Cuando, el 10 de febrero de 2014, cruzamos la frontera entre Serbia y Bosnia a bordo de un pequeño autobús de Eurolines, a uno de nuestros compañeros de viaje, un joven de unos veinte años, le pidieron que se bajara del autobús para posteriormente desaparecer en la comisaría. Los agentes sospechaban que formaba parte de la multitud que se había congregado frente al edificio gubernamental del cantón de Mostar el 7 de febrero, el día que ardió entre llamas, y querían interrogarlo. Tras un interrogatorio de 30 minutos, finalmente lo dejaron marchar. Cuando subió al autobús y por fin logramos cruzar la frontera, estalló su alegría. ¡Por supuesto que había estado allí! Tanto en Tuzla como en Sarajevo la gente atacó e incendió el edificio del gobierno, ¡y fue un espectáculo maravilloso! En la ciudad dividida de Mostar fue aún mejor, pues se vio a personas de ambos lados, bosnios y croatas, abrazándose frente al edificio en llamas. Esperaba poder regresar a tiempo para el pleno. No dejaba de recibir mensajes de texto de sus amigos que ahora estaban en las calles de Mostar, y no podía esperar a estar allí.
* * *
En febrero mucha gente tenía expectativas poco realistas. La mayoría de ellos pensaba que era posible lograr cambios profundos y que iban a tener lugar en este corto periodo. No era realista esperar que un grupo de gente enfadada en las calles pudiera deshacer los acontecimientos de los últimos 30 años. Siempre recuerdo a esta anciana con un pañuelo rojo que nos decía, muy enojada: «Si esto fracasa, nunca os lo perdonaré». En ese momento pensé: «¿Cuáles son sus criterios para discernir lo que es fracaso?». Se notaba que la gente realmente ansiaba un cambio revolucionario, un cambio radical. Pero algunos de nosotros, que tenemos más experiencia política, sabíamos que en realidad no podía suceder tal cosa.
¡Aquí no cambiará nada sin una revolución! Lo que ha ardido no es nada, créanme. Repito: ¡el segundo periodo en Tuzla será sangriento! Empezó en Tuzla y debe terminar en Tuzla. No hay otra manera. Mire la política: los mismos nacionalistas permanecieron en el poder y mantuvieron sus posiciones.1
Como venían haciendo cada semana desde hacía tiempo, el miércoles 5 de febrero de 2014 los trabajadores de varias fábricas privatizadas de Tuzla salieron a las calles para exigir el pago de meses de salarios y cotizaciones sociales atrasados. La mayoría de ellos llevaba años luchando, ocupando sus fábricas; incluso se habían emprendido varias huelgas de hambre, sin resultado, y parecía poco probable que la manifestación semanal del miércoles marcase la diferencia. Pero ese día se les unieron varios cientos de jóvenes. Juntos intentaron asaltar el edificio del gobierno del cantón de Tuzla. Los manifestantes lograron entrar corriendo, pero la policía les obligó a retroceder. Durante los enfrentamientos, algunos trabajadores fueron golpeados, y estas imágenes, capturadas por las cámaras, se hicieron virales.
Al día siguiente se produjeron manifestaciones de solidaridad en Tuzla, así como en Sarajevo y Mostar. En Facebook, grupos como UDAR en Tuzla y la página 50.000 por un mañana mejor convocaron protestas masivas para los próximos días. El 7 de febrero miles de personas acudieron a las manifestaciones en las principales ciudades de Bosnia-Herzegovina. En Sarajevo y Tuzla, tras violentos enfrentamientos con la policía, la gente irrumpió en los edificios gubernamentales del cantón y les prendió fuego. En la dividida ciudad de Mostar también quemaron las sedes de los principales partidos políticos.2 Presas del pánico, los ministros de gobierno de los cantones de Sarajevo, Tuzla y Zenica dimitieron.
En los días siguientes la gente empezó a organizar «plenos» (asambleas) para discutir qué hacer a continuación y formular demandas. Aparecieron muchas más personas de las esperadas: varios cientos en Tuzla y Mostar, más de mil en Sarajevo. Los plenos se convirtieron rápidamente en el centro principal del movimiento a medida que las protestas disminuían. A diferencia de los movimientos Occupy e Indignados, las asambleas no tuvieron lugar en las calles, sino en edificios. En cada sesión, en cada ciudad —más de 20 ciudades en Bosnia-Herzegovina tenían sus propios plenos— se formulaban largas listas de demandas, entre ellas el fin de las privatizaciones y de los paracaídas de oro de los políticos, y la creación de un «gobierno de expertos».
Un tema recurrente en las consignas, las pintadas y los plenos fue el rechazo al nacionalismo. Sin embargo, en el contexto de Bosnia-Herzegovina, el nacionalismo —y por lo tanto el antinacionalismo— se refiere a una realidad muy específica, que debe tomarse en consideración si no queremos descarriar. Más que la señal de un movimiento internacionalista que surgía inesperadamente ante nuestros ojos, lo que en realidad se rechazaba aquí era una forma de nacionalismo que había dominado el país desde la guerra de 1992-95, dividiéndolo entre serbios, croatas y bosnios. A esto se le suele denominar una especie de «nacionalismo étnico»,3 cuyo objetivo es impulsar los intereses económicos y políticos de uno u otro de los tres «grupos étnicos»4 existentes en Bosnia-Herzegovina.
Pero esto no significa en absoluto que este rechazo fuera una cuestión insignificante. De hecho, las tensiones étnicas han estado en el centro de la vida cotidiana en Bosnia-Herzegovina desde la creación del país en medio de las ruinas de Yugoslavia. Ya habían comenzado a aumentar en la década de 1980, cuando este último comenzó a reestructurar su economía para contrarrestar las secuelas de la crisis económica mundial de la década de 1970. Con la creciente autonomía política y económica de sus diversas repúblicas, surgieron desequilibrios entre ellas, ya que la anterior división espacial del trabajo dentro de Yugoslavia había concentrado la mayor parte de la industria en el norte —particularmente en la parte eslovena y croata— y la agricultura y la extracción de materias primas en el sur, incluida Bosnia. Las élites empresariales y políticas de las diferentes repúblicas pronto comenzaron a luchar por sus intereses económicos particulares y a cultivar discursos nacionalistas, cada uno responsabilizando a las otras repúblicas —y a los demás «grupos étnicos»— de sus dificultades económicas locales. Estas afirmaciones calaron cada vez más en el proletariado de cada república a medida que su nivel de vida disminuía y sus intereses se separaban cada vez más de los de las demás. Las tensiones aumentaron hasta que estallaron las guerras yugoslavas a principios de la década de 1990, primero en Eslovenia y Croacia, y luego en Bosnia.
La guerra fue particularmente sangrienta en Bosnia, la república con mayor mezcla étnica de todas. Más de 100.000 personas murieron —algunas estimaciones sitúan la cifra más cerca de 250.000—; las violaciones masivas y el genocidio se utilizaron como armas de guerra; casi la mitad de la población del país antes de la guerra fue desplazada. Esto fue parte de la limpieza étnica que se utilizó para crear las zonas relativamente homogéneas en términos étnicos de la actual Bosnia-Herzegovina. Desde los acuerdos de paz de Dayton de 1995, el país ha estado formado por dos entidades y un distrito, formados según criterios étnicos: situada en el centro del país, la Federación de Bosnia-Herzegovina —que no debe confundirse con el propio país— está administrativamente dividida en 10 cantones y poblada en su mayoría por bosnios y croatas. Alrededor, en el norte y este del país, la entidad de la República Srpska —que tiene su propio presidente, parlamento, gobierno y fuerza policial— está poblada principalmente por serbios. Entre las dos regiones geográficas de la República Srpska se encuentra otra unidad administrativa autónoma, el distrito de Brčko, que también tiene un estatuto independiente. Todas las instituciones a nivel del país en su conjunto reflejan estas divisiones, y la Constitución garantiza a los tres principales grupos étnicos una participación equitativa en el poder. La Presidencia de Bosnia y Herzegovina, por ejemplo, está compuesta por tres miembros: un bosnio y un croata elegidos de la Federación, y un serbio de la República Srpska.5
Desde el acuerdo de paz las tensiones étnicas habían dominado todos los aspectos de la sociedad, lo que hacía casi imposible cualquier revuelta o movimiento, ya que chocaría inmediatamente con acusaciones de enfrentar a un grupo étnico contra otro. Pero esta situación empezó a cambiar en junio de 2013, con varias protestas que fueron denominadas «bebelución» [Baby-lution]. A principios de ese año, debido a divisiones étnicas, el gobierno de Bosnia-Herzegovina no había promulgado una ley para el registro de los recién nacidos, dejándolos sin documentos de identidad y, por lo tanto, impidiéndoles acceder a la atención médica y salir del país. Tras el escándalo de una bebé de tres meses que murió porque no pudo salir del país para recibir tratamiento médico, los manifestantes bosnios, croatas y serbios —madres con cochecitos en primera línea— formaron un círculo humano alrededor del parlamento y mantuvieron encerrados dentro a los diputados y empleados del gobierno. Fue el primer movimiento para unir a personas de distintas etnias desde la guerra. Aunque este movimiento fue relativamente pequeño, fue importante como precursor de las revueltas de febrero de 2014, pues muchos activistas que desempeñaron un papel crucial en la organización de los plenos se habían conocido durante las protestas del año anterior.
Durante la bebelución los roles asignados a las mujeres como cuidadoras principales las colocaron en el centro de las manifestaciones. Las conexiones que formaron y las experiencias que tuvieron en ese movimiento probablemente contribuyeron sustancialmente a su importancia en las protestas que siguieron. Al igual que en los movimientos de plazas globales de 2011, muchas mujeres participaron en las manifestaciones y plenos de febrero de 2014 y desempeñaron un papel especialmente importante en las redes sociales.6 Estuvieron igualmente presentes en los disturbios de los días 6 y 7 de febrero y fueron particularmente activas entre los trabajadores de las fábricas privatizadas. Sin embargo, aunque a veces tuvieron que luchar para estar igualmente representadas en los plenos, especialmente entre los delegados, la cuestión de género no pasó a un primer plano de las protestas, como intentaremos explicar más adelante.
Composición social
En el centro de las protestas, al menos al principio, estaban los trabajadores de las plantas privatizadas de Tuzla, principalmente Polihem, Dita, Guming, Aida y Konjuh. Sin embargo, el estatus de estos «trabajadores» debe tratarse con cautela, ya que la producción en sus respectivas fábricas ha estado paralizada durante mucho tiempo y, por lo tanto, deberían ser considerados desempleados, a pesar de que no puedan reclamar formalmente ese estatus, pues esto anularía sus derechos a los pagos atrasados que se les deben. En muchos casos, los propietarios —que utilizan principalmente las fábricas para lavar dinero— prefieren simplemente dejar de pagar a los trabajadores en lugar de despedirlos. Por un lado, estos trabajadores tienen una identidad muy fuerte derivada de la importancia de estas fábricas dentro de Yugoslavia, y del papel preeminente que desempeñaba la figura del trabajador en el imaginario de aquellos tiempos. Por otro, no pueden utilizar su posición dentro del proceso de producción para impulsar sus demandas y, a menudo, son totalmente ignorados no solo por los propietarios, sino también por los sindicatos y los funcionarios gubernamentales. Por lo general, estos trabajadores sin trabajo llevan años sin cobrar salarios ni contribuciones sociales, y meses de ocupaciones, protestas, incluso huelgas de hambre, no han servido para nada. Es en este contexto que salieron a la calle todos los miércoles hasta que las cosas dieron un giro inesperado en febrero de 2014.
De hecho, solo cuando a estos trabajadores se les unieron miles de jóvenes, en su mayoría desempleados, en las calles de Tuzla el 6 de febrero, y en todas las ciudades importantes al día siguiente, el movimiento alcanzó un punto de inflexión, obligando a varios gobiernos cantonales a prestarles atención. Los padres de esta generación más joven se empobrecieron durante la guerra o durante la ola de privatizaciones y colapso económico que siguió. En Tuzla, suelen tener vínculos familiares con los trabajadores de las fábricas privatizadas, lo que seguramente jugó un papel en la cristalización de la solidaridad. En Sarajevo los activistas más acomodados a veces se refieren a este grupo como «niños de hogares de acogida», ya que muchos niños perdieron a sus padres durante el asedio de Sarajevo y cayeron en una profunda pobreza. Algunos están organizados en clubes de hinchas de fútbol como el Ejército Rojo en Mostar, o los Fukare —desposeídos—, seguidores del FC Sloboda en Tuzla.7
Por último, en Tuzla, y en Sarajevo en particular, los estudiantes de posgrado y los académicos desempeñaron un importante papel en el movimiento, especialmente en la organización y difusión de la idea de los plenos. En Bosnia-Herzegovina, el nivel de educación sigue siendo muy alto, un remanente de la Yugoslavia socialista, pero muchos luchan por encontrar trabajo después de la universidad. Dentro de esta categoría, existen amplias divergencias en cuanto a ingresos y expectativas: muchos viven al borde de la pobreza, mientras que otros aún pueden permitirse viajar al extranjero o estudiar en universidades extranjeras. Pero la frustración de este último grupo sigue siendo alta, ya que sus únicas posibilidades de conseguir un buen trabajo dependen de alinearse con un partido político y participar del juego de la corrupción.
Por supuesto, algunos participantes no caen en ninguna de estas tres categorías, que en sí mismas son algo fluctuantes e imprecisas. Aun así, estas agrupaciones capturan a grandes rasgos la diversa distribución de orígenes sociales e intereses de los manifestantes. Aunque se debe prestar mucha atención a las especificidades de cada caso local, es evidente que existen amplias similitudes entre los términos clave de esta composición y los de los movimientos de las plazas de 2011.8 Si bien los conflictos sistémicos entre estas secciones se irían profundizando durante el reflujo del movimiento, esta diversidad es en sí misma una medida del impulso de una lucha que logró reunir a personas que normalmente tienen poco que ver entre sí.
Razones para la revuelta
La razón más inmediata por la que la gente salió masivamente a la calle el 7 de febrero fue claramente la indignación por la forma en que la policía trató a los trabajadores que se manifestaban. En este sentido, como la mayoría de las oleadas de disturbios de los últimos tiempos, la causa inmediata de este movimiento fue la brutalidad policial, pero que esto último pudiera tener tal efecto es el resultado de un contexto más general de injusticia social y —en este caso— de colapso económico. Así pues, para explicar el movimiento, debemos fijarnos en este contexto. La mayor parte de la industria de Bosnia-Herzegovina había quedado devastada desde la guerra, debido no solo a la destrucción del capital fijo en la propia guerra, sino también a la serie de privatizaciones clientelistas, quiebras y despojos de activos que la siguieron. El país depende de las importaciones, y el déficit comercial crece cada año. Bosnia produce materias primas —metal, madera, carbón— así como electricidad a partir de fuentes hidroeléctricas, que exporta al extranjero, a Alemania, Croacia, Serbia y Eslovenia. Pero la mayoría de los bienes de consumo tienen que importarse. El empleo es escaso y está concentrado en el sector servicios: 65%, en comparación con el 26% del sector industrial, en gran parte heredado, y el 8% de la agricultura. El Estado y sus diversos aparatos son los mayores empleadores del país. El desempleo es uno de los más altos de Europa, estimado en un 44% en general y un 60% entre los jóvenes. Se considera que casi un tercio de la población de Bosnia-Herzegovina se encuentra en la pobreza o al borde de ella. La economía sumergida desempeña un papel importante: según las estimaciones, representa más del 20% de la actividad económica total. Se calcula que en ese sector trabajan 290.000 personas, mientras que el número de personas oficialmente empleadas ronda las 700.000.9
Las transferencias de los trabajadores bosnios que viven en el extranjero ayudan a muchas familias a salir adelante. Se estima que alrededor de 1,35 millones de bosnios viven en el extranjero y sus remesas representan alrededor del 23% del PIB.10 Muchas de estas personas tienen un alto nivel educativo —la «fuga de cerebros» que comenzó durante la guerra continúa—, pero los jóvenes no cualificados también suelen irse a otros países en busca de empleo.
Por ejemplo, desde 2007, empresas estadounidenses como Fluor Corporation y DynCorp han estado reclutando miles de trabajadores de Tuzla y de la región para trabajar en bases militares estadounidenses en Afganistán e Irak.11 En 2013, también se llegaron a acuerdos entre el gobierno de Bosnia y Qatar para autorizar a las jóvenes bosnias a trabajar allí como empleadas domésticas.12 En algunos casos, con estos contratos, los trabajadores pueden recibir cuatro veces el salario promedio en Bosnia-Herzegovina, lo que les permite enviar a casa una remesa considerable. La ayuda financiera y los préstamos de otros países también siguen siendo fuentes importantes de dinero, aunque han ido disminuyendo desde 2000.13
El fin de la identidad obrera
Con sus importantes minas, Tuzla fue alguna vez uno de los centros industriales de Yugoslavia, por lo que resulta muy simbólico que el movimiento comenzase allí. Desde la rebelión de Husino de 1920 —una rebelión armada de mineros en huelga que fue violentamente reprimida—, la figura del minero en lucha ha sido central en la historia de la ciudad. En Yugoslavia, en general, la forma específica de la identidad obrera se centraba en la idea de la autogestión de los medios de producción por parte de los trabajadores.14 Si bien está claro que el poder de decisión que se otorgaba a los trabajadores dentro de la unidad de producción era limitado —especialmente durante las últimas décadas de Yugoslavia—,15 la autogestión ha tenido una influencia importante en la autoimagen de los trabajadores, que a menudo expresan un fuerte vínculo con su lugar de trabajo como si les perteneciera —algo reforzado por el hecho de que muchos recibieron acciones de estas fábricas tras el colapso de Yugoslavia—.
No obstante, si bien esta identidad sigue estando muy presente en la comprensión que los trabajadores tienen de su papel en la sociedad —como se pudo comprobar en sus declaraciones e intervenciones en los plenos—, se trata, como ya se ha mencionado, de una identidad contradictoria: una identidad obrera mantenida por personas que llevan años desempleadas de facto.
Y cada declaración de las autoridades muestra cuán indiferentes son ante valores como el orgullo obrero. En este contexto, los trabajadores no asalariados cuyas protestas fueron flagrantemente ignoradas, tanto por los empresarios como por los políticos, se convirtieron en el símbolo de una identidad obrera que luchaba desesperadamente contra su obsolescencia, cuyo destino resonaba fuertemente en una generación más joven para la que el trabajo formal se había convertido desde hacía tiempo en un sueño nostálgico inaccesible. En este sentido, estos trabajadores se convirtieron en el símbolo del carácter excedentario del trabajo en Bosnia-Herzegovina. De hecho, si un factor importante en la composición socioeconómica y lo que está en juego en muchos movimientos recientes, incluidas las ocupaciones de plazas de 2011-12, ha sido el bajo nivel general de demanda de mano de obra a nivel mundial, en casos individuales los factores locales pueden exacerbar drásticamente esta situación general. Con sus particularidades históricas, Bosnia-Herzegovina representa un caso bastante agudo. Los niveles de desempleo son extremos, la producción está devastada y apenas hay interés económico internacional en la región, lo que también explica por qué los medios de comunicación internacionales cubrieron tan poco las protestas.
Mientras que en otros países europeos donde se habían producido movimientos de plazas fue la crisis de 2008 la que aceleró el aumento del desempleo y la pobreza, en Bosnia, la economía ha estado sumida en una profunda crisis desde la guerra, cuando el PIB del país cayó a solo el 10% de su nivel anterior a la guerra, por lo que los efectos de la crisis financiera fueron menos claros en este contexto. Aun así, la situación económica había mejorado ligeramente desde 1996, mejora que se vio frenada por los efectos de la crisis europea de 2008. De hecho, aunque la economía bosnia solo está indirectamente integrada en la de la UE, cuando países como Croacia y Eslovenia —los principales importadores de productos bosnios— se vieron afectados por la crisis de la UE la tendencia de crecimiento se invirtió. Las exportaciones a estos países se ralentizaron, mientras que el consumo interno se mantuvo bajo, disminuyendo aún más las posibilidades de empleo.16 En este contexto, agravado por una reducción de la ayuda financiera de los fondos internacionales durante la última década y la disminución de las transferencias de los ciudadanos bosnios al extranjero —entre 300 y 600 millones de euros en 2008—,17 la situación económica se hizo aún más insoportable para los sectores más pobres de la población.
Corrupción
Al igual que en otros movimientos de plazas, los manifestantes consideraban la corrupción como la principal causa de los problemas económicos que afectaban a Bosnia-Herzegovina. Este país figura a menudo como uno de los más corruptos de toda Europa, junto con Ucrania, Bielorrusia y Kosovo. Los canales de corrupción recorren todas las capas de la sociedad, desde la asignación de dinero inyectado por instituciones y ONG extranjeras hasta el sector estatal —incluidas universidades, escuelas y proyectos culturales y sanitarios—, pasando por la economía privada y diversas mafias locales. Sin embargo, sus estructuras centrales parecen ser los partidos políticos étnicamente divididos, a veces denominados «etnócratas», que dirigen esta «máquina clientelista nacional sancionada desde el extranjero».18 De hecho, desde la guerra, estos partidos han estado asignando los puestos de trabajo y recursos disponibles según líneas étnicas de forma clientelista, aumentando descaradamente su propia riqueza en el proceso. Por lo tanto, fueron el principal objetivo de los manifestantes en lo que respecta a la corrupción, y, durante las manifestaciones, varias sedes de estos partidos políticos fueron atacadas.
Las funciones del Estado se reparten entre los miembros de estos partidos, ya que, como se ha mencionado anteriormente, cada cargo debe ser ocupado por tres representantes: un bosnio, un serbio y un croata. Esta multiplicación de cargos convierte al Estado en una enorme máquina y, de hecho, según Aleksandar Hemon, en el «mayor y único empleador fiable del país».19 Sin embargo, la corrupción no se limita a los partidos políticos y a los empleados estatales; para la mayoría de los proletarios de Bosnia es una experiencia cotidiana muy concreta. De hecho, para conseguir un buen empleo, suele ser necesario sobornar a un miembro de un partido político, lo que puede costar varios miles de euros y requerir un préstamo que se tardará años en devolver. La afiliación al partido vinculado al puesto en cuestión y la demostración de lealtad al mismo también son requisitos típicos: en particular, se excluye la participación en protestas o cualquier otra cosa que pueda poner de algún modo en peligro las perspectivas del partido. Por supuesto, esto no quiere decir que la mayoría de la gente en Bosnia-Herzegovina se beneficie de la corrupción, sino más bien que se ven obligados a respetar las reglas del juego y a ser parte de la gran maquinaria de corrupción. Aceptar participar en el juego es también un requisito previo para el acceso a la atención médica, ya que el sistema sanitario es muy disfuncional y los médicos deben ser sobornados para poder obtener asistencia y medicamentos. Lo mismo se aplica a las universidades, donde los estudiantes han denunciado que han tenido que pagar sobornos para obtener sus diplomas.
En este sentido, aunque pueda parecer pintoresco, la designación de los manifestantes de febrero como «Bosnia insobornable»20 bien puede resultar útil, si dejamos de lado las connotaciones moralistas. Junto con los profesores universitarios y académicos que se negaron a dejarse corromper y a pertenecer a un partido político, una parte sustancial de los manifestantes bien podría ser «insobornable» simplemente porque es demasiado pobre para participar en la maquinaria de corrupción, incapaz de pagar los sobornos que le darían acceso a un lugar en esas redes. En realidad, esto puede ayudar a explicar por qué tan pocas personas participaron en las protestas, considerando las terribles condiciones económicas y sociales que la mayoría tiene que soportar: mientras que, según encuestas realizadas poco antes de las elecciones de octubre de 2014, la mayoría de la población las veía como algo positivo, en las protestas y plenos que se extendieron por todo el país no participaron más que unas pocas decenas de miles de personas —en un país de solo 3,8 millones de habitantes, hay que decirlo—. Entre los temores que les impedían hacerlo estaba el de perder un puesto o el acceso a los servicios sociales por no mostrar lealtad al régimen en general, y a un partido político en particular.
Pero, según Jasmin Mujanovic´, «este proceso no puede entenderse simplemente como uno de simple “corrupción”, porque no existe ningún Estado que funcione y que esté siendo corrompido per se».21 De hecho, una de las demandas principales del movimiento era conseguir «un Estado que funcione». Además, la corrupción organizada a través de estas redes clientelistas puede ser la forma que adopta el Estado en Bosnia, la forma en que (no) funciona. O, como dice L. S. en el contexto de Túnez: «La corrupción no es simplemente una excepción al funcionamiento normal de la relación del Estado con la sociedad civil, ni la simple preocupación y la causa del ciudadano de clase media establecido, sino un momento del hostigamiento de la reproducción del Estado de la masa de marginados».22
Las discusiones sobre la corrupción y sus causas a menudo plantean la dicotomía de culpar a instituciones extranjeras como el FMI o reducirlo todo a una cuestión de clientelismo y mecenazgo a la que algunas «culturas» son especialmente propensas. En el contexto de las revueltas recientes, la corrupción se ha discutido principalmente en casos en los que lo que Jack Goldstone ha denominado un «sultán» es capaz —en el contexto de un Estado rentista— de redistribuir ingresos a través de redes de clientelismo. En Bosnia-Herzegovina, sin embargo, no existe sultán ni dictador, ni siquiera una figura particularmente fuerte.23 Esta peculiar forma de Estado es el resultado directo del acuerdo de Dayton, diseñado por «la comunidad internacional». Si bien existe una forma de redistribución clientelista de arriba abajo —sobre todo de la ayuda exterior, uno de los principales recursos que el Estado y las ONG pueden redistribuir—, la corrupción también ha surgido en la base de la estructura social, a través del desarrollo de una economía informal necesaria para la reproducción más básica. Esta economía está organizada a través de varias pequeñas mafias que explotan despiadadamente la desesperación de la capa inferior de la población.
Para neoliberales como Hernando de Soto, la economía informal es resultado de la corrupción, y la corrupción, a su vez, es resultado de la rigidez del mercado laboral. Pero la causalidad puede fluir en la dirección opuesta: la corrupción es resultado de la informalidad de la economía, que es efecto a su vez de una baja demanda de mano de obra en un contexto en el que la reproducción de una parte significativa del proletariado depende del capital. La economía sumergida es un terreno ineficiente para la acumulación de capital: en Bosnia se estima que los beneficios son un 20% más bajos que en la economía formal. Pero, no obstante, ayuda a apuntalar una estructura social que se está desmoronando y que, de otro modo, podría colapsar por completo. En lugar de estar simplemente desempleada, la gente todavía encuentra fuentes escasas y residuales de ingresos aquí y allá, y la lealtad a los funcionarios corruptos les impide rebelarse. Si bien la economía tiende a la informalidad —es decir, a evitar la tributación formal— cuando las ganancias son escasas, en ese contexto, la corrupción que acribilla al Estado y apuntala las estructuras políticas existentes puede interpretarse en última instancia como un modo funcional de tributación:
La corrupción es el negocio más exitoso de las autoridades cuasidemocráticas; la economía sumergida es su programa social más poderoso, y el chantaje es su método favorito de «tributación». La corrupción es también una forma de economía sumergida. En definitiva, se trata de un método impositivo ilegal. Los actores de la economía sumergida necesitan funcionarios corruptos, y los funcionarios corruptos necesitan una economía sumergida.24
La construcción de este clientelismo según ciertas líneas étnicas implica alianzas entre socios comerciales, redes mafiosas y partidos políticos, todos unidos por una lealtad a los intereses de un grupo étnico frente a los demás. Se pueden conseguir oportunidades de negocio y recursos en efectivo a través de las redes de influencia dentro del Estado, y se pueden obtener beneficios haciendo la vista gorda ante las actividades ilegales. Estas redes etnonacionalistas distribuyen privilegios étnicos, es decir, la capacidad de excluir a otras personas de empleos y recursos. En este sentido, no sorprende que estas redes, así como la corrupción en general, hayan sido uno de los principales objetivos de quienes se ven en gran medida privados de esos recursos.
Una enorme máquina de producir demandas
El aspecto más ampliamente discutido del movimiento bosnio fue su creación sistemática de plenos, «asambleas de ciudadanos», en todas las ciudades afectadas. Esta forma de organización ha sido popular en la región entre estudiantes y académicos de izquierdas desde la ocupación estudiantil croata de 2009 y fue discutida, pero nunca puesta en práctica, en Bosnia-Herzegovina durante las protestas estudiantiles en Tuzla en 2009, así como durante la bebelución de 2013. Esta vez, resultó ser extremadamente popular y, a partir del 8 de febrero, acudió más gente a los plenos que a las manifestaciones. Si bien el número de manifestantes se redujo a unos pocos cientos, entre 500 y 1.000 personas de diversas edades y procedencias se reunían en los plenos de Tuzla, Mostar y Sarajevo, al menos hasta finales de febrero. A través de plenos, el movimiento expresó una enorme necesidad de comunicación, intercambio de experiencias y transparencia.25 A menudo se dice que los primeros plenos fueron una especie de psicoterapia colectiva, en la que la gente mencionaba por primera vez en público sus traumas de guerra y sus experiencias de posguerra. Dado que este es un país donde cada etnicidad ha tenido que pasar por un proceso paralelo, muchas veces sesgado, de recuerdo y duelo, no se debe restar importancia a esta función de los plenos. A menudo se ha dicho que cambió profundamente la percepción que la gente tenía de la colectividad y de la capacidad de los diferentes grupos étnicos para comunicarse entre sí.
Sin embargo, los plenos rápidamente cristalizaron en torno a otro objetivo y propósito central: el de formular reivindicaciones. En cada sesión se producían decenas de ellas, desde «revisiones de las privatizaciones de empresas públicas» hasta el «derecho al trabajo» y los «aumentos lineales de las pensiones».26 Las conversaciones e intervenciones parecían convertirse en meros preámbulos de su formulación: «Vayan al grano, ¿cuál es su reivindicación?». Se presenció un frenesí de reivindicaciones, con cada ciudad enviando una lista tras otra a sus respectivos gobiernos. ¿Contradice esto la afirmación común de que la ausencia de demandas ha sido un aspecto central de los movimientos recientes de todo el mundo? La proliferación de demandas en el movimiento bosnio puede ayudarnos a aclarar algunos puntos sobre la cuestión de las reivindicaciones y a cuestionar algunas lecturas más simplistas de su supuesta ausencia. Comencemos sondeando la idea de las demandas per se y la de la pura lucha sin demandas. Todas las luchas que no lleguen a la insurrección revolucionaria necesariamente tienen algo en juego dentro de una relación continua con otro sujeto social —como puede ser un empleador, el Estado, la policía, etc.—. Parecería razonable considerar que lo que está en juego equivale a «demandas» que están, por lo menos, implícitas en el hecho mismo de que la lucha esté teniendo lugar. Es inconcebible una lucha cotidiana que carezca por completo de reivindicaciones. Podríamos considerar que la insurrección total carece de este tipo de reivindicaciones, pero esto se debe a que cuando esto ocurre el tiempo de las negociaciones ya ha terminado y los sujetos a quienes se podrían plantear demandas ya no son reconocidos como interlocutores. Con todo, incluso entonces, volverán a serlo si el levantamiento se tambalea o llega a un punto muerto que no sea la victoria total, haciéndose necesario el «pedir la paz». Es decir, mientras se reconozca a otro sujeto social como un polo persistente en una relación de lucha, siempre habrá demandas implícitas. Por lo tanto, la lucha que no exige nada solo puede ser aquella que tenga una ambición revolucionaria total, así como algún sentido práctico y concreto de que este fin puede lograrse —a no ser que sea absolutamente nihilista o suicida—.27 Todo lo que no sea eso es, en última instancia, una «lucha de demandas», independientemente de que las reivindicaciones estén o no formalmente escritas y se entreguen al oponente, garabateadas en una pancarta, coreadas en un eslogan o simplemente implícitas en lo que es la lucha.28 Las valoraciones más simples de la ausencia de demandas en los movimientos recientes pueden interpretarse como una muestra de radicalidad en el aquí y ahora, una expresión de máxima ambición revolucionaria. Tales inclinaciones a la ausencia de reivindicaciones resultarán inevitablemente prematuras en cualquier contexto que no sea el de una revolución total en la que sea realmente posible ir más allá de las reivindicaciones y comenzar a crear directamente una nueva realidad. Por un lado, contamos con el ejemplo del reloj roto anarquista que logra dar la hora correcta dos veces al día. Por el otro, no deberíamos ansiar el anunciar habitualmente tal prematuridad, pues si bien los consejeros de la moderación en la lucha siempre saben qué hora es —para ellos, demasiado pronto—, cuando finalmente llegue el momento, se detendrán todos los relojes. Y tales valoraciones no siempre son uniformemente inapropiadas, incluso en este lado de la revolución, dado que, en ciertas condiciones, pueden ganar cierta resonancia. Por ejemplo, cuando todas las vías convencionales y ritualizadas para la formulación de demandas parecen bloqueadas, el rechazo a las negociaciones vacías y la decisión de luchar de todos modos, fuera de las vías formalizadas habituales, puede ser una forma de generar una nueva situación en la que pueden surgir diferentes posibilidades. Por lo general, estas posibilidades implicarían nuevas capacidades de reivindicación, aunque, en muy raras ocasiones, dan lugar a la capacidad de ir más allá de la reivindicación y hacia una insurrección total. En tales condiciones, si bien habrá riesgos subyacentes y latentes, la negativa a explicitarlos como demandas formalizadas con las que acudir a la mesa de negociaciones puede considerarse una táctica racional para abrir espacio a nuevas luchas. Por lo tanto, podríamos decir que la asunción de la posición de un sujeto más abstractamente radical puede ser una orientación especulativa útil para generar una nueva situación, aunque no nos lleve a la revolución total en términos de la cual se construye este sujeto.
¿Qué pasaría si reuniésemos algunas mediaciones y volviésemos a un nivel más sociohistórico? Muchos movimientos recientes han experimentado problemas con la formulación de sus reivindicaciones. O han sido incapaces de generar una convicción sobre las mismas, resultado de la conciencia de la absoluta falta de sentido de siquiera pretender que tales propuestas todavía están sujetas a negociación; o han pasado semanas y meses en interminables discusiones, tratando de descubrir cuáles son realmente sus demandas; o han abrazado una condición de ausencia de demandas como expresión de facto de desesperación; o han producido una mezcolanza de demandas tan desconcertante que el «significado» del movimiento mismo pierde legibilidad. Estas experiencias reales del problema de la creación de demandas pueden explicar la resonancia de las valoraciones abstractas sobre la falta de demandas en tales movimientos. Las consignas que dieron nombre a los campamentos conversacionales de Occupy se forjaron en las posturas mucho más insurreccionales del movimiento estudiantil que los precedió. Pero la abstracción misma de esas posturas funcionó de manera diferente en Occupy, transformada en un espacio positivo en el que discutir infinitamente el problema de las reivindicaciones.
Aventurémonos en la hipótesis de que el problema de las demandas es idéntico al problema de la composición. Para cualquier agente social singular y consistente en lucha, las reivindicaciones esenciales de la lucha se vuelven evidentes por el agente de la lucha y por aquello que ha causado que este agente se forme en la lucha. Pero cuando una lucha manifiesta una multiplicidad no sintetizada de agentes sociales, es decir, cuando se enfrenta al problema de composición de un agente unificado de lucha, de la misma manera expresa un problema de formulación de reivindicaciones.29 En tal situación, no es que las demandas estén ausentes, porque de hecho existe una variedad de ellas, sino más bien que no están sintetizadas a nivel general como reivindicaciones unificadoras de todo el movimiento. Así, en cierto sentido, su ausencia está directamente relacionada con la heterogeneidad de sujetos. Lo que probablemente debería hacerse entonces al abordar la cuestión de las reivindicaciones en un movimiento particular es, en lugar de limitarse a plantear la cuestión de la existencia formalizada o no de las mismas, preguntarse qué es lo que nos dice la consistencia de las reivindicaciones, así como su contenido, sobre la composición del sujeto en lucha. Podríamos decir que las reivindicaciones son un índice directo de la composición de un movimiento.
Tanto la ausencia de reivindicaciones como su variedad representan intentos de superar temporalmente la fragmentación de la clase, de llegar a un modo de lucha común a pesar de los intereses divergentes de las diferentes facciones de clase. En Bosnia existía el riesgo de que los trabajadores, los estudiantes y los jubilados tuvieran objetivos irreconciliablemente diferentes, y, en lugar de intentar reunir a todos en torno a una reivindicación central, lo cual habría sido imposible, los plenos permitieron que todos sumasen sus propias reivindicaciones a una lista interminable. Esto fue un intento de evitar dejar a alguien fuera, de asegurarse de que consistiera en la protesta de todos los ciudadanos bosnios; un intento de lograr la unidad a través de la heterogeneidad. Pero, a pesar de esto, seguía siendo una unidad débil, y, a medida que el movimiento decaía, surgían conflictos entre las diversas fracciones en los plenos. También aparecieron dentro de los propios grupos, dependiendo de la situación concreta de cada uno. Entre los trabajadores de las fábricas privatizadas, por ejemplo, había intereses conflictivos entre los trabajadores de mayor edad, centrados en conseguir sus pensiones y los salarios adeudados, y los más jóvenes, que querían priorizar la reanudación de la producción.
Declive
El desvanecimiento gradual del movimiento en marzo y abril de 2014 constituye, lamentable, un estudio de caso particularmente interesante sobre cómo un movimiento llega a su fin. En este caso, no se puede culpar a ningún factor externo, como la represión directa por parte de la policía, y está claro que el final vino de las limitaciones del propio movimiento.30 Muchos participantes se encuentran ahora en una fase de intensa reflexión al respecto: para muchos de ellos, esos días de febrero fueron los mejores días de sus vidas, y todavía están tratando de entender cómo y por qué el movimiento pudo simplemente extinguirse de esa manera.31
En particular, la gente dejó gradualmente de asistir a los plenos. La mayoría estaría de acuerdo en que tan pronto como desaparecieron las protestas los plenos dejaron de tener influencia, y de tener forma de presionar a las instituciones, que rápidamente dejaron de tomar en serio sus reivindicaciones. Algunos políticos acudieron a los plenos para defender sus propios intereses, y se revelaron algunas lealtades, rompiendo la confianza que había sido tan importante para unir a la gente. A medida que la gente seguía con sus vidas, experimentaban continuas presiones, como amenazas de que no podrían encontrar un trabajo debido a su participación, acoso callejero por parte de la policía, etc. A medida que el movimiento fue perdiendo fuerza, la débil unidad que había surgido de la lucha comenzó a desmoronarse. Estallaron conflictos entre los distintos grupos: los trabajadores fueron acusados de ser corporativistas y de preocuparse únicamente de su propia lucha, mientras que se desarrollaron divisiones entre quienes tenían trabajo y los desempleados, entre jóvenes y mayores, entre personas con distintos niveles de educación.
Pero ¿qué esperaban los participantes de los plenos? Tras la primera fase catártica, parece que la gente entendió el pleno como una nueva forma institucional. Y, de hecho, intentó imitar al Estado. Se crearon diferentes grupos de trabajo cuyos nombres eran iguales a los de los diferentes ministerios: un grupo de trabajo para la economía, uno para la cultura y el deporte, uno para asuntos internos. Rápidamente, los plenos acordaron establecer conexiones con antiguos políticos y candidatos en las próximas elecciones.32 Los plenos iniciaron un diálogo con los mismos políticos que al principio rechazaron. En cierto momento pareció que incluso podían aspirar a convertirse en una institución permanente que desempeñara un papel intermediario entre la población y el gobierno, reuniendo reivindicaciones por un lado y ejerciendo presión por el otro, y podría decirse que preservando cierto grado de paz social a la vez. Pero es importante no caer en la trampa de culpar a los plenos por poner fin al movimiento.
En Sarajevo, por ejemplo, el primero se organizó cuando la gente ya estaba abandonando las protestas callejeras.33 Si bien algunos plenos se sintieron complacidos al descubrir que su forma organizativa parecía capaz de desviar a la gente de las formas más violentas de protesta,34 muchos también eran conscientes de que, sin esas protestas, los plenos perderían tanto su legitimidad como su principal influencia.35
Mientras que algunos activistas en Bosnia acusaban a los organizadores de los plenos de ser responsables de la institucionalización del movimiento, estos últimos normalmente culpaban a una cierta pasividad de los participantes, quienes acudían esperando que les dijeran qué hacer. En las primeras teorizaciones sobre esta forma de organización en el movimiento estudiantil croata y en su Occupation Cookbook, se pensaba que los plenos se extenderían, multiplicándose en diferentes niveles de la sociedad: en universidades, en lugares de trabajo, etc. Aunque esto se mencionó, nunca tuvo mucha aceptación. Del mismo modo, y paradójicamente, si bien la idea de los plenos estuvo muy influida por el Occupation Cookbook, algo que nunca tuvo lugar en el movimiento bosnio fue la propia ocupación. Aquí es donde terminan las similitudes con el movimiento Occupy.
Como consecuencia de esta ausencia, no hubo ningún intento de reorganizar la vida social sobre otra base, más allá del nivel de representación política. En la mayoría de las instancias locales de movimientos de plazas, la gente no solo se reunía en asambleas y protestas, sino que compartía juntos importantes periodos de su vida cotidiana. En algunos casos, organizaron formas alternativas de reproducción que no involucraban dinero. El ejemplo más claro de esto es el movimiento del Parque Gezi, donde la gente organizó comida gratis, acceso gratuito a atención médica, barberos gratis, una biblioteca e incluso una redistribución de cigarrillos. No es que estos momentos explícitamente alternativistas no tuvieran serias limitaciones: la zona libre de dinero solo podía existir porque el intercambio monetario continuaba a unos pocos metros de la plaza, y los que tenían empleo simplemente continuaban yendo a trabajar, volviendo a la plaza al final de su jornada laboral. Aun así, existía la idea de que los manifestantes no podían simplemente apelar a alguna institución para resolver sus problemas, y que algunos intentos de cambiar las relaciones sociales debían tener lugar dentro de la propia lucha.
Esto también tiene implicaciones específicas cuando se trata de problematizar las relaciones de género. Cuando los manifestantes ocupan una plaza durante más de unos pocos días, viviendo juntos en tiendas de campaña, organizando la cocina, el cuidado de los niños, etc., no pueden evitar enfrentarse a la cuestión de la separación entre las esferas de la vida social y, con ella, a la cuestión del género.36 Esto puede ocurrir de manera conflictiva y violenta, como así lo demuestran los numerosos ataques contra mujeres en la plaza Tahrir, por ejemplo. Las actividades reproductivas no remuneradas tienen lugar entre asambleas y batallas callejeras, y la cuestión de su reparto no puede permanecer oculta: los ocupantes tienen que tomar la cuestión de su propia reproducción como objeto; se convierte en sí misma en una cuestión política.37
En ausencia de ocupaciones, durante las protestas en Bosnia-Herzegovina el desafío para las mujeres fue participar en igualdad de condiciones —cosa que ciertamente hicieron, posiblemente incluso más activamente que los hombres— en plenos, disturbios y protestas, al tiempo que tenían que ocuparse de las actividades reproductivas. Lucharon por hacerse oír en los plenos y por estar igualmente representadas entre los delegados, pero, como no había ocupaciones, la cuestión de la gestión de las actividades reproductivas durante las protestas siguió siendo una preocupación privada.
De hecho, si el movimiento bosnio buscaba alternativas, era solo a nivel de toma de decisiones: el movimiento exigía instituciones más democráticas, menos corrupción, reemplazar un gobierno de sinvergüenzas por uno de expertos. Este aspecto, que estuvo presente en otros movimientos de plazas, fue aquí especialmente central. De hecho, más que una democracia directa, la gente parecía anhelar principalmente un Estado que funcionara adecuadamente.38
La mayoría de los participantes dijeron que solo querían que las infraestructuras y las instituciones funcionaran; que estaban hartos de que se bloquearan los procedimientos administrativos, de que el transporte público fuera tan poco fiable, de que no se proporcionara la ayuda más básica mientras el país estaba asolado por las inundaciones. A la mayoría de la gente no le importaba el Estado, pero quería uno no corrupto, eficiente y capaz de proporcionar un nivel básico de bienestar. En este sentido, al igual que en otros países en los que se han producido revueltas en los últimos años, los manifestantes expresaron cierta añoranza por un orden de cosas anterior, alguna forma de Estado del bienestar. Incluso se podía sentir cierta nostalgia yugoslava, especialmente entre las personas mayores.39
El antinacionalismo como exigencia de un Estado funcional
Esto ha ido de la mano de un rechazo a las divisiones étnicas que han sido responsables de la fragmentación de las instituciones. Si el conflicto nacionalista aparece aquí como el principal obstáculo para la formación de un Estado funcional, el antinacionalismo, que fue uno de los principales aspectos positivos de este movimiento, no puede separarse de su anhelo de un Estado que funcione, de una «Bosnia-Herzegovina unida» que pudiese reunir a todos los grupos étnicos.40
Quizás resulte sorprendente, en una época en la que algunas estructuras estatales asentadas durante décadas en Europa, como Gran Bretaña y España, han estado amenazando con desmoronarse bajo presiones nacionales impulsadas en parte por los movimientos sociales, que en la región conflictiva que hace dos siglos nos dio la palabra «balcanización» el nacionalismo pudiera afrontarse como un problema político que los movimientos deben resolver en nombre de un Estado que funcione. Si una problemática política común a muchos movimientos recientes ha sido la producida por el debilitamiento de las mediaciones locales y nacionales en el vasto campo de los movimientos mundiales del capital —y el entrelazamiento de estas mediaciones con las gestiones regionales y globales del capital—, el caso bosnio parece notablemente distinto. En esta región en la que el capital global apenas está interesado no existe un Estado funcional que haya que defender en primer lugar. Es más, tener uno parece un privilegio al que aspirar, del mismo modo que ser explotado debidamente.
En otro contexto, estas tendencias podrían haber tomado la forma de un movimiento explícito hacia la creación o defensa de un Estado-nación, dando lugar a un nuevo nacionalismo. De hecho, en las manifestaciones se pudieron ver algunas banderas de Bosnia-Herzegovina aquí y allá, pero en cantidades que no son en modo alguno comparables al de los movimientos en Grecia o Egipto. Esto se debe a que la situación específica de Bosnia-Herzegovina hace que esa perspectiva sea inherentemente problemática. El anhelo de una Bosnia unida se asocia con el discurso nacionalista bosnio y, por tanto, también con una posible disminución de la autonomía del distrito de Brčko y de la República Srpska, directamente contraria a las aspiraciones de los nacionalistas bosniocroatas y serbios, respectivamente —estos últimos, en realidad, tienen la esperanza de una incorporación a la «Gran Serbia»—. Esta proyección del imaginario nacionalista bosnio es en sí misma una respuesta al temor de una división de Bosnia-Herzegovina que dejaría solo una pequeña región poblada por bosnios. Al defender la creación de una Bosnia-Herzegovina unida, presionando, por ejemplo, para la abolición de la República Srpska y del distrito de Brčko como obstáculos para la creación de un Estado funcional, el movimiento habría destruido cualquier posibilidad de apoyo de otras regiones. De hecho, algunos nacionalistas serbios y croatas ya insistieron en que las protestas eran un fenómeno bosnio, e incluso difundieron rumores de que los manifestantes querían atacar a los residentes de la República Srpska. Esto explica en parte por qué las manifestaciones fueron casi inexistentes en esas regiones.41 Así pues, presionar la formación de un Estado-nación único habría puesto en peligro la unidad misma que tal Estado requeriría. Esto explica en gran parte por qué las tendencias nacionalistas/patrióticas estuvieron en gran medida ausentes dentro del movimiento, en contraste con los movimientos recientes en Egipto o España.
Pero más allá de este nivel, los manifestantes en Bosnia también se veían a sí mismos como parte de una ola más grande de movimientos en la región que utilizaban formas e ideas desarrolladas por primera vez en estados vecinos como Serbia y Croacia.42
Tales sentimientos de solidaridad fueron recíprocos: durante las protestas hubo manifestaciones de solidaridad con el movimiento bosnio en casi todos los países de la ex-Yugoslavia, incluidos Macedonia, Serbia, Croacia y Montenegro.
Las revueltas en la antigua Yugoslavia parecen haberse estado observando de cerca e influyendo mutuamente en sus modos de acción en los últimos años. De hecho, antes del propio movimiento bosnio, muchos observaron una ola de protestas en la región, comparándola con la ola global de luchas de 2011-3, e incluso planteando la perspectiva de una Primavera Balcánica.43 En Croacia, Eslovenia, Bulgaria y Serbia los comentaristas observaron el surgimiento de nuevos modos de protesta con (aunque a menor escala) aspectos similares a los recientes movimientos de las plazas.
Probablemente el ejemplo más obvio sea la oleada de protestas eslovena de 2012-3 y el pequeño movimiento Occupy que la precedió en octubre de 2011. Después de una gran manifestación contra la austeridad el 15 de octubre, se erigieron unas 30 tiendas de campaña en una plaza frente a la Bolsa de Liubliana, donde permanecieron hasta principios de 2012. Se celebraban asambleas regularmente y a veces reunían a entre 150 y 200 personas. Estas asambleas guardaban similitudes con las del Parque Zuccotti en Nueva York, aunque los activistas en el núcleo del movimiento propusieran un principio de «democracia de acción directa frente a la toma de decisiones basada en el consenso de OWS».44 Las protestas reaparecieron en noviembre de 2012, primero en Maribor, la segunda ciudad más grande, antes de extenderse a muchas otras y reunir a decenas de miles de personas. Estaban dirigidas principalmente contra políticos corruptos —el alcalde de Maribor fue un ejemplo flagrante— y contribuyeron a la caída de varios funcionarios.
Más allá de Eslovenia, toda la región ha sido testigo de un aumento de protestas: en Bulgaria, en 2012-3,45 las personas salieron a la calle debido al enorme aumento del precio de la electricidad y contra la corrupción en general. En Rumanía, han estallado protestas esporádicamente desde 2010, en respuesta a las medidas de austeridad y a las reformas sanitarias. También han tenido lugar manifestaciones en Croacia, Serbia, Montenegro, Kosovo, Albania y, más recientemente, en Macedonia. A pesar de sus diferencias, estos movimientos han mostrado tendencias «alternativistas» similares, sobre todo en su experimentación con formas colectivas de toma de decisiones, al margen de las estructuras jerárquicas tradicionales, privilegiando las asambleas plenarias como formas organizativas y el uso de las redes sociales.46 Por lo tanto, las formas que adoptó el movimiento de febrero en Bosnia-Herzegovina deben entenderse en última instancia en el contexto de esta oleada más general.
Las luchas obreras también han sido recurrentes en la región, especialmente en Serbia y en Croacia, y muchas han sido sorprendentemente similares a las que han tenido lugar en Tuzla. Goran Music’ habla de un nuevo movimiento obrero en Serbia y analiza tres tipos concretos de trabajadores del sector privado, cada uno de los cuales utiliza diferentes formas de protesta.47 Los primeros son empleados de grandes empresas rentables —a menudo multinacionales— y, aunque sufren una intensa explotación, suelen recibir sus salarios a tiempo y tienen menos problemas para llegar a fin de mes. Los segundos están empleados en pequeñas empresas privadas, como tiendas, bares, talleres clandestinos, son extremadamente explotados y realizan regularmente horas extras no remuneradas. Están muy atomizados, con pocas posibilidades de luchar colectivamente. Por último, están «los trabajadores abandonados en las grandes y medianas empresas que no reciben nuevas inversiones». Como señala Music’: «Estos trabajadores se enfrentan a un tipo específico de desafíos, ya que su explotación no es principalmente el resultado de procesos laborales intensivos en el lugar de trabajo formal». Según él, es esta categoría de trabajadores la que ha sido empujada a la vanguardia de la resistencia desde la crisis de 2008 utilizando formas de protesta como huelgas de hambre e, incluso, la automutilación para conseguir sus demandas.48 En relación con esta capa de la población trabajadora y sus modos de lucha, Music’ plantea la pregunta más acuciante: «Tras años de descomposición social de la clase trabajadora industrial, ¿tendría más sentido considerar a estos manifestantes trabajadores o una capa desclasada y empobrecida de ciudadanos?». Resume particularmente bien la situación de estos trabajadores. Aquí llama la atención el parecido con los trabajadores de Tuzla:
Por un lado, la memoria colectiva del socialismo aseguró que los protagonistas siguieran viéndose a sí mismos principalmente como trabajadores. La imagen del pasado como una época mejor sirve como fuente de autoestima para este grupo de trabajadores. A pesar de que estuvo inactiva durante años, la fábrica local siguió siendo un lugar de identificación y de orgullo. Incluso después de múltiples privatizaciones, los trabajadores seguían viendo la empresa como algo que les pertenecía. Para la mayoría de los huelguistas, el resultado preferido de la huelga era la reanudación de la actividad industrial.
Por otro lado, las formas de lucha exhibidas durante estas protestas tuvieron poco que ver con las formas de lucha tradicionales del movimiento obrero. En muchos casos los trabajadores ocuparon fábricas solo para convertirse ellos mismos en rehenes. Las huelgas de hambre, las automutilaciones y las amenazas de suicidio se parecían más a las tácticas de lucha dentro de una prisión que a las de una instalación industrial. Como las cadenas de montaje permanecieron inmóviles durante años, los trabajadores perdieron el arma más poderosa que alguna vez tuvieron en sus manos, esto es, el control sobre el proceso de producción. Incluso en los casos en que recuperaron las naves de la fábrica, parecía que a nadie le importaba. Ni el Estado ni los nuevos propietarios tenían intención de utilizar ese espacio para la fabricación. El incidente de la fábrica Gradac, donde el patrón cortó el suministro de agua mientras se desarrollaba una huelga de hambre dentro del edificio, es un buen ejemplo. Los trabajadores eran gente superflua, una carga heredada de la época del socialismo que debía ser descartada junto con la vieja maquinaria desgastada por el tiempo.49
La situación cada vez más desesperada de los trabajadores en Tuzla dista de ser la única en la región. En este contexto, no sorprende que intenten obtener el apoyo de otros sectores de la población, sacando su lucha a la luz, manifestándose y bloqueando carreteras. Su situación apenas ha mejorado desde el movimiento de febrero.50 Poco después de las protestas, el nuevo gobierno cantonal —el llamado «gobierno de expertos»— prometió renacionalizar la fábrica Dita, que había estado a la vanguardia del movimiento. Pero pronto quedó claro que esto no ocurriría, ya que la renacionalización de una empresa con deudas tan grandes —aproximadamente 15 millones de euros— fue declarada ilegal. Durante un tiempo, algunos trabajadores de Dita abrigaron la esperanza de que las cosas pudieran cambiar antes de las elecciones generales de octubre de 2014, pero estas expectativas se disiparon rápidamente.51 El nuevo sindicato independiente, Solidarnost, ha estado luchando por obtener reconocimiento legal y, si bien ha ayudado a organizar manifestaciones más grandes, hasta ahora no ha podido lograr resultados más concretos.
Una acción organizada por los trabajadores de Tuzla el 24 de diciembre de 2014 fue muy simbólica: para demostrar que ya no tenían ninguna esperanza en Bosnia-Herzegovina, varios centenares de personas abandonaron la ciudad a pie, en un duro clima invernal, para caminar hasta Croacia, entrar en la UE y pedir asilo. Cuando llegaron a la frontera el 28 de diciembre, al carecer de pasaportes, a algunos se les negó la entrada a Croacia. Los que sí tenían papeles cruzaron la frontera simbólicamente, pero regresaron en solidaridad con los demás. Varias personas necesitaron atención médica, agotadas por la larga caminata sobre la nieve. En su camino de regreso a Tuzla, enojados como siempre, los trabajadores desfilaron frente al edificio del gobierno gritando «¡ladrones!, ¡ladrones!» y «¡os vamos a dar una paliza!».
Para muchos, sobre todo para los más jóvenes, la emigración parece una de las únicas maneras de mejorar su situación, continuando, podría decirse, la lucha de clases por otros medios. Esto revela la falta de opciones que les queda a los trabajadores —y, hasta cierto punto, al resto de la población— en Bosnia-Herzegovina.52 Si es cierto que, como afirma el economista serbio Branko Milanovic’, las desigualdades entre países son ahora mayores que las que existen dentro de los propios países,53 emigrar a un país más rico puede ser, con diferencia, la forma más eficaz de aumentar el precio de la propia fuerza de trabajo. Los comentaristas de la corriente autonomista, incluidos Antonio Negri y Michael Hardt, han tendido a analizar dicha emigración bajo una perspectiva maquillada, percibiendo la «deserción y el éxodo» como una «poderosa forma de lucha de clases dentro y contra la posmodernidad imperial».54 Pero mientras los propios trabajadores de esos países más ricos perciban la inmigración como una reducción del precio de su fuerza de trabajo, es poco probable que la cuestión de la nación —a pesar de los avances positivos que hemos presenciado en Bosnia-Herzegovina— desaparezca fácilmente en el futuro desarrollo global de la lucha de clases.
Epílogo
Todas las perspectivas de que los trabajadores de Dita recibieran los salarios que les correspondían se desvanecieron cuando el propietario se declaró en quiebra en abril de 2015. Sin embargo, en junio, los trabajadores decidieron, con el acuerdo de los acreedores, reiniciar la producción de forma autogestionada. Utilizando los materiales que quedaban en la fábrica y reparando algunas máquinas, empezaron a producir algunos de los principales detergentes que se producían antes, bajo los nombres de «3de», «Blic grill», «Alls» y «Broncho». El 30 de junio acordaron con los acreedores que solo tendrían que pagar las deudas de la fábrica cuando comenzaran a obtener beneficios. Para los acreedores, demostrar que la fábrica es viable puede ser de gran ayuda en la búsqueda de un nuevo inversor y aumentaría sus posibilidades de recuperar dinero. Para los trabajadores de Dita, la reanudación de la producción, incluso a pequeña escala, les aportaba no solo ingresos, sino también un claro motivo de orgullo y de esperanza. En este contexto, es importante no dejarse cegar por los debates ideológicos en torno a la autogestión, ya sea por parte de quienes la elogian como un paso hacia una sociedad de productores libres o de quienes la rechazan per se por conservadora y contrarrevolucionaria. Por inverosímil que parezca como solución a largo plazo, en el contexto en el que se encuentran estos trabajadores, la autogestión es una de las pocas estrategias de supervivencia que quedan y, desde su punto de vista, merece la pena al menos intentarlo.