Capital, urbanismo y la crisis de la política de clase en los Estados Unidos

En La sociedad del espectáculo Guy Debord anotó en rápida sucesión varios elementos de la relación del capital con el espacio, que agrupó bajo el concepto de «urbanismo». El capital unifica y homogeneiza el espacio para que se convierta en el espacio libre de las mercancías, de la valorización de valores. Esto elimina la distancia geográfica para crear una especie de distancia interna —separación— en la que el transporte sirve para que cada lugar se parezca al máximo a los demás, de modo que, finalmente:

La sociedad que modela todo su entorno ha edificado su técnica especial para trabajar la base concreta de este conjunto de tareas: su territorio mismo. El urbanismo es esta toma de posesión del medio ambiente natural y humano por el capitalismo que, desarrollándose lógicamente como dominación absoluta, puede y debe ahora rehacer la totalidad del espacio como su propio decorado.1

Este concepto de urbanismo definía la separación bajo condiciones en las que parecía que: (1) La «industria», como se discute en el primer volumen de El Capital, era la forma más alta y última de organización del trabajo,2 (2) el capitalismo nunca podría superar el empobrecimiento material de más de una pequeña minoría de trabajadores asalariados en cualquier país, incluidos los países más ricos y (3) la clase obrera permanecería siempre y para siempre —o al menos hasta la revolución— fuera de las formas legales y políticas de la sociedad capitalista; es decir, conservaría el estatus de un estamento con sus propias instituciones políticas y culturales semiautónomas que lo distinguirían de las clases burguesas y pequeñoburguesas. En aspectos cruciales, estas tres condiciones ya no se dan.

Estos cambios se expresan no solo en la producción, la distribución y el consumo, sino también en la configuración de los espacios en los que tienen lugar. Por ejemplo, la eliminación de la distancia geográfica hoy en día depende más de los medios para atravesar rápidamente una geografía de baja densidad poblacional en expansión que del aumento de la densidad de población y sus capacidades productivas, formando núcleos urbanos vinculados por sistemas punto a punto como el ferrocarril y el transporte marítimo. Los impulsos contradictorios de la acumulación de capital que han dado lugar a los tres cambios mencionados anteriormente determinan igualmente esta disgregación que entendemos como expansión y suburbanización. Este cambio en la producción espacial de la sociedad capitalista modifica literalmente el terreno en el que se desarrollan sus contradicciones. Esto no elimina la esencia del capital, con sus categorías fundamentales, sino que registra una auténtica transformación en su expresión, sus modos de existencia o formas fenoménicas, en la configuración del espacio. Esto es importante porque las formas fenoménicas adoptadas por la oposición al capital también cambian —algo sobre lo que volveremos más adelante—.

Me he centrado en las zonas residenciales de los Estados Unidos por las mismas razones por las que Marx se centró en Gran Bretaña en El Capital: este cambio dramático en la organización del espacio por parte del capital no es tan claro y completo en ningún otro lugar, pero las condiciones que generan la expansión y la suburbanización no se limitan, por supuesto, a los Estados Unidos, sino que representan una tendencia global lo suficientemente general en este período como para considerar que caracterizan la dinámica más amplia de la relación de clase como tal. Esto no significa, sin embargo, que podamos simplemente leer el caso estadounidense como un caso externo a la «lógica» del capital. Esta última está muy determinada por las peculiaridades del contexto estadounidense, lo que significa que la historia de las zonas residenciales debe desarrollarse prestando atención a los casos particulares y las contingencias que les dan forma. La tendencia a la desconcentración está constituida por, y, a su vez, ayuda a constituir la reorganización de las formas fenoménicas de la relación capital-trabajo —una reorganización impulsada por la crisis de 1917-45, en la que la clase obrera se encontró con su derrota histórica en una contrarrevolución que surgió en parte del propio movimiento obrero—. Sin embargo, tal derrota no es solamente política, pues una derrota siempre conlleva la reorganización del proceso de trabajo y de las condiciones mismas de acumulación. Mientras el movimiento obrero fue derrotado decisivamente por el fascismo, por un lado, y por el keynesianismo, por el otro —mediante su mutua inmersión en la guerra y el genocidio—, la acumulación se renovaba a escala mundial. Esto ocurrió en condiciones que invertían los tres supuestos antes mencionados de las críticas radicales al capitalismo: transformar el trabajo y los procesos de producción para superar el dominio de la industria mecánica; superar relativamente el empobrecimiento material de la clase obrera en los países más ricos; introducir un mayor grado de inclusión y representación de los trabajadores asalariados como individuos dentro del sistema político y jurídico. Esto último no fue una mera cuestión de votos o de integración de los sindicatos o partidos obreros en el Estado: con ello llegaron mejoras más generales en la calidad de vida: el acceso a la atención sanitaria, la jubilación financiada, las vacaciones pagadas, la educación pública gratuita, etcétera. Esto fue desgastando poco a poco las organizaciones e instituciones independientes de la clase que habían existido fuera, y a menudo en contra, del Estado y de la ley de propiedad burguesa, y en muchos casos las destruyó efectivamente.

El reconocimiento de estos cambios ha sido gélidamente lento entre aquellos que reclaman una perspectiva «revolucionaria», es decir, una en la que la superación del capitalismo como obra del capital implica por sí mismo la superación del capitalismo por parte de aquellos obligados al trabajo asalariado. Allí donde se han reconocido, y donde no se ha renunciado totalmente a la abolición del capital, esto a menudo ha conllevado la afirmación de que la relación capital-trabajo ya no existe, que la clase obrera ya no existe y que la superación del capital vendrá de una clase ajena a la relación capitalista, o será obra de la propia superación racional del capital. Ambos casos comparten un error común: una asociación de las condiciones fenoménicas, históricamente particulares, de la industria mecánica y el empobrecimiento material con las categorías del capital como tal y la naturaleza abstracta de sus formas de dominación, y la fusión de una relación de clase con la condición de estamento.

Dicho de otro modo, ambos han actuado como si la sociedad capitalista fuera una forma directa de dominación de un grupo por otro, como en la esclavitud o el feudalismo, cuando en realidad implica una forma indirecta de dominación a través de formas sociales abstractas. Por supuesto, en su desarrollo inicial, el capitalismo surgió en medio de tales formas directas y concretas de dominación, que no desaparecen simplemente por sí mismas, sino solo bajo un desarrollo prolongado, que a su vez está determinado por crisis continuas y el potencial derrocamiento del capitalismo.

Capital y espacio

El trabajo en la sociedad capitalista requiere la separación constante de las personas de sus poderes, de los medios de producción, del producto de su trabajo y entre sí. La separación es la premisa de toda acumulación, o parafraseando a Guy Debord, es el alfa y omega del capital.3 La separación se interioriza en la experiencia de la vida cotidiana, donde se naturaliza y consensúa y donde no aparece como dominación. La separación es esencial para el capital como circuito social total —es decir, la separación de la producción, la circulación y el consumo—. Esta separación del circuito total se puede expresar espacialmente. Por ejemplo, la producción tiene lugar en «lugares de trabajo», desde fábricas, molinos y minas hasta oficinas y campus de ingeniería, mientras que la circulación tiene lugar en grandes almacenes comerciales y tiendas minoristas, y el consumo vuelve a la producción en el lugar de trabajo o en el hogar.4 Desde el comienzo de la era capitalista, el trabajo en el hogar se ha construido como ámbito privado mediante la separación del trabajo no asalariado —en el espacio feminizado del hogar— del trabajo asalariado, masculinizado y público realizado en el lugar de trabajo. Esta separación de lo privado es, en realidad, doble: se da como separación en esferas de trabajo asalariado y no asalariado, pero también de lo público y lo privado, de lo político y lo económico.

Proceso laboral y circuito de capital

El urbanismo marxiano se ocupó en gran medida en la conceptualización de la unidad contradictoria de la concentración espacial y formal: reunir geográficamente para separar socialmente —a los productores de los medios de producción; al hogar del lugar de trabajo; la reproducción de la fuerza de trabajo de la reproducción del capital; el productor del producto; los productores entre sí, etcétera—. El capital parecía requerir categóricamente una densidad creciente de población y una concentración geográfica de los medios de acumulación. Sin embargo, esta concentración ha demostrado ser contingente, algo que el capital trató de superar, y lo logró a través de una transformación en su capacidad para negar la distancia física: la crisis del urbanismo se resolvió así temporalmente mediante la disgregación espacial del capital y el trabajo.

Sin embargo, el capital no es solo separación: todo su circuito, D-M...P...M-D’, debe ser tenido en cuenta.5 La cuestión es cómo las formas lógicas son simultáneamente mantenidas en su separación y reunidas en una unidad. Muchos de los problemas centrales del urbanismo surgen de la contradicción de que el capital no es solo su actividad de separación, sino todo este circuito de compra, venta y consumo productivo, y de que, para completar el circuito, los productores, los medios de producción y los productos deben reunirse en grandes concentraciones. El consumo también tiene lugar, en la formulación clásica de Marx, entre los dos «departamentos» del capital —aquellos capitales dedicados a la producción de medios de producción y aquellos dedicados a la producción de medios de consumo—, que es otra forma de considerar el consumo productivo del capital y del trabajo. Aquí nos centraremos en los cambios que se han producido solo en una parte del circuito: M...P...M’. Es decir, nos centraremos en los cambios en la producción, la comunicación, la energía y el transporte, debido a la importancia de estos para comprender la disgregación espacial.

El urbanismo surgió y tomó sus formas clásicas a medida que la manufactura y la industria mecánica dieron lugar a poblaciones cada vez más densas en condiciones que contribuían a producir una autoidentificación colectiva como trabajadores, como clase, como poder político, como proletariado. La ciudad industrial moderna, así como los grandes centros cosmopolitas, surgieron de este proceso, bajo condiciones determinadas tanto por las restricciones técnicas a la difusión del capital en el espacio como por la exclusión económica y política del trabajo. La crisis de las formas fenoménicas del capital en la primera mitad del siglo XX fue también una crisis de la ciudad industrial moderna y de la relación entre lo urbano y lo rural. A través de una serie de cambios discontinuos y controvertidos tuvo lugar un proceso de racionalización, tanto en el proceso laboral como en el urbanismo.

El proceso de racionalización bajo el capitalismo no consiste en ofrecer soluciones tecnológicas a problemas tecnológicos, sino en la reorganización de la relación de clase. Este proceso se describe típicamente en términos de transformación del proceso de trabajo a través de la innovación tecnológica, pero también implica la transformación del entorno, que es mucho menos discutida. La sustitución del trabajo vivo por trabajo muerto no se da solo en términos cuantitativos, esto es, sustituyendo x trabajo humano por y maquinaria, sino que implica combinaciones cualitativas de desplazamiento de mano de obra y descualificación. El empleo generalizado de una determinada tecnología para lograr una racionalización sistemática siempre plantea también el problema de la reproducción del trabajo como mediación social. La maquinaria y los métodos antiguos se reducen a mera tecnología subsumida en el nuevo proceso de trabajo.6 Esta racionalización progresiva no puede comprenderse adecuadamente mediante la noción de un movimiento de la subsunción formal a la real. El «progreso» capitalista es exactamente este proceso de transformaciones sucesivas del proceso de trabajo, emprendidas para superar los problemas de valorización. Las «soluciones tecnológicas» median en estas amplias transformaciones que alteran la organización del espacio, del tiempo y de la racionalidad, razón por la cual estas racionalizaciones progresivas aparecen como revoluciones tecnológicas, dando lugar a teorías deterministas de la tecnología.7 Este proceso de racionalización es la forma en que se reafirma la dominación del capital, a través de la reproducción transformativa de la relación capital-trabajo.

Estas transformaciones se irradian y generalizan porque el capital es una totalidad dinámica que puede albergar una variedad casi infinita de formas políticas y culturales, y absorber las formas de resistencia. El carácter totalizador de la dinámica queda patente en el alcance global y la simultaneidad de estas transformaciones, a las que se les ha dado multitud de nombres: fordismo, obrero de masa o capitalismo de Estado para referirse al período comprendido entre 1917 y principios de los años setenta, en el que el poder y la producción parecían colapsar cada vez más el uno en el otro; globalización, neoliberalismo o Imperio para referirse a los cambios que han tenido lugar desde los años setenta, cuando la separación del Estado y la economía parecía ser la tendencia dominante.8 Al mismo tiempo, estas transformaciones racionalizadoras pueden manifestarse en una variedad aparentemente infinita de formas concretas, por lo que el cambio global solo es evidente a posteriori. A menudo, el hecho de que podamos hablar de un cambio indica que ya está pasando, o que ya ha pasado.

A continuación examinaremos más de cerca estas racionalizaciones sucesivas y progresivas a través de las cuales la relación capital-trabajo se ha reafirmado, transformando la forma en que se experimenta y produce el espacio.

La relación cambiante de los trabajadores con el trabajo

La transformación de la maquinaria y el proceso de trabajo alteran la relación del trabajo y el capital, y las relaciones de los trabajadores entre sí. La maquinaria y el proceso de trabajo median en las relaciones reales entre los trabajadores porque estos entran en contacto entre sí a través del proceso de producción. También median en la relación entre capital y trabajo porque el capital se percibe ante todo como maquinaria, materias primas y dominio del proceso de producción, mientras que el capital percibe el trabajo como capital variable. La maquinaria y el proceso de trabajo materializan la relación de clase y, por lo tanto, forman así la base de su perpetuación y su particularización.9 Así pues, las relaciones sociales están integradas en el proceso de trabajo y la maquinaria, y esta estructura, a su vez, da forma a la socialidad.

La introducción de un proceso de trabajo basado en la maquinaria confiere al trabajo una relación indirecta con la naturaleza, ya que el trabajo se realiza sobre la naturaleza para convertirla en materia prima o para convertir una materia prima en un producto, pero en ninguno de los dos casos el trabajo está orientado a todo el proceso de principio a fin. Este abandono de la producción artesanal abre el camino a la planificación previa de la coordinación, el transporte y el montaje, y a la racionalización de la actividad laboral mediante el análisis práctico y la descualificación. La planificación se convierte a su vez en la forma-precio en proceso, con el valor ya calculado antes de ser llevado al mercado. De este modo se puede entender el divorcio entre la planificación operativa y técnica y la realización mediante el trabajo físico, que introduce la diferencia entre el trabajador y el planificador, el ingeniero y el supervisor.

Citando a Hans-Dieter Bahr:

La maquinaria libera un intelecto antes ligado al proceso de trabajo feudal-artesanal, un intelecto que conlleva la posibilidad de formar un trabajador colectivo político a partir de los trabajadores parciales divididos. En contraste con la ética del trabajo del gremio, la cooperación política de los trabajadores asalariados entra en oposición externa a la producción como tal, ya que los fines sociales de la producción se enfrentan al proletariado como fuerza externa, es decir, como clase dominante. La nivelación hacia abajo de los trabajadores especializados por medio de la tecnología de producción crea la condición para convertir la lucha asalariada en la socialización política potencial de una clase obrera en proceso de organización. Por otra parte, la contradicción entre el obrero especializado y el intelecto tecnológico responsable de la dirección, la construcción y la transmisión de las operaciones simples aisladas impide a la clase obrera reconocer su propio carácter social en este intelecto, que de hecho representa su propio intelecto, aunque sea bajo la forma de un producto inconscientemente colectivo ajeno a la clase obrera y que adquiere una forma independiente en forma de planificadores, técnicos e ingenieros. Por tanto, el proletariado se opone exteriormente a su propio intelecto, que el proceso de producción capitalista ha creado con independencia formal. En parte fue esta hostilidad la que debilitó y anuló la resistencia de la clase obrera al fascismo. Además, la ausencia de una crítica práctico-teórica del intelecto productivo ciega a la clase obrera, relegándola a un momento variable al capital social agregado; en este sentido, la clase obrera no es más que un componente antagónico, pero no por ello menos fijo, de la sociedad burguesa. Su ceguera ante su propio, pero alienado, intelecto significa que contribuye al mantenimiento de la falsa totalidad de esta sociedad. Y una «liberación» que tiene lugar a espaldas de los productores plantea la libertad como mero ideal.10

La independencia formal del intelecto se ha convertido en su independencia real. Este cambio significa que el trabajador se divorcia cada vez más de un proceso de trabajo que es incomprensible para él a falta de conocimientos científicos altamente especializados. Este intelecto independiente fomenta una cultura de dar órdenes y obedecer que prevalece en la sociedad permisiva de hoy. Tanto la autoridad como la obediencia florecen donde menos se las espera.

Con la internalización y objetivación de todo el proceso de trabajo en maquinaria, la circulación del capital mercantil se industrializa mientras que «el capital industrial y comercial se fusionan a través del rol funcional desempeñado por el capital financiero».11 A pesar de ello, las limitaciones de los medios de transporte y comunicación antes de la Segunda Guerra Mundial todavía requerían instalaciones relativamente densas y conectadas, con grandes concentraciones de trabajadores capaces de ver todo el proceso de producción. Esta concentración dio lugar a organizaciones de tipo sindical y a partidos políticos obreros. Las formas de comunicación de masas, como el periódico, el cine y la radio, se desarrollaron para resolver artificialmente lo que Bahr denomina la «“idealidad” del trabajador colectivo» en la de un consumidor y ciudadano individual.12 Las diversas corrientes se unieron en forma de organizaciones de trabajadores que adoptaron una existencia autónoma, desarrollándose burocráticamente y al final convirtiéndose en un freno para el propio intelecto revolucionario del que surgieron. Se produjeron cambios críticos en la energía, las comunicaciones y el transporte que proporcionaron las bases infraestructurales para la disolución de las condiciones espaciales y comunicativas de la vida colectiva de la clase trabajadora. Las redes energéticas nacionales se desarrollaron para proporcionar energía a grandes áreas sin necesidad de que las instalaciones contaran con centrales eléctricas específicas. Esta amplia red de suministro de energía se combinó con la proliferación masiva del automóvil y el camión y el desarrollo de infraestructuras masivas de carreteras y autopistas para apoyarlos, lo que hizo posible la expansión espacial de una densidad de población y capital mucho menor de lo que antes era imaginable. En cuanto al transporte intercontinental, también hubo grandes avances en la navegación transoceánica y el transporte aéreo. Esta expansión de la potencia y la movilidad para lo comercial, lo minorista y lo residencial fue de la mano con la mejora de las redes de comunicación, empezando por el teléfono, para luego seguir con la radio, la televisión y, finalmente, los ordenadores.

Estos desarrollos también implicaron la participación masiva, más o menos directa, del Estado en la economía. En los países más pobres solo el Estado podía reunir y coordinar el capital suficiente para dedicarse al desarrollo. En los países más ricos, el Estado regulaba los sistemas de energía, comunicación, transporte, educación, sanidad y, a veces, vivienda, ya fuera directamente en forma de nacionalizaciones o indirectamente a través de organismos reguladores e inversiones en infraestructura, que luego se regalaban al capital privado. Este desarrollo de los medios de transporte del capital y de los medios para comunicar sus órdenes e instrucciones intensificó el aislamiento espacial y la separación entre los trabajadores, y perturbó las formas colectivas y públicas de comunicación y de movimiento en el espacio.

El fin relativo del empobrecimiento material y el empobrecimiento del espacio

Un cambio importante después de la Segunda Guerra Mundial fue el aumento masivo del poder adquisitivo de los trabajadores, especialmente en Estados Unidos, que representaba el 50% de la riqueza mundial y el 25% de la capacidad productiva mundial, pero solo el 5% de su población. La sindicalización de la década de los años 30 fue el resultado del deseo de los representantes institucionales del capital y del trabajo de garantizar la paz social y la rentabilidad en el período de posguerra. El acuerdo entre los sindicatos y las grandes industrias sobre los salarios y la productividad significó que, a cambio de una productividad que aumentase más deprisa que la tasa de crecimiento salarial, los salarios crecerían mucho más que nunca. Esto jugó un papel fundamental en el desarrollo del trabajador como consumidor de masas. El empobrecimiento material del periodo anterior a la Segunda Guerra Mundial quedaba atrás. Esto se tradujo en que una gran parte de la clase obrera dispusiera de los medios para comprar coches, casas, y para alejarse de las densas redes urbanas de la vida de la clase trabajadora para trasladarse al relativo aislamiento en los suburbios.

Los nuevos medios permitieron a individuos y a grupos encontrar «soluciones» a los problemas asociados a la ciudad industrial, como el hacinamiento, la falta de acceso a la naturaleza, el crimen, los propietarios, etc. También hicieron posible la huida a lugares purgados y amurallados del Otro racializado e inmigrante, escapando y reforzando simultáneamente la formación racial y sus conflictos. El desarrollo y la expansión suburbanos, para los cuales el orden existente produjo tales soluciones a expensas del resto, combinados con la transformación de esos trabajadores en consumidores de masas, dio lugar a un proceso de disgregación.

Esto se convertiría en la base de la «fuga blanca», la «decadencia urbana» y, finalmente, la «renovación urbana». Cuanto más pronunciado y extenso era el desarrollo del suburbio como tal, tanto más el desmantelamiento de la ciudad industrial implicaba su ruina, y no necesariamente su transformación en una ciudad «rejuvenecida» en expansión.13 Donde la formación de la zona suburbana era menos pronunciada, o incluso en gran parte ausente, las ciudades más antiguas fueron a menudo remodeladas de acuerdo con las fuerzas de este exurbanismo. También surgieron ciudades completamente nuevas, que desde su creación tenían un diseño residencial.

La vivienda y la geografía de las relaciones sociales nunca fueron un problema exclusivo de la clase obrera. Las grandes concentraciones de personas de todas las clases sociales significaban grandes concentraciones de pobreza, de basura y mierda, y de descontento. La contaminación del agua y del aire de las fábricas y las casas, la basura y las viviendas deficientes construidas simplemente para proporcionar un mínimo cobijo implicaban enfermedades y dolencias. Las condiciones actuales en Ciudad de México, Lagos, Shanghai, Hyderabad y Sao Paolo difieren bastante de las condiciones del siglo XIX de la clase obrera inglesa en Manchester o Leeds, y de las del trabajador del siglo XX que vivía en Chicago, pero, salvo por una sociedad de consumo altamente desarrollada que ha aumentado el poder y la presión del dinero sobre la clase trabajadora en todo el mundo, muchas de estas condiciones resonarían para aquellos trabajadores.

Estudio de caso: Los Estados Unidos y las zonas suburbanas propiamente dichas

Los problemas de la planificación medioambiental crearon un nuevo campo de actividad para la gestión del poder de clase. Ya en la década de 1830, en Inglaterra, los reformistas sociales de clase media y los utópicos intentaron encontrar una manera de lidiar con «el problema de la vivienda» y ambas partes propusieron generalmente una combinación de propiedad individual e intervención estatal en la vivienda de los trabajadores. Este problema reflejaba dilemas fundamentales del capitalismo: los capitalistas de la industria de la construcción necesitaban que la demanda superara la oferta; el capital fluiría hacia los proyectos de construcción más rentables; el alquiler del suelo, que desempeña un papel clave en la determinación de los costes de vivienda junto con los costes reales de construcción, mantenimiento e intereses de las hipotecas, era demasiado elevado en las ciudades por causa del desarrollo industrial y comercial.

Engels se burló de quienes proponían estas soluciones en sus artículos de 1872 sobre «La cuestión de la vivienda». También advirtió que, si tales panaceas tuvieran éxito, darían lugar a la desproletarización de la clase trabajadora, y que la propiedad generalizada de la vivienda era incompatible y además implicaría un desarrollo reaccionario en relación con la clase obrera como clase revolucionaria. Anticipándose al estado actual de las cosas, sugirió que esto endeudaría enormemente a los trabajadores, por lo que estarían a merced de los capitalistas.

En contra de las afirmaciones de Proudhon y algunos de sus seguidores alemanes, Engels argumentó que, lejos de proporcionar seguridad y un efecto civilizador, la propiedad individual de la vivienda convertiría a los trabajadores en terratenientes aferrados a su pequeño pedazo de tierra y en última instancia haría de ellos unos provincianos obtusos y obsesionados con la seguridad de su propiedad.

Lejos de ser una solución, en aquel momento la propiedad de vivienda a gran escala por parte de los trabajadores parecía completamente imposible. Solo los trabajadores mejor pagados tenían acceso al dinero o crédito necesarios para conseguir una hipoteca, aunque incluso en la edición de 1887 de los artículos de Engels ya había una nota sobre la compra de casas por parte de trabajadores en Kansas. Construidas por ellos mismos, de pésima calidad, con escasas comodidades modernas, como un alcantarillado o la recogida pública de basura, algunos trabajadores seguían comprando estas pequeñas viviendas, que costaban 600 dólares cada una.

El verdadero avance en la construcción de viviendas fue la casa de balloon frame, que podía construirse a partir de madera precortada, con relativamente poco esfuerzo, tiempo y, por tanto, coste, en comparación con los edificios de ladrillo y piedra más antiguos. Por lo tanto, esto hizo posible la producción masiva de casas a precios que muchos trabajadores podían permitirse, si eran capaces de afrontar la gestión de la tierra o la renta del suelo, y si podían conseguir una hipoteca que pudieran pagar.

El precio del suelo constituye una parte importante del coste de una casa, por lo que las casas para los trabajadores tenían que construirse en terrenos baratos, en los bordes de las ciudades o fuera de ellas, pero las limitaciones de los medios de transporte existentes plantearon una barrera crítica para el uso de esas tierras. Los viajes en tren en distancias cortas, e incluso los ómnibus tirados por caballos, seguían siendo demasiado caros para la mayoría de los trabajadores y la clase media-baja. Ningún otro medio de transporte hacía factible trabajar de 10 a 14 horas diarias y aun así ir y volver del trabajo sin vivir cerca, incluso si a menudo la distancia a pie era de varios kilómetros. Incluso los reformistas se quejaron de que las largas caminatas al trabajo contribuían al agotamiento de los trabajadores y reducían la productividad. Sin embargo, la introducción generalizada del transporte público con trolebuses o tranvías se produciría pocos años después de la muerte de Engels, restando fuerza a este argumento.14

Antes del automóvil, el trolebús eléctrico hizo posible una extensión mucho mayor del territorio. A través de subvenciones estatales en Europa, donde la propiedad de un trolebús o de un teleférico implicaba prohibiciones legales sobre la especulación inmobiliaria, y de subvenciones privadas en Estados Unidos, donde los propietarios de tales sistemas eran casi todos especuladores de la tierra, surgió el transporte público, que amplió enormemente la distancia a la que los trabajadores podían vivir de sus hogares. De este modo, el terreno mucho más barato en la periferia de las ciudades de repente se hizo accesible para una mayor parte de la clase trabajadora. Los Ángeles, hoy conocida por su enorme expansión automovilística y sus autopistas, se desarrolló en un primer momento como una ciudad de baja densidad y descentralizada, basada en el sistema de tranvías, y no se parecía a nada de lo imaginado en Europa o al este del Mississippi. A principios del siglo XX, Los Ángeles contaba con el sistema de transporte público más grande del mundo, puesto en marcha como una forma de rentabilizar el terreno comprado a bajo precio por grandes especuladores inmobiliarios. Los Ángeles fue el producto de la especulación del suelo mezclado con el nuevo sistema de transporte público y las viviendas balloon frame, y se convirtió en el primer suburbio urbano incluso antes de que el automóvil pudiera tener un impacto significativo en el transporte público.

En Estados Unidos los sistemas de trolebuses solían funcionar con pérdidas y sus propietarios esperaban obtener grandes beneficios de la especulación de la tierra y del desarrollo inmobiliario que facilitaron. Sin embargo, en la década de 1920, el trolebús competía con el autobús, más ruidoso, menos eficiente y contaminante, y, cada vez más, con el automóvil. Una coalición de empresas de automóviles, camiones, acero, caucho y otros, liderada por el presidente de General Motors, compró y destruyó sistemáticamente los sistemas de transporte público de decenas de ciudades, incluida Nueva York. Este proceso de adquisición y destrucción sistemática continuó en la década de los 40. La destrucción del sistema de transporte público de Los Ángeles por parte de General Motors es solo el incidente más conocido al final de un largo proceso que había comenzado casi 20 años antes.15

Sin embargo, a medida que los sistemas de trolebuses se estaban destruyendo poco a poco, los autobuses siguieron predominando en la década de 1930. La inmensa mayoría de los trabajadores estadounidenses se desplazaban a pie o en transporte público para ir al trabajo, ir de compras, visitar a sus amigos y a cualquier otro lugar. Aun así, la propiedad de la vivienda era una característica cada vez más común en la clase trabajadora en Estados Unidos, especialmente entre los hijos de trabajadores inmigrantes, que ahora se consideraban a sí mismos estadounidenses blancos, que tenían más posibilidades de comprar casas que aquellas generaciones que les habían precedido. También tenían más posibilidades de obtener créditos y comprar casas que los trabajadores negros, que estaban atrapados en los contratos de aparcero/arrendatario de las áreas rurales del Sur o relegados a los estratos más bajos de la clase trabajadora en las ciudades del Norte tras la primera Gran Migración desde la Primera Guerra Mundial.16

La expansión más allá de las ciudades requería dos elementos clave. El primer requisito era un transporte aún más individualizado, que permitiera viajar a cualquier lugar donde fueran las carreteras, en lugar de estar circunscrito por líneas de autobús y trolebús. Esto significaba la construcción de un gran sistema de carreteras para vehículos motorizados fuera de las ciudades, en zonas donde el dinero para proyectos tan vastos era escaso. Este proceso comenzó en la década de los 30, pero se expandió realmente en la década de 1950 con el sistema de autopistas interestatales bajo el gobierno de Eisenhower, dirigido por un ex ejecutivo de General Motors.17 Apoyado también en nombre de la «defensa nacional», era en realidad una forma poco disimulada de aumentar el dominio del automóvil como principal medio de transporte. Este programa recibió el 90% de su financiación del presupuesto federal y el 10% de los estados; el 50% aproximadamente procedía de impuestos federales, estatales y locales sobre el combustible, impuestos sobre vehículos y peajes, y el resto de otros impuestos federales. Fue una inversión, a lo largo de 35 años —la finalización formal del programa llegó en 1992—, por valor de 425.000 millones de dólares.18 Esto lo convierte en uno de los programas de obras públicas más grandes de la historia de la humanidad. Además de este plan original, las autopistas interestatales se han seguido construyendo. En 2007 los fondos asignados al presupuesto total del sistema de autopistas interestatales sumaban 147.000 millones de dólares.

El otro elemento clave fue la transformación de los sectores del crédito hipotecario y la construcción. Las hipotecas eran un problema, porque solían ser a corto plazo, como máximo 15 años, con un gran desembolso inicial, una gran suma global a pagar al final y tipos de interés bastante altos. En respuesta a la depresión, la administración Roosevelt creó agencias y aprobó leyes que reestructuraron completamente el sector hipotecario. Centrándose en los préstamos a largo plazo y bajo interés y la garantía federal de muchas hipotecas, el sector hipotecario se reestructuró radicalmente. Aunque los préstamos federales para la vivienda no obligaron a los prestamistas privados a adoptar sus normas, las directrices y garantías federales de préstamos contra las pérdidas debidas a las ejecuciones hipotecarias promovieron una reestructuración de las prácticas y facilitaron una gran extensión de los préstamos privados.

La Agencia Federal de Préstamos para la Vivienda —y, después de ella, la llamada Ley de Reajuste de Militares (GI Housing Bill) aplicada durante y después de la Segunda Guerra Mundial— definió las directrices para la suscripción de hipotecas, entre las cuales la identificación de las áreas en las que era más probable que los préstamos tuvieran éxito o fracasaran, que eran cuatro zonas diferentes, diferenciadas por el color. Así se creó la práctica del «redlining».19 Los distritos marcados en rojo eran aquellos donde las hipotecas, y el seguro federal de hipotecas, eran, por lo general, automáticamente denegados. El criterio principal era la raza. Las zonas que no eran blancas o eran «mixtas» se marcaron automáticamente con líneas rojas, de modo que ni el gobierno federal ni, en última instancia, los prestamistas privados, concedían préstamos a las personas «negras». A pesar de que la Ley de Reajuste de Militares y la Agencia Federal de Préstamos para la Vivienda representaran más del 50% de las hipotecas para la construcción de viviendas residenciales de 1945 a 1960, menos del 1% de esos préstamos se destinaron a futuros propietarios negros.20 Esto también reforzó la devaluación de la vivienda en zonas predominantemente negras o mixtas, de modo que muchos blancos capaces de obtener un préstamo hipotecario huyeron a los suburbios en un flujo constante después de 1945. El Manual de Aseguradoras también dio preferencia a —y, en muchos casos, requirió— convenios de vivienda racialmente restrictivos que impedían a las personas negras comprar viviendas en el contexto de un desarrollo de la vivienda asegurado por el gobierno federal.

El Manual de Aseguradoras también dificultó la obtención de un préstamo para viviendas ya construidas y ciertas pautas de construcción, como exigir cierta distancia entre la casa y la calle, obligaron a las personas a trasladarse a viviendas construidas recientemente en las zonas suburbanas en lugar de comprarlas en las ciudades. Esto supuso un gran impulso para los constructores de viviendas ya que obligaban a los posibles propietarios a comprar nuevos edificios en lugar de las viviendas existentes.

Los programas federales de préstamos hipotecarios y viviendas de la Ley de Reajuste de Militares, combinados con el programa de construcción de carreteras de la década de los 50, supusieron miles de millones de dólares de subsidios federales para la vivienda para blancos de todas las clases, incluido un montón de créditos fiscales para propietarios, de modo que a menudo era más barato comprar en los suburbios, para así tener de sobra para uno o dos automóviles, que alquilar una vivienda del mismo tipo en la ciudad.

La industria de la construcción, originalmente dominada por pequeñas y medianas constructoras que solo podían aportar el capital suficiente para acometer los proyectos de unas pocas casas a la vez, también se vio transformada por la concesión federal de hipotecas y por la racionalización del sistema hipotecario. Si bien había algunas grandes empresas de construcción residencial, eran pocas. En general, las constructoras necesitaban tener garantías de que podrían construir con el menor riesgo posible de ejecuciones hipotecarias y recesiones económicas. Con cada depresión entre 1877 y 1929 miles de constructoras se hundieron, incapaces de sobrevivir a la bancarrota de más de un puñado de prestamistas. Los programas y las agencias federales de préstamos, y su reestructuración de facto del sector de los préstamos hipotecarios, proporcionaron la estabilidad y seguro contra las pérdidas que hicieron posible que las constructoras y los desarrolladores más grandes construyeran viviendas para los trabajadores a una escala que era imposible de imaginar veinte años antes.

El poder relativo de la mano de obra blanca para asegurarse salarios más altos y circular libremente permitió a muchos trabajadores adquirir viviendas con las nuevas condiciones de las hipotecas a 30 años, aseguradas y a bajo interés. Y, dada la debilidad crónica del movimiento obrero estadounidense, se pudieron redactar leyes para: (1) excluir abiertamente a la población negra a través de la redlining, lo cual significó que el 99% de las hipotecas garantizadas y subvencionadas por el gobierno federal entre 1935 y principios de los años 60 se concedieron únicamente a blancos; (2) minimizar la inversión en la renovación de las viviendas existentes, ya que los préstamos se reservaron casi en su totalidad para las viviendas nuevas; (3) redirigir la inversión fuera de las ciudades, porque la mayor parte del espacio para nuevas viviendas unifamiliares estaba en los suburbios; (4) impedir que las ciudades crecieran anexionándose zonas suburbanas inmediatamente colindantes, ya que los residentes y las autoridades de esas zonas querían mantener los impuestos bajos, evitando el coste de los servicios sociales municipales comunes, a los que, en cualquier caso, los habitantes de los suburbios podían seguir accediendo simplemente viajando a la ciudad.

A pesar de que una sentencia del Tribunal Supremo de 1948 prohibió formalmente los convenios de restricción racial en materia de vivienda, la práctica ha continuado de facto hasta la actualidad.21 La estructura de la subdivisión económicamente homogénea —en la que los desarrolladores construyen un conjunto de casas destinadas a un único grupo social de ingresos— sigue dominando el desarrollo de la vivienda de zona residencial y, normalmente, sigue siendo racialmente uniforme. Pocos proyectos han tenido la envergadura de los Levittown originales, pero la norma básica de desarrollo de subdivisiones —en lugar de optar por el desarrollo de lotes individuales— garantiza esa uniformidad.22

Este tipo de desarrollo no se ha quedado exclusivamente en las zonas suburbanas. La apertura de zonas de la periferia a la vivienda habría sido insuficiente por sí sola para pasar de desarrollo urbano a suburbano. Para que esto ocurriera, el resto de la ciudad también tenía que trasladarse a las zonas suburbanas y semirrurales. La ciudad había sido hasta entonces el lugar de trabajo y de consumo. Fábrica y oficina, grandes almacenes y multitud de pequeños comercios, todo residía en la ciudad, en barrios o centros urbanos. Pero los mismos cambios en el transporte que permitieron el desplazamiento residencial a las periferias abrieron también la posibilidad de trasladar la industria y las oficinas fuera de las ciudades.

El automóvil personal vino de la mano del desarrollo de la industria del transporte por camión. El transporte por carretera proporcionó a la industria la misma flexibilidad espacial que el automóvil a los individuos y a las familias. En la década de los 30 el ferrocarril estaba en franca decadencia y el transporte por carretera se convirtió en el principal medio de transporte por tierra de materiales y mercancía. El ferrocarril sigue siendo el método predominante de transporte terrestre de larga distancia —de punto a punto— porque en esas condiciones es más barato que el camión. Sin embargo, cuanto más hay que alejarse de las ciudades centrales y de las líneas ferroviarias, más rentable resulta el transporte por camión. Esta dinámica condujo finalmente al predominio del transporte por camión en Estados Unidos.

Poco después de la Segunda Guerra Mundial, las empresas empezaron a trasladar la industria y las oficinas de las ciudades a las periferias y, finalmente, a los «campos verdes», zonas semirrurales que se encuentran en un estado de desarrollo entre rural y suburbano. Desde casi todos los puntos de vista, el traslado de la industria fuera de las ciudades benefició a las empresas. Estos lugares, al tener menos infraestructuras que mantener y encontrarse en terrenos menos urbanizados, ofrecían alquileres bajos y, en general, impuestos más bajos. Antes de la «revuelta fiscal» que comenzó a finales de los 70, este movimiento permitió a muchas zonas suburbanas mantener unos impuestos residenciales y a los propietarios de viviendas más bajos gracias a los impuestos recaudados de las empresas, que seguían pagando menos que en las ciudades. Al mismo tiempo, las empresas evitaban así conflictos con las maquinarias políticas urbanas, que tenían que mantener una relativa paz de clases en un entorno mucho menos homogéneo que el de los suburbios. Este acuerdo fiscal mutuamente beneficioso acabaría desmoronándose en los años sesenta y setenta, a medida que las empresas se alejaban de las ciudades en busca de mejores ofertas en los nuevos suburbios y zonas verdes, o abandonaban el país.

Tanto el Estado como las empresas respondieron a los enormes conflictos de clase que se produjeron entre 1919 y el final de la Segunda Guerra Mundial. Los centros de trabajo se trasladaron a los suburbios y a los campos para escapar de la masa concentrada de trabajadores que resultó intratable en la primera mitad del siglo XX. Las densas concentraciones de trabajadores permitían la existencia de densas redes de relaciones, a menudo cerca de los lugares de trabajo. Las ciudades no solían tener normativas sobre el uso del suelo que establecieran divisiones tajantes entre zonas residenciales, comerciales y de venta al por menor. Muchas pequeñas empresas que dependían de los trabajadores tenían estrechas relaciones con ellos. Esto tendía a generar simpatía y, en tiempos de huelgas y cierres patronales, los trabajadores a menudo podían contar con cierto grado de apoyo por parte de dichos comercios, donde compraban sus víveres y productos cotidianos. Estas redes podían suponer un grave problema para el capital.

El diseño suburbano introdujo distinciones rígidas entre espacios residenciales, comerciales y de venta al por menor. Las leyes de zonificación separaban estos espacios como nunca antes se había hecho en las ciudades. Los trabajadores llegaron a vivir separados no solo de sus lugares de trabajo, sino también de las empresas a las que compraban bienes de consumo. En las zonas suburbanas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los urbanistas y promotores crearon nuevos diseños, como el callejón sin salida puramente residencial que se abre a una carretera de cuatro a ocho carriles. No solo no había forma de ir andando al lugar de trabajo o a las tiendas, sino que desplazarse a pie era enormemente ineficaz e incluso físicamente peligroso. Este diseño también era, en parte, ingeniería social. El acoso policial a quienes iban caminando por los suburbios reforzaba aún más las separaciones, centrándose en quienes carecían de un propósito aparente o tenían un aspecto atípico para una subdivisión concreta.

Los suburbios cambiaron las posibilidades de entrada de las cadenas comerciales en el espacio antes dominado por las tiendas de barrio familiares. En el entorno suburbano, los pequeños comercios no podían situarse a poca distancia de los consumidores, porque no podían instalarse en zonas residenciales. Al mismo tiempo, mucha gente quería tener acceso a la experiencia de comprar en el centro de la ciudad, despojada de la desagradable presencia de mendigos, vagabundos y otros «elementos indeseables». Así surgieron los dos símbolos más conocidos de la suburbanización: las galerías comerciales y los centros comerciales, a los que se han añadido grandes superficies como Walmart, que siguen el mismo diseño básico de «ventanilla única» que el centro comercial tradicional. Aunque esto tardó algún tiempo en desarrollarse —en realidad no empezó hasta mediados o finales de la década de los 50—, tanto el centro comercial como las galerías despegaron en las décadas de 1960 y 1970, recreando las opciones de compra del centro de la ciudad pero dentro de un entorno mucho más controlado.

Las comunidades empezaron a fragmentarse a medida que se deshacían las grandes concentraciones de trabajadores próximos entre sí. A medida que tanto los trabajadores asalariados como la industria se marchaban, lo que quedaba en las ciudades eran poblaciones empujadas cada vez más a los márgenes sociales y espaciales, con unos ingresos cada vez más bajos y, por tanto, infraestructuras y servicios sociales cada vez más deficientes. Estamos ante el sucesor del gueto anterior a la Segunda Guerra Mundial. Este último era, sin duda, un lugar de aislamiento colectivo, pero también uno que, de una forma u otra, raramente quedaba fuera de la reproducción capitalista, debido a la creciente necesidad de mano de obra en el periodo comprendido entre el siglo XIX y principios del XX. Pero lo que vino ahora fue un nuevo tipo de gueto, cada vez más aislado de un acceso al trabajo asalariado y objeto de una creciente homogeneización y atomización. En Estados Unidos esta desarticulación, despoblación y guetización encuentra su máxima expresión en los antiguos centros de producción industrial y militancia obrera: Detroit, Baltimore, Cleveland, Akron, Buffalo, Newark, San Luis, Pittsburgh, etc. En términos de división dentro de la clase trabajadora, se expresa más claramente en la disparidad de la riqueza media por hogar entre las familias blancas y negras, que se ha triplicado en los últimos 25 años. La riqueza media de las familias blancas es de 265.000 dólares, frente a los 28.500 dólares de las familias negras, la mayor parte de la cual está vinculada a la propiedad de la vivienda.23

Incluso si nos centramos exclusivamente en las ayudas concedidas a los distintos tipos de vivienda, las divergencias son notables. Los programas públicos, puestos en marcha originalmente durante la Segunda Guerra Mundial para satisfacer la demanda de vivienda de los militares, eran esencialmente las únicas viviendas subvencionadas a las que podían acceder los trabajadores no blancos, mientras que quedaban completamente excluidos de los préstamos hipotecarios federales y, por tanto, en gran medida de los privados. Las ciudades y los Estados colaboraron con el gobierno federal para «limpiar los barrios de chabolas» —lo que a menudo se ha conocido como «desalojo de negros»—, colocando a los trabajadores en viviendas públicas situadas en zonas relativamente aisladas de la ciudad, a menudo lejos del centro y de los trabajos industriales mejor pagados. Basándose en la estandarización de los barrios, las agencias inmobiliarias y los promotores podían beneficiarse enormemente del «desalojo de bloques»: apoyar el traslado de una o dos familias negras a un barrio para luego asustar a las familias blancas con la perspectiva de un descenso del valor de sus propiedades —respaldado con la misma certeza que un préstamo federal por las políticas de préstamos hipotecarios del gobierno federal— y permitirles finalmente sacar provecho de ello, ya que las familias blancas vendían barato y las negras compraban caro. A largo plazo esto les permitía también devaluar el suelo y los edificios de un barrio para su posterior reurbanización, completada con subvenciones del gobierno para la eliminación de los barrios marginales. Desde la década de los 80, la creación de zonas de desarrollo y las consiguientes exenciones fiscales a los promotores han permitido la gentrificación suburbana de grandes zonas de las ciudades centrales.24

Las nuevas viviendas tienden cada vez más a la residencia unifamiliar, a medida que se derriban los proyectos de vivienda pública, los cuales sufren un abandono sistemático desde hace mucho tiempo. Cuando se construyen viviendas plurifamiliares, suelen ser para personas acomodadas. Las poblaciones más pobres son expulsadas del centro de las ciudades en una labor menos abierta pero no menos sistemática de «desalojo de negros», aunque cada vez se extiende más a los blancos y latinos más pobres. Ejemplos recientes de ello han sido la gentrificación del bajo Harlem en Nueva York y el derribo de Cabrini Green y otros proyectos cerca del centro de Chicago para sustituirlos sistemáticamente por residencias unifamiliares, condominios dúplex y rascacielos residenciales de lujo.

La disgregación espacial va de la mano de la expansión del consumo de gran parte de la clase trabajadora tras la Segunda Guerra Mundial, de la introducción de la maquinaria de comunicación unidireccional del capital y el Estado con la población, de la mecanización del trabajo doméstico, de la individualización de los medios de transporte a grandes distancias a través del automóvil. Las ciudades marginales, carentes de las infraestructuras desarrolladas y de los servicios sociales necesarios tanto para la industria como para albergar una cultura obrera autosuficiente y opositora, con sus propias instituciones y su propia identidad, es el barbecho sobre el que se construye la ciudad suburbana. Aquí tenemos la creación, en lo que parece una especie de «todo a la vez», de la audiencia de la radio y la televisión, del ama de casa ideal, del viajero y el propietario de suburbio. Estas áreas carentes de autonomía propia inspiran su modelo en la ciudad. Al igual que el estándar suburbano anterior a la Segunda Guerra Mundial era una miniciudad, el suburbio de después de la Segunda Guerra Mundial es un Los Ángeles en miniatura.

También está la pérdida —o la falta de mantenimiento— de los equipamientos públicos, desde las aceras hasta los parques públicos, incluyendo tanto los programas como las instalaciones. En el caso de metrópolis globales como Nueva York o ciudades como Chicago, que tienen un estatus similar, el cuidado de las instalaciones públicas está parcial o incluso totalmente privatizado, lo que significa que la mayoría de los recursos se destinan a las instalaciones que sirven de forma más inmediata a las élites locales. En otros casos, esas instalaciones se anexionan a comunidades cerradas o restringidas de otro modo, y por tanto se privatizan, de hecho, en la medida en que se vuelven inaccesibles para los no residentes de esas subdivisiones. En lugares como Detroit y Baltimore el desmembramiento de la ciudad se produce a tal escala que a menudo resulta más barato abandonar las viviendas que intentar venderlas. De este modo, en cierto modo zonas enteras se ven reabsorbidas por la naturaleza ya que la maleza, la hierba y los árboles crecen por encima de los coches oxidados, los edificios en ruinas y los solares vacíos sembrados de basura. Por supuesto, en las antiguas ciudades industriales también encontramos ruinas industriales: fábricas y acerías abandonadas, zonas donde el terreno ha quedado inutilizado por años de residuos industriales, grandes instalaciones de producción y almacenes que pueden o no convertirse en los «lofts para artistas» de algún promotor afortunado. Instalaciones que dieron trabajo a cientos, miles o incluso decenas de miles de personas permanecen inactivas, con escasas perspectivas de volver a ser rentables, aunque desde un punto de vista técnico sigan siendo completamente funcionales.25 Tanto como la transformación de la vivienda, el comercio minorista y el espacio público, el cambio en el espacio de producción marca una importante ruptura con el pasado.

Con esta evolución la ciudad deja de tener muchos de los rasgos distintivos que antaño la diferenciaban de los mundos suburbano y rural. La privatización implacable y las políticas de separación y demarcación socavan el espacio público que queda y que podría ser disputado. Los parques se sustituyen por lugares de consumo como Discovery Zone o Chuck E. Cheese’s. Lo que se permite en los espacios públicos se restringe, se «zonifica» para determinadas actividades mientras que otras quedan descartadas. Se restringe el espacio de las aceras en las «zonas comerciales», como por ejemplo en Chicago, donde no se permite que se reúnan más de tres personas a la vez en determinados distritos, en nombre de la lucha contra las bandas —una ley que, por supuesto, se aplica sistemáticamente solo a jóvenes y, especialmente, a los de color, y no a los grupos de yuppies borrachos y consumidores—.26 Mientras que en Estados Unidos el Estado desempeñó un papel central en la aplicación de políticas de vivienda que favorecían una suburbanización racialmente segregada, a escala mundial fue el proveedor de servicios que no eran rentables para las empresas privadas, pero que eran necesarios para apaciguar a unas poblaciones que habían permanecido en un estado de agitación casi constante antes de la Segunda Guerra Mundial. A menudo el Estado se vio obligado a racionalizar parcialmente unas relaciones sociales desiguales frente a movimientos que exigían la ampliación de la ciudadanía y el uso de la ley para remediar la desigualdad de hecho y de derecho. El resultado fueron los programas estatales de nacionalización de la sanidad, la educación y la vivienda pública.

Las luchas del movimiento obrero que habían generado la incorporación parcial del trabajo a la ciudadanía fueron seguidas por una creciente demanda de equiparación en otros ámbitos de la vida, que a su vez adoptaron la forma de luchas dentro del movimiento obrero y sus organizaciones. Ello condujo a menudo a una fragmentación de la cultura de la clase obrera en función de la raza, el género y la sexualidad, dando cuenta de líneas de fractura que habían sido suprimidas por una política de identidad de la clase obrera.

Sin embargo, a medida que estas luchas retrocedían, sus demandas fueron incorporándose parcialmente. Cada vez era más necesario que las mujeres se incorporasen al mercado laboral a tiempo completo para mantener el nivel de ingresos de sus hogares. Mientras tanto, las prestaciones no salariales se privatizaron cada vez más —es decir, se mercantilizaron— con el paso de la seguridad social y las pensiones a los planes de jubilación 401(k);27 con la sustitución de los salarios directos por opciones sobre acciones para los empleados; con el aumento de las deducciones salariales para prestaciones médicas; la creciente dependencia del patrimonio basado en la propiedad de la vivienda para obtener préstamos y mantener una cierta calificación crediticia. Este último aspecto ha avanzado hasta el punto de que muchos empleadores comprueban la calificación crediticia de un posible empleado antes de contratarlo, algo que discrimina sistemáticamente, aunque de forma no intencionada, a las minorías, dada su exclusión generalizada de la propiedad de la vivienda.

A medida que la crisis del urbanismo ha ido avanzando, también lo ha hecho la privatización de espacios y servicios, a medida que la socialización de la satisfacción de las necesidades, una vez codificada y ejecutada mediante la ampliación de los poderes del Estado —o, como la ha descrito Gaspar Tamás, «la tendencia de la Ilustración a asimilar la ciudadanía a la condición humana»—, ha ido retrocediendo sistemáticamente. La homogeneización y la privatización —siempre parte integrante de la lógica del capital— han adquirido un alcance hasta ahora sin precedentes frente a las transformaciones examinadas anteriormente. Esto no puede separarse del aumento simultáneo de la desigualdad material y del empobrecimiento material absoluto tanto en los países desarrollados como en aquellos lugares empujados fuera de los circuitos globales de acumulación legal. Estas tendencias representan un debilitamiento consistente de cualquier tipo de universalidad progresiva del tipo que fue central para la noción de socialismo en el movimiento obrero del siglo XIX y principios del XX.

Si la ciudad en ruinas es el primer producto negativo de la crisis del urbanismo, estas ruinas tienes su negativo fotográfico en la ciudad suburbana o en expansión. La transformación del mundo urbano en ciudades en expansión tuvo dos momentos distintos: por un lado, la creación de nuevas ciudades siguiendo las líneas trazadas por Los Ángeles y el tipo de suburbio posterior a la Segunda Guerra Mundial, así como la transformación de algunas antiguas ciudades industriales en ciudades suburbanas en expansión; y por el otro, el mero vaciamiento de las ciudades que no podían transformarse de forma rentable.

La típica ciudad en expansión escapó al destino de la ciudad industrial precisamente por ser una región marginal, y por tanto no presentaba la misma resistencia institucionalizada y estructural a la racionalización de la acumulación capitalista y el urbanismo. La falta de identidad colectiva de la clase obrera implicaba una falta de oposición a las nuevas tecnologías y procesos laborales. Así pues, el provincialismo y el aislamiento resultaron ser ventajas; eran algo promovido por los nuevos métodos de disgregación —de hecho, eran su propia racionalidad—. Para el capital, a menudo era más fácil empezar de nuevo en otro lugar que intentar reformar la ciudad industrial.

Esto explica en gran medida por qué el declive de la población urbana en Estados Unidos —pero también en muchos otros países, como China— se ha producido sobre todo en las antiguas ciudades industriales, mientras que el crecimiento se limita casi por completo a las ciudades suburbanas. En estos lugares, la industria suele ser de muy alta tecnología y utiliza muy poca mano de obra no cualificada, generalmente con salarios muy bajos, mientras que la mano de obra que se emplea de forma intensiva —como en las numerosas formas de ingeniería— es altamente cualificada y representa pocos puestos de trabajo. Gran parte de la mano de obra presta servicios a trabajadores y directivos altamente cualificados y bien remunerados. Lo que las ciudades en expansión tienen en común con la moribunda ciudad industrial y las ciudades suburbanas es la falta de colectividad. Como ellas, son lugares de individuos atomizados, que se desplazan del trabajo a casa y de casa a las tiendas.

¿Cómo interpretar entonces el regreso de parte de la población a los barrios del centro de Nueva York, Londres o Tokio? ¿Y qué decir de la aparente prosperidad de algunas ciudades más antiguas, como San Francisco y Chicago, que en cierto modo han sido ciudades industriales? En este punto debemos hacer algunas distinciones sobre el desarrollo de las ciudades a escala mundial, aunque corramos el riesgo de generalizar en exceso. Nueva York, Tokio y Londres siempre han sido grandes centros financieros-cosmopolitas de capital. A través de ellos fluyen los vastos ríos del capital-dinero, por lo que no es casualidad que estos lugares estén fuertemente identificados con sus bolsas o distritos financieros, ya sea Wall Street, el Nikkei o la City. Como tales, también han tendido a ser centros de cultura de la alta burguesía. Todo lo contrario a las ciudades industriales, animadas culturalmente por la clase obrera, ya que las clases altas de estos lugares, y la clase política en particular, no solo estaban a menudo enfrentadas, sino que eran bastante ignorantes y estaban inmersas en la realpolitik más que en cualquier tipo de vida cultural profunda. Los centros cosmopolitas también pueden verse transformados en última instancia por su papel central en la circulación del capital —cada vez más vacías a medida que la sociedad burguesa se vuelve cada vez más senil—, pero en general tampoco dejan de ser polos de atracción globales, y, como lugares aparentemente hechos enteramente de dinero, proporcionan terreno para todo tipo de aventuras e ideas.

Ciudades como Chicago y San Francisco ponen realmente de manifiesto el carácter combinado y desigual del desarrollo capitalista. Chicago fue sin duda una ciudad industrial, pero también ha sido durante mucho tiempo un centro financiero. Como tal, su trayectoria y su estado actual reflejan esta dualidad. San Francisco no es una ciudad atípica entre las ciudades costeras que fueron lugares importantes para la navegación y el comercio. En la medida en que el transporte marítimo sigue siendo una parte muy importante de la economía mundial, las ciudades portuarias a veces conservan cierto grado de centralidad, o preservan esta reputación mientras se centran en otras cosas. Pero, por supuesto, con la contenedorización muchos de estos lugares han muerto, ya que el negocio se transfiere a un muelle de aguas profundas en otro lugar. Aunque el papel de San Francisco como ciudad portuaria ha disminuido drásticamente —existen otros 134 puertos de EE. UU. que gestionan ahora más tráfico—, la zona de la bahía en su conjunto sigue teniendo una enorme importancia, lo que repercute en la economía de San Francisco. Sin embargo, la clave de la fortuna de la ciudad es su proximidad a las zonas suburbanas que se convirtieron en el centro de la industria microelectrónica, es decir, Silicon Valley. Lo más inquietante de San Francisco es hasta qué punto se ha convertido en una ciudad dormitorio para el conjunto de Silicon Valley. Aquí no es posible un debate más amplio al respecto, pero la ciudad se ha convertido cada vez más no en el lugar donde la gente pasa sus días, sino solo a donde regresan tras jornadas de 12-14 horas para consumir y dormir. San Francisco, a pesar de su asociación histórica con la política radical en Estados Unidos, como capital de la «Left Coast», es ahora uno de los lugares más caros para vivir de toda Norteamérica; un lugar que, como Nueva York, tiene muy poco espacio para el tipo de entornos sobre los que construyó su reputación.

Lo que hay que reconocer aquí es que la aparente oposición entre ciudades y suburbio, que existía en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, se ha visto fundamentalmente socavada. La crisis del urbanismo industrial mecánico, del que surgieron el suburbio y la ciudad suburbana al tiempo que se desmantelaba la ciudad de la era industrial, ha concluido. Debord volvió a registrar claramente este periodo:

«El campo muestra justamente el hecho contrario, el aislamiento y la separación» (La ideología alemana). El urbanismo que destruye las ciudades reconstituye un seudocampo, en el cual se han perdido tanto las referencias naturales del campo antiguo como las relaciones sociales directas y directamente puestas en cuestión de la ciudad histórica. Es un nuevo campesinado ficticio el que recrean las condiciones de hábitat y de control espectacular en el actual «territorio acondicionado»: la dispersión en el espacio y la mentalidad limitada, que siempre han impedido al campesinado emprender una acción independiente y afirmarse como potencia histórica creadora, vuelven a caracterizar a los productores —el movimiento de un mundo que ellos mismos fabrican quedando tan completamente fuera de su alcance como lo estaba el ritmo natural de los trabajos para la sociedad agraria—. Pero cuando este campesinado, que fue la base inmóvil del «despotismo oriental» y cuya misma dispersión llamaba a la centralización burocrática, reaparece como producto de las condiciones de crecimiento de la burocratización estatal moderna, su apatía ha de ser ahora históricamente fabricada y mantenida: la ignorancia natural ha hecho lugar al espectáculo organizado del error. Las «nuevas ciudades» del seudocampesinado tecnológico inscriben claramente en el terreno la ruptura con el tiempo histórico sobre el cual fueron construidas; su divisa puede ser: «Aquí nunca ocurrirá nada y nunca ha ocurrido nada». Es muy evidente, debido a que la historia que debe librarse en las ciudades todavía no ha sido liberada, que las fuerzas de la ausencia histórica comienzan a componer su propio paisaje exclusivo.28

Mientras que Debord concluye con la afirmación de la superación de la ciudad y del urbanismo mediante la subordinación del medio ambiente a las necesidades de los consejos obreros, lo que de hecho ha ocurrido es el fin de las condiciones sobre las que podía existir el consejismo. Lo que se puede denunciar en la estructura del suburbio en expansión llega a redefinir la ciudad casi en la misma medida.

Las comunidades cerradas y el fin de la clase trabajadora como sujeto

La resolución individualista y privatizada de la cuestión de la vivienda en la disgregación no solo tiene efectos objetivos, como la resegregación de Estados Unidos, sino que es parte de la reestructuración de la experiencia de la relación de clase. Para entender este cambio, es necesario comprender el papel que desempeña la propiedad privada de la vivienda en Estados Unidos como reemplazo de los tipos de prestaciones que en muchos otros lugares se proporcionan a través de programas sociales y el Estado. Hay una razón por la cual los esfuerzos neoliberales por aniquilar los elementos socialdemócratas del Estado en favor de soluciones privadas a menudo encuentran su inspiración en el modelo estadounidense. Un propietario privado se beneficia al menos de seis formas que enmascaran su dependencia del Estado:

  1. El Estado proporciona una enorme desgravación de impuestos. Con el fin del altísimo impuesto progresivo sobre la renta a finales de los años 70, cada vez más gente tributaba a niveles de renta más bajos que en los años 30, 40 o 50, por lo que la devolución de impuestos sobre la hipoteca se volvió aún más importante.

  2. Dados los bajos tipos de interés y los subsidios fiscales, los gastos hipotecarios pueden ser muy inferiores a los del alquiler de una vivienda de tamaño equivalente. Esto, empero, depende de impuestos sobre la propiedad relativamente bajos, que en los suburbios son la fuente de ingresos más importante para los servicios prestados por la ciudad, como la policía, los bomberos, las carreteras y las escuelas. La otra gran fuente de ingresos procede de los impuestos sobre las propiedades industriales y comerciales, que son clave para mantener bajos los impuestos sobre la propiedad para los propietarios.

  3. Una casa actúa como capital, mejorando la calificación crediticia del propietario y, por lo tanto, permitiéndole pedir un préstamo considerablemente mayor a tipos de interés considerablemente más bajos. Para la mayoría de las familias del 80% más pobre de la población, la casa es, con diferencia, el bien más valioso que poseen, y, por lo general, el único que pueden usar como fuente significativa de garantía.

  4. Una casa actúa como una forma de transferencia de riqueza intergeneracional y de seguridad de ingresos.

  5. Cabe esperar que el valor de la casa aumente con el tiempo. Así, el activo se convierte en un medio para aumentar el patrimonio.

  6. La combinación de valor creciente y patrimonio también hacen posible que los hijos vayan a la universidad y escapen de la órbita del trabajo de la clase trabajadora.

Estos seis aspectos de la propiedad de la vivienda fueron, como hemos visto, racializados por las políticas de la FHA y el HUD.29 Dado que estas significaban que las familias negras que compraban una vivienda en una comunidad devaluarían automáticamente la propiedad —en los raros casos en los que podían optar a una ayuda de vivienda y préstamos—, la propiedad de la vivienda iba de la mano del aislamiento racial. Esta racialización de la vivienda, la equidad y el valor de la propiedad, especialmente después del fin de la segregación de jure en el Sur en 1964 y 1965, implicó que la amenaza de la vivienda integrada se convirtiera en uno de los factores más importantes en el giro derechista de los trabajadores blancos al Partido Republicano en las elecciones de 1968, 1972 y 1976.30 Los inquilinos blancos, por otra parte, se oponían estadísticamente mucho menos a la integración, en vivienda y en educación, tanto antes de 1964 como después de 1968.

Por lo tanto, la propiedad de la vivienda guarda una estrecha relación con el conservadurismo político, pero no es necesario echarle mucha imaginación para comprender la transformación ulterior de la experiencia que conlleva la propiedad de la vivienda. Aquí enumeraré brevemente algunos puntos clave:

  • Hostilidad hacia cualquier política que pueda reducir el valor de la vivienda. Esto incluye no solo el racismo anteriormente mencionado, sino también la hostilidad hacia la vivienda pública y los programas de apartamentos subvencionados que no conducen a la propiedad de la vivienda, ya que tienden a reducir los valores al introducir familias de bajos ingresos con peores calificaciones crediticias.

  • Hostilidad hacia todo lo que pueda aumentar la presión fiscal, incluidos los impuestos sobre la propiedad. Esto incluye la prestación de servicios en una comunidad, y no solamente para los propietarios de viviendas. El impulso actual de los populistas del tipo Tea Party para privatizar la educación y los bomberos es un ejemplo particularmente desagradable.

  • Hostilidad a cualquier cosa que amenace el privilegio de las enormes exenciones fiscales a la propiedad de la vivienda. En efecto, el alquiler se penaliza varias veces, y a los propietarios de viviendas les interesa personalmente no volver a ser reducidos a inquilinos.

Lo que está en cuestión no es simplemente el título de la propiedad en sí, sino la capacidad de la vivienda para actuar de acuerdo con las seis características descritas anteriormente. De importancia vital es también el grado en que la propiedad de la vivienda ha funcionado efectivamente en los Estados Unidos como una forma parcial de compensación por la falta de una red de seguridad social. Aunque en términos absolutos no tenga las tasas más altas de propiedad de vivienda, Estados Unidos tiene la desigualdad más alta de entre todas las naciones industrializadas. Más que cualquier otro país desarrollado, depende de un alto nivel de deuda privada basada en el patrimonio derivado de la vivienda y un mejor acceso a fuentes de crédito adicionales como las tarjetas de crédito. Por supuesto, dicho endeudamiento ha crecido masivamente desde principios de los años setenta, tapando el vacío dejado no solo por el estancamiento de los salarios reales, sino también por el escaso «salario social». En la década de los 2000 la titulización de la deuda de los hogares permitió su expansión y la articuló con los flujos financieros mundiales, a medida que los bancos extranjeros compraban valores respaldados por dólares. La capacidad de la economía estadounidense para soportar enormes niveles de deuda privada depende de la preservación del valor del dólar, que está efectivamente garantizada por los efectos catastróficos que cualquier devaluación del dólar, como moneda mundial, tendría en la economía global.

El aumento de la propiedad de la vivienda extiende lo privado a lo público y, a su vez, transforma lo público en un asunto privado, reduciendo la participación pública a la política de NIMBY [Not In My Backyard: en mi patio trasero no]. No es casualidad que la suburbanización dé lugar a una política de reprivatización. La superación de la existencia comunitaria y colectiva se materializó en las tecnologías del urbanismo posteriores a la Segunda Guerra Mundial, especialmente en la creación de la experiencia en el espacio privado de lo que antes se experimentaba públicamente. El hogar ya no era simplemente un lugar para comer y dormir, sino un microcosmos autosuficiente en el que el mundo exterior solo entraba a través de medios electrónicos como la radio, la televisión y, más tarde, el ordenador. El hogar se convirtió en un refugio. Al mismo tiempo, el patio sustituyó a los parques y zonas de recreo, y otras instalaciones públicas en las que la naturaleza se podía disfrutar de forma colectiva.

El urbanismo de consumo masivo de la posguerra también prometía homogeneidad. Como hemos visto, la propia estructura del suburbio de la posguerra dependía de que los desarrolladores creasen grandes zonas con ingresos relativamente similares, y durante mucho tiempo se requirió legalmente que la comunidad fuera racialmente homogénea. Las convenciones sociales y las calificaciones crediticias basadas en el género impidieron el acceso también a las mujeres solteras. La suburbanización implicaba una forma de escapar de las personas «que no son como nosotros», de mantenerse alejado de las diferentes razas, credos, grupos étnicos, etc. La tendencia a la homogeneidad y la conformidad hace que la suburbanización tenga una lógica de experiencia diferente a la de la ciudad. Ahí radica un problema fundamental para la ciudad suburbana. La extensión de esta homogeneización —privatización del espacio y los servicios; la gestión privada e, incluso, la financiación de parques y escuelas que son nominalmente públicos— choca con la estructura misma de la ciudad.

La homogeneidad también se considera una fuente de seguridad. La obvia ausencia de diferencias de clase en una comunidad donde uno se olvida de su trabajo, donde la vida laboral y no laboral están separadas; la ausencia de «las clases bajas» o «los pobres», la ausencia de aquellos sin acceso al crédito tiende a traducirse en una reducción de la delincuencia. La ciudad está cada vez más vigilada para mantener a la gente en sus barrios, mientras que los suburbios se vigilan para mantener a cierta gente fuera. El perfilado es excepcionalmente efectivo en los suburbios por su propensión a la homogeneidad. Ser de una raza diferente, conducir un viejo coche oxidado y caminar a pie son signos de exclusión, de ser Otro. Los barrios cerrados no son más que la expresión más obvia y abierta de esta tendencia.

Así, el mundo fuera de los suburbios está prefigurado y se experimenta como amenazante, peligroso y, sobre todo, como criminal: la gente de las ciudades quiere lo que tienen los de las zonas suburbanas, pero viviendo en las ciudades no pueden tenerlo por lo que solo pueden robarlo o lograrlo inmerecidamente. Cuando George Bush Jr. anunció que los terroristas nos odiaban por nuestra libertad, no hizo más que rearticular el sentido común de la experiencia suburbana hacia las masas peligrosas de las ciudades como la experiencia nacional de Estados Unidos en relación con las «masas oscuras» de los no euroamericanos.

La hostilidad a la maduración intelectual y cultural por considerarla burguesa o elitista es la reacción del hillbilly31 y del esclavista a la modernización. Cualquiera que tenga la temeridad de sugerir que su utopía provincial no es lo mejor que hay es un esnob. Si bien la provincialización no puede reducirse a la suburbanización y la expansión, aquella refuerza estas. Al mismo tiempo, el lenguaje intelectual se transforma en el del lado administrativo de la sociedad. Aquellos que se sienten fuera de, o injustamente limitados por, la lógica administrativa del liberalismo, encuentran de esta manera reforzada su inclinación hacia el tribalismo, la insularidad y el corporativismo. La suburbanización magnifica e intensifica la experiencia de esta enajenación de la conciencia administrativa liberal, incluso cuando depende completamente de la subvención estatal, y especialmente de los sectores militaristas y abiertamente opresivos del Estado.

La suburbanización también fomenta la infantilización y la feminización. Por «feminización» lo que se quiere expresar no es la dominación de algunos valores femeninos esenciales, sino la extensión de la raíz de las relaciones de género en la sociedad capitalista, la separación del hogar y el trabajo. La suburbanización amplía esta división al poner el trabajo en un lugar, puede que en una urbanización completamente diferente o en la ciudad, de modo que ya no se vive donde se trabaja, y la orientación social de hombres y mujeres en las zonas suburbanas pasa a ser el hogar. Donde tradicionalmente el trabajo significaba que el trabajador que llevaba los ingresos a casa también participaba en actividades públicas, ya fuera juerga en bares o actividades sindicales o en clubes sociales, la vida no laboral se orienta cada vez más hacia las tareas domésticas: cortar el césped, jardinería, arreglar la casa o el automóvil en el garaje.

El fetiche del deporte como voyeurismo comunitario y como imperativo social va de la mano con la pérdida de referentes colectivos y con el proceso de identificación con una marca y una tribu. El fútbol americano es el deporte más visto. Refirma la masculinidad violenta frente a la feminidad de las animadoras y las «beer babes», así como frente a la colectividad tribal. Por otro lado, está la abrumadora popularidad del golf, que es el deporte más practicado porque requiere poca actividad física, es muy individualista y se asocia con el estatus social, tanto porque es caro como porque tiene lugar en otro espacio fabricado, seudonatural pero completamente domesticado.

Las dinámicas que infantilizan a los adultos también promueven una atención exagerada a los niños. La vida pública acaba siendo en muchos casos llevar a los niños a sus «extraescolares». La excusa para mudarse a los suburbios es a menudo «los colegios» y para tener un «entorno saludable» en el que criar a los niños. Estos últimos se convierten en otra especie de Gran Otro, una obsesión superegoica por suburbanizar. No es casualidad que tanto padres como hijos se resientan mutuamente en estas situaciones.

La integración política y jurídica como crisis de lo político

La política revanchista se ha expresado de muchas formas diferentes en los últimos sesenta años aproximadamente, desde el macartismo y el surgimiento del populismo republicano de Goldwater, pasando por la revuelta de los contribuyentes de la década de 1970, hasta el reaganismo y el auge de la derecha cristiana. El Tea Party de hoy es solo la última encarnación de esta tendencia política, alentada por la amenaza a las condiciones financieras que hicieron posible el desarrollo suburbano y de expansión.

El urbanismo posterior a la Segunda Guerra Mundial dependía de una serie de características, entre las que destacaba una expansión capitalista vinculada a las tasas de productividad que superaban el crecimiento de los ingresos, de modo que dicho crecimiento pudiera ser acomodado por el capital. La desindustrialización, la deslocalización de la producción a otros países y otros tipos de fugas de capitales de los suburbios han contribuido a aumentar la dependencia de la financiación estatal y federal, pero los Estados también se han encontrado en una situación desesperada. El entorno político del revanchismo suburbano busca aliviar sus problemas robando la riqueza de las ciudades y la base impositiva de las zonas más urbanizadas. Lo que autores como Gáspár Tamás han denominado posfascismo32 no es más que la traslación política de lo que la crisis de este urbanismo expresa en términos espaciales. Las características clave de la expresión comunalista de ese posfascismo incluyen:33

  • Un sentimiento extremo de resentimiento hacia los pobres o no solventes; el Otro es visto como una amenaza.

  • Un resentimiento hacia cualquier tipo de personas cultas o intelectualmente sofisticadas, cosmopolitas. Sentirse como en casa en el mundo, en lugar de en tu hogar, es un signo de corrupción y de negación de la dependencia de los subsidios estatales.

  • Una orientación hacia la privatización de todos los servicios sociales que no apoyen directamente la identificación abierta de la riqueza privada con el capital.

  • Preocupación por que la gente no está «responsabilizándose de sí misma».

  • Una falta de interés por actividades no laborales, excepto aquellas que son ritualmente masculinas, es decir, los deportes.

  • Un nativismo muy marcado.

  • Miedo y, por consiguiente, odio a todo lo que no se entiende —esto está vinculado al nativismo, la religiosidad, la heterosexualidad militante o el conformismo—.

En el fondo, esto equivale a la creación de un Estado dual donde la «verdadera ciudadanía» iría de la mano con la calificación crediticia, la raza, la religión, etc. En otras palabras, bajo la presión de la incapacidad del capital para mantener simultáneamente la rentabilidad y la expansión de la ciudadanía, la disgregación espacial y el aislamiento del suburbanismo de posguerra se prestan a una política posfascista que lleva a la muerte de la ciudadanía universal. Ambos fenómenos son coincidentes con lo que muchos denominan neoliberalismo.

La misma empobrecedora influencia del objetivo, esto es, escapar y mantener fuera al Otro, crear una comunidad sin conflictos, compartir un odio y un miedo comunes, no se traslada tan fácilmente a la ciudad. La ciudad es simplemente el espacio de los Otros que residen unos al lado otros. Eso no quiere decir que antes existiera algún espacio público milagrosamente libre y abierto, sino que lo que era libre y abierto al menos podía ser objeto de disputa y de impugnación, mientras que ahora el espacio para tales posibilidades se ha privatizado y se está vigilando sistemáticamente. El espacio de la ciudad siempre ha estado muy disputado, y, a menudo, violentamente.

Para examinar algunos casos en Chicago, por ejemplo, solo 1919 vio disturbios blancos y la masacre de alrededor de 1,000 afroamericanos en eventos que ocurrieron junto y enredados con las huelgas de almacenaje de carne y acero. Muchos trabajadores blancos que se declararon en huelga con trabajadores negros también participaron en disturbios contra la creciente población negra en el lado sur de la ciudad. En 1937, en la Little Steel Strike, los trabajadores de Chicago fueron abatidos por la policía rompehuelgas. En 1966, turbas racistas atacaron una marcha por los derechos civiles a la que asistió Martin Luther King Jr. en el Marquette Park de Chicago con un grado de ferocidad y odio que, según King, no tenía parangón incluso en el sur. En 1968, los parques fueron el sitio de protestas masivas contra el Partido Demócrata en la Convención Nacional Demócrata, que fue recibida con violencia brutal por el Departamento de Policía de Chicago y la Guardia Nacional. Entre 1990 y 1991 más de 10.000 personas marcharon en las calles de Chicago contra la Guerra del Golfo. La violencia policial es, por supuesto, una constante relativa en esta historia, pero lo que se vuelve cada vez más imposible de imaginar es la naturaleza abierta del conflicto y del espacio mismo. ¿En qué parte de una suburbanización podrían tener lugar tales movilizaciones?

El declive y la marginación de la ciudad industrial, su transformación en un sitio en ruinas donde lo que florece lo hace solo donde el verde de las finanzas y los bolsillos de las industrias microelectrónica, de software y bioquímica siembran la tierra, es el declive de una especie de cultura obrera que se sostenía en la industria. Estas ciudades suelen colapsar en guetos despojados de vida social. Lo que predomina son las redes interpersonales más grandes o más pequeñas, las relaciones familiares y privadas en las que solo se puede entrar por invitación. Esto es todo lo contrario del sindicato, el partido político de la clase obrera, la organización de autoayuda, la cooperativa comunitaria, etc. En lugar de periódicos abiertamente políticos, ya sea del Partido Socialista o Comunista o del Chicago Defender o Pittsburgh Courier, tenemos el peso abrumador de los medios corporativos, y ahora incluso la disolución del segmento periodístico a través del infoentretenimiento y el blogger aislado. Las instituciones públicas son reemplazadas por servicios mercantilizados. El Estado, que Marx una vez llamó «la comunidad ilusoria», aparentemente ya ni siquiera se disputa como comunidad. Si uno quiere iniciar un programa, digamos, para ayudar a «la juventud de la ciudad», es necesario dirigirse al Estado, es decir, a las escuelas o a los distritos de parques administrados por el Estado, o comenzar su propia organización y encontrar financiación. En este último caso, uno debe crear un negocio, endeudarse con el apoyo de negocios privados o depender de la financiación del estado. La vida institucional rica y relativamente independiente que la clase obrera tuvo que mantener en la etapa en que carecía de integración social y económica primero se vuelve innecesaria y luego se vuelve irrecuperable.

La pérdida de alternativas universalizadoras al capitalismo como negaciones de clase —y de una manera diferente, de raza, género, sexualidad, etc.—, no significan el fin de los intentos de formas de organización colectiva. Los modos comunitarios de acomodación toman el relevo. El capitalismo no se limita a reemplazar las relaciones sociales abiertas con las relaciones de producción como relaciones sociales determinadas; las subordina sin necesariamente eliminarlas. Por lo tanto, la raza, el género, la sexualidad, la religión, la nación, la región, etc., que parecen agrupar a las personas de varias maneras, de manera que les permiten asociarse para lograr un beneficio mutuo, siguen siendo no solo potentes, sino que en realidad se vuelven más poderosas. En una sociedad de relaciones antagónicas y competitivas entre individuos con relaciones de poder desiguales, tales agrupaciones son comunes.

Los movimientos sociales progresistas tendieron a asociar la ciudadanía con el derecho a una determinada calidad de vida y, por lo general, trabajaron para extender su dominio a capas más amplias de la población. Los modos comunitarios operan exactamente de manera opuesta, intentando restringir la extensión total de la ciudadanía, y desde la década de 1920 han buscado destruir activamente los vínculos establecidos entre la ciudadanía y el derecho a un cierto nivel de vida. Los modos comunitarios buscan crear una comunidad homogénea y perseguir sus intereses; de hecho, la comunidad se constituye realmente en la búsqueda de estos intereses, de la misma manera que la suburbanización se crea mediante la huida hacia un espacio de homogeneidad, lejos de lo que uno imagina que no es. Si bien estas tendencias proporcionan los modelos del fascismo en la primera mitad del siglo XX, y de la política revanchista posfascista desde los años cincuenta, la religión, por supuesto, es especialmente adecuada para tales desarrollos, ya que se basa en una comunidad de creyentes, en contraste con la de incrédulos que están condenados a algún tipo de penitencia en este mundo o en el próximo. No debería sorprendernos, entonces, que en la homogeneidad forzada del mundo suburbano, en ausencia de una alternativa universalista liberadora, el populismo reaccionario a menudo se encuentre disfrazado de religioso, no solo distinguiendo entre los que lo merecen y los que no lo merecen, sino permitiendo que los salvados señalen a los condenados. Podríamos decir además (aunque este punto no puede desarrollarse aquí) que en la medida en que el capitalismo implica una relación social indirecta y abstracta que no aparece directamente como una relación social y, por lo tanto, parece también carecer de significado, la presión por una relación directa, concreta y las relaciones sociales significativas adquieren una nueva fuerza. Finalmente, las instituciones religiosas —que no tienen ninguna oposición particular a la dominación del capital sobre un mundo de pecado o karma— toman el lugar de otras instituciones no estatales, capaces de proporcionar servicios e incluso empleos y medios de vida, pero supuestamente en nombre de la afirmación de la comunidad de creyentes, sin la indiferencia de la pura relación de mercado entre empleado y empleador.

La constelación actual da lugar así a una crisis política, pero en forma de crisis de lo político como tal. Jacques Rancière presenta esta crisis como un ataque a la democracia.34 Con esto no se refiere a un ataque al Estado o a sus funciones, sino a la política como la introducción de conflictos y antagonismos en la esfera pública, amén de a la democracia como la soberanía de todos y cada uno, o más bien una soberanía que no puede ser legitimada a priori. Este ataque implica la privatización de aspectos clave de la vida y, en lo que resta, el alcance creciente tanto de la función policial como del papel del especialista con competencias particulares. La crisis de lo político toma una forma similar a la del proceso de trabajo: la política se reduce a la administración científica de los asuntos por parte del Estado, dentro de los límites establecidos por el mercado. Todos los desafíos colectivos públicos a la dominación se vuelven excesivos, y la lucha política se convierte en un oxímoron.

El liberalismo tiende hacia el lado de la razón científica, la tolerancia de la diferencia, el multiculturalismo y la administración racional, queriendo que el Estado haga de la política una cuestión de gestión y ciudadanía. Implica una despolitización secular de la contradicción social y el antagonismo, haciendo de ellos una competencia del Estado y de los expertos. El populismo reaccionario favorece explícitamente líneas de poder antipolíticas como el parentesco, la religión y el mercado, utilizando el Estado para convertirlas en asuntos de responsabilidad personal, para individualizarlos. Esto marca una huida del campo público, el campo de la política propiamente dicha, al de lo privado —en ambos sentidos de esta palabra— ya sea como dominio tecnocrático de administradores y especialistas racionales o como gestión de la propiedad de individuos o instituciones no gubernamentales. Esta es también la extensión de la función policial, de la regla del mérito, el parentesco, la riqueza. Lo que se busca es la obediencia a una autoridad que es objetiva y, por lo tanto, irreprochable o impugnatoria, ya sean los dictados técnicos de la ciencia, el mercado o Dios. Para Rancière, dado que la política democrática es solo una impugnación que tiene lugar abierta y colectivamente, como asuntos públicos, la lucha democrática es la lucha por ampliar la esfera pública, politizar lo que es privado y hacerlo sin condiciones previas para la participación.

Aunque Rancière hipostasia la separación de lo público y lo privado, de la democracia y la oligarquía, convirtiéndolas en categorías eternas de la condición humana, va directamente al meollo del problema. Pero lo hace solo para alejarse en el último momento. La condición salvaje de la vida en la actualidad, incapaz de soportar el pensamiento de la política, y por lo tanto de suprimirla o atacarla locamente, es una en la que la creciente contradicción entre la inmensa capacidad de producir riqueza material con un mínimo de trabajo humano directo, por un lado, y la forma social de la riqueza como capital o valor autoexpansivo, por otro, se sostiene solo negando la posibilidad de la reutilización de esta capacidad para fines humanos comunes. La lucha por politizar las condiciones actuales —para que los problemas de la delincuencia, la violencia, la pobreza, el hambre, etc., se expresen como problemas políticos y no como cuestiones de responsabilidad personal o experiencia técnica— choca rápidamente con el reconocimiento de que tal politización cuestiona inmediatamente la racionalidad del capital. Sin duda, esta es la razón por la cual cualquier intento de frenar la desigualdad galopante o proporcionar servicios públicos gratuitos es tachado automáticamente por populistas reaccionarios como socialismo o comunismo, mientras que los gastos masivos en el ejército, la policía y el aparato represivo en general, y cualquier restricción asociada a la libertad de expresión, comunicación y reunión, se consideran una protección de la democracia.

Considérese la reciente lucha por la atención médica en los Estados Unidos a la luz de nuestro análisis anterior. En ninguna parte el problema es la falta de capacidad material para proporcionar una atención adecuada. Ni el lado liberal ni el reaccionario han argumentado que carecemos de médicos, tecnología, la capacidad de capacitar a más personas o la capacidad de producir suministros médicos adecuados. El problema es únicamente la aparente escasez de dinero. Un lado argumenta que la regulación estatal, si no la nacionalización, regularía la atención de manera más eficiente para reducir los costes. El otro cree que cualquier control humano sobre las fuerzas del mercado equivale a cuestionar la mano de Dios, y que automáticamente resultará en un mayor coste y menos eficiencia. Para ninguna de las partes la cuestión primaria es la necesidad de la atención sanitaria en sí misma.

Limitaciones y subversión potencial

Entonces, ¿qué podemos hacer con esto? Si la ciudad ha sido en gran parte vaciada a través de las suburbanizaciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial; si la ciudad vaciada y la ciudad suburbana dan forma ambiental al estado actual del desarrollo capitalista, en el cual se ha eviscerado toda política de clase obrerista; si esta es una era en la que la política identitaria parece haber seguido su curso y ha perdido en gran medida su fuerza progresista —por no hablar de radical—; todo ello no significa necesariamente, empero, que la ciudad como lugar de lucha esté muerta. La ciudad sigue siendo el sitio geográfico de las contradicciones del capital, porque el capital, a pesar de su tendencia a producir homogeneidad, no puede sostenerse a sí mismo excepto a través de la producción constante de heterogeneidad.

Si Shenzhen es un campo de trabajo, es uno con 10 millones de personas en lugares cerrados capaces de interrumpir una parte significativa de la producción mundial. Si las ciudades de más rápido crecimiento en los Estados Unidos son todas ciudades suburbanas en expansión, con todo lo que eso implica, no son solo urbanizaciones, sino espacios complejos y relativamente densos construidos sobre una combinación potencialmente explosiva: dependientes del dominio estadounidense, del dólar como moneda mundial y de la inmensa relación deuda-ingreso de sus habitantes.

No hay certeza de que estos lugares no sucumban al tipo de populismo reaccionario que ha crecido exponencialmente desde los años setenta. A pesar de ello, incluso en las moribundas ciudades exindustriales y suburbanas encontramos una gran parte de la población que se opone a las políticas racistas, xenófobas y misóginas. Probablemente no sea casual que Occupy y la Primavera Árabe, con todos sus fallos, fueran fenómenos abrumadoramente urbanos, mientras que populismos reaccionarios como el Tea Party, Jobbik o el Front National [NB: conocido ahora como Agrupación Nacional] están en su mayor parte presentes en zonas suburbanas y rurales.

Las poblaciones desposeídas de las ciudades —que el capital parece haber hecho permanentemente superfluas desde el punto de vista de la valorización— se ven a menudo atraídas por los mensajes populistas y de autoayuda de los populismos comunitarios reaccionarios y de las agrupaciones religiosas, desde las milicias etnicistas hasta las agrupaciones políticas fundamentalistas islamistas, hinduistas o cristianas. A menudo es la desarticulación sufrida al convertirse en superfluos y tener que sobrevivir mediante actividades ilegales —muchas de las cuales son depredadoras tanto de los asalariados como de los no asalariados— lo que deja a los grupos religiosos y comunitarios como únicas instituciones sociales cohesionadas. Si bien la superación del capital ya no es la toma de los medios de producción existentes por una clase obrera que existe como sujeto en lucha contra la pobreza material y la falta de inclusión política y social, esto no implica el fin de la necesidad de derrocar al capital. La situación actual es claramente insostenible. Las condiciones que permitieron la superación de la clase obrera como sujeto, y de lo que parecía un empobrecimiento material ineludible, se basan en unas relaciones sociales que no pueden mantener la inclusión y la relativa libertad frente a la miseria. Desde el lado de la acumulación de capital esto no puede sostenerse.

En términos del proceso de trabajo y, por tanto, del proceso de valorización, el capitalismo ha sobrevivido gracias a una deuda inmensa y creciente tanto por parte del capital como del trabajo. Nos encontramos en medio de una crisis de valorización en curso, porque la cantidad de títulos y derechos de valor, papel moneda e instrumentos financieros, los cuales circulan diariamente a escala mundial, se cuentan por billones, mucho más allá de la capacidad actual de valorización del capital. El futuro está apalancado muy, muy lejos. El nivel de valorización necesario para resolver este problema es poco probable que se materialice, ya que requeriría que el capital dejara de suplantar el trabajo vivo con capital constante —es decir, el capital tendría que encontrar otra dinámica completamente diferente—. De hecho, probablemente la única alternativa imaginable sea una destrucción catastrófica de los valores existentes —incluida la fuerza de trabajo— a una escala hasta ahora inédita.

En términos de empobrecimiento material, la parte de la clase trabajadora que experimentó el mayor crecimiento de los ingresos y la prosperidad relativa también ha visto aumentar drásticamente su carga de deuda. En Estados Unidos, la deuda media de los hogares supera el 100% de la renta disponible después de impuestos, muy relacionada con el aumento de los precios de la vivienda, pero también con el estancamiento de los salarios y la reducción de las subvenciones estatales para servicios sociales básicos, como la educación y los servicios sanitarios. Y lo que es aún más doloroso, una parte cada vez mayor de la población mundial parece estar excluida del acceso formal al salario. Más de 1.000 millones de personas viven esencialmente en una economía monetaria con pocas esperanzas de acceder al trabajo asalariado en una industria legal y, por lo tanto, con solo tenues fuentes de ingresos monetarios. El capital está aboliendo el dinero, no en el sentido de alguna virtualidad posmoderna, sino en el sentido muy práctico y común de negar a la gente el acceso a un trabajo asalariado seguro y al tipo de pequeña propiedad que podría permitir el autoempleo o el sustento. El empobrecimiento material no solo está volviendo con fuerza, sino que la clase obrera como consumidora de masas se hace insostenible cuanto más suprime el capital el propio trabajo vivo.

Por último, cada vez está más claro que el capitalismo no puede permitirse la inclusión política y jurídica del trabajo. No se trata de anticipar un retorno al trabajador como sujeto, ya que la base material en el circuito del capital sobre la que eso era posible —es decir, una determinada configuración del proceso productivo— ha desaparecido.

Es importante reconocer lo que ha cambiado. Si hemos perdido las coordenadas del mundo de la clase obrera industrial, no hemos asistido, sin embargo, a la superación de las contradicciones del capital. Los mismos cambios en el proceso de trabajo capitalista que destruyeron las viejas formas de autoactividad y la capacidad de reconocerse como parte de una clase obrera coherente parecen estar provocando una crisis en la que el capital se está acercando peligrosamente a la abolición del trabajo en gran parte del proceso de producción, incluso aunque no pueda eliminarlo como fundamento de la forma de valor. Esta contradicción se expresa no solo en una tremenda capacidad productiva que requiere relativamente poco trabajo vivo y, así, produce crisis de valorización, sino también en las formas de organización espacial. Hoy más que nunca parece evidente, al menos desde el punto de vista técnico, que podríamos conseguir nuevas formas de organización espacial que utilizaran fuentes de energía más limpias, aumentaran la densidad de población al tiempo que disminuyeran la huella ecológica, redujeran inmediatamente las horas de trabajo humano y aumentaran la cantidad de tiempo libre disponible. Lo desconcertante es que, si bien cada una de estas ideas puede imaginarse por separado —y todas pueden considerarse racionales y viables—, hoy en día no parece haber una sensación generalizada de que su realización combinada en un mundo sin capitalismo sea posible.