Este número de Endnotes se ha hecho esperar. Su publicación se ha retrasado debido a experiencias y conversaciones que nos han obligado a aclarar nuestros análisis y, a veces, a reelaborarlos por completo. Muchos de los artículos de este número son el resultado de años de debate. Algunos artículos se han extendido tanto que hemos tenido que dividir el número en dos. Por lo tanto, Endnotes 4 se publicará no dentro de tres años, sino en los próximos seis meses. A modo de explicación del retraso, describimos aquí algunas de las cuestiones y dilemas que dieron origen a este número y al siguiente.
1. LAS NUEVAS LUCHAS
Los dos primeros números de Endnotes reclamaban un enfoque renovado de las luchas de nuestro tiempo, sin el peso muerto de teorías anticuadas. Sin embargo, nosotros mismos ofrecimos poco análisis de las luchas. En parte, esto se debió a que el conflicto de clases estaba en un punto bajo en el momento en que escribíamos, y eso hacía que volar a la altura de la abstracción fuera más atractivo. Pero también fue porque no sabíamos lo que queríamos decir sobre las luchas en curso y pensamos que era mejor no fingir lo contrario. Comenzamos esta revista como un lugar para la elaboración cuidadosa de ideas. No queríamos apresurarnos a sacar conclusiones solo por estar a la última moda. Dicho esto, el entorno del que formamos parte —la llamada corriente comunizadora— sí ofreció un análisis que nos resultó atractivo.
Los participantes de dicha corriente observaron que, incluso en las luchas fabriles, el resurgimiento de una identidad obrera afirmable parecía estar descartado: los trabajadores se autoorganizaban, pero sin ilusiones sobre el potencial revolucionario de dicha autoorganización. Por ejemplo, en algunas fábricas —en Corea del Sur, en Francia, en Estados Unidos y en otros lugares— los trabajadores tomaron sus centros de trabajo no para dirigirlos por sí mismos, sino para exigir una mejor indemnización por despido. Mientras tanto, muchas luchas relacionadas con los estudiantes, los desempleados o las minorías racializadas estallaban fuera de los centros de trabajo sin interés alguno por reintegrarse en ellos. Los trabajadores de lo que antes eran bastiones de la fuerza de la clase obrera —la industria, la construcción, la minería y los servicios públicos— ya no podían ofrecer sus luchas como aglutinador de las necesidades de la clase en su conjunto. Las luchas por la «reproducción» suplantan a las de la «producción», aunque las primeras parezcan carecer del poder frente al capital que históricamente han tenido las segundas.
La corriente comunizadora también aportó el siguiente análisis de estas luchas. Parece que avanzan cojeando sobre dos patas. La primera pata es el límite de la lucha: actuar como clase significa no tener ningún horizonte fuera de la relación capital-trabajo. La segunda pata es la dinámica: la pertenencia de clase se vive entonces como una «restricción externa», como algo que hay que superar. En el movimiento antiglobalización, la dinámica de la lucha de clases se autonomizó de la lucha misma: el abandono de una posición de clase sirvió de base para atacar al capital. Se suponía que la crisis actual obligaría a las patas de la lucha de clases a caminar juntas. Se esperaba que las luchas volvieran a surgir dentro del lugar de trabajo, en torno a una demanda salarial estructuralmente «ilegítima».1 Las formas que habían caracterizado la lucha de clases desde la reestructuración —democratismo radical, activismo— debían ser superadas volviendo a lo esencial: el abandono de una posición de clase, enmarcada en el lugar de trabajo, iba a ser posible solo como la superación generalizada de la sociedad de clases.
Esto no fue lo que ocurrió. En su lugar, tuvimos la Primavera Árabe, los Indignados, Occupy y Taksim, así como un montón de disturbios. Como se comentará en El patrón de espera, en este número, estas luchas parecían más bien una transformación de los movimientos antiglobalización, amén de su extensión a una parte más amplia de la población. Esto no quiere decir que las recientes luchas hayan socavado la teoría de la comunización o que no vuelvan a surgir luchas dinámicas en el lugar de trabajo. Gran parte de estos movimientos confirmaron la perspectiva comunizadora: la intensificación de la lucha no estaba asociada al retorno de una identidad obrera. Como argumentamos, fue precisamente la indisponibilidad de una identidad constitutiva —en torno a la clase obrera o no— lo que estuvo en juego en la dinámica del movimiento de plazas.
A la luz de estas luchas, parece claro que no es este el momento de vanas consignas, sino de análisis cuidadosos. En Endnotes 1 y 2 intentamos desmantelar las dos trampas que se nos tendió a finales del siglo pasado: (1) desviarse del análisis de la dinámica de autodestrucción del capital para, así, poder centrarse en las luchas de clase que ocurren fuera del lugar de trabajo; (2) conservar el análisis de las tendencias de crisis, pero únicamente para enrocarse en la noción de que el movimiento obrero es la única forma verdaderamente revolucionaria de lucha de clases. Logramos evadir estas trampas, acumulando algunas escasas herramientas analíticas. Ahora es el momento de poner esas herramientas en funcionamiento para intentar comprender la nueva secuencia de luchas en su desarrollo. Debemos estar receptivos al presente —su tendencia a sorprendernos, a obligarnos a reconsiderar todas las verdades supuestamente fijas— sin dejar de ser intransigentes con la revolución como comunización: no habrá compromisos teóricos.
2. EXCEDENTES DE POBLACIÓN
En Endnotes 2 se destaca el papel de las poblaciones excedentes: poblaciones con tenues conexiones con el trabajo asalariado. Las poblaciones excedentes se han ido expandiendo debido a la disminución secular de la demanda de trabajo, que conlleva una reactivación de la contradicción de la sociedad capitalista. Esta forma social, basada en la centralidad del trabajo, con el tiempo mina dicha centralidad. El crecimiento capitalista deshace así los términos de la relación en la que se basa: la producción de poblaciones excedentes junto al capital sobrante es el resultado final del proceso inmediato de producción.
Ello no significa, sin embargo, que la población excedente vaya a convertirse en un nuevo sujeto revolucionario; a la inversa, el crecimiento de esta población dinamita la consistencia del sujeto revolucionario como tal. Ya no es posible ver al capital como un modo de producción con futuro, que integra a más y más personas en él mediante el «desarrollo», es decir, la industrialización. Por el contrario, la clase obrera industrial se está reduciendo en casi todas partes. El movimiento obrero, que antes se organizaba en torno a la figura hegemónica del trabajador semicualificado, ya no puede dar consistencia a la clase. Tampoco ningún otro sujeto puede presentarse como portador de un futuro afirmable.
El crecimiento de la población excedente es precisamente la desintegración, la descomposición de la clase. Así, la población excedente no es afirmable no solo porque ocupa una posición de miseria subjetiva —o de abyección—, sino también porque está masivamente diferenciada en su interior. Más aún, su crecimiento es la creciente diferenciación de la clase en su conjunto. ¿Qué papel desempeñan hoy las poblaciones excedentes en las luchas? El artículo La marea creciente levanta todos los barcos, en este número, ofrece un estudio de caso del movimiento antiausteridad y los disturbios británicos de 2010-2011 e indaga en la aplicabilidad empírica de la categoría de «población excedente».
3. LA DISTINCIÓN DE GÉNERO
Desde la publicación de nuestro último número, apareció «La comunización y la abolición del género» en la antología La comunización y sus descontentos.2 Este texto fue el producto de un debate maduro con Théorie Communiste que, desde entonces, ha acabado pudriéndose.
En su intento de conciliar un enfoque feminista de doble sistema con su teoría previamente elaborada, TC se perdió en un debate consigo mismo sobre cuántas contradicciones hay en la sociedad moderna. Para nosotros, no tiene más sentido hablar de una contradicción entre los trabajadores y el capital que hablar de una entre los hombres y las mujeres. De hecho, la única «contradicción entre» es aquella con la que Marx comienza el volumen uno de El capital, a saber, la contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio.3 , p. 90, traducción de Nicholaus). Pero el término aquí es Gegensatz [oposición], en lugar de Widerspruch [contradicción]. No podemos encontrar ninguna referencia en la obra de Marx a una contradicción entre «capital y trabajo» o entre «capitalistas y trabajadores».] En última instancia, las relaciones sociales capitalistas son contradictorias porque se basan en el intercambio de valores equivalentes medidos por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción y, al mismo tiempo, debilitan esa base, ya que tienden a desplazar el trabajo humano del proceso de producción —lo que se expresa, paradójicamente, como exceso de trabajo para muchos y subempleo para otros—.
La economía es, pues, una actividad social que se basa en una contradicción lógica, que se despliega, en el tiempo, como falta de libertad, como imposibilidad práctica para los seres humanos de ser lo que deben ser: «la población trabajadora produce, por ende, tanto la acumulación de capital como los medios por los que ella misma se hace relativamente superflua, y lo hace en una medida siempre creciente».4 Esta contradicción da lugar a múltiples antagonismos dentro de las sociedades capitalistas, de los cuales el de clase es uno más. Existen otros en torno a la raza, el género, la sexualidad, la nación, el oficio, la fe religiosa, la condición de inmigrante, etc. Sería imposible pensar todos los antagonismos de la sociedad capitalista si el antagonismo y la contradicción no estuvieran claramente delimitados —de lo contrario, sería necesario idear una contradicción diferente para cada antagonismo—.
La cuestión es que los antagonismos sociales, en la sociedad capitalista, se articulan y rearticulan en relación con la lógica contradictoria del capital. Como demuestra La lógica del género, en este número, el género en las sociedades capitalistas se construye en torno a la distinción de esferas, una de las cuales llamamos «directamente mediada por el mercado» y la otra «indirectamente mediada por el mercado». Esta distinción no está separada de la sociedad de clases. Por el contrario, es fundamental para la producción de valor. El modo de producción capitalista no podría existir sin la susodicha distinción, que hasta ahora nunca ha sido definida con rigor. En este número nos dedicamos a una aclaración de conceptos, a comprender la base y la transformación de la relación de género en la sociedad capitalista. Esta aclaración nos permite entender mejor los procesos de desnaturalización del género —lo que Butler llama su «perturbación»—, así como la compleja dinámica, por un lado, de la deconstrucción en curso del género —la flexibilización de la heterosexualidad obligatoria, la posibilidad de afirmar las identidades de género queer y trans— y, por otro, la constante reimposición del género, especialmente a la luz de la reciente crisis y las medidas de austeridad.
4. IDENTIDADES NO CLASISTAS
Este interés por el género forma parte de un giro teórico más general. El movimiento obrero privilegió el antagonismo de clase por encima de todos los demás porque veía a la clase obrera como el futuro de la humanidad, una vez se liberara de su conexión con el capital. Se suponía que la afirmación de la identidad de clase era la única base posible para superar el capitalismo. En la medida en que los trabajadores se autoidentificaran con otras líneas, eso se consideraba una falsa conciencia que se oponía a una verdadera conciencia de clase. El efecto de esta orientación era a menudo enfatizar las luchas de ciertos trabajadores —blancos, hombres, ciudadanos— sobre otros dentro de la clase. Igualmente, eso empujaba las luchas de esos «otros» hacia cauces en los que acababan replicando la perspectiva productivista del movimiento obrero: las mujeres exigían que se reconociera como productivo su trabajo en el hogar a través del salario y las poblaciones antiguamente colonizadas emprendían, con el enorme peaje de sufrimiento humano que ello conllevaba, sus propios programas de industrialización pesada.
A pesar de todo esto, los participantes en el movimiento obrero esperaban que otras formas de identidad —la identidad no clasista— desaparecieran con el desarrollo de las fuerzas productivas. El movimiento describió las identidades no clasistas como remanentes atávicos de modos de producción anteriores. No había necesidad de considerarlas más que moribundas. Pero las relaciones sociales capitalistas no socavan necesariamente las formas de identidad no clasistas. Al revés, las relaciones sociales capitalistas transforman, o incluso modernizan, al menos, algunas de esas identidades. Romper con el movimiento obrero —reconocer que ya no hay una fracción de clase que pueda hegemonizar la clase— significa que es necesario rearticular la relación entre las identidades de clase y no-clase. La lógica del género es uno de los momentos de este esfuerzo teórico. El punto límite de la igualdad capitalista, de Chris Chen, que aparece en este número, conforma otro.
Es imperativo abandonar tres tesis del marxismo, elaboradas en el curso del movimiento obrero: (1) que el trabajo asalariado es el principal modo de supervivencia dentro de las sociedades capitalistas, en el que son integrados todos los proletarios a lo largo del tiempo; (2) que todos los trabajadores asalariados están a su vez integrados tendencialmente en procesos de trabajo industriales, o realmente subsumidos, que los homogeneizan y los agrupan como trabajador colectivo, y (3) que la conciencia de clase es, por tanto, la única conciencia verdadera o real de las situaciones de los proletarios en las sociedades capitalistas. Ninguna de estas tesis se ha mantenido históricamente.
Por un lado, muchas proletarias vivieron gran parte de su vida fuera de la relación capital-trabajo, languideciendo en el hogar como amas de casa. Por otro lado, en los centros de trabajo, el capital se beneficiaba del empleo de trabajadores que no eran, o no eran del todo, formalmente libres: esclavos, «nativos», indocumentados, mujeres. A lo largo del siglo XX, la raza siguió desempeñando un papel importante a la hora de determinar quién sería formalmente libre, quién conseguiría trabajo y, sobre todo, quién obtendría un «buen» trabajo cuando este estuviera disponible. Los procesos de racialización y abyección se han intensificado —aunque también se han transformado— durante este periodo de desintegración de la relación capital-trabajo, cuando muchos proletarios se encuentran excluidos, parcial o totalmente, de esta relación.
5. VISIONES ESTRATÉGICAS
En Logística, contralogística y la perspectiva comunista —otra de las entradas de este número—, Jasper Bernes sostiene que la reestructuración global de la producción capitalista de nuestros tiempos es la respuesta del capital a una situación en la que la mano de obra se ha vuelto sobreabundante: el capital aprovecha las enormes diferencias salariales en todo el mundo con el fin de reducir los costes y controlar los brotes de descontento laboral. Las cadenas de suministro existen en gran medida porque el capital las utiliza para arbitrar los mercados laborales. Por ello, la infraestructura logística no ofrece perspectivas de que aparezca un nuevo trabajador colectivo a escala mundial. Más bien, al fragmentar aún más a la clase obrera, tal posibilidad ha quedado desterrada. Bernes concluye así que las cadenas de suministro son objetos estratégicos de las luchas contemporáneas solo en la medida en que pueden ser interrumpidas.
El artículo de Bernes es en parte una respuesta a Alberto Toscano, que ha criticado a los «partidarios de la comunización» en varios artículos recientes. Les acusa de carecer de una orientación propiamente estratégica, es decir, de una orientación para hacer lo que «hay que hacer para preparar el tipo de sujetos que podrían pasar a la acción comunizadora».5 Para Toscano, hay mucho trabajo preparatorio que llevar a cabo: por ejemplo, aprender a leer la infraestructura logística no como algo a derribar, sino como un lugar de «soluciones anticapitalistas».6
Dado que la corriente comunizadora carece de una concepción positiva de cómo salir de la sociedad capitalista —es decir, que no sea la negación abstracta de esa sociedad—, Toscano la ha llamado «política intransitiva», y vincula esta perspectiva, sintomáticamente, a la falta de un pensamiento estratégico.7 Con esta etiqueta, Toscano elude dos ideas: una relativa a la transición de la revolución al comunismo —el «estado de transición»— y otra relativa a la transición de las luchas actuales a la revolución —«demandas de transición»—. Con respecto a esto último, es cierto que la revolución no caerá del cielo. No vendrá de ninguna parte y, de repente, estará en todos sitios. Si la revolución va a acontecer, lo hará solo en respuesta a los límites a los que se enfrentan las luchas reales en el curso de su desarrollo. La ruptura debe ser una ruptura producida. Esa es la posición «transitiva» que Endnotes ha planteado desde sus inicios.
Pero esta posición es precisamente la que rechaza Toscano. Porque Toscano no ve cómo es posible que la revolución emerja de los límites de las luchas actuales. No puede depositar «toda su confianza en un aprendizaje práctico que parece indiferente a los gigantescos obstáculos que se interponen en el camino de la negación del capital»; respecto a esa negación, «no se puede inventar sobre la marcha»; de nuevo, «el camino no se hace andando».8 Aparentemente, el camino tendrá que ser hecho por individuos que sean capaces, de alguna manera y por adelantado, de trazar el camino que los proletarios deben tomar. Aquí entramos en el astuto mundo de los estrategas.
En Espontaneidad, mediación, ruptura, en este número, intentamos repensar la relación entre lucha y revolución a través de una rearticulación de conceptos centrales de la historia de la teoría revolucionaria. Es necesario un enfoque abierto de la lucha que no sea descuidadamente despectivo ni ingenuamente afirmativo. La lucha de clases no es simplemente el lugar de una reacción espasmódica a las imposiciones del capital, sino el lugar donde se desarrollan las contradicciones del capitalismo de forma inmanente a la experiencia proletaria. Solo en el curso de la intensificación de las luchas pueden plantearse y responderse, de manera concreta, las cuestiones estratégicas de una época; solo aquí pueden tomar forma concreta las tácticas, las estrategias y las formas de organización, e incluso el significado del propio comunismo. Las estrategias surgen como respuestas a los límites específicos de una secuencia de luchas. No pueden ser impuestas desde el exterior.