SOBRE LA SEPARACIÓN DE ESFERAS Y EL PROCESO DE ABYECCIÓN

Dentro del feminismo marxista encontramos varios pares de términos binarios para analizar las formas de dominación basadas en el género en el capitalismo.1 Estos incluyen: productivo y reproductivo, pagado y no pagado, público y privado, sexo y género. En lo que respecta al problema del género, creemos que estas categorías son imprecisas, teóricamente deficientes e, incluso, algunas veces, engañosas. Este artículo es un intento de proponer categorías que nos permitan una mejor comprensión de la transformación de la relación de género a partir de los años 70 y, más importante aún, desde la crisis reciente.

El análisis que sigue está muy influenciado por la dialéctica sistemática, un método que intenta comprender las formas sociales como momentos interconectados de una totalidad.2 Nos movemos, por ende, desde las categorías más abstractas a las más concretas, rastreando el desenvolvimiento del género en tanto «abstracción real». Solo nos interesa la forma de género que es específica del capitalismo y asumimos desde el comienzo que se puede hablar de género sin hacer referencia a la biología o a la prehistoria. Comenzaremos por definir el género como una separación entre esferas para luego referirnos a los individuos asignados a estas. Cabe señalar que no definimos estas esferas en términos espaciales, sino de la misma manera en la que Marx habló de dos esferas separadas de la producción y la circulación en tanto conceptos que adquieren una materialidad.

Los pares de términos mencionados anteriormente parecen limitar la comprensión de las formas en que estas esferas funcionan en la actualidad, pues carecen de especificidad histórica y promueven una comprensión transhistórica de la «dominación» basada en el género que toma el patriarcado como una característica del capitalismo sin hacerlo históricamente específico al capitalismo. En este sentido, esperamos esbozar categorías que sean tan específicas al capitalismo como el «capital» mismo. Sostenemos que estos pares de términos binarios están vinculados a errores categoriales cuyas deficiencias quedan claras al intentar explicar las transformaciones dentro de la sociedad capitalista a partir de los años 70.

Las formas de las actividades domésticas y las actividades supuestamente «reproductivas» se han comercializado cada vez más y, aunque estas actividades, tal como lo hicieron antes, pueden ocupar la «esfera» del hogar, ya no tienen las mismas posiciones estructurales dentro de la totalidad capitalista, a pesar de exhibir las mismas características concretas. Por esta razón, nos vemos en la obligación de esclarecer, transformar y redefinir las categorías que recibimos del feminismo marxista, no por el bien de la teoría, sino para entender por qué la humanidad está todavía poderosamente inscrita en uno u otro género.

1. PRODUCCIÓN/REPRODUCCIÓN

Cualquiera que sea la forma social del proceso de producción, es necesario que este sea continuo, que recorra periódicamente, siempre de nuevo, las mismas fases. Del mismo modo que una sociedad no puede dejar de consumir, tampoco le es posible cesar de producir. Por tanto, considerado desde el punto de vista de una interdependencia continua y del flujo constante de su renovación, todo proceso social de producción es al propio tiempo proceso de reproducción.3

Cuando Marx habla de la reproducción no se refiere a la producción y reproducción de alguna mercancía en particular, sino que está interesado en la reproducción de la totalidad social. Sin embargo, cuando las feministas marxistas hablan de la reproducción, a lo que se refieren generalmente es a la producción y reproducción de la mercancía fuerza de trabajo. Esto se debe a que en la crítica de Marx la relación entre la reproducción de la fuerza de trabajo y la reproducción de la totalidad capitalista está incompleta.

I. Cuando Marx habla de la fuerza de trabajo sostiene que es una mercancía con un carácter particular, distinta a todas las demás

Aunque Marx menciona las especificidades de la mercancía fuerza de trabajo,4 hay algunos aspectos de esta especificación que requieren más atención. Primero, vamos a investigar la separación entre la fuerza de trabajo y su portador. El intercambio de fuerza de trabajo presupone que esta mercancía es llevada al mercado por su portador. Sin embargo, en este caso particular, la fuerza de trabajo y su portador son una y la misma persona. La fuerza de trabajo es la capacidad viva de trabajo de esta persona y, como tal, no puede estar separada de su portador. Así pues, la particularidad de la fuerza de trabajo plantea una pregunta ontológica.

Volviendo a El Capital, al comienzo del primer capítulo nos encontramos con la mercancía para, solo algunos capítulos más tarde, descubrir por completo su manifestación más peculiar; es decir, como fuerza de trabajo. De acuerdo con Marx, es correcto comenzar con el ámbito naturalizado y evidente de la circulación de mercancías con el fin de volver la mercancía una cosa singular y no natural. No nos ocuparemos, sin embargo, solo de lo que organiza estas «cosas», estos objetos; sino que, más bien —en términos de un análisis de género—, investigaremos estos otros cuerpos, objetos humanos, que deambulan de forma «natural» y que, como la mercancía fetichizada, parecen no tener historia. Sin embargo, ciertamente la tienen.

Puesto que en el corazón de la forma mercancía está el carácter dual del trabajo —tanto abstracto como concreto—, el primer capítulo de El Capital presenta la contradicción entre valor de uso y valor. Esta es la contradicción que se despliega desde las primeras páginas de la crítica de Marx hasta el final. De hecho, la división entre estos dos aspectos irreconciliables de la forma mercancía es el hilo conductor que le permite a Marx rastrear y revelar todas las otras formas contradictorias que constituyen el modo de producción capitalista.

Resumamos brevemente esta contradicción. Por un lado, la mercancía como valor de uso se sitúa, en toda su singularidad, como un objeto particular, diferenciado del resto. Tiene un uso determinado que, como afirma Marx, es necesario para su producción como valor de cambio. Además, puesto que es singular, es una unidad aislada, una entre muchas que juntas forman un cúmulo, una cantidad de cosas individuales. Ahora bien, no equivale a un cúmulo de tiempo de trabajo homogéneo en abstracto, sino a un conjunto de trabajos individuales, concretos y aislables. Por otro lado, en tanto valor, la mercancía representa una parte proporcional del «trabajo social total» en la sociedad: un quántum de tiempo de trabajo socialmente necesario o el tiempo promedio requerido para su reproducción.

Esta contradicción, la contradicción —lejos de ser una condición específica de las «cosas»— es, fundamentalmente, la condición misma del ser en el mundo de un proletario. Desde este punto de vista, cuando el proletario enfrenta el mundo en el que predomina el modo de producción capitalista como una acumulación de mercancías lo hace como una mercancía y, por consiguiente, esta confrontación es al mismo tiempo un encuentro aleatorio entre una mercancía y otra y, simultáneamente, un encuentro entre sujeto y objeto.

Esta división ontológica existe porque la fuerza de trabajo no es ni una persona ni solo una mercancía. Como nos dice Marx, la mercancía fuerza de trabajo es particular y diferente a todas las otras. La particularidad de esta mercancía es lo que le da un lugar central en el modo de producción basado en el valor, pues el propio valor de uso de la fuerza de trabajo (o capacidad viva de trabajo) es la fuente de valor. Además, la contradicción entre valor de uso y valor tiene implicaciones adicionales cuando consideramos la producción y reproducción de las fuerzas de trabajo. Esta peculiar «producción» es lo suficientemente específica como para merecer mayor atención, pues, hasta donde sabemos, en ningún momento la fuerza de trabajo emerge de una cadena de montaje.

¿Cómo es entonces producida y reproducida la fuerza de trabajo? Marx identifica la particularidad del valor de uso de la fuerza de trabajo. ¿Pero distingue adecuadamente la producción de la fuerza de trabajo de la producción de mercancías? Marx escribe:

[...] el tiempo de trabajo necesario para la producción de la fuerza de trabajo se resuelve en el tiempo de trabajo necesario para la producción de dichos medios de subsistencia.5

Cuando se plantea el problema del valor de la fuerza de trabajo, Marx concluye que este corresponde al tiempo de trabajo necesario para su producción, como ocurre con cualquier otra mercancía. Sin embargo, en este caso en particular, el valor se reduce misteriosamente al tiempo de trabajo necesario para la producción de los medios de subsistencia del trabajador. Pero un carro lleno de «medios de subsistencia» no produce la mercancía fuerza de trabajo lista para ser utilizada.

Si comparáramos la producción de la fuerza de trabajo con la producción de cualquier otra mercancía, veríamos que las «materias primas» usadas en este proceso de producción, es decir, los medios de subsistencia, transmiten su valor al producto final, mientras que el nuevo trabajo que se necesita para transformar estas mercancías en fuerza de trabajo funcional no añade valor a esta mercancía. Si lleváramos esta analogía un poco más lejos podríamos decir que —en términos del valor— la fuerza de trabajo está conformada solo por trabajo muerto.

En la cita que acabamos de transcribir, Marx reduce el trabajo necesario que se requiere para producir la mercancía fuerza de trabajo a las «materias primas» que se compran para lograr su (re)producción. Cualquier trabajo que se precise para transformar estas materias primas, esta cesta de bienes, en la mercancía fuerza de trabajo, por lo tanto, Marx no lo considera trabajo vivo y, de hecho, en el modo de producción capitalista no se considera en absoluto como trabajo necesario. Esto significa que estas actividades, a pesar de lo necesarias que resultan para la producción y reproducción de la fuerza de trabajo, son estructuralmente convertidas en no-trabajo. Este trabajo necesario no es considerado como tal por Marx, puesto que la actividad de transformar en fuerza de trabajo las materias primas equivalentes al salario ocurre en una esfera separada de la producción y circulación de valores. Estas necesarias actividades no laborales no producen valor, y no por sus características concretas, sino porque ocurren en una esfera del modo de producción capitalista que no está directamente mediada por la forma del valor.

Debe haber un exterior al valor para que este pueda existir, de la misma manera que para que el trabajo exista y sirva como medida del valor debe haber un exterior al trabajo (volveremos a esto en la parte 2). Mientras que las feministas autonomistas concluirían que cada actividad que reproduce la fuerza de trabajo produce valor,6 nosotras diríamos que, para que la fuerza de trabajo tenga valor, algunas de estas actividades tienen que ser extraídas o disociadas de la esfera de la producción de valor.7

II. Por consiguiente, la reproducción de la fuerza de trabajo presupone la separación de dos esferas distintas

Como explicamos anteriormente, hay una esfera de no-trabajo o de trabajo suplementario que envuelve el proceso de transformar el trabajo muerto, es decir, las mercancías compradas con el salario, en la capacidad viva de trabajo que se encuentra en el mercado. Ahora debemos analizar las especificidades de esta esfera.

Términos tales como «esfera reproductiva» son insuficientes al momento de identificar esta esfera, pues lo que estamos tratando de nombrar no puede ser definido como un conjunto específico de actividades de acuerdo a su valor de uso o carácter concreto. De hecho, la misma actividad concreta, como limpiar o cocinar, puede ocurrir en cualquier esfera: puede ser trabajo productor de valor en un contexto social específico y no-trabajo en otro. Las tareas reproductivas, tales como limpiar, se pueden comprar como servicios, así como también se pueden adquirir comidas prefabricadas en lugar de gastar tiempo preparándolas. Sin embargo, para comprender totalmente cómo —más allá de la fuerza de trabajo— se reproduce el género, será necesario diferenciar la reproducción mercantilizada, monetizada o producida masivamente de la que no lo es.

Puesto que los conceptos existentes de producción y reproducción son en sí mismos limitados, necesitamos encontrar términos más precisos para designar estas esferas. A partir de ahora usaremos dos términos bastante descriptivos —y, por consiguiente, algo toscos— para nombrarlas: a) la esfera directamente mediada por el mercado (DMM) y b) la esfera indirectamente mediada por el mercado (IMM). Nuestro objetivo no es fabricar neologismos, sino más bien usar una designación provisional que nos permita concentrarnos en las características estructurales de estas esferas. Durante el transcurso de nuestra presentación (ver parte 2) tendremos que agregar otro conjunto de términos descriptivos —asalariado/no asalariado— para elaborar de manera precisa las características matizadas de estas esferas.

La producción y reproducción de la fuerza de trabajo requiere toda una serie de actividades; algunas ocurren en la esfera directamente mediada por el mercado o DMM —las que se compran como mercancías, ya sea como producto o servicio—, mientras que otras ocurren en esa esfera que es indirectamente mediada por el mercado, la esfera IMM. La diferencia entre estas actividades no yace en sus características específicas. Cada una de estas actividades concretas —cocinar, cuidar niños, lavar ropa— puede algunas veces producir valor y otras no dependiendo de la «esfera», y no del lugar concreto, donde ocurre. Por lo tanto, la esfera no es necesariamente el hogar. La esfera tampoco se define por si las actividades que ocurren en ella reproducen o no la fuerza de trabajo. La esfera se define por la relación de estas tareas reproductivas con el intercambio, el mercado y la acumulación de capital.

Esta distinción conceptual tiene consecuencias materiales. Dentro de la esfera DMM las tareas reproductivas se llevan a cabo bajo condiciones directamente capitalistas, es decir, con todos los requerimientos del mercado, ya sea que se realicen dentro del sector manufacturero o de servicios. Bajo las limitaciones y la dominación del capital y el mercado, la producción de bienes y servicios, sin importar su contenido, debe ser ejercida a niveles competitivos en términos de productividad, eficiencia y uniformidad del producto. El índice de productividad es temporal, mientras que el índice de eficiencia corresponde a las maneras en que los recursos son utilizados económicamente. Además, la uniformidad del producto del trabajo requiere la uniformidad tanto del proceso de trabajo como de la relación de los que producen con su producto.

Se puede ver inmediatamente la diferencia entre las tareas llevadas a cabo en esta esfera y fuera de ella. En la esfera DMM la tasa de retorno de una inversión capitalista es fundamental y, por lo tanto, todas las actividades ejercidas dentro de ella, aunque sean «reproductivas» en términos de su valor de uso, deben alcanzar o exceder la tasa actual de explotación y/o ganancia. Por otro lado, fuera de la esfera DMM las maneras en que utilizan el salario aquellos que reproducen el valor de uso de la fuerza de trabajo —a través de la reproducción de su portador— no están sujetas a los mismos requerimientos. Si hay uniformidad en tales maneras, estas son, no obstante, altamente variables con respecto a la utilización necesaria de tiempo, dinero y materias primas. A diferencia de dentro de la esfera DMM, no existe una determinación directa del mercado de cada aspecto del proceso de reproducción (en la parte 2 abordaremos la esfera IMM de la reproducción organizada por el Estado).

La esfera IMM tiene un carácter temporal diferente. El día de veinticuatro horas y la semana de siete días8 todavía organizan las actividades dentro de esta esfera, pero el «tiempo de trabajo socialmente necesario» (TTSN) nunca es directamente un factor en esta organización. El TTSN corresponde al proceso de abstracción que ocurre a través de la mediación del mercado, que establece un promedio de la cantidad de tiempo que se requiere dentro del proceso de trabajo para vender competitivamente un producto o servicio. La quiebra y la pérdida de ganancia son factores que afectan este proceso al igual que el uso innovador de maquinaria para disminuir el tiempo que requiere la producción de bienes. Por lo tanto, el aumento de la ganancia o de la participación en el mercado dominan la esfera DMM.

Por supuesto, la mecanización también es posible en la esfera IMM, y ha habido muchas innovaciones de este tipo. Sin embargo, en este caso el objetivo no es conseguir la producción de más valores de uso en una cantidad de tiempo determinada, sino reducir el tiempo utilizado en una actividad dada, generalmente, para que más tiempo pueda dedicarse a otra actividad IMM. Cuando se trata del cuidado de niños, por ejemplo, aunque algunas actividades pueden ser ejecutadas más rápidamente, el hecho es que los niños tienen que ser cuidados todo el día y esta cantidad de tiempo no es flexible (volveremos a esto en la parte 5).

Además, diferentes formas de dominación caracterizan estas esferas. La dependencia del mercado, o la dominación impersonal y abstracta, organiza las relaciones de producción y reproducción DMM a través del mecanismo de comparación de valores basado en el tiempo de trabajo socialmente necesario. En esta esfera, el tipo de «mediación directa del mercado» es la dominación abstracta y, como tal, es una forma de coacción indirecta que se determina en el mercado —«a espaldas de los productores»—. Por ende, no existe una necesidad estructural de violencia directa o de planificación para la distribución del trabajo per se.

Por el contrario, no existe un mecanismo que compare los diferentes desempeños de las actividades concretas que ocurren en la esfera IMM como si estuvieran socialmente determinadas. Estas actividades no pueden ser regidas por la dominación abstracta del mercado y las limitaciones objetivas del TTSN, salvo de forma indirecta, cuando los requerimientos de la producción transforman los requerimientos del mantenimiento de la fuerza de trabajo fuera de la esfera DMM. Otros mecanismos y factores están involucrados en la división de las actividades IMM, desde la dominación directa y la violencia hasta formas jerárquicas de cooperación o, en el mejor de los casos, la distribución planificada.9 No existe una forma o mecanismo impersonal para cuantificar objetivamente, imponer o equiparar «racionalmente» el tiempo y energía gastados en estas actividades o a quienes son asignadas. Los intentos de una repartición «igualitaria y justa» de estas actividades deben ser constantemente negociados, puesto que no hay forma de cuantificar o equiparar «racionalmente» el tiempo y energía gastados. ¿Qué significa limpiar la cocina, qué significa cuidar de un niño por una hora: es tu hora de cuidados la misma que mi hora de cuidados? Esta asignación no puede más que seguir siendo una cuestión conflictiva.

2. PAGADO/NO PAGADO

Las feministas marxistas usualmente añaden otra distinción a la distinción entre producción y reproducción: la distinción entre trabajo pagado y no pagado. Como muchas antes que nosotras, pensamos que estas categorías son imprecisas y preferimos usar la distinción asalariado/no asalariado. A medida que expliquemos las esferas DMM e IMM en relación con aquello que es asalariado o no asalariado, esclareceremos la superposición de estas esferas a través del principio de validación social. En el camino, exploraremos las maneras en que las actividades en cuestión pueden ser consideradas trabajo o no; es decir, si califican o no como trabajo en este modo de producción.

La diferencia entre pagado/no pagado, por un lado, y asalariado/no asalariado, por otro, se vuelve borrosa con la forma del salario, con aquello que debemos llamar el fetiche del salario. El salario en sí mismo no es el equivalente monetario al trabajo realizado por quien lo recibe, sino el precio al que este vende su fuerza de trabajo, que equivale a una cantidad de valor que se incorpora de una forma u otra a su proceso de reproducción, pues debe reaparecer al día siguiente listo y capacitado para trabajar.10 Sin embargo, parece que quienes trabajan por un salario han cumplido con su responsabilidad social del día una vez que la jornada laboral termina. Lo que el salario no paga parece ser asunto del no-trabajo. Por lo tanto, de forma tautológica, todo «trabajo» pagado aparece como trabajo, ya que no parece que se pague por aquello que uno hace cuando no está «en el trabajo». Empero, es necesario recordar que Marx demostró que, de hecho, ningún trabajo vivo se paga jamás en la forma del salario.

Obviamente, esto no significa que sea irrelevante la pregunta de si una actividad es o no asalariada. De hecho, quien no trabaja no recibe salario. El trabajo asalariado es la única manera en que una trabajadora puede tener acceso a los medios necesarios para su reproducción y la de su familia. Además, la validación del salario afecta cualitativamente a la actividad misma. Cuando una actividad que antes era no asalariada se vuelve asalariada, incluso cuando es improductiva, adquiere ciertas características similares a las del trabajo abstracto. Efectivamente, el hecho de que la fuerza de trabajo se intercambie por salario vuelve su desempeño propenso a racionalizaciones y comparaciones. A cambio, lo que se espera de esta fuerza de trabajo es, al menos, el rendimiento socialmente promedio, incluyendo todas sus características e intensidad, que es regulado y corresponde al promedio social para este tipo de trabajo —claramente la ausencia de valor vuelve imposible su comparación con ningún otro tipo de trabajo—. Un individuo que no tiene un rendimiento adecuado en el tiempo necesario no podrá vender su fuerza de trabajo en el futuro. Por lo tanto, el salario valida el hecho de que la fuerza de trabajo se empleó adecuadamente, aunque reconociéndola universalmente como trabajo social, cualquiera que haya sido la actividad concreta misma o si se consumió «productivamente».

Ahora debemos analizar esta distinción entre asalariado y no asalariado en la medida en que atraviesa la distinción entre las esferas IMM y DMM. Cuando hablamos de las actividades asalariadas nos referimos a aquellas que son sociales,11 mientras que las actividades no asalariadas son lo no-social de lo social: son actividades no validadas socialmente, aunque sean parte del modo de producción capitalista. Es importante señalar, sin embargo, que estas actividades no coinciden directamente con las esferas IMM y DMM.

Vemos que en la interacción de estos cuatro términos hay algunas actividades asalariadas que se superponen a las actividades de la esfera IMM: aquellas organizadas por el Estado —el sector público—. Dentro de este imbricado conjunto de categorías, la esfera de las actividades IMM intersecta con la esfera del trabajo asalariado. Estas actividades asalariadas e IMM son las formas de reproducción organizadas por el Estado que no están directamente mediadas por el mercado (ver figura 1). Estas actividades reproducen el valor de uso de la fuerza de trabajo, pero son asalariadas y, por tanto, validadas socialmente. Sin embargo, como se ha dicho antes, estas actividades no producen valor ni están sujetas al mismo criterio de mediación directa del mercado. Estas actividades son sociales porque son remuneradas a través de la forma social del valor. Puesto que no producen valor, son las formas de reproducción que significan un costo colectivo para el capital: se paga por ellas indirectamente a través de las deducciones de los salarios colectivos y del plusvalor en la forma de impuestos.

Démosle otra vuelta de tuerca y detengámonos en lo que el salario compra, esto es, aquello que es un elemento del salario, aquello que constituye el valor de cambio de la fuerza de trabajo. El salario compra las mercancías necesarias para la reproducción de la fuerza de trabajo y también los servicios que participan en esta reproducción, ya sea directamente —a través de pagarle a una niñera privada, por ejemplo—, o indirectamente —al pagar los impuestos para el gasto estatal en educación que es parte del salario indirecto—. Estos servicios, produzcan o no valor,12 tienen un costo que se refleja en el valor de cambio de la fuerza de trabajo: implican, de una forma u otra, una deducción del plusvalor.

Lo que queda son las actividades no asalariadas y que, por consiguiente, no aumentan el valor de cambio de la fuerza de trabajo. Estas son lo no-social de lo social, el no-trabajo del trabajo (ver Adenda 1). Estas actividades son suprimidas de la producción social; no solo tienen que parecer no-trabajo, sino que deben también serlo, es decir, son naturalizadas.13 Constituyen una esfera cuya disociación es necesaria para la producción de valor: la esfera del género.

En la próxima parte nos enfocaremos finalmente en los individuos que han sido asignados a esta esfera. Sin embargo, debemos primero considerar otro par de términos: público/privado.

Adenda 1: A propósito del trabajo

Definiremos el trabajo, por su oposición al no-trabajo, como una actividad que es validada socialmente por su función específica, por su carácter social específico en un determinado modo de producción. También es posible recurrir a otros fundamentos para definir el trabajo tales como el intercambio entre el hombre y la naturaleza, el gasto de energía, la distinción entre actividades placenteras/no placenteras. No obstante, pensamos que ninguna de estas definiciones puede ayudarnos a entender el carácter de las actividades IMM no asalariadas. Estas definiciones solo consideran sus características concretas y esto lleva a descripciones banales o absurdas en el caso de las actividades IMM no asalariadas. ¿Es consolar a un niño un intercambio con la naturaleza? ¿Es dormir un trabajo que reproduce la fuerza de trabajo? ¿Es trabajo lavarse los dientes? ¿Y lavarle los dientes a alguien más? Pensamos que nuestra definición del trabajo, aunque a primera vista pueda parecer trivial, es la única capaz de superar estas preguntas irrelevantes, y esto constituye el punto de partida correcto para investigar el carácter específico de tales actividades.

3. PÚBLICO/PRIVADO

Mucha gente utiliza la categoría «público» para designar al sector estatal. Y las feministas marxistas generalmente utilizan el concepto de esfera «privada» para designar todo lo que está dentro de la esfera del hogar. Nos parece necesario sostener la dicotomía tradicional de privado/público como aquella que separa lo económico y lo político, la sociedad civil y el Estado, el individuo burgués y el ciudadano.14 Antes del capitalismo, el término «privado» se refería al hogar, u oikos, y se consideraba como la esfera de lo económico. Con el advenimiento de la era capitalista la esfera privada se trasladó más allá del hogar mismo.

Aquí se empieza a hacer evidente la insuficiencia del concepto de «la esfera privada» en tanto lugar fuera de «la esfera pública» que incluye la economía, como ocurre, por ejemplo, en la teoría feminista. Lo privado no es solamente aquello situado en la esfera doméstica y asociado con actividades domésticas. Por el contrario, corresponde a la totalidad de las actividades dentro y fuera del hogar. Como resultado de la separación estructural entre lo económico y lo político (economía política) —que corresponde a la expansión de las relaciones sociales (de producción) capitalistas—, la esfera privada se vuelve cada vez más difusa, convirtiendo el hogar en solo uno de los muchos momentos de «lo económico» o «lo privado». Por lo tanto, al contrario de lo que afirman la mayoría de los análisis feministas, fue solo en el contexto de las relaciones premodernas —antes de la separación de lo político y lo económico bajo el capitalismo— que la esfera privada correspondía al hogar. En la moderna era capitalista, en cambio, el alcance de la explotación privada se extiende sobre la totalidad del paisaje social.

Entonces, ¿dónde está «lo público» si lo privado corresponde a la totalidad de las actividades productivas y reproductivas? Marx afirma que lo público es una abstracción de la sociedad que toma la forma del Estado. Esta esfera de lo político y lo jurídico es la abstracción real del Derecho separado de las divisiones y diferencias reales que constituyen la sociedad civil. Para Marx, esta abstracción o separación debe existir para realizar y preservar la igualdad formal —acompañada, por supuesto, de la desigualdad de clases— necesaria para que los propietarios privados, que actúan por interés personal, acumulen capital de forma ilimitada en lugar de hacerlo bajo la dirección o el control del Estado. Esto es lo que diferencia al Estado moderno, que es apropiado para las relaciones de propiedad capitalistas, de otros sistemas de Estado asociados a otros modos de producción, ya sea el sistema monárquico o el de la democracia antigua.

Esto significa que el Estado capitalista moderno y su «esfera pública» no son un lugar realmente existente, sino una «comunidad» abstracta de «ciudadanos iguales». De ahí que la distinción entre la esfera de las relaciones económicas y la esfera de las relaciones políticas —incluyendo las relaciones entre desiguales mediadas por relaciones entre «ciudadanos iguales abstractos»— haga que los «ciudadanos» sean solo formalmente iguales de acuerdo al Estado y los derechos civiles. En consecuencia, estos «individuos» aparecen como iguales en el mercado —aunque en la «vida real» (la esfera privada de la sociedad civil) estén lejos de serlo—.15 Esta abstracción, «lo público», debe existir precisamente porque la esfera DMM es un espacio de mediación entre los trabajos privados producidos independientemente unos de otros en compañías privadas, las cuales están manejadas y son propiedad de individuos privados que actúan por interés personal.

¿Cuál es entonces la relación entre las esferas pública/privada, política/económica, estatal/civil, por un lado, y las esferas directa e indirectamente mediadas por el mercado, por otro? El punto de encuentro de estas esferas señala el momento de su separación constitutiva y define a los individuos anclados a una como distintos de los otros, como diferentes. Esta diferencia es determinada según sea el intercambio de la mercancía fuerza de trabajo de los individuos definidos por el Estado, bien directamente como su propiedad personal, bien —si ese intercambio es mediado indirectamente— a través de aquellos con igualdad formal.

Ahora estamos listas para concentrarnos en los individuos que han sido asignados a cada esfera. Lo que vemos en un comienzo, cuando observamos los inicios de este modo de producción, son individuos que tienen derechos diferentes y que la ley define como dos entidades jurídicas distintas: hombres y mujeres. Podremos ver cómo esta diferencia jurídica fue inscrita en los cuerpos «biológicos» de estos individuos cuando lleguemos al análisis del binomio sexo/género. Por el momento, debemos entender cómo la dicotomía entre público y privado hace el trabajo inicial de anclar a los individuos, en tanto hombres y mujeres, a las diferentes esferas que reproducen la totalidad capitalista a través de su derecho diferencial no solamente a la propiedad privada, sino a esa propiedad que los individuos poseen en sus propias personas.

Esta forma peculiar de propiedad es necesaria para las relaciones salariales generalizadas, pues el valor presupone la igualdad formal entre los dueños de mercancías para que el intercambio «libre» —capital y fuerza de trabajo— pueda ocurrir a pesar de que exista una desigualdad estructural «real» entre dos clases diferentes: quienes poseen los medios de producción y quienes carecen de esa forma de propiedad. Sin embargo, el «intercambio libre» puede ocurrir solamente mediante una negación de esa diferencia de clase a través de su traslado a otro dualismo que opera no entre los miembros de clases opuestas, sino en el interior de cada clase: ciudadano y otro. Para la creación el modo de producción burgués no fue necesario que se les concediera igualdad a todos los trabajadores bajo el signo de «ciudadano». Históricamente, «ciudadano» solo se refiere a una categoría específica a la que pueden pertenecer tanto los dueños de propiedad como ciertos proletarios. Dado que las relaciones jurídicas capitalistas niegan las clases mediante la reconstitución de la diferencia entre ciudadano y otro, las condiciones históricas bajo las cuales el modo de producción burgués se constituyó fueron diversas formas de no-libertad. Por esta razón la oposición ciudadano/otro coincide con la oposición hombre blanco/hombre no blanco.

Por ejemplo, bajo las condiciones de esclavitud en Norteamérica, la clasificación de «blanco» fue necesaria para mantener la propiedad de los amos sobre los esclavos. Las mujeres fueron clasificadas como «otro», pero, como veremos, por razones diferentes. Un factor que vale la pena mencionar aquí es que, dentro de esta relación blanco/persona racializada/mujer, la preservación de la pureza del «amo blanco» como opuesto al «esclavo negro» es de la mayor importancia, así como también la preservación estricta del significante dominante de la igualdad —«sangre blanca» y, por tanto, «madres blancas»— entre las generaciones futuras de la burguesía. En consecuencia, también se reguló estrictamente la división entre mujeres blancas y no blancas para preservar dicha taxonomía dentro de un contexto en el que se combinaba la producción de mercancías basada en las plantaciones del Nuevo Mundo y el auge del capitalismo industrial.16

No obstante, lo que constituye el binomio ciudadano/otro en este modo de producción no se basa en una definición negativa de esclavitud, sino en el trabajo «libre», que se compone de quienes tienen la misma libertad formal en oposición a quienes no la tienen. El «trabajo libre», en términos marxianos —esto es, la definición técnica de libertad para el trabajador asalariado—, requiere de lo que podríamos llamar «libertad doble»:

Para la transformación del dinero en capital, el poseedor de dinero tiene, pues, que encontrar en el mercado de mercancías al obrero libre; libre en el doble sentido de que por una parte dispone, en cuanto hombre libre, de su fuerza de trabajo en cuanto mercancía suya, y de que, por otra parte, carece de otras mercancías para vender; está exento y desprovisto, desembarazado de todas las cosas necesarias para la puesta en actividad de su fuerza de trabajo.17

Cabría preguntarse, ¿no han sido siempre las mujeres trabajadoras asalariadas? Por supuesto, desde el origen del capitalismo, las mujeres han sido portadoras de fuerza de trabajo y el capital ha usado su capacidad de trabajo, pero solo recientemente se han transformado en dueñas de su fuerza de trabajo con «libertad doble». Antes del último cuarto de siglo, las mujeres efectivamente estaban libres de los medios de producción, pero no eran libres de vender su fuerza de trabajo como propia.18 La libertad de propiedad, que incluye la movilidad entre tipos de trabajo, históricamente fue concedida solo a algunos a costa de otros. Quienes luchaban por la libertad política y «pública», o libertad doble, se vieron en un dilema. Debieron elaborar argumentos a favor de su igualdad —«en la diferencia»—, a la vez que tenían intereses que contradecían los de otras minorías que se identificaban con la misma lucha por la igualdad, pero en términos distintos.19

Esto es especialmente cierto en el caso de las mujeres, que se vieron atrapadas entre la reivindicación de la libertad sobre la base del ideal de igualdad humana y la reivindicación de la libertad en cuanto diferentes. Esto se debe a que su «diferencia real» en el capitalismo no es ideal ni ideológica, sino que se encarna y reproduce estructuralmente a través de prácticas que definen a las mujeres como diferentes. Esta «diferencia real» está entretejida en una red de relaciones mutuamente constitutivas y reafirmantes que necesariamente presuponen el ciudadano, el Estado y la esfera pública donde las mujeres pueden solicitar derechos humanos y civiles, por un lado, y derechos reproductivos, por otro.

En consecuencia, aunque es cierto que la libertad formal, en sí misma, fue una precondición para la producción e intercambio de valor, lo que organizó la sociedad civil de los individuos burgueses fue necesario para la reproducción continua de la esfera pública o legal. El derecho a «ser igual» y, por tanto, igualmente libre, no reorganiza en sí mismo la distribución de propiedad ni, como veremos, las condiciones de posibilidad para la acumulación de capital. Estas esferas funcionan conjuntamente. Si este no fuera el caso, sería posible abolir las formas de la «diferencia» históricamente específica que actualmente existen a través de acciones legales y «políticas» dentro del Estado. Esto equivaldría a la abolición de lo privado a través de la esfera pública, una revolución a través de la reforma que es estructuralmente imposible.

La «igualdad» en tanto libertad doble es la libertad de ser estructuralmente desposeído. Con esto no estamos diciendo que no valga la pena. La pregunta es, ¿puede también «valer la pena» para el capital, el Estado y los aparatos de la dominación que lo acompañan? Como la mayoría de nosotras habremos experimentado personalmente, la distinción de género ha persistido mucho después de que la libertad diferencial fuera abolida para la mayoría de las mujeres. Si esta libertad diferencial era lo que en efecto anclaba a las mujeres a la esfera indirectamente mediada por el mercado, ¿por qué su abolición no «liberó» a las mujeres de la categoría «mujer» y de la esfera de la reproducción determinada por el género?

La libertad doble y el mercado sexualmente neutral

Cuando consideramos la historia del modo de producción capitalista, es sorprendente que, en muchos casos, una vez que las desigualdades se garantizan a través de mecanismos legales, estas pueden adquirir vida propia volviendo innecesaria su propia base jurídica en la ley. A medida que las mujeres en muchos países obtenían de forma lenta pero segura igualdad de derechos en la esfera pública, el mecanismo que reforzaba esta desigualdad en la «esfera privada» de lo económico —del mercado de trabajo— estaba ya tan bien establecido que emulaba el dictamen de alguna misteriosa ley natural.

Irónicamente, la reproducción de las esferas duales del género y el anclaje de las mujeres a una de estas esferas y no a la otra se perpetúa y restablece constantemente mediante el propio mecanismo del mercado de trabajo «sexualmente neutral», que no es directamente responsable de la distinción entre hombre y mujer, sino de la diferencia de precio o el valor de cambio de sus fuerzas de trabajo. De hecho, los mercados de trabajo, si han de mantenerse como mercados, deben ser «sexualmente neutrales». Los mercados, como lugar de intercambio de equivalentes, se supone que deben borrar las diferencias concretas a través de una pura comparación de valores abstractos. Entonces, ¿cómo puede este mercado «sexualmente neutral» reproducir la diferencia de género?

Una vez que un grupo de individuos, las mujeres, son definidas como «quienes tienen hijos» (ver Adenda 2) y una vez que esta actividad social, «tener hijos», se constituye estructuralmente como una discapacidad,20 las mujeres son definidas como las que van al mercado de trabajo con una desventaja potencial. Esta distinción sistemática —a través de ese riesgo determinado por el mercado que radica en el «potencial» de concebir un hijo— mantiene ancladas a la esfera IMM a quienes encarnan el significante «mujer». Por lo tanto, debido a que el capital es una abstracción «sexualmente neutral», castiga concretamente a las mujeres por tener un sexo, aunque esa «diferencia sexual» es producida por las relaciones sociales capitalistas y es absolutamente necesaria para la reproducción del capitalismo.

Podría imaginarse una situación hipotética en la que los empleadores no se preguntaran por el género de quien busca trabajo, sino que solo premiaran a quienes tienen «mayor movilidad» y quienes cuenten con una «mayor estabilidad y disponibilidad»; no obstante, incluso en este caso el prejuicio del género reaparecería más fuerte que nunca. De manera aparentemente contradictoria, una vez que la diferencia sexual se define y reproduce estructuralmente, la mujer como portadora de fuerza de trabajo con un coste social mayor se convierte en su opuesto: la mercancía fuerza de trabajo con un precio menor.

De hecho, los trabajos mejor pagados —esto es, los que pueden tender a pagar más que la reproducción de una sola persona— son aquellos de los que se espera un cierto grado de cualificación. En esos sectores especializados, los capitalistas están dispuestos a hacer una inversión en las habilidades del trabajador sabiendo que se beneficiarán de ello a largo plazo. Por lo tanto, favorecerán a la fuerza de trabajo de la que quepa esperar una mayor estabilidad durante un período prolongado. Si es probable que la trabajadora se vaya, entonces no será una buena inversión y tendrá, por consiguiente, un precio más bajo. Esta etiqueta de menor precio, que se adjudica a quienes se considera personas gestantes, no está determinada por la clase de habilidades que se cultivan en la esfera IMM. Aunque la esfera a la que una mujer es relegada está llena de actividades que requieren entrenamiento de por vida, esto no aumenta el precio de su fuerza de trabajo, pues ningún empleador tiene que pagar por su adquisición. En consecuencia, el capital puede usar la fuerza de trabajo de las mujeres en ciclos cortos y a precios bajos.

Efectivamente, la tendencia general hacia la «feminización» no indica la asignación de género al mercado «sexualmente neutral», sino el movimiento del capital hacia la utilización de fuerza de trabajo barata, a corto plazo y flexible, con un perfil cada vez más descualificado y just in time bajo condiciones de acumulación globalizadas y posfordistas. Debemos aceptar esta definición de feminización como fundamental antes de atender al surgimiento del sector de servicios y al cada vez más importante trabajo de cuidados y afectivo que es parte integral de este «giro feminizador», un giro que ocurre históricamente a través del desenvolvimiento dinámico de las relaciones sociales capitalistas —proceso el cual veremos en las últimas dos partes del texto—. Antes de ello, empero, debemos resumir lo que hasta ahora hemos aprendido acerca del género e intentar ofrecer una definición. Esto requiere el análisis y la crítica de otro par de términos habitual: sexo y género.

Adenda 2: A propósito de las mujeres, la biología y los niños

La definición de las mujeres como «quienes tienen hijos» presupone un vínculo necesario entre el hecho de tener un órgano biológico, el hecho de tener un hijo y el hecho de tener una relación específica con el resultado de ese embarazo. La combinación de los tres oculta:

1) Por un lado, los mecanismos que evitan, favorecen o imponen el hecho de que alguien con un útero se embarace y con qué frecuencia eso ocurrirá.21 Estos mecanismos incluyen: la institución del matrimonio, la disponibilidad de anticonceptivos, los mecanismos que imponen la heterosexualidad como una norma y, al menos durante mucho tiempo y todavía en muchos lugares, la prohibición/vergüenza relacionada con las formas de sexo que no llevan al embarazo —sexo oral, anal, etc.—.

2) Por otro lado, la definición cambiante de qué es un niño y cuál es el nivel de cuidados que necesita. Aunque hubo un periodo en el que los niños eran considerados mitad animales, mitad humanos, a los que solo había que limpiar y alimentar hasta que se convirtieran en pequeños adultos —es decir, capaces de trabajar—, la realidad moderna de la infancia y sus requerimientos convierte el «tener hijos» generalmente en una empresa incesante.

4. SEXO/GÉNERO

Ahora estamos preparadas para enfrentar la pregunta sobre el género. ¿Qué es el género? Para nosotras el género es el anclaje de cierto grupo de individuos a una esfera específica de actividades sociales. El resultado de este proceso de anclaje es, al mismo tiempo, la reproducción continua de dos géneros separados.

Estos géneros se materializan como un conjunto de características ideales que definen lo «masculino» o lo «femenino». Sin embargo, en tanto lista de cualidades psicológicas y de comportamiento, estas características están sujetas a cambios durante el transcurso de la historia del capitalismo, pertenecen a períodos específicos, corresponden a ciertas partes del mundo e incluso, dentro de lo que podríamos llamar «Occidente», no se asignan necesariamente de la misma forma a todas las personas. Sin embargo, en tanto dualidad, los géneros existen en relación recíproca, independientes del tiempo y el espacio, incluso si sus modos de aparición están siempre en constante cambio.

El sexo es la otra cara del género. Siguiendo a Judith Butler, criticamos el par de términos género/sexo tal como aparece en la literatura feminista previa a los 90. Butler demuestra, correctamente, que tanto el sexo como el género se construyen socialmente y que, además, es la «socialización» o la vinculación del «género» con la cultura lo que ha relegado el sexo al polo «natural» de la dualidad naturaleza/cultura. De manera similar, afirmamos que estas son categorías sociales binarias que desnaturalizan el género a la vez que naturalizan el sexo. Para nosotras, el sexo es la naturalización de la proyección binaria del género sobre los cuerpos que incorpora diferencias biológicas a apariencias discretas y naturalizadas.

Mientras que Butler llegó a esta conclusión a través de una crítica de la ontología existencialista del cuerpo,22 nosotras lo hemos hecho a través de una analogía con otra forma social. El valor, como el género, necesita su otro polo «natural» —es decir, su manifestación concreta—. De hecho, la relación de dualidad entre sexo y género, como los dos lados de la misma moneda, es similar a los aspectos duales de la mercancía y el fetichismo inherente a ella. Como explicamos anteriormente, cada mercancía, incluyendo la fuerza de trabajo, es simultáneamente valor de uso y valor. La relación entre las mercancías es una relación social entre cosas y una relación material entre personas.

Siguiendo esta analogía, el sexo es el cuerpo material que se adhiere al género, al igual que el valor de uso se adhiere al valor. El fetiche del género es una relación social que actúa sobre estos cuerpos de modo que aparece como una característica natural de los mismos. Aunque el género consiste en la abstracción de la diferencia sexual de todas sus características concretas, esa abstracción transforma y determina el cuerpo al que se adhiere, tal como la abstracción real del valor transforma el cuerpo material de la mercancía. El género y el sexo combinados le dan a aquellos inscritos en esta dualidad una apariencia natural —«con una objetividad espectral»—, como si el contenido social del género estuviera «escrito sobre la piel» de los individuos concretos.

La transhistorización del sexo es homóloga a la limitación presente en la crítica que sostiene que el valor de uso es transhistórico en vez de históricamente específico al capitalismo. Aquí, el valor de uso es lo que, positivamente, se mantiene tras la revolución, la cual se piensa como la liberación del valor de uso del tegumento del valor. En relación a nuestra analogía con el sexo y el género, debemos ir un paso más allá y decir que tanto el género como el sexo son determinados históricamente. Ambos son totalmente sociales y solo pueden abolirse juntos tal como el valor y el valor de uso tendrán que abolirse simultáneamente en el proceso de comunización. Desde esta perspectiva, nuestro análisis feminista inspirado en la teoría del valor reproduce la crítica de Butler en la medida en que consideramos la dualidad sexo/género como socialmente determinada y producida a través de condiciones sociales específicas de la modernidad.

La desnaturalización del género

Pero el género no es una forma social estática. La abstracción del género se desnaturaliza progresivamente haciendo que el sexo aparezca proporcionalmente más concreto y biológico. En otras palabras, si el sexo y el género corresponden a los dos lados de la misma moneda, la relación entre el género y su contraparte naturalizada no es estable. Existe entre ellos una discrepancia potencial que algunos han calificado como «preocupante» y nosotras como «desnaturalización».

Con el tiempo, el género se vuelve cada vez más abstracto y define la sexualidad cada vez más arbitrariamente. La comercialización y mercantilización del género parece desnaturalizar crecientemente el género de elementos biológicos naturalizados. Se podría decir que el propio capitalismo deconstruye el género y lo desnaturaliza. La naturaleza —cuya creciente superfluidad se yuxtapone a la continua necesidad del género— aparece como la presuposición del género más que como su efecto. En términos más familiares, reflejando el «problema» del capital con el trabajo: la «naturaleza» —el lado «natural» del binomio sexo/ género— se vuelve cada vez más superflua en relación con la reproducción generacional del proletariado, mientras que el «coste» asignado a los cuerpos «femeninos» —o la contraparte del sexo— se vuelve cada vez más esencial para la acumulación de capital como tendencia hacia la feminización. Por lo tanto, la reproducción del género es de gran importancia, en tanto reproducción de fuerza de trabajo de bajo coste, mientras que un ejército de reserva de proletarios como población excedentaria se vuelve cada vez más redundante.

Lo que el género femenino señala —aquello que es socialmente inscrito sobre los cuerpos «naturalizados» o «sexuados»— no es solamente un conjunto de características «femeninas» o «de género», sino, esencialmente, una etiqueta de precio. La reproducción biológica tiene un coste social que no está incluido en la fuerza de trabajo (masculina) promedio; se vuelve la carga de aquellas a quienes se les asigna su coste, sin importar si pueden tener hijos o si querrán hacerlo. Es en este sentido que una abstracción, un promedio con perspectiva de género, se refleja en la organización de los cuerpos de la misma manera que el valor de cambio, un promedio ciego del mercado, se proyecta sobre la producción moldeando y transformando la organización de la producción social y la división del trabajo. Así, la transformación de la condición de las relaciones de género ocurre a espaldas de quienes define. Y, en este sentido, el género es constantemente impuesto y renaturalizado.

5. HISTORIA DEL GÉNERO EN EL CAPITALISMO: DESDE LA CREACIÓN DE LA ESFERA IMM A LA MERCANTILIZACIÓN DE LAS ACTIVIDADES DETERMINADAS POR EL GÉNERO

Para entender este proceso dialéctico de desnaturalización y renaturalización primero debemos volver a rastrear las transformaciones en la relación de género durante el transcurso del modo de producción capitalista e intentar trazar una periodización. En este nivel más concreto, hay varias entradas posibles y optamos por una periodización de la familia, puesto que es la unidad económica que reúne las esferas IMM y DMM que delimitan los aspectos de la reproducción proletaria. Debemos tratar de descifrar si los cambios en la forma familia corresponden a transformaciones en el proceso de valorización del trabajo.

I. La acumulación originaria y la familia extendida

Durante el periodo de la acumulación originaria, un gran problema que enfrentaba la clase capitalista era cómo ajustar perfectamente la relación entre las susodichas esferas de tal manera que los trabajadores, por una parte, se vieran obligados a sobrevivir solo a través de la venta de su fuerza de trabajo y, por otra, fueran asignados suficientes bienes personales para continuar su autoabastecimiento sin aumentar el coste de la fuerza de trabajo.23 De hecho, en el momento en que se constituyó la esfera IMM, tuvo que asumir tanta reproducción de fuerza de trabajo como fuera posible y ser lo más grande que pudiera, pero solo lo suficiente como para que la proporción de autoabastecimiento permitida requiriera del retorno de la fuerza de trabajo al mercado. Por ello, la esfera IMM, al suplementar el salario, estaba subordinada al mercado como presuposición necesaria de las relaciones salariales y la explotación capitalista y como su resultado inmediato.

Durante la transición entre el siglo XVIII y XIX, la familia —situada en el hogar como unidad de producción— se convirtió en la unidad económica mediadora entre las dos esferas de la reproducción de la fuerza de trabajo. Sin embargo, durante la primera parte del siglo XIX, la familia estaba constituida por varias generaciones que vivían juntas en el mismo hogar, en la medida en que no existían los beneficios de jubilación y en tanto que se esperaba que los niños fueran a trabajar antes de alcanzar la pubertad. Además, las actividades de la esfera IMM no eran llevadas a cabo por mujeres casadas solamente; de hecho, participaban en ellas los niños, las abuelas, otras parientes femeninas e, incluso, inquilinas. Si únicamente los varones adultos de la familia, «doblemente libres», podían ser legalmente los dueños del salario, esto no significaba que las mujeres adultas y los niños pequeños no trabajaran también fuera del hogar.

En realidad, en los comienzos de la industrialización, las mujeres constituían un tercio de la fuerza de trabajo. Al igual que los niños, las mujeres no decidían si obtendrían un empleo, ni dónde lo harían o qué trabajo realizarían, sino que fueron más o menos subcontratadas por sus esposos o padres. Marx incluso comparó esto con algunas formas del comercio de esclavos: el jefe de familia negociaba el precio de la fuerza de trabajo de su esposa e hijos y decidía si aceptar o no el trabajo. Y no nos olvidemos de que, en países como Francia y Alemania, las mujeres solo consiguieron el derecho a trabajar sin la autorización de sus esposos en los años 60 o 70.

Lejos de ser un signo de la emancipación de las mujeres o de las perspectivas modernas del esposo, las mujeres que trabajaban fuera del hogar eran un indicador flagrante de pobreza. Aunque generalmente se esperaba que las mujeres casadas permanecieran en el hogar cuando la familia podía permitírselo —donde casi siempre realizaban labores productivas, especialmente, para la industria textil—, muchas mujeres, debido al alto coste, nunca se casaron, y algunas se suponía que no debían embarazarse para formar su propia familia. A menudo, las hijas más jóvenes eran enviadas a otras familias para que se convirtieran en sirvientas o ayudantes, quedando así «oficialmente» solteras. Por consiguiente, aunque las responsables de la esfera IMM eran siempre mujeres y los responsables por el salario eran siempre hombres —por definición, podríamos decir—, durante este período los dos géneros y las dos esferas no coincidían perfectamente.

II. La familia nuclear y el fordismo

Durante la segunda parte del siglo XIX, que algunos denominan como la Segunda Revolución Industrial, hubo un desplazamiento progresivo hacia la familia nuclear como la conocemos hoy. En primer lugar, tras décadas de luchas obreras, el Estado intervino para restringir el empleo de las mujeres y los niños, en parte porque enfrentaba una crisis de la reproducción de la fuerza de trabajo. Se esperaba que la fuerza de trabajo se volviera más cualificada —la alfabetización, por ejemplo, se transformó en una habilidad requerida con más asiduidad para acceder a un empleo— y se le prestó cada vez más atención a la educación de los niños. Una nueva categoría emergió, la de la infancia, con sus necesidades específicas y etapas de desarrollo. El cuidado de los niños se volvió un asunto complicado que ya no podía ser confiado a los hermanos mayores.24

Este proceso finalizó con el fordismo y sus nuevos estándares de reproducción y consumo. Con la generalización de los beneficios de jubilación y las residencias de ancianos, se separó a las generaciones en casas individuales. La distribución de las responsabilidades familiares entre esposo y esposa se definió estrictamente a través de la separación de las esferas. Actividades IMM como lavar la ropa, que solían ser llevadas a cabo en conjunto con otras mujeres, pasaron a ser la responsabilidad individual de una mujer adulta por hogar. La vida de la mujer casada llegó con frecuencia a estar totalmente confinada a la esfera IMM. Esta se convirtió en el destino de la mayoría de las mujeres, y sus vidas enteras —incluyendo su personalidad, deseos, etc.— fueron moldeadas por este destino.

Por lo tanto, fue con la familia nuclear —durante un periodo específico del capitalismo y, de forma importante, en un área específica del mundo— que el género se convirtió en un dualismo rígido que coincide perfectamente con tales esferas. Este se volvió una norma estricta, lo que no significa que todos encajasen en él. Muchas de las feministas que se refieren al género como un conjunto de características que definen la «feminidad» y la «masculinidad» tienen en mente las normas de este periodo. A partir de este momento, los individuos identificados como mujeres nacieron con unos destinos vitales diferentes a los de los individuos definidos como hombres, vivían en «planetas diferentes» —unos en Marte...— y fueron socializados como dos tipos distintos de sujetos. Esta distinción atraviesa todas las clases.

Ya sin recibir la ayuda de otros miembros de la familia y realizando las actividades IMM aisladas dentro de cuatro paredes, las mujeres casadas se vieron forzadas a llevar solas toda la carga de las actividades IMM. Este aislamiento no habría sido posible sin la introducción de los electrodomésticos que transformaron las tareas físicas más extremas en quehaceres que podían llevarse a cabo en soledad. La lavadora, las cañerías, el calentador de agua: todos estos dispositivos ayudaron a reducir dramáticamente el tiempo que se empleaba en algunas actividades IMM. Pero cada minuto ganado estaba lejos de aumentar el tiempo de ocio del ama de casa. Cada momento libre tenía que usarse para elevar los estándares de la reproducción: las ropas se lavaban más seguido, las comidas se hicieron cada vez más variadas y saludables y, lo más importante, el cuidado de los niños se convirtió en una actividad que consumía todo el tiempo disponible, desde el cuidado infantil a la facilitación de actividades de ocio.

III. Los años 70: la subsunción real y la mercantilización de las actividades IMM

Está claro que la mercantilización de las actividades IMM no es un fenómeno nuevo. Ya desde los inicios del capitalismo era posible comprar comidas preparadas en vez de cocinarlas, comprar ropa nueva en vez de repararla, pagar una sirvienta para cuidar a los niños o hacer las labores domésticas. Sin embargo, estos eran privilegios de las clases media y alta. De hecho, cada vez que una actividad IMM se convierte en mercancía tiene que pagarse con el salario. Por lo tanto, el consumo masivo de estas mercancías solo habría sido posible durante períodos de constantes aumentos salariales, pues estos servicios, en la medida en que eran formalmente subsumidos, aumentaban el valor de cambio del trabajo necesario en proporción inversa al plusvalor.

Sin embargo, como consecuencia de las posibilidades abiertas por la subsunción real, el valor de algunas de estas mercancías puede disminuir al mismo tiempo que se producen masivamente. Los avances en la productividad vuelven estas mercancías cada vez más asequibles y algunas de ellas —especialmente, las comidas preparadas y los electrodomésticos— de forma lenta, pero segura, se volvieron asequibles con el salario. No obstante, algunas actividades IMM son difíciles de mercantilizar a un precio lo suficientemente bajo como para ser asequibles para cualquier salario. De hecho, incluso si es posible mercantilizar el cuidado de los niños, no se pueden hacer avances en la productividad que permitan reducir su coste. Aunque la alimentación, el lavado de la ropa, etc. puedan ser ejecutados de forma más eficiente, el tiempo de cuidado de los niños nunca se reduce. No se puede cuidar un niño más rápido: los niños tienen que ser atendidos las 24 horas del día.

Lo que se puede es racionalizar su cuidado, por ejemplo, haciendo que el Estado lo organice y reduciendo con ello el número de adultos por niño. Sin embargo, la cantidad de niños que un adulto puede cuidar es limitada, especialmente si, en ese proceso, este adulto tiene que impartir un estándar específico de socialización, conocimiento y disciplina. Esta labor también puede ser llevada a cabo por la mano de obra más barata posible, es decir, por aquellas mujeres cuyos salarios sean más bajos que el salario de una madre trabajadora. Pero, en este caso, las actividades IMM son simplemente transferidas a los sectores peor pagados de la población total. Por ello, no solo no se reduce el problema, sino que sus efectos negativos son redistribuidos, a menudo entre migrantes pobres y mujeres racializadas.

Vemos entonces que todas estas posibilidades son limitadas: siempre hay un residuo al que nos referiremos como lo abyecto,25 esto es, aquello que no puede ser subsumido o que no vale la pena hacerlo. Obviamente, este residuo no es abyecto per se: existe como abyecto a raíz del capital y este le da forma. Siempre está presente este residuo que tiene que permanecer fuera de las relaciones mercantiles y la pregunta sobre quién tiene que realizarlo en la familia siempre será, como poco, una cuestión conflictiva.

6. CRISIS Y MEDIDAS DE AUSTERIDAD: EL ASCENSO DE LO ABYECTO

Con la crisis actual, todo indica que el Estado se opondrá cada vez más a organizar las actividades IMM, pues solo significan un coste. El gasto público en el cuidado de niños, el cuidado de ancianos y la asistencia médica son lo primero que se reduce, sin mencionar la educación y los programas extraescolares. Estos se volverán DMM para quienes pueden pagarlos —privatización mediante— o caerán en la esfera no asalariada IMM aumentando, así, lo abyecto.

El alcance de esto todavía está por verse, pero la tendencia ya es clara en los países afectados por la crisis. En los Estados Unidos y en la mayoría de los países de la Eurozona —con la notable excepción de Alemania—, los gobiernos están reduciendo sus gastos para disminuir la proporción de sus deudas con respecto al PIB.26 Países como Grecia, Portugal y España, pero también el Reino Unido, están disminuyendo drásticamente sus gastos en salud y cuidado de niños. En Grecia y Portugal se están cerrando los jardines infantiles públicos. En Grecia, Portugal, Italia y la República Checa se han reportado violaciones de los derechos de las mujeres embarazadas al permiso de maternidad y beneficios familiares o a la reanudación de sus trabajos una vez finalizado el descanso postnatal.27 En el Reino Unido, donde las guarderías del Estado están cerrando una por una, Feminist Fight Back, un grupo feminista anticapitalista relacionado con la campaña de las guarderías Hackney, describe la situación de la siguiente manera:

En todo el Reino Unido, las autoridades locales han empezado a anunciar reducciones importantes en el financiamiento de los servicios sociales, desde las librerías y los servicios médicos hasta los espacios recreativos infantiles y los grupos de arte, pasando por los centros para víctimas de violación hasta los servicios públicos de atención a mujeres en situación de violencia. Particularmente importantes para las mujeres son los profundos efectos que esta reducción acarreará en los servicios infantiles, tanto en las guarderías municipales y comunitarias como en los centros Sure Start, buque insignia del New Labour, que ofrecen servicios variados a los padres en el formato de «ventanilla única».28

En un país donde el mismo primer ministro promueve la organización de los servicios comunitarios «de manera voluntaria», bajo la idea política central de la Big Society, una cultura «donde las personas en su vida cotidiana, en sus hogares, en sus vecindarios, en sus lugares de trabajo […] se sienten lo suficientemente libres y empoderadas para ayudarse a sí mismas y a sus propias comunidades»,29 las feministas antiestatistas confrontan un dilema:

Nuestro objetivo es la provisión de servicios «en y contra el Estado». Esto plantea un interrogante clave en la lucha por los bienes públicos y los recursos compartidos y el trabajo: ¿cómo podemos asegurarnos de que nuestros esfuerzos autónomos para reproducir comunidades propias no estén simplemente creando la Big Society de Cameron, reforzando así la lógica de que si el Estado ya no nos provee tendremos que hacerlo nosotras mismas?

La lucha por los jardines infantiles que ocurrió en Poznan (Polonia) en el 2012 también refleja este dilema. La municipalidad está transfiriendo lentamente todos las guarderías públicas a instituciones privadas para ahorrar costes. Cuando los trabajadores de una de las guarderías protestaron junto con padres y activistas contra la privatización, las autoridades locales inventaron la opción de dejar que los trabajadores organizaran la guardería, pero sin darles ningún subsidio o garantías. Esto lo convirtió en una opción bastante poco atractiva que fue eventualmente rechazada por los trabajadores y los padres.30

Sin embargo, algunas feministas marxistas parecen glorificar la autoorganización de las actividades IMM por parte de las mujeres como un paso necesario en la creación de una sociedad alternativa. Por ejemplo, Silvia Federici escribe en su texto del 2010, El feminismo y las políticas de lo común en una era de acumulación primitiva:

Si la casa es el oikos sobre el que se construye la economía, entonces son las mujeres, tradicionalmente las trabajadoras y las prisioneras domésticas, las que deben tomar la iniciativa de reclamar el hogar como el centro de la vida colectiva, de una vida transversal a múltiples personas y formas de cooperación, que proporcione seguridad sin aislamiento y sin obsesión, que permita el intercambio y la circulación de las posesiones comunitarias y, sobre todo, que cree los cimientos para el desarrollo de nuevas formas colectivas de reproducción […]. Llegados a este punto, queda por precisar o clarificar que el asignar a las mujeres esta tarea de puesta en común/colectivización de la reproducción no es ninguna concesión a la visión naturalista de la «feminidad». Comprensiblemente, muchas feministas verían tal posibilidad como «un destino peor que la muerte» […]. Pero, parafraseando a Dolores Hayden, la reorganización del trabajo reproductivo, y en consecuencia la reorganización de la estructura domiciliaria y del espacio público, no es una cuestión de identidad, sino laboral y, podríamos añadir, de poder y seguridad.31

Silvia Federici está en lo correcto: consideramos esta posibilidad peor que la muerte. Y su respuesta a esta objeción, para la que cita a Dolores Hayden de forma bastante caprichosa, no apunta al quid del asunto: la cuestión del trabajo es una cuestión de identidad.32 Aunque puede que en la crisis no tengamos más opción que autoorganizar estas actividades reproductivas, y aunque, más probablemente, la reproducción abyecta será finalmente impuesta a las mujeres, debemos luchar contra este proceso que refuerza el género. Debemos tratarlo como lo que es: una autoorganización de lo abyecto, de lo que nadie más quiere hacer.

Aquí es importante decir que, aunque las actividades IMM no asalariadas y lo abyecto puedan referirse a las mismas actividades concretas, estos dos conceptos deben ser diferenciados. De hecho, la categoría de lo abyecto se refiere específicamente a las actividades que se volvieron asalariadas en algún momento, pero que están en proceso de retornar a la esfera IMM no asalariada, puesto que se han vuelto demasiado costosas para el Estado o el capital. Mientras que el concepto de IMM es una categoría puramente estructural, independiente de cualquier dinámica, el concepto de abyecto comprende las especificidades de estas actividades y el proceso de su asignación en el periodo actual. Cabe decir que, aunque muchas de nuestras madres y abuelas fueron atrapadas por la esfera de las actividades IMM, el problema que enfrentamos hoy es diferente. No es que tengamos que «volver a la cocina», aunque solo sea porque no podamos permitírnoslo. Nuestro destino, más bien, es tener que lidiar con lo abyecto. A diferencia de las actividades IMM del pasado, este abyecto en gran medida ya ha sido desnaturalizado. No aparece como un desafortunado destino natural para aquellas que lo realizan, sino más bien como una carga extra que soportar junto a la del trabajo asalariado.33 Tener que lidiar con él es hoy el lado oscuro del género y esto nos ayuda a verlo como lo que es: un poderoso constreñimiento.34

De hecho, este proceso de desnaturalización crea la posibilidad de que el género aparezca como una coerción externa. Esto no quiere decir que la restricción del género sea menos poderosa que antes, sino que ahora puede verse como un imperativo, es decir, como algo que proviene de fuera de uno mismo y que puede abolirse.

Un último pensamiento a modo de conclusión: si es cierto que el momento actual nos permite ver nuestra pertenencia de clase y de género como restricciones externas, esto no es puramente accidental. ¿O puede serlo? Esta pregunta es fundamental para comprender la lucha que lleva a la abolición del género, o lo que es lo mismo, la lucha que lleva a individuos no identificados con algún género a la reproducción de una vida en la que se han abolido todas las esferas separadas de la actividad humana.