo por teatro. Comienza con la rebelión de los Países Bajos contra España, adquiere dimensiones gigantescas en la Guerra Anti-Jacobina de Inglaterra, y continúa en las guerras del opio contra China, etc.19

Si bien las variedades de trabajo esclavo no determinadas racialmente son anteriores a la «Era del descubrimiento» colonial europea, el capitalismo tuvo la característica única de forjar una doctrina racista sistemática desde el siglo XVI al XIX —que culminó en las teorías antropológicas del racismo científico del siglo XIX— para justificar la dominación racial, el saqueo colonial y una serie variedades de trabajo no libre y ciudadanía desigual. La historia del capitalismo no es simplemente la historia de la proletarización de un campesinado independiente, sino de la dominación racial violenta de poblaciones cuya valorización como trabajo asalariado, para invertir una formulación común, ha sido históricamente contingente: los esclavos africanos «socialmente muertos», la soberanía revocable y la terra nullius de los pueblos indígenas, el cuerpo sobrante y débil del trabajador culí.

Las disparidades raciales se han reproducido como una categoría inherente del capitalismo desde sus orígenes, por lo general no a través del salario, sino a través de su ausencia. El momento inicial de contacto entre el orden colonial europeo y un «afuera» racializado y no asalariado del capital se ha sistematizado de forma progresiva dentro del propio capitalismo como una división global racializada del trabajo y un exceso de oferta estructural permanente de dicho trabajo, que ha producido «mil millones de habitantes de las ciudades, que habitan suburbios posmodernos».20

En la medida en que los mercados laborales organizan la relación entre el trabajo remunerado y el no remunerado, la «raza» como indicador de subordinación económica se sustenta tanto en una población permanentemente superflua, como en arraigadas diferencias salariales racializadas. La expulsión de la mano de obra del proceso de producción coloca una especie de frontera racializadora semipermeable dividiendo a las poblaciones productivas e improductivas incluso dentro de categorías raciales más antiguas: una especie de línea de color, flexible y general que separa la economía formal de la informal, y la vida asalariada de la no asalariada. Si bien esta línea de color sin salario es mínimamente permeable y los criterios raciales explícitos ya no se permiten formalmente, la reproducción material de la dominación racial, incluida la proliferación de jerarquías étnicas intranacionales no blancas, se basa en procesos entrelazados de exclusión del salario, el incremento de la criminalización de las economías informales y la elevada vulnerabilidad al terrorismo estatal.

3. DOMINACIÓN RACIAL TRAS LA «RUPTURA RACIAL»

Lo que Howard Winant y Michael Omi han llamado la «ruptura» racial o la «gran transformación», impulsada a mediados del siglo XX por un auge histórico a escala mundial del antirracismo y la descolonización, los derechos civiles y los movimientos sociales contra el apartheid, desacreditó la supremacía blanca en todo el mundo, entendida esta como política estatal explícita. Para Omi y Winant la dominación racial ha dado paso a la lucha por la hegemonía racial y la coerción ha dado paso al consentimiento. Cincuenta años después de aquella «ruptura» racial, la dominación racial también ha evolucionado. Muchos estados ostensiblemente «poscoloniales» han recurrido a la violencia racial y la limpieza étnica en nombre de la construcción nacional y el desarrollo económico. Después de la «ruptura racial», el capital y la «raza» se han entrelazado tanto dentro como fuera de la relación salarial. En la medida en que los mercados laborales organizan la relación entre el trabajo remunerado y el no remunerado, la «raza» como marcador de subordinación económica se basa tanto en una población permanentemente superflua como en diferencias salariales arraigadas. Después de la derogación de la mayoría de las leyes de Jim Crow y las restricciones a la inmigración surgieron dos orientaciones políticas antirracistas. En el caso de las luchas por la libertad de los negros en EE. UU. después de la Segunda Guerra Mundial, las persistentes diferencias salariales racializadas —y la discriminación racial en los mercados de vivienda, educación y crédito— se convirtieron en el objetivo de una política tardía de inclusión equitativa y representación electoral del movimiento por los derechos civiles. Al mismo tiempo, la exclusión racial del salario, la segregación de facto en los guetos y la exposición a la violencia policial sistémica convirtieron a las instituciones estatales —como las asistencialistas, las prisiones y la policía— en el blanco tanto de un movimiento feminista reformista negro, de una serie de oleadas de disturbios en los guetos y en las prisiones, como de un sector político militante que centraba su actividad en la autodefensa y la autoafirmación.21

Desde los ataques del 11-S los estereotipos populares estadounidenses sobre la productividad económica relativa de los subgrupos raciales han justificado la exposición de dichos grupos a la vigilancia estatal, al control y al encarcelamiento, desde tiroteos a «ilegales» por parte de la patrulla fronteriza hasta el encarcelamiento masivo de negros. Al mismo tiempo, la misión civilizadora «posracial» de los EE. UU., en su continuación de una campaña militar multimillonaria en todo el mundo islámico, ha sido garantizada por una mitología nacional de la superación progresiva del legado de la esclavitud y segregación legal.

En la relación cambiante entre el Estado de EE. UU. y las poblaciones superfluas destaca el papel fundamental de la violencia estatal como un proceso de racialización. A su vez, el papel del Estado como agente aparentemente neutral de la reforma racial, más que como agente principal de dicha forma de violencia, proporciona el tercer término que falta en la teorización de la relación entre «raza» y capital. La política racial estadounidense contemporánea está estructurada fundamentalmente por el declive de la hegemonía económica global estadounidense y por la hipermilitarización de un Estado de seguridad «posracial» en respuesta a tres amenazas «civilizatorias» racializadas: la amenaza criminal de las poblaciones negras excedentes, la amenaza demográfica de la mano de obra latina y la amenaza ilimitada a la seguridad nacional planteada por una amenaza terrorista islámica concebida de manera flexible, cuyos adherentes están sujetos a castigo colectivo, tortura y erradicación preventiva. Los tres son señalados y racializados por las instituciones penales, ciudadanas y de seguridad interior del Estado. El surgimiento del Estado carcelario estadounidense contra los negros a partir de la década de 1970 ejemplifica los rituales de violencia estatal y civil que refuerzan la racialización de la vida sin salario y la atribución racial de la falta de salario. Desde el punto de vista del capital, la «raza» se renueva no solo a través de la persistencia de diferencias salariales racializadas o la segregación ocupacional planteada por teorías del «mercado laboral dividido», sino a través de la racialización de las poblaciones excedentes o superfluas, desde Jartum a los barrios marginales de El Cairo.22

4. «RAZA» Y HUMANIDAD EXCEDENTE

La genealogía colonial y racial del capitalismo europeo ha sido codificada directamente en la «base» económica a través de una historia continua de violencia racial que estructura tanto el trabajo no libre como el informal y que vincula a las poblaciones excedentes con los mercados capitalistas. Si la superfluidad, la estratificación y las diferencias salariales se desracializan y el contenido racial de tales categorías se vuelve contingente, entonces la «raza» solo puede aparecer como un epifenómeno y poseer una «especificidad» de facto que rompe cualquier vínculo causal entre el capitalismo y la racialización. Las tipologías raciales que surgieron y permitieron la expansión espacial del capitalismo europeo como modo de producción han sido renovadas a lo largo de los siglos por una tendencia inmanente dentro del capitalismo a producir excedentes de población en guetos, barrios marginales y favelas en todo el mundo. Después de la «ruptura» racial de mediados del siglo XX, la descolonización formal —en lugares como Brasil, el África subsahariana y el sur de Asia— dejó a su paso Estados desarrollistas que absorbieron las ideologías de la industrialización y, también, racializaron a las poblaciones indígenas, los grupos étnicos, y castas estigmatizadas, entendidas como periféricas a la relación salarial. Dichas poblaciones nunca se integrarán por completo en los procesos de acumulación capitalista, excepto como cuerpos para ser vigilados, almacenados o exterminados.

En los EE. UU., lo que en otro momento fue una extensión a regañadientes de las disposiciones sociales públicas del Estado keynesiano de posguerra a las comunidades no blancas en la década de 1960, hoy ha sido retirada y reemplazada en gran medida por regímenes laborales carcelarios y estatales aplicados a poblaciones superfluas que habitan en los puntos muertos políticamente irrepresentables de la pobreza racial, de género y sexual. Para estos grupos la única alternativa al trabajo de servicios precario es una economía informal criminalizada que colinda con el vasto sistema carcelario. Estados Unidos, en particular, ha servido como modelo global para un «nuevo gobierno de inseguridad social» fundado en un aumento punitivo de la vigilancia, el control y el encarcelamiento en respuesta a la desaparición del trabajo asalariado estable.23

La «raza» está así enraizada en dos procesos superpuestos de asignación y control. La discriminación racial pasada y presente es acumulativa y distribuye la precariedad, el desempleo y la informalidad de manera desigual en la economía en función de la «raza» y el género. Pero la «raza» también se pone en práctica en varios proyectos políticos estatales y civiles de control social que clasifican y coaccionan a las fracciones «merecedoras» y «no merecedoras» de varios grupos raciales mientras determinan su idoneidad para la ciudadanía. Erosionando la separación institucional entre vigilancia, seguridad fronteriza y guerra global, el Estado de seguridad, hoy masivamente expandido, envía a 1 de cada 3 hombres negros a prisión en algún momento de su vida, deporta a casi medio millón de inmigrantes indocumentados anualmente, ha exterminado entre cien mil y un millón de civiles en Irak solamente, y ahora se está preparando para un «aumento de la seguridad fronteriza» de 46 mil millones de dólares que incluye vigilancia con drones y escaneo biométrico. La «raza» del siglo XXI emerge de esta matriz de titulización.

5. EL PROBLEMA CON LA «CLASE»: POLÍTICAS DE CLASE COMO POLÍTICAS DE IDENTIDAD

Dado que la retórica de la diversidad racial se ha utilizado cada vez más para ocultar o incluso justificar la profundización de la desigualdad económica, teóricos recientes, desde Slavoj Žižek y Ellen Meiksins Wood hasta Walter Benn Michaels, sostienen que lo que ellos llaman capitalismo multinacional o neoliberal ha llegado a defender una «política de raza» frente a la «política de clase». Para estos críticos, los movimientos sociales basados en la identidad y el multiculturalismo liberal en particular, son en el mejor de los casos indiferentes y en el peor hostiles a lo que Michaels considera el problema más urgente de la desigualdad de clases. Por el contrario, los teóricos antirracistas desde Howard Winant hasta David Theo Goldberg han defendido incansablemente la irreductibilidad de la «raza» a la economía política. La división institucionalmente reforzada entre el antirracismo y el marxismo tiene una larga historia. Ha sido un lugar común de los relatos históricos populares recientes de la trayectoria política de la «Nueva Izquierda» de la década de 1960 culpar de la «fragmentación» de un sujeto de clase revolucionario unitario al surgimiento de varias luchas antirracistas: desde los nacionalismos étnicos estadounidenses alineados con los movimientos anticoloniales africanos y asiáticos de mediados del siglo XX; a las críticas de las feministas negras a la centralidad de las experiencias de las mujeres blancas, heterosexuales y de clase media en el feminismo de la segunda ola; o hasta lo que tanto los críticos liberales como los conservadores han calificado como el surgimiento de una «política de identidad» balcanizante.

La polarización intelectual de las tradiciones teóricas que abordan la «raza» o la clase podría denominarse como el «matrimonio infeliz del antirracismo y el marxismo». En la segunda mitad del siglo XX, con el declive de los análisis tercermundistas, maoístas, guevaristas o del sistema-mundo sobre la «raza» y el colonialismo —y de los cuerpos de escritura alineados e informados por los movimientos anticapitalistas y antirracistas—, los teóricos académicos han invocado a Marx para releer la «raza» como una contingencia histórica. La «raza» generalmente persiste en el discurso marxista académico como una división social interna de la clase trabajadora sembrada por las élites económicas para reducir los salarios, fragmentar la insurgencia de los trabajadores y crear la amenaza permanente de un ejército laboral de reserva no blanco. En estos relatos la «raza» se convierte en un componente funcional o derivado de la norma de clase. Esta versión funcionalista o «reduccionista de clase» de la «raza» ha sido cuestionada a fondo por académicos antirracistas durante el último medio siglo; no obstante, estos desafíos han enfatizado habitualmente la irreductibilidad o autonomía relativa de la «raza» como uno entre muchos sistemas equivalentes de dominación entrecruzados que pueden simplemente sumarse a la «clase». A su vez, tanto la teoría marxista como la antirracista afirman, aunque por razones muy diferentes, que no existe una relación constitutiva entre «raza» y capitalismo.

Las críticas radicales a las «políticas de identidad» o al multiculturalismo liberal como mistificación neoliberal ocultan una elipsis más profunda de la lógica identitaria que opera en la «política de clase» socialista y socialdemócrata. El movimiento obrero clásico, con su concepto de «conciencia de clase», se estructuró alrededor del sueño de que la afirmación generalizada de una identidad de clase trabajadora podría servir como base para la hegemonía de los trabajadores —dentro de las zonas de acumulación de capital constituidas a nivel nacional— y, por tanto, también para una revolución obrera. Como gran parte de la erudición antirracista contemporánea, la crítica marxista de la política identitaria suele replantear el capitalismo como un problema de identidad, específicamente de identidad de clase, y reduce la explotación estructural a desigualdades distributivas en la riqueza. Las luchas basadas en el trabajo y la identidad, que se supone que son cualitativamente diferentes en tales explicaciones, están de hecho estructuradas por la misma lógica representacional de afirmación de identidades dentro del capitalismo. «La “diferencia” que constituye a la clase como “identidad”», escribe Ellen Meiksins Wood, «es, por definición, una relación de desigualdad y poder, mientras que la “diferencia” sexual o cultural no tiene por qué serlo»:

la clase obrera, como objeto directo de —aunque no solo— la forma de opresión más fundamental y determinante y como la única clase cuyos intereses no descansan en la opresión de otras clases puede crear las condiciones para la emancipación de todos los seres humanos en la lucha por liberarse.24

Este argumento de Wood pone de relieve tres problemas interrelacionados derivados de enmarcar la interacción entre los sistemas de dominación racial, de género y económico que plagan tanto las críticas marxistas de la «política de identidad» como las teorías contemporáneas de la diferencia racial. Si para Wood la «raza», el género y la sexualidad son por definición categorías no económicas de la vida social que indexan la desigualdad económica solo de manera contingente, entonces afirmar que estas identidades no son constitutivas del capitalismo como tal es simplemente una tautología. La abolición de la dominación sexual o racial, entendida aquí principalmente como formas vestigiales de injusticia histórica, no sería, por tanto, en principio incompatible con el capitalismo. Finalmente, continúa el razonamiento, la diferencia cualitativa entre clase y otras formas de identidad se basa en el hecho de que la identidad de clase no puede ser «celebrada». Y, sin embargo, el argumento elude una contradicción fundamental entre la abolición de la desigualdad de clases y un agente implícito de emancipación en la figura de la clase trabajadora. Si bien la pobreza puede no ser una forma de diferencia que pueda ser «celebrada», Wood, sin embargo, produce un relato implícitamente afirmativo de la clase trabajadora como el agente social responsable y único capaz de acabar con el capitalismo. La cuestión de cómo la afirmación de tal identidad podría provocar el fin de la opresión de clase, sin simplemente reafirmar el capitalismo bajo el disfraz de la autogestión obrera, se pasa por alto. A pesar del intento de criticar la lógica de las luchas basadas en la identidad, Wood finalmente ofrece lo que llamo una política afirmativa de clase, que es estructuralmente indistinguible de las propuestas afirmativas de la diferencia de «raza» y género.

Pero ¿y si no centráramos las luchas antirracistas en la diferencia sino en la dominación? Entender la «raza» no como un marcador de diferencia sino como un sistema de dominación plantea la cuestión de la abolición material de la «raza» como indicador de subordinación estructural. Tanto las críticas antirracistas del marxismo reduccionistas de clase, como las críticas marxistas de los antirracismos liberales, «meramente culturales», pasan por alto las similitudes estratégicas entre las luchas defensivas cada vez más desesperadas del movimiento obrero estadounidense y las «políticas de identidad» basadas en la «raza» y el género a la que se oponen tan fervientemente. Como revelaron las luchas laborales de 2011 en Wisconsin, el giro del movimiento obrero estadounidense hacia el Estado y la política electoral para asegurar su propio derecho a existir refleja la extrema dificultad de asegurar programas redistributivos raciales, incluso mínimos, después de los programas de la «Gran Sociedad» de los 60. Lo que quiere decir que, en una era de declive en la afiliación a las organizaciones laborales y de derechos civiles de masas, las perspectivas son sombrías tanto para una «política de «raza» como para una «política de clase». Cambiar el enfoque analítico de la diferencia a la dominación dirige nuestra atención al enredo de la «raza» y lo «superfluo», así como al impacto racializador de la violencia, el encarcelamiento y la guerra. Al rechazar una comprensión del capitalismo como un motor cada vez más inclusivo de mejoramiento racial y al Estado como garante último de la igualdad cívica, un antirracismo abolicionista rechazaría categóricamente la afirmación continua de la respetabilidad fundamental, la productividad o el patriotismo de los grupos racializados como una forma para determinar su aptitud relativa para la dominación racial. Partiendo de historias de racialización radicalmente diferentes, las luchas abolicionistas antirracistas apuntarían a desmantelar la maquinaria de la «raza» en el seno de una fantasía de libertad formal, donde el «punto límite de la igualdad capitalista queda al desnudo como protagonista central del ordenamiento racial».25