Luchas en la era de crisis en Gran Bretaña
LUNES, 8 DE AGOSTO DE 2011
Deambulando en dirección norte por Mare Street, hacia el centro de Hackney, los helicópteros zumbaban en el aire, endureciendo aún más una atmósfera ya tensa por la humedad de agosto y rumores de disturbios.1 La carretera estaba peculiarmente desolada para ser hora punta de la tarde, desprovista del flujo de tráfico constante que suele avanzar penosamente de norte a sur a lo largo de esta arteria del centro de la ciudad. Se veían restos de algún episodio previo: papeleras desmanteladas, volcadas; basura desparramada, vidrios rotos brillando en el asfalto; probablemente de una confrontación con la policía. Unas cuantas personas vagaban curiosos, carentes de cualquier intencionalidad —turistas de los disturbios, así como otros lugareños—.Un grupo de niños, en su mayoría negros, se reunió con indiferencia alrededor de una casa de empeños donde se había partido una persiana y la ventana tras ella, haciendo un agujero lo suficientemente grande para que alguno de ellos pudiera pasar. Una «pandilla» tal vez, o simplemente unos oportunistas: ¿Estarían aquellas figuras ocasionales vigilando mientras un par robaban lo que podían? Algunos tenderos, preocupados por su propiedad, se arremolinaban por la calle; un poco más arriba, un puñado de policías con chaquetas fluorescentes.
Al acercarse a Narrow Way, la principal calle comercial del centro de Hackney, el humo se elevaba en el horizonte en dirección a los helicópteros, que parecían concentrarse un poco más al norte, alrededor de Clarence Road. A mitad de camino, la policía había colocado un cordón, impidiendo a los peatones aventurarse más. En la esquina, una pareja de negros se erguía con determinación mientras un blanco, borracho y canoso les gritaba con virulencia a la cara. Rodeando el cordón hacia Dalston Lane, un grupo de niños, con bufandas sobre el rostro al estilo black bloc, se desplazaban en bicicletas que llevaban lo que podrían ser pequeños bienes robados. Casi todos los negocios estaban cerrados. Una tienda en Amhurst Road tenía las persianas completamente cerradas, mientras a través de los huecos se veían tenuemente las formas de mujeres que miraban ávidamente las noticias, probablemente asustadas de salir, ya fuera por su propia seguridad o por la de la tienda. En Clapton Square una pareja anciana de afrocaribeños bromeaba alegremente con un equipo de noticias de la TV «Somos los padres... ¡Venid a entrevistarnos a nosotros!» Al entrar a la plaza, reliquia arquitectónica de la antigua burguesía de Hackney, se podía percibir flotando en el aire un humo acre. Las barricadas humeantes de contenedores yacían en la parte superior de la calle. En la esquina con Clarence Road un auto estaba en llamas.
Clarence Road termina en el flanco este de Pembury Estate, uno de los vecindarios más estigmatizados de Hackney, establecido así por decreto del Consejo del Condado de Londres durante las limpiezas de los barrios marginales de entreguerras, y ahora asociado en la prensa local con morbosas historias de guerras territoriales entre los «Pembury Boys» y otras bandas locales; así es el sentimental Hackney de los meses posteriores a los disturbios en Top Boy, la supuesta contraparte británica de The Wire. Durante finales de la década de 1980 y principios de 1990 las edificaciones vacías en Pembury fueron un imán para los okupas de la numerosa escena anarquista y activista de Hackney, quienes establecieron relaciones cordiales con los inquilinos de la propiedad. Fue en Clarence Road donde se estableció el Centro Colin Roach —que lleva el nombre de un joven negro asesinado a tiros en la conocida estación de policía de Stoke Newington en 1983— con el objetivo de denunciar cosas como las pruebas falsas y acusaciones injustas de la policía o el tráfico de drogas. El lugar fue desalojado de okupas en 1993, justo cuando se detuvo la despoblación del distrito, aunque quedaron suficientes pisos vacíos como para que bloques enteros acabaran abandonados. Después de una bajada gradual de las inversiones durante los sucesivos gobiernos Tory y los laboristas, Hackney Council vendió toda la propiedad prometiendo mejoras, a Peabody Trust, una asociación privada de viviendas con un paternalista historial de intervención en las residencias de pobres de Londres que se remonta a la época de Marx.2 La fama de Pembury por su «comportamiento antisocial» legitimó posteriormente la demolición de una gran parte de Pembury para dar paso a «Pembury Circus», un gran proyecto de regeneración que aspiraba a traer nuevos propietarios al vecindario. Además del crimen, Pembury tiene una reputación de comunidad muy unida; algo encarnado en las organizaciones de vecinos y, a veces, presencia notoria en los medios de comunicación locales. En días de verano como este, a veces se pueden escuchar acordes de dancehall y reggae en la hilera de pequeñas tiendas que se alinean en uno de los lados de Clarence Road.
En ese momento diversas multitudes de personas se arremolinaron en la calle, desde niños hasta jubilados; asiáticos, blancos, negros, etc. lo cual no es de sorprender, dada la demografía de la zona. En general había solo unos pocos más hombres que mujeres, pero el bloque más grande y activo era de hombres jóvenes, probablemente de entre los últimos años de la adolescencia y los treinta y tantos. Algo más abajo en la calle, un taxi negro abandonado con la puerta abierta, las ventanillas rotas y el parachoques trasero moviéndose; un local de transferencias de Western Union con las rotas persianas. Un hombre negro de mediana edad colocaba botellas robadas en el suelo para que la gente las cogiera, mientras gritaba de forma hilarante «¡bebidas gratis! ¡bebida gratis!» Dubitativos, uno por uno, el pequeño flujo de personas se coló a través de las contraventanas rotas, emergiendo de nuevo de ellas con sus pequeños trofeos: alcohol, patatas fritas Walkers. Blancos de aspecto desaliñado, quizás alcohólicos o sin hogar, simplemente aprovecharon la oportunidad; otros parecían querer ser parte de la diversión. Mientras tanto, un helicóptero de la policía sobrevolaba muy cerca, llenando el aire de tensión al observar la escena, pero no hizo nada. Una manada de periodistas con cámaras notoriamente grandes que vigilaban a quienes entraban en la tienda provocaban gritos «no hagáis fotos», «son jodidos federales»; tras ello una ebullición momentánea que los amenazaba con bastante razón con quitarles o romperles las cámaras. Pero los dejaron escapar, bajo un aluvión de maldiciones. Si hubieran sabido cómo el estado utilizaría esas imágenes posteriormente en su enjuiciamiento masivo…
En el lugar había un pequeño sentimiento de «banda», no era el simple materialismo oportunista de una «juventud salvaje»: la composición del grupo parecía ser una muestra representativa de la comunidad más allá del puñado de curiosos y periodistas. El saqueo fue superficial, un espectáculo secundario del evento principal, que consistía en mantener el área libre de policías. El ambiente era predominantemente jovial, la gente se deleitaba con la creación de una pequeña zona liberada que la policía parecía incapaz de sofocar. Mientras que el papel más «activo» tendía a ser desempeñado por los hombres más jóvenes, otros tuvieron una presencia más pasiva, incitando o dando argumentos a los mirones para que se unieran. Un anciano afrocaribeño se reía y gritaba bromas al otro lado de la calle en dirección a la tienda saqueada. Una dinámica de disturbios como esta clasifica a su propia multitud: los aterrorizados y los que la desaprueban en su mayoría abandonan la escena una vez que las cosas se encienden, a menos que tengan que quedarse para proteger sus casas o propiedades, dejando atrás solo a aquellos que quieren hacer, apoyar u observar los disturbios. Fue más arriba de Clarence Road, en la periferia del área de disturbios de Pembury y, después del pico de este disturbio local, que Pauline Pearce —la llamada a nivel nacional «heroína de Hackney»— pronunció su discurso:
Abajo la maldita quema de propiedades. No a la quema de tiendas de la gente que trabaja duro para iniciar su negocio. ¿Entendéis? La tienda de la pobre […] allá arriba, ella está trabajando duro para que su negocio funcione y vosotros queréis ir y quemarlo, ¿para qué? Para poder decir que estáis «en guerra» y qué sois mala gente. Estamos aquí por un maldito hombre al que dispararon en Tottenham, no se trata de divertirse en la carretera y destrozar el lugar. Hacedlo real, gente negra, hacedlo real. Estamos aquí por una causa, y si estamos por dicha causa, luchemos por la maldita causa. Me cabreáis mucho. Me avergüenza ser de Hackney porque no nos reunimos todos para luchar por una causa, sino que corremos a Foot Locker y robamos zapatos. Huye de aquí sucio ladrón.3
En la esquina contigua al café anarquista Pogo, una mujer angustiada yacía de espaldas en la calle, atendida por los transeúntes, incluidos algunos tipos vestidos de negro, presumiblemente de Pogo, que traían agua, tratando de mantener la calma a su alrededor. A lo largo de la calle había una batería de accidentes automovilísticos humeantes, alguno de ellos en las calles laterales. También habían quemado una moto y contenedores. Incongruentemente, entre las volutas de humo, dos sacerdotes vestidos con sus túnicas conversaban con algunos lugareños; asintiendo santamente con los ojos abatidos; un hombre negro mayor les comenta la necesidad de que finalmente los jóvenes negros se defiendan. Otros les describen sus miserables condiciones de vida, la imposibilidad de encontrar trabajo, el sentimiento de discriminación por parte de los «federales». Algunos grafitis rojos coreaban: «fuck da feds»; más arriba, «fuck Cameron». El nombre Mark Duggan y el asesinato policial de un negro estaba en algunos labios, pero no en todos; aun así, ese evento era claramente un símbolo. Los sacerdotes se limitaron a escuchar. Los escombros indicaban que allí había tenido lugar una batalla campal. Una fila de adolescentes, algunos con las arquetípicas sudaderas encapuchadas, en los escalones de la entrada de una casa adosada, bebiendo cerveza y comiendo patatas fritas, probablemente saqueadas de la tienda de conveniencia; arrojaron una espumosa lata de cerveza a un amigo.
De regreso en Clarence Road, un nuevo coche ardía de forma preocupante cerca de una casa. Los residentes se asomaban por las ventanas con un aspecto extrañamente tranquilo dada la situación. La noche caía gradualmente y las llamas se destacaban cada vez más en la oscuridad. La multitud se había alejado de los alrededores del coche, preocupada por una posible explosión. Un torrente de saqueadores seguía llevándose artículos de la tienda: cajas de cerveza, botellas de Lambrini... Nos enfrentamos a las llamas para correr calle arriba entre la multitud. Sin previo aviso, un joven negro nos dijo entusiasmado «¡Esto es! ¡Es la maldita revolución! ¡La gente retomando las calles!». Otro comparó de forma favorable los eventos con el movimiento estudiantil de noviembre de 2010: esto ha sido una «verdadera protesta». El propietario de una tienda de lana se quedó en la puerta, protegiendo su negocio, y el taxista cuyo vehículo había quedado medio destrozado intentó sacar lo que quedaba.
Después de un rato, el helicóptero de la policía voló a baja altura, como para intimidar a la multitud, pero los propios policías seguían estando ausentes, tal vez se complacían con limitar los disturbios a un área ya profundamente estigmatizada. El sonido de las sirenas y un paseo por el vecindario los descubrieron concentrados, inactivos, en Pembury Road, que atraviesan el lado oeste del área de conflicto. ¿Estaban reuniendo fuerzas, esperando un momento estratégico o simplemente observando desde lejos? Ahora, al final de Clarence Road, la multitud se encontró inquieta, intranquila por la larga ausencia de uno de sus principales compañeros de disturbios. «¡No hay policías!», gritó alguien, «¿¡dónde diablos está la policía!?». Mientras tanto, el helicóptero vibraba en el cielo, presumiblemente registrando todos nuestros rostros, ropa, posturas e interacciones que luego servirían para el análisis sistemático que condenaría a miles.
Es una perversidad que, en revueltas como esta, articuladas completamente en torno a expulsar a la policía de la zona, la consciente ausencia total de este protagonista, al tiempo que parece realizar el objetivo mismo de la revuelta, la priva de la dinámica que le permite desarrollarse. La policía, en este sentido, no es una fuerza externa de orden aplicada por el estado a unas masas ya amotinadas, sino una parte integral del motín: no es solo su bujía de encendido, actuando a través de la habitual muerte en manos de la policía de algún joven negro, sino también el socio permanente necesario de la multitud alborotada de la que el espacio debe ser liberado si esta liberación quiere significar algo; quien debe ser atacado como enemigo si la multitud se unifica; quien debe ser obligado a reconocer la agencia de un grupo habitualmente sometido. Sin confrontación directa por varias horas, el motín comenzaba a ceder. La gente parecía estar dispuesta a que la policía regresara, incluso quizás hasta el punto de autodestruirse. Un joven blanco con pintas de anarquista gritó «¡CALLE MARE!» repetidamente, haciendo un gesto a la multitud para que lo siguiera. Nos dejamos llevar por la corriente cruzando el límite del lugar, entrando en Narrow Way, con su mayor oferta de escaparates.
El número masivo de tropas que vimos evidentemente habían sido preparadas para satisfacer a la multitud, en respuesta a tal provocación. Casi de inmediato entró chirriando una furgoneta antidisturbios, lo que generó una ola de abucheos: «¡ASESINOS!». Algunos en la multitud estaban preparados y de inmediato soltaron una descarga bastante intensa de piedras, latas de cerveza, etc., que resonaron en la camioneta cuando pasó a toda velocidad. Una lata rebotó e impactó con fuerza en mi pecho, rociándome la frente con cerveza. Algunos de los hombres comenzaron a reunirse alrededor de un banco en Narrow Way, rompiendo sus ventanas. Un niño roció sin motivo aparente un extintor en la calle. Cuando entraron en el banco, una furgoneta antidisturbios aceleró entre la multitud, lo que obligó a esta a separarse hacia Pembury; a pesar de ello un ladrillo rompió una de sus ventanas mientras avanzaba. Los policías se acercaban ahora desde el sur con todo el equipo antidisturbios, desde el extremo inferior de Narrow Way. Al final de Clarence Road llegó un nuevo convoy de furgonetas antidisturbios. Una vez más la multitud estaba bien preparada y desató ráfagas de misiles. Uno voló directo a la cabeza de un conductor, rompiendo la ventana, pero sin llegar a atravesarla. Los niños arrojaron obstáculos frente a las camionetas, tratando de bloquear su camino, sin éxito. Cualquier cosa —las ramas de los árboles se arrancaron y fueron utilizadas para golpear los vehículos policiales—. En aquel momento un desafortunado autobús se detuvo detrás de las camionetas antidisturbios que bloqueaban Dalston Lane, con las ventanas delanteras ya agrietadas —señal de un incidente en otra parte de la ciudad— y se vio obligado a girar torpemente en la calle, para evitar otro disturbio que abarcaba su ruta original. La policía cargó. «¡Limpiad el área!» Corrimos, temiendo una encerrona.
Separados del grueso de la multitud, nos pusimos en marcha. El camino estaba despejado pero varias tiendas habían sido saqueadas: JD Sports, una elegante tienda de sándwiches, Ladbrokes. Una manada de amistosos borrachos nos abordó, una mujer ebria nos agarró y nos besó. «¡BOO!» le gritó a un hípster que pasaba, tenso por los acontecimientos: él huyó brincando antes de que ella lo lograra atrapar para declararle su amor y bañarlo de besos. ¿Se dirigirían al motín? Gente similar había estado presente entre la multitud: ¿Serían de los que se quedaban cuando las calles se despejaban de los manifestantes «respetables», tal vez, o estarían buscando oportunidades al amparo de los disturbios? Por las más o menos desiertas calles de Hackney solo encontramos borrachos y algunos tipos turcos, quizás ahí para proteger sus negocios, pasando el rato con la policía. En una tienda de kebabs le preguntamos a un policía si esto estaba sucediendo en más lugares aparte de Hackney. Él se río: «¿Estás bromeando amor? Está sucediendo literalmente en todas partes».
Estaban completamente abrumados. Las estructuras organizativas y de comunicación de la policía parecían haberse derrumbado en aquel mismo momento, excedidas por la gran cantidad de agentes siendo trasladados a la capital desde otras partes del país. Los oficiales se vieron rebajados a comunicarse horizontalmente entre sí, utilizando sus teléfonos móviles personales, mientras que los refuerzos no tenían equipo adecuado ni instrucciones sobre lo que debían hacer. Camden, Lewisham, Catford, Croydon, Kilburn, Peckham, Battersea, Balham, Barnet, Clapham Junction, Ealing, Barking, Enfield, Bromley, Chingford Mount, East Ham, Birmingham, Liverpool, Bristol, Nottingham, Woolwich y Bromwich estaban experimentando revueltas: estas se habían extendido lejos, mucho más allá de su punto de origen, mucho más allá incluso de la gran expansión metropolitana del Gran Londres —esto es algo que parece haberse perdido en la frecuente denominación de estos disturbios como los disturbios de «Londres» o «Tottenham»—. Eran disturbios ingleses: se detuvieron en la pequeña ciudad comercial de Gloucester, ante la frontera con Gales, y se extendieron hacia el norte hasta Manchester, pero evitando los confines más septentrionales del país y toda Escocia, quizás debido al clima húmedo del norte.4
¿POR QUÉ LOS DISTURBIOS?
Entonces, ¿quiénes eran estos alborotadores y por qué se sublevaron? En la revuelta de Pembury ya había presente cierto discurso explicativo y justificativo, pronunciado por los alborotadores y especialmente por los participantes más viejos y pasivos que estaban dispuestos a transmitírselo a cualquiera que quisiera escucharlo. Estas explicaciones no fueron la invención post festum de periodistas y sociólogos ansiosos por ubicar, desde cierta distancia, los eventos en sus propias narrativas preformadas o artilugios teóricos, ni las racionalizaciones retrospectivas de chavales que, en el impulso del momento, actuaron compulsivamente o llevados por la oportunidad de conseguir algo de botín. Eran parte orgánica del motín mismo, parte de su ambiente general, inmediatamente perceptible para cualquiera que estuviera presente. En cualquier caso, el saqueo fue un aspecto marginal y simbólico de la ola nacional de disturbios, convertido en un símbolo; de todos modos, hubo pocas oportunidades para saquear Pembury Estate, lo que descartaría la motivación de cierto «consumismo codicioso». Y la larga duración de los disturbios de Pembury, durante los cuales la multitud se mantuvo en gran parte inactiva y preguntándose qué hacer mientras la policía reunía sus fuerzas, dinamita cualquier apelación al «impulso» o a los caprichos de la irracionalidad de las masas. No, este motín nació conscientemente con sus propios argumentos y los mantuvo a lo largo de su conflicto con la policía. El asesinato de un joven negro, las malas condiciones, el desempleo, se dieron diversas explicaciones, aunque sin duda hubo personas que simplemente aprovecharon la oportunidad para pillar algo gratis. A pesar de existir varias causas, hay una única coherencia obvia en el conjunto de las explicaciones, las cuales describen un mundo urbano de privación condensada y de necesidad de rebelarse contra él. Además, una explicación en particular destacó por su frecuencia: el papel de la policía y la necesidad de los jóvenes de Pembury de defenderse contra el acoso sistemático ejemplificado en las detenciones y registros generalizados; se hacía necesario finalmente tomar posición y organizar una protesta real contra ese trato.
De forma contraria tanto a la negativa autoritaria de conceder cualquier agencia legítima a los sujetos amotinados, para así condenarlos como indignos de reconocimiento —y, por ende, dignos de un castigo ejemplar—, como a una inversión radical de los signos de esta lectura que interpreta los disturbios como un espacio lumpen de pura negatividad desprovisto de cualquier intención significativa —por temor a la mancha de la «política»—, aquí se estaba librando una lucha coherente, con un contenido definido y bastante transparente: insistir en el respeto por parte de la policía, forzar el reconocimiento de un sujeto donde la cotidianidad solo ve un abyecto. El propio motín de Pembury ya contaba con este contenido; las justificaciones verbalizadas en su medio simplemente aclaraban algo ya evidente. Este motín exigió la presencia de la policía como interlocutor inmediato para quien se había efectuado, en cuyo reconocimiento se insistía, cuya presencia y participación fue solicitada y con cuyo esfuerzo se constituyó.
La creciente ola de disturbios nacionales que se había desencadenado un par de días antes, tan solo a unas pocas millas al norte en el distrito adyacente —y las crecientes tensiones sociales de los años previos—, proporcionaron su amplio contexto coyuntural; una profunda historia de barrio despreciados y estigmatizados, más directamente a manos de su policía local. A las cuatro de la tarde, la policía había proporcionado una causa adicional: maltratar a dos jóvenes negros en una detención y organizar registros en el ayuntamiento de Hackney, a solo unos minutos a pie de Pembury Estate, en una área ya proclive a las revueltas y correspondientemente inundada con policías expectantes y equipados con los cascos del estilo de la OTAN. Los disturbios de Pembury fueron ante todo disturbios contra la policía. Sería una amarga experiencia para los involucrados que el resultado directo de tales disturbios —de sus fugaces rebeliones contra una policía irrespetuosa— fuera una escalada extrema de la lógica social del abyecto por los mismos, en la que serían representados como poco más que animales salvajes; sin embargo, mirando hacia atrás después de un año o dos, muchos de los que participaron de los mismos afirman la experiencia como algo que felizmente volverían a hacer.
MÁRGENES
Tal tipo de disturbios son habituales en las zonas desfavorecidas de Gran Bretaña, remontándose a la vigilancia policial del área que se desarrolló a partir de los disturbios del Carnaval de Notting Hill de 1976, el largo y caluroso verano que también nos trajo el punk. Desde fines de la década de 1960, la voz de Enoch Powell en el desierto había ayudado a establecer la agenda tanto del Frente Nacional renacido, como de una naciente nueva derecha dentro del Partido Conservador que, en respuesta a su derrota a manos de los mineros, eventualmente iría más allá del persistente nacionalismo del gobierno de Heath para encarnarse en una Dama de Hierro. Ahora, mientras un monetarismo latente, que emanaba del Instituto de Asuntos Económicos, se abría paso incluso en el gabinete gobernante de la «Gran Bretaña capitalista del Partido Laborista», y mientras las luchas del movimiento obrero alcanzaban su cima, la disputa por una reconfiguración de las relaciones de clase ya estaba en marcha en el espacio urbano, con la «raza» como mediación constituyendo su principal frente. Una fuerza policial metropolitana que había llegado a la conclusión de que los negros tenían más probabilidades de delinquir; una extrema derecha ansiosa por sacar provecho de esta revelación a través de actividades tan tradicionales como las provocativas marchas por los barrios minoritarios; comunidades urbanas cada vez más resistentes a tal acoso; una juventud punk rebelde que codiciaba las credenciales antiautoritarias de los rastas desenfrenados: estos vectores cohesionaron una nueva política del espacio en Gran Bretaña, centrada en la raza, pero no reducible a ella. En virtud de la «ley sus» —la Ley contra la vagancia de 1824—, la policía se centró cada vez más en los residentes de áreas «problemáticas» preidentificadas y preminentemente negras para realizar detenciones y registros rutinarios, pues el solo residir en esos lugares era ya suficiente como motivo de sospecha.
Definidos como espacios en los márgenes de la sociedad, inherentemente sin ley y necesitados de ser administrados bajo un régimen de «control social», estos barrios estigmatizados llegaron a representar los límites internos del estado capitalista reestructurado; estas promulgaciones de un estado de naturaleza desagradable y brutal, proporcionarían una justificación ejemplar para la consolidación del Leviatán. Bajo este régimen de cristalización, los residentes de tales lugares solo eran representables como señales de advertencia para el resto de la nación, la bolsa de sorpresas de los sujetos fallidos que constituyen lo que recientemente se conoce como la «Gran Bretaña rota»: los mendigos, los encapuchados, inmigrantes ilegales, madres solteras, gamberros, narcotraficantes, negros, huérfanos, pandilleros, etcétera. Sin embargo, nunca se trató de un «gueto» en un sentido que no fuese metafórico: la exclusión simbólica representada por la urbanización marginal no equivale a una exclusión literal de la economía o el Estado, y tales áreas siempre han mantenido cierta variedad en términos de etnias. Y si bien el desarrollo de estos lugares no puede separarse en última instancia de las lógicas globales generales, el caso británico debe diferenciarse de otros como Estados Unidos y Francia.5 Constituido por el encuentro de inmigrantes poscoloniales con los remanentes de una clase trabajadora «indígena» en un entorno arquitectónico formado por los restos deteriorados de la política socialdemócrata de posguerra de vivienda, el barrio urbano pobre en Gran Bretaña comparte ciertas características con el caso francés. Pero en Gran Bretaña esta situación nunca estuvo relegada a la periferia de la ciudad, más bien ha solido llenar los espacios dejados por (1) la limpieza del periodo de entre guerras de los barrios marginales del centro de la ciudad, (2) la destrucción de grandes áreas habitadas por la clase trabajadora a causa del bombardeo —que dejó considerables lugares de Londres con bombas hasta la década de 1970— y (3) la «fuga blanca» de la posguerra hacia las urbanizaciones residenciales. Debido a estos factores, la población de Londres estuvo en declive durante la mayor parte del siglo XX después del apogeo de los barrios marginales victorianos; una tendencia que solo se invirtió en la década de 1990.
Las conexiones intraurbanas y la «fuga blanca» invitan a la comparación con el gueto estadounidense, pero este último cuenta con un aspecto estructural mucho más pronunciado, propio de una sociedad forjada directamente en la esclavitud de las plantaciones, en lugar de sacar provecho de esta última desde la distancia mientras se juzgaba moralmente cuando convenía. El «negro» como etnia declarada es, por supuesto, bastante más frecuente porcentualmente en la población de los Estados Unidos, siendo además el gueto estadounidense un área urbana expansiva, mucho más grande que los bloques y urbanizaciones marginales de las ciudades británicas, y tratándose en cierto modo de un mundo en sí mismo.6
En Gran Bretaña, aunque estos lugares condensan, por supuesto, el desempleo y otras «disfunciones» sociales en relación con las demás zonas de la geografía urbana, los residentes suelen continuar sus existencias como trabajadores, consumidores o estudiantes en otros lugares, más allá de los límites de estas áreas meramente residenciales. El Estado tampoco se desvincula de esos espacios, penetrando en ellos con sus propias instituciones: servicios a la juventud, trabajadores sociales, unos u otros esquemas de mediación vecinal. Cuando el Estado postula tales lugares como sus propios límites internos, es importante no tomarlo literalmente, ya que, si bien estos desarrollos refuerzan la privación real a largo plazo, la dimensión más destacada en la que se produce esta exclusión es bajo la lógica social del desprecio experimentada ante todo en su encuentro con el brazo represor del Estado. A esto le sigue: la victimización mediatizada de los residentes, una cadena interminable de aspirantes a miembros del gabinete que fingen una profunda preocupación, la creación de conceptos de think tank, escándalos criptorracistas sobre una subclase parasitaria e irresponsable.
ANTIPOLICIA
Ante esta dinámica, los vecinos no siempre se mantienen pasivos. De hecho, la imposición de tal vigilancia puede contribuir a la formación de la unidad negativa de una comunidad autoorganizada contra la policía: alguna «campaña de defensa» vecinal, por ejemplo, orientada en torno a la retribución por la muerte bajo custodia policial de un miembro de la comunidad o la indiferencia del Estado y los medios ante una u otra tragedia racista. Tales cosas han sido parte de una corriente persistente, a menudo oculta, en la vida de Londres a lo largo de las décadas de reestructuración capitalista, décadas en las que los cientos de muertes bajo custodia policial, por lo general de negros, no han resultado en ni un solo oficial condenado. Aunque normalmente choca contra la impasibilidad del Estado, este tipo de autoorganización comunitaria rara vez se convierte en una ola de disturbios en toda regla, pues nunca es condición suficiente por sí sola. No obstante, proporciona una medida social compacta de material altamente combustible que, dado un clima más amplio de tensión social, corre el riesgo de incendiar el país. 1981, 1985, 2011: los principales disturbios de todos estos años han encontrado sus causas inmediatas en las muertes, reales o percibidas, de personas negras a manos de la policía, en áreas marginales.7 Durante este período, solo el motín de Poll Tax destaca como un ejemplo nacional importante de una revuelta en la que estaba en juego una lógica fundacional diferente: la de la manifestación convencional del centro de Londres, que desemboca en la violencia de la multitud.
Y en cierto sentido, tales disturbios funcionan. Como nos dijo un residente de Broadwater Farm: la nación recordará por mucho tiempo el nombre de Cynthia Jarrett, cuya muerte durante una redada policial en su casa desencadenó el motín de Tottenham de 1985, en el que los policías que asistieron obtuvieron lo que el Parlamentario izquierdista local Bernie Grant describió como «una buena paliza», incluyendo aquí la paliza mortal al policía Keith Blakelock; «y seguro que se recuerda a Mark Duggan». Pero Joy Gardner, quien murió asfixiada cuando dos policías y un funcionario de inmigración le envolvieron la cabeza con cinta quirúrgica; Roger Sylvester, un hombre mentalmente enfermo al que mantuvieron en una posición restrictiva que indujo daño cerebral y paro cardíaco; Colin Roach, quien murió a causa de una herida de bala en la entrada de la estación de policía de Stoke Newington... estas personas entran en el canon de los mártires para un género menor de campaña comunitaria monotema y a largo plazo, que han dejado una impresión leve y poco duradera en el país.8 Tales campañas chocan contra un muro de silencio, obstrucción e intimidación, así como le hacen frente a un panorama mediático que generalmente se ha inclinado en su contra a través de unas apresuradas primeras declaraciones de la policía que proporcionaban un marco conveniente para los discursos posteriores: los fallecidos eran gánsteres/traficantes de drogas/locos, o habían agredido a un policía. Deslegitimados de antemano, luego tienden a ser empujados hacia una posición de perdón, donde la víctima debe ser pintada como un «ángel», un «pacificador», etc., mientras que la policía simplemente está realizando su trabajo. El único tipo de «justicia» posible en tales circunstancias es obviamente retributiva y con un cierre completo de los órganos generadores de legitimidad del Estado; el lugar lógico para dicho juego retributivo es una confrontación pública con la policía en la que la presencia de una multitud pueda generar un impulso que no se permiten los activistas individuales y ordenados. Donald Douglas, cuyo hermano Brian fue asesinado a golpes por dos policías durante una marcha nocturna, lamentó sus esfuerzos por calmar una situación de disturbios cuando las tensiones aumentaron entre la sufriente multitud y los policías asistentes:
En retrospectiva, puesto que no has llegado al fin que deseabas, piensas «bueno, me pregunto, si no fui tan disciplinado y organizado y simplemente permití que la gente fuera y reventara la situación...». En retrospectiva, es probable que eso fuera lo mejor que se podría haber logrado, al menos habría sido un día memorable. Y alguna propiedad o lo que fuera hubiera sido destruida y eso hubiese representado la muerte de Brian…9
Cuando un incidente similar unos meses más tarde —la muerte de Wayne Douglas (no tienen relación)—, estalló en los disturbios de Brixton de 1995, Donald pensó que este probablemente era el resultado más apropiado:
Obviamente, condujo a una catástrofe en términos de locales y coches rotos, pero claramente transmitió el mensaje [...] porque, en cierto sentido, ninguna de nuestras manifestaciones llegó a la primera plana del periódico hasta ese momento, por lo que casi parece que, si quieres que te escuchen, tienes que ir y romper o quemar algo.
Probablemente no sea una coincidencia que la muerte de Wayne Douglas, un residente de Brixton, precipitase una revuelta y la de Brian Douglas no. El precedente de un historial local de disturbios activos en la memoria de los residentes o su persistencia en el folclore local, sumado a una historia de identificación de la comunidad contra la policía, parece desempeñar un papel importante en la precipitación de disturbios en ciertos lugares. Por lo tanto, un conjunto particular de nombres se repite en la historia de los disturbios neoliberales: Brixton, Broadwater Farm, Handsworth.
Las relaciones raciales británicas han cambiado significativamente durante las décadas de reestructuración capitalista, erosionando tendencialmente el estatus del negro como lo que podríamos llamar el «principal abyecto» del Estado neoliberal —el temido inmigrante, los «negritos de gran sonrisa», el asaltante, el yardie o el rudeboy— a favor de un conjunto de figuras más difusas y menos explícitamente racializadas solicitantes de asilo: la madre soltera, el chav,10 los encapuchados, los defraudadores de subvenciones. Las segundas y terceras generaciones han crecido menos problemáticamente «británicas», mientras que la derecha ha recurrido a los islámicos y los cocos europeos para definir sus programas. No obstante, los barrios negros pobres de Londres han estado a la vanguardia de las lógicas de la abyección a través de las cuales ha surgido un Estado punitivo y, de hecho, sus luchas dentro de esta lógica están orgánicamente relacionadas con las transformaciones de la «raza» misma. Si el negro de finales de la década de 1970 y principios de la de 1980 fue, por decirlo crudamente, el prototipo de la «subclase salvaje» de hoy, el principal hilo conductor aquí no es la «raza» como un rasgo esencial, ni siquiera como una categoría sociológica estable y coherente, sino una lógica social de desprecio por la cual figuras específicas, asociadas principalmente con barrios urbanos pobres, se postulan como el concepto límite de la clase social reconocible, de la misma forma que el lumpen tradicional era el corolario negativo necesario para una identidad de clase trabajadora positiva. De esta forma, la revuelta entendida como una rebelión contra la policía no es sino el resultado y el momento constitutivo de esta lógica.
DISTURBIOS REESTRUCTURANTES
Antes de los comienzos de la reestructuración capitalista, a mediados y finales de la década de 1970, este tipo de disturbios comunitarios contra la policía no ocurría; su relativa frecuencia durante las últimas tres décadas, ocurriendo aproximadamente uno de cada seis años, es una característica notable de este período. Seguramente a causa del predominio de un sistema ordenado de negociación salarial sobre otras fuentes de antagonismo social, la revuelta como forma de lucha durante la era del movimiento obrero se había desvanecido en gran medida. Y donde surgieron conflictos en torno a las comunidades de inmigrantes, estos fueron de un carácter diferente, como los disturbios de Notting Hill de 1958, cuando los racistas de Teddy Boy atacaron las casas de los residentes de las Indias Occidentales. La década de 1970 fue una fase de transición en la que los temores de la policía a la militancia izquierdista y negra, así como las tensiones en torno a la cultura negra percibida como hedonista, subyació a un aumento de las tensiones en algunos barrios desfavorecidos del centro de la ciudad, mientras se desarrollaba la crisis social más amplia de esa época.
Los trabajadores inmigrantes de esa década entraron a un mercado laboral estructurado en torno a un movimiento obrero masculino, fuertemente corporativo y predominantemente blanco que se estaba encontrando con sus propios límites en la intersección del largo declive de la base manufacturera de Gran Bretaña y el comienzo de una recesión global de las manufacturas. Mientras que algunos trabajadores inmigrantes lucharon fuertemente por la sindicalización, como las huelguistas asiáticas en la famosa disputa de Grunwick, el movimiento laboral estaba predominantemente en otra parte, representando a otras personas y librando sus propias batallas finales. Por lo tanto, las demandas de tales trabajadores carecían de la integración sistémica por la cual los gobiernos se ven obligados, rutinariamente, a consultar a Jack Jones, secretario general del Sindicato General de Trabajadores del Transporte, en materia de política. Y cuando llegó el desempleo, por supuesto tendió a afectar más a estos trabajadores.
Al mismo tiempo, la proliferación de militancias, rastas, black power y otras identidades afirmativas —y elementos de una cierta actitud de «rechazo al trabajo»— proporcionaron formas para la expresión de una cultura antagónica, particularmente para los jóvenes.11 Fue en este contexto que la policía pasó a actualizar las evaluaciones anteriores sobre los negros como un grupo de baja criminalidad y comenzó a mostrar frustración hacia un discurso antipolicial militante que se había desarrollado en relación orgánica con una serie de disturbios menores, redadas y represiones desde principios de la década de 1970. Un punto de inflexión aquí fue el disturbio del carnaval de Notting Hill de 1976, en el que más de 100 oficiales fueron hospitalizados tras el estallido de un conflicto entre la policía y los asistentes al carnaval cuando un grupo de jóvenes negros intentaron apresar a un presunto carterista. Los punks blancos de la zona —Notting Hill todavía estaba asociado en ese momento con un cierto medio radical y okupa— se apuntaron a la escena, movidos por las credenciales antiautoritarias de la juventud negra: un encuentro famoso reflejado en «White Riot», de The Clash. A partir de entonces, la policía estableció una «política de contención» en los vecindarios negros en áreas como Brixton y Hackney, dirigida en particular a los jóvenes, con el fin de detener y registrar bajo la Ley Sus, enviando a estas áreas unidades especializadas como el notorio Grupo de Patrulla Especial.12 Como actor político, la Policía Metropolitana encontró en el énfasis de la criminalidad negra una herramienta efectiva para mejorar su legitimidad entre la población en general.13 Y fue en este período cuando el término «mugging» [atraco] se empezó a utilizar,14 identificando, en particular, el crimen callejero negro: un concepto que desempeñaría un papel clave para la justificación de una creciente experimentación con estilos punitivos de vigilancia que no habían sido utilizados previamente por la policía británica fuera de Irlanda del Norte —campo de pruebas perenne para los mecanismos de represión del estado británico— Todo esto fue un contexto conveniente para un Frente Nacional en ascenso, que ofrecía un mensaje neonazi que sustituía a los judíos del este de Londres de los 30 por los afrocaribeños y asiáticos en la década de 1970. Los conflictos resultantes con los antifascistas —emergentes de las escenas punk, estudiantil y trotskista del momento— y las comunidades negras y asiáticas, cuando el Frente Nacional marchaban por sus barrios, proporcionaron un pretexto adicional para una fuerte intervención policial en barrios que se hundían en el más profundo desprecio a medida que se intensificaba la crisis social de finales de la década de 1970.15
El invierno del descontento de 1979 y la incapacidad del gobierno laborista de Callaghan para comenzar en serio la reestructuración capitalista que se había establecido en su lugar llevaron al poder a una nueva derecha Tory con un programa de restricción monetaria contra la inflación. El desempleo, que aumentó durante la década de los 70, ahora se disparó, socavando el poder de negociación de un movimiento obrero ya asediado, al mismo tiempo que reforzaba aún más el estatus marginal de algunas comunidades urbanas. Los disturbios de 1980 en St Paul's, Bristol, demostraron a las autoridades que no solo las comunidades negras más problemáticas de Londres podían constituir una amenaza, y —anticipándose a los comentarios racistas del historiador David Starkey tres décadas después— que incluso los blancos podían ser igual de perjudiciales cuando se los exponía al ejemplo moralmente corrosivo de sus vecinos negros, ya que habían constituido al menos el 50% de la multitud.16 Al exponer las constelaciones de una supersticiosa cosmología del cobre, en la que el malestar urbano se emparejaba no solo con la negrura sino también con la militancia izquierdista de la década de 1970, algunos policías parecieron leer la aparición de Tariq Ali en Bristol poco antes de la revuelta como una evidencia de que debían haber sido obra de ese eterno agente de perturbación social: el agitador externo.
Pero la verdadera explosión de la época llegaría un año después, a principios de 1981, cuando trece adolescentes negros murieron en un inexplicable incendio en una casa en Deptford, al sureste de Londres, y muchos sospecharon que se trataba de un ataque fascista. La indiferencia del Estado y de los medios provocó una manifestación en el centro de Londres encabezada por el colectivo Race Today, el 2 de marzo, en la que la policía sufrió una sangrienta derrota cuando intentó intervenir. Poco después, tal vez dolida por estos hechos, la Policía Metropolitana lanzó la «Operación Pantano 81»,17 una estrategia de vigilancia masiva que envió a un gran número de oficiales del Grupo de Patrulla Especial vestidos de paisano al área alrededor de Railton Road en Brixton, conocida como una especie de zona semiliberada, sin ley, en la que la policía a menudo se mostraba reacia a operar, lo que hacía de la delincuencia de bajo nivel como la venta callejera de marihuana más viable.
Al igual que en 2011, esta escalada de detenciones y registros aumentó las tensiones en la zona. Tras ello, cuando una pelea en un salón de billar derivó en un apuñalamiento el viernes 10 de abril, y se sospechó que la policía del lugar había impedido que la víctima llegase al hospital, comenzó a desarrollarse una dinámica de disturbios, con intentos de intervención de la multitud y un aumento del número de efectivos de la policía. De la noche a la mañana, los rumores se extendieron, el incidente se transformó en un caso de muerte por brutalidad policial y se advirtió a la policía sobre los riesgos de incitar aún más a un vecindario ya inquieto. Pero, ansiosos por jugar su mano, decidieron seguir adelante con los registros. Al día siguiente, jóvenes de la clase trabajadora de los alrededores —tanto blancos como negros— acudieron en masa a Brixton, anticipando un poco de emoción. El segundo punto desencadenante vino con la detención y registro de un taxista en Railton Road, en la cual se afirmó haber visto a policías de incógnito con insignias del Frente Nacional. Durante las horas siguientes se produjo la peor ola de disturbios civiles vista en Gran Bretaña en al menos un siglo, cuando los saqueos y los incendios provocados se extendieron por toda el área de Brixton y la policía perdió por completo el control de las calles bajo una lluvia de ladrillos y cócteles molotov contra los cuales estaban mal defendidos, dada la falta en ese momento de equipos antidisturbios.
De hecho, fueron los disturbios de Brixton de 1981 y el «verano de los mil julios» que le siguieron —reverberaciones que se escucharon en todo el país hasta finales de julio, con otro pico importante en Toxteth, Liverpool, también provocado por detenciones y registros racializados— lo que realmente cristalizó un nuevo enfoque de la vigilancia. Los amigables bobbies de la comunidad ciclista de antaño fueron reemplazados por algo parecido a un ejército medieval: soldados de infantería con cascos y escudos equipados con garrotes de mano para romper cráneos proletarios, además de una caballería de oficiales montados capaces de moverse a gran velocidad y atacar desde arriba, así como la amenaza siempre presente de CS gas, cañones de agua o balas de plástico, por si no fuera suficiente. Esta configuración represiva, iniciada por el ejército de ocupación en Irlanda del Norte, ahora se importó a la Gran Bretaña continental para lidiar con los propios enemigos internos. Y vería sus primeros despliegues completos con la ruptura de los últimos reductos del movimiento obrero: los mineros en la Batalla de Orgreave en 1984 y los tipógrafos en Wapping en 1986-1987. Al mismo tiempo, la Ley Sus fue derogada —ya que se percibía ampliamente como un factor que contribuyó a la generación de disturbios— apenas un mes después del final de la ola de disturbios, mientras que el Informe Scarman, encargado a propósito de los disturbios, encontró errores en la vigilancia de los barrios negros y contribuyó a una reconfiguración burocrática de la policía en la que la preservación de una imagen de neutralidad racial sería una prioridad. Si bien los principales medios de comunicación continuaron desplegando un discurso deshumanizador sobre estos vecindarios como sumideros sociales rebosantes de criminalidad desenfrenada y asocial —una especie de «corazón de las tinieblas» en medio de la ciudad—, estos siguieron siendo el hogar de múltiples culturas de militancia, mezclando el nacionalismo negro, el rastafarismo y variados izquierdismos en una cultura de defensa del barrio.
En los gobiernos locales del momento, especialmente en Londres, habían ingresado diversos izquierdistas que se propusieron promover varias políticas antirracistas y de discriminación positiva, alentando el flujo de trabajadores negros hacia las instituciones estatales. En respuesta, se desarrolló una variante neoliberal de antirracismo que se posicionaba contra el color de la piel como marcador de identidad, contra los tratos especiales a grupos particulares, en lugar de como individuos que maximizan la utilidad. Así fue como el gobierno de Thatcher hizo su campaña para la reelección, durante el apogeo del patrioterismo nacionalista después de la Guerra de las Malvinas, alardeando de desechar la Ley Sus y argumentando que si «los laboristas dicen que usted es negro, los conservadores dicen que es británico». El antirracismo, ya fuese de uno u otro tipo, se había convertido en una cuestión de política estatal, sin importar cuán intolerantes fueran Thatcher y los de su calaña como individuos. Luego, a medida que avanzaba la década de 1980, con la presión por un programa más positivo en comparación con el activismo espasmódico de los «alborotadores», una generación de negros de la izquierda reformista como Diane Abbot estableció puntos de apoyo en un Partido Laborista que comenzaba a experimentar una reestructuración interna más allá del ámbito del movimiento obrero.
Aunque durante este periodo la política antirracista estuviera en la agenda política, y ciertas identidades militantes abundasen en algunas de las comunidades que se amotinaron, esto no hizo que la ola de disturbios de 1981 en su conjunto fuese inmediatamente reducible a una demanda de los negros por convertirse en «proletarios normales».18 Es importante recordar que las comunidades negras fueron tanto en esta fecha como en 2011 solo los puntos de detonación de una ola de disturbios que atrajo a muchos otros; incluso los disturbios de Brixton no solo involucraron a la comunidad negra local. Y si bien la autoorganización de tales comunidades contra la policía expresa, por supuesto, una cierta demanda de ser tratados de otra manera, la norma inmediata era la de ser sujetos iguales ante la ley, es decir, eran directamente cuestiones de ciudadanía, no de pertenencia de clase.
Los problemas de marginalidad en el mercado laboral sin duda contribuyeron significativamente a las tensiones, y el papel represivo de la policía no puede, en última instancia, desligarse del imperativo social de mantener el orden sobre tales estratos marginales, pero es importante evitar el colapso de las mediaciones aquí que, en su distinción, constituyen la única estructura inteligible de tales eventos. Aunque ciertamente están relacionados —el sufragio universal masculino fue una de las principales demandas del movimiento obrero—, no existe una ley en la sociedad capitalista que equipare automáticamente al proletario normal con los plenos derechos del burgués. Y, aunque las encarnaciones culturales específicas de la política racial que persistieron en la Gran Bretaña de principios de la década de 1980 se han desvanecido, han persistido las mismas demandas, ya que la policía no ha dejado de acosar a los negros en la calle, de golpearlos hasta la muerte en las celdas ni de difamar sobre ellos cuando los conflictos se descontrolan. Las campañas por las muertes bajo custodia policial continúan, ahora con un corte generacional que deja entre paréntesis a los rastas y a una residual retorica «africana», junto a la cual las generaciones más jóvenes completamente «naturalizadas» expresan demandas similares en un lenguaje con más influencias del grime y el hip-hop; se trata de personas unificadas en un sentido negativo —a saber, la convicción de que el comportamiento policial no es justo—. Y en esta mezcla, el curioso asunto del tratamiento policial a las comunidades de «clase trabajadora» persiste como un elemento menor, de aquellos que aún intentan conjurar una solidaridad más amplia.
Si vamos a periodizar los disturbios urbanos de Gran Bretaña, la ruptura más clara no es entre una identidad negra positiva a principios de la década de 1980 y una supuesta negatividad que la siguió, sino entre un modelo de vigilancia más consensuado en la era del acuerdo de posguerra —una era en la que el compromiso de clase se encarnaba en una geografía urbana mucho menos polarizada— y el desarrollo orgánicamente entrelazado de un modelo más represivo con una creciente degradación de barrios urbanos particulares, a medida que se desmoronaban a partir de la década de 1970. En contraste con los azares que caracterizan los procesos de formación de identidades políticas, aquí apreciamos una medida clara para la periodización: los disturbios contra la policía que encontramos ejemplificados en 1981 y 2011 fueron una novedad cuando surgieron en la década de 1970, y han persistido desde entonces. La lógica que mueve estos desarrollos no se reduce a la raza, pero no es casual que los barrios negros estuvieran a la vanguardia: excluidos de un laborismo blanco corporativista que ya estaba en crisis a medida que la industria se debilitaba y el desempleo aumentaba, cualquiera que exigiera la entrada en ese movimiento solo podía dejarse llevar por la corriente de dicha crisis. Los trabajadores negros nunca llegarían a incorporarse sistemáticamente al movimiento obrero, pero la gente negra podría incorporarse formalmente a la única entidad con la que se enfrentaba cada vez más recurrentemente a medida que el movimiento obrero retrocedía: el Estado. Este ha sido el verdadero desarrollo de la «raza» desde la década de 1980 en adelante. Pero si bien esas son transformaciones importantes —particularmente en los esfuerzos institucionales para la necesidad de autorización para usar la fuerza—, la lógica social de la raza tiende a persistir en su afirmación a través de tales formalizaciones. Las ubicaciones estructurales de los barrios pobres dentro de la economía, y las construcciones simbólicas por las cuales negro = calle = crimen, persistieron. Las muertes de negros bajo custodia policial continuaron y vecindarios como Broadwater Farm siguieron siendo áreas marginales, lo suficientemente fuera del alcance de la policía como para que a veces conservaran un cierto sentido nominal de autonomía, haciéndolos, por ejemplo, lugares convenientes para el posicionamiento de las antenas de radio pirata que han jugado un papel tan importante en la proliferación de las culturas urbanas de Londres durante la reestructuración.
INSEGURIDAD
Mientras tanto, con la derrota total del movimiento obrero y un ritmo vertiginoso de desindustrialización que superó todo lo visto en otros lugares, la clase obrera tradicional que había sido un protagonista central de la sociedad británica desde la revolución industrial, con su propia cultura corporativista y conservadurismo peculiares, se encontró de frente con el abismo.19 Con gestos propios del populismo neoliberal y apelando a sus valores liberales, esta clase fue invitada a reconstruirse como una especie de cuasipequeña burguesía: comprendiendo a cada uno como un pequeño empresario, con su pequeño stock de capital y su pequeña participación en alguna catalaxia de futuro ideal. No solo la famosa liquidación de las viviendas municipales a precios ridículos, sino también el incentivo para adquirir acciones en las privatizaciones de los servicios públicos exestatales, el «Big Bang» de la apertura de la ciudad a los viejos vendedores ambulantes, que se harían ricos de la noche a la mañana con alguna especulación temeraria y acabarían convirtiéndose en «forrados» advenedizos, alardeando de dinero en los nuevos bares de cócteles a finales de los ochenta... Aquellos que no estaban en condiciones de dar el salto necesario —especialmente aquellos en las áreas del norte más industriales— se toparon con el desempleo a largo plazo, a menudo enmascarado como «incapacidad». Y así se quedaron: el desempleo en Reino Unido ni siquiera volvió al nivel de finales de la turbulenta década de 1970, plagada de crisis hasta el cierre del milenio, y desde entonces solo ha aumentado. Si los trabajadores tenían suerte, eran absorbidos por el floreciente sector estatal que sigue siendo, por mucho, el mayor empleador en Gran Bretaña hasta el presente, o eventualmente se abrían paso en uno u otro trabajo precario del sector servicios. Pero, de cualquier manera, de entonces en adelante ser «clase trabajadora» es una identidad cada vez más vaga y nostálgica, ligada al binarismo del sombrío norte contra el engreído sur y a las imágenes de color de rosa de Coronation Street de un mundo muerto, o considerándose algo a repudiar en favor de las afirmaciones simplistas de que «ahora todos somos de clase media». Incluso las apelaciones a un trabajo asalariado posindustrial genérico se convirtieron en una evidencia cada vez más tenue de una identidad de clase positiva, dada la omnipresencia de la forma-salario en la remuneración de todos, desde el director ejecutivo hasta el barrendero. Mientras que la clase, por supuesto, persistía como una lógica estructurante profunda —y la riqueza se polarizaba cada vez más—, la clase obrera británica se había deshecho por completo, y este empírico hecho de polarización se traducía cada vez con menos claridad en cualquier análisis sociológico, político, económico, o incluso sociocultural.
El destacado papel estructural del desempleo en esta era, mediando una tendencia global más amplia hacia la producción de una población excedente a través del posindustrialismo peculiarmente drástico de Gran Bretaña, contribuyó a una precarización generalizada del salario. Una vez dividido y derrotado el movimiento obrero, los derechos de los trabajadores se recortaron a nivel jurídico y político en favor de una flexibilización extrema. A medida que estos desarrollos repercutían en la economía, las distinciones aumentaron cada vez más entre aquellos que tenían éxito en navegar las mareas de un mercado laboral inseguro y aquellos que no. Así, un modo ambiguo y fundamentalmente relativo de distinción social sustituyó a la falsa ontología de la cultura de clase corporativista. En esta escala cambiante, todas las posiciones positivas se definen y estructuran frente a un otro negativo. Está el «nosotros» y están los que han fracasado, los que no se esfuerzan lo suficiente, los que son más vagos que el resto, los que parasitan al contribuyente colectivo, los que ni siquiera se preocupan por sus propios barrios. De este modo, hablamos de una lógica fractal por la cual los profesionales blancos —que se acercan al antirracismo— se comparan con los irresponsables chavs; blancos pobres contra el coco inmigrante; surasiáticos contra perezosos afrocaribeños; afrocaribeños contra somalíes, etc.
Contrariamente a las taxonomías seudosociológicas de los estereotipos mediáticos, el «menos que», el otro, nunca han llegado a constituir una «subclase» coherente, definible por su relación con los recibos de asistencia social, el desempleo, etc. De hecho, a lo largo de este período, la oposición entre asistencia social y trabajo se vio socavada por una proliferación de prestaciones sociales desligadas del desempleo, como las prestaciones por hijos a cargo, o las que dependen directamente del trabajo, como los créditos fiscales. Al mismo tiempo, el propio desempleo se ha redefinido como una rampa cada vez más empinada de regreso al mercado laboral. Los desarrollos recientes en «asistencia social» son solo la última extensión de esta lógica a más largo plazo. Por lo tanto, si bien el desempleo masivo fue la consecuencia directa de la restructuración thatcheriana cuando se demolieron industrias importantes, esto ha dado paso a un régimen de inseguridad en el que el desempleo estructural tiende a convertirse en desempleo friccional y el desempleo aparece como «búsqueda de empleo». Por otro lado, el empleo en sí mismo se ha vuelto cada vez más inestable como categoría, con un aumento del trabajo temporal, contratos a corto plazo y, más recientemente, el «contrato de cero horas», por el cual los empleados no tienen garantizado un número mínimo de horas de trabajo real, sino que simplemente deben esperar tener suerte de una semana a otra. En este sentido, las comparaciones de los niveles reales de empleo con los de la década de 1970 pueden ser engañosas, ya que la distinción trabajo/desempleo ha cambiado significativamente desde entonces. Si las cifras de desempleo siguen siendo altas en comparación con los años del acuerdo de posguerra, entre empleo y desempleo apenas hay distinción cualitativa hoy.
Por estas razones es importante no leer la tendencia a la precarización del salario como una necesidad que conduce a la constitución de una «sobrepoblación» nítidamente delimitable, identificada simplemente por la falta de empleo formal o residencia en alguna zona marginal: nunca fue «la población excedente» la que se instaló en las zonas urbanas pobres de Gran Bretaña, ni fue en ningún sentido sociológico inmediato una «población excedente» de desempleados la que desarrolló una propensión a los disturbios. De hecho, la mayoría de los alborotadores en 2011 parecieron haber sido estudiantes o empleados a tiempo completo, y aunque el desempleo sigue encontrándose, como es obvio, de forma más elevada en las áreas marginales en las que los disturbios tienden a generarse —y estaba aumentando significativamente en el período previo a los disturbios, pudiendo ser leído, quizás, como un factor contribuyente significativo—, se ha mantenido notablemente bajo en la Gran Bretaña hiperflexibilizada en comparación con otros países europeos.20
Mientras la ley general de acumulación capitalista produce una población excedente —dinámica central de esta época—, también debemos tener cuidado de no identificar estos desarrollos con una clase «precariada» claramente específica, ya que la erosión de la estabilidad del salario es algo socialmente general y no delimitable a una parte específica de la población: la inseguridad está en todas partes, solo que con diversos tipos y grados de intensidad. La producción de una población excedente responde a la profunda lógica interna de la relación del capital; sus formas de aparición están mediadas con demasiada complejidad como para ser fácilmente perceptibles «en la superficie de la sociedad» y como para ser equiparadas de forma simplista con el desempleo o la marginalidad
El que el «otro» sea identificado por una lógica social diferente no lo hace más ajeno. Con la precariedad generalizada y la erosión de la estabilidad de la forma-salario como el momento integrador central en la reproducción social, aquellos que navegan estas aguas turbulentas con menos éxito llegan a encarnar en sí mismos la inseguridad de todo el orden social. La seguridad de todos los demás se basa en una constante repetición de actos de distinción social que expulsan y estigmatizan a los menos exitosos. El estado de inseguridad que sustenta el conjunto social exige su gestión, su contención en áreas específicas; una perpetua puesta a salvo de la sociedad para el capital. En un perímetro cambiante pero constituyente, la policía se establece como momento integrador sustituto, definiendo la seguridad de todos los que están dentro frente a la inseguridad de los que quedan fuera; construyendo el consentimiento de los primeros con la fuerza sobre los segundos. La lógica social en juego aquí es lo que hemos estado llamando «abyección».21 Según esta lógica, los expulsados o abyectos no son literalmente exteriorizados, sino que permanecen en una relación interna, mutuamente constitutiva, con aquello que los expulsa. El Estado capitalista reestructurado se construye sobre sus abyectos y nunca puede expulsarlos por completo, porque la lógica de la abyección es un aspecto integral del régimen general de inseguridad laboral. En lugar de una regulación de la reproducción social mediante la negociación colectiva en torno a la relación salarial, a medida que se deshace esa integración recíproca de capital y trabajo, el orden social se mantiene cada vez más mediante una subordinación forzada de la sociedad al dominio del capital, en la forma de un aparato represivo hipertrofiado que se aplica constantemente a quienes fracasan. Aunque a un nivel muy general, tales distinciones estigmatizantes tienen una historia larga y obstinada —incluido el plan de Beveridge para el Estado de bienestar diseñado para excluir a un grupo de indignos subproletarios—, esto no es el regreso a una distinción victoriana de pobres merecedores e indignos, como suele afirmarse retóricamente. Lo que Beatrice Webb denominó en 1886 la «fuerza de marginación» fue una sacudida a los desordenados desde el rigor de la creciente industria productiva, con la que acabarían cayendo en pozos de empleo irregular y residiendo en los barrios marginales del este del Londres de la época.22 Ese mundo, por supuesto, hace ya mucho tiempo que no existe. Lo precario y lo irregular ya no son exclusivas de un residuo dejado por una creciente clase obrera industrial; a medida que esa clase disminuye, estos tienden a volverse universales. La lógica actual de la abyección, la nueva fuerza marginadora, es incomprensible si se abstrae de esta reestructuración más amplia de la relación de capital desde la década de 1970.
El barrio urbano marginal de este período es el lugar simbólico ejemplar para el juego de esta fuerza marginadora y el inmigrante negro su primer sujeto ejemplar, lo que antes llamamos el «principal abyecto» de la sociedad capitalista reestructurada. Pero esta lógica no se limita simplemente a distinciones de «raza». Durante las últimas tres décadas y media lo abyecto urbano ha mutado para abarcar una amplia gama de formas al tiempo que conserva un vínculo umbilical con las comunidades de inmigrantes de la década de 1970. De ahí el «chav», peculiar traducción de los nuevos residuos pobres de la clase obrera blanca después de su liquidación thatcheriana, como si esta se hubiese convertido en una raza.23 Los agitadores del centro urbano de finales de los 70 y principios de los 80 nunca fueron realmente un solo grupo monoétnico; incluso entonces, el significado de «raza» estaba menos dado por cualquier atributo biológico nocional que por el entorno urbano en sí mismo como un lugar de peligro y criminalidad, que exigía una ley y un orden más estrictos. Y había muchos blancos que querían amotinarse en Notting Hill, St Paul's, Brixton. Pero con el tiempo los significados de lo abyecto urbano han cambiado: el militante negro se ha perdido como figura de miedo, pero el joven delincuente huérfano permanece, al lado de la figura de la madre escandalosamente fértil. Al conjunto se ha añadido la imagen de Eden Lake del chav adolescente encapuchado, encorvado detrás de un pequeño perro agresivo, y la de la familia multigeneracional que vive del paro. Por la lógica social de la abyección, quienes caen en el régimen de inseguridad generalizada tienden a ser construidos como una u otra de estas figuras estigmatizantes, especialmente cuando su marginalidad está mediada a través de una configuración espacial específica, ligándolos a algún lugar notorio en la geografía urbana. Y como tales se encuentran directamente cara a cara con el lado más punitivo del Estado, dignos de sospecha en virtud de su vestimenta, su lugar de residencia, su aparente merodeo involuntario por lugares públicos…
Si bien las muertes bajo custodia policial siguen siendo una aflicción particularmente racializada, el acoso policial se da más ampliamente a los pobres. La incorporación incompleta de los negros al Estado británico desde la década de 1980 y la reconfiguración de la policía en torno a una mayor neutralidad burocrática ayudaron a descentrar la raza como punto desencadenante de disturbios sociales a gran escala. Lo más significativo quizás es que la eliminación de la Ley Sus y, por lo tanto, la pérdida de prioridad de las tácticas de detención y registro de principios de la década de 1980 erosionaron una de las principales bases del sentimiento común contra la policía, lo que tal vez explica de alguna manera por qué los disturbios contra la policía que siguieron a los frecuentes asesinatos de personas negras en 1991 y 1995 no se convirtieron en conflagraciones a mayor escala como las que se veían diez años antes. Pero con la irrupción de la legislación antiterrorista en la década de los 2000 hemos visto un regreso de la vigilancia policial generalizada al estilo de la Ley Sus, aunque esta vez eliminando la necesidad de una «sospecha razonable».24 Una vez más, los habitantes de barrios urbanos pobres han estado sujetos a niveles cada vez mayores de detenciones y registros rutinarios respaldados por una legislación aparentemente destinada a algo completamente diferente. Si bien, en este contexto, el musulmán ha llegado a ser identificado como la principal figura de sospecha racializada25 —junto con el inmigrante de raza no especificada—, la legislación antiterrorista se ha utilizado también para la persecución de negros, chavs, viajeros, activistas, etc. De la misma forma, otras legislaciones como la introducción de la ASBO (Orden de Comportamiento Antisocial) han ayudado a criminalizar al proletariado urbano —típicamente identificado en sus encarnaciones más disruptivas y juveniles—.
Por supuesto, la lógica social en juego nunca es meramente unilateral. El Estado no decide simplemente castigar a los pobres, sino que desarrolla sus tácticas en relación orgánica con las prácticas de las comunidades en cuestión, así como con dinámicas sociales más amplias. Sin duda, ciertos modos de criminalidad y actividad del mercado negro se vuelven más pronunciados en estas áreas a medida que disminuyen las perspectivas de una incorporación regulada y estable al mercado laboral y a la sociedad en general. Pero la relación es claramente asimétrica, lo que está en juego para la policía no son solo los problemas directos de orden público de barrios particulares, sino también su propia legitimidad para el capital, para el Estado y para una sociedad que en general es azuzada hacia niveles cada vez mayores de frenesí intolerante por parte de medios que bien saben vender sus historias. De hecho, al igual que el conteo de cadáveres de Vietnam, en los últimos años las detenciones y registros se han visto impulsadas por cuotas burocráticas en las que se espera que los agentes lleven a cabo un número específico de cacheos en un tiempo determinado, pero demostrando a su vez que no lo hacen basándose en ningún perfil racial, lo cual, por supuesto, es irrelevante si la zona en cuestión es predominantemente negra.
No obstante, mientras Gran Bretaña remaba en las aguas bajas del «bum de Clinton» y más allá, dicha artillería permaneció en su mayor parte inactiva y el lugar de los pocos disturbios que ocurrieron se desplazó a las comunidades musulmanas las cuales sufrieron una redistribución parcial de lo abyecto tras la era del 11-S. Por un tiempo las burbujas de activos, un sector de educación superior en constante expansión, las cualidades auráticas de la nueva tecnología y la mierda del «cool Britannia» proyectaron un futuro optimista en el que todos podrían esperar tener un papel, sin importar cuánto se viesen afectados por la deuda y la degradación. A medida que los aumentos salariales del acuerdo de la posguerra fueron quedando en el pasado y la riqueza siguió polarizándose, surgieron destellos de esperanza de otras áreas. El sector de la educación —que ya había crecido de manera espectacular a mediados del siglo XX generando cantidades cada vez mayores de trabajadores administrativos que llenaron el entorno comercial transformado de esa época— continuó ascendiendo y, a su vez, las oportunidades económicas reales desaparecieron. En lugar de las cualidades seudogremiales estables del viejo movimiento obrero, el mercado laboral del capitalismo reestructurado sería una meritocracia en la que se trataría simplemente de demostrar el valor individual de cada uno. Todo el mundo podría aspirar a ser, si no más rico que sus padres, al menos más formado. El brillo de las titulaciones ofrecería la apariencia de un ascenso de clase y acabaría de una vez por todas esos viejos y recalcitrantes resentimientos proletarios que dictaban que cada uno debía mantenerse en el lugar que le correspondía; que las palabras elegantes no eran para él; que las charlas interesantes y esa clase de cosas inútiles no eran nada en comparación con sus manos callosas y honestas. El Nuevo Laborismo adoptó como política el intento de atraer a la educación superior a aquellos que abandonaron la escuela, mientras se disponía a demoler las becas para estudiantes. Incluso aquellos jóvenes proletarios que no lograrían ingresar en el sistema universitario tendían a cursar alguna otra educación superior a los 16 años, a menudo respaldada por ayudas, con la esperanza de asegurarse un trabajo estable y bien remunerado, aspirando en última instancia a participar en la siempre creciente burbuja inmobiliaria.
Todo esto se esfumó con la crisis de 2008. Salvada del estallido total por uno u otro esfuerzo estatal, la burbuja inmobiliaria se quedó congelada en el aire, ya no presentándose como un fondo de pensiones sustitutivo, pero sí congelando a la mayoría de los aspirantes restantes. Cuando no se produjo el desplome total, solo se convirtió en una larga y lenta deflación. El binomio inflación de calificaciones-deflación salarial se mostró rápidamente como lo que era, a través de tarifas en aumento y perspectivas laborales que continuaban desvaneciéndose. Y, con la duplicación del desempleo casi de la noche a la mañana y una serie de medidas de austeridad que impactarían directamente en los niveles de vida, el «marginado urbano» se quedó sin perspectivas más allá de seguir siendo castigado por su propia situación mientras la policía intentaba mantener a raya a una sociedad dividida por crecientes tensiones. El horizonte general de empobrecimiento y decrecimiento del futuro en el que todo esto ha tenido lugar es el de diferenciaciones fractales en las que generalmente ha faltado una mayor solidaridad, cada uno buscando su pequeña balsa salvavidas y echando a patadas a los demás. Trayectorias distintas, pero convergentes en su caída, capaces a veces de unificarse negativamente en un fugaz movimiento de rabia en este descenso, solo para dispersarse nuevamente, cada uno en su particularidad. A pesar de esta negatividad y descomposición, estos fueron años en los que la marea, que llevaba retrocediendo durante mucho tiempo, cambió.
CAMBIO
Si bien las lógicas a largo plazo de la abyección nos ayudan a identificar los habituales puntos desencadenantes de los disturbios urbanos modernos en Gran Bretaña —con su enfoque en la policía, las detenciones y registros y sus inflexiones raciales—, no sirven para explicar la especificidad de la ola de disturbios de 2011 en su conjunto. El punto de ruptura antipolicial es solo eso, un punto de ruptura, pero más allá, la ola se desborda en una multitud de eventos y actores demasiado grandes y variados para ser legibles en los mismos términos. A esas alturas, nuestro objeto se convierte en un fenómeno nacional, que quema una gran parte de la Inglaterra urbana y provoca convulsiones en los principales órganos del estado capitalista. Es por ello que debemos plantearnos la cuestión de por qué una revuelta local convencional contra la policía puede precipitar una conflagración a tan gran escala en este momento en particular y no en otro. No cabe duda de que la respuesta general a esta pregunta se encuentra en las secuencias de lucha en los momentos de crisis, y que los disturbios de 2011 deben verse, en última instancia, como un momento en un resurgimiento global más amplio, un resurgimiento en el que la forma de los disturbios ha jugado un papel no precisamente pequeño. Pero mientras que el contexto unificador general para todas estas luchas es, por supuesto, el de la crisis económica, es difícil identificar con precisión cualquier articulación directa entre los disturbios de Inglaterra de 2011 y otras luchas a nivel mundial. Lo que está claro es que no fue casualidad que el rápido contagio de esta ola de disturbios se produjera en un país que ya hervía de luchas abiertas que se venían construyendo a través de años de crisis social. Estas luchas llegaron a un punto crítico en 2010-2011 solo para sentir su propia imposibilidad frente a un Estado que no aceptaría ninguna demanda, pero la proliferación de disturbios dentro de las manifestaciones estudiantiles y sindicales de ese período, y la composición cambiante en estos hacia sectores más jóvenes y proletarios, habían transformado el horizonte de posibilidad, estableciendo nuevos modos de excitación violenta y contestación como precedente inmediato. Si las comunidades del centro de la ciudad unidas contra la policía proporcionaron una medida compacta de material socialmente combustible, el constante calor de la época y la sequedad quebradiza de un terreno más amplio prepararon el escenario para que Tottenham se convirtiera en Inglaterra.
Las primeras chispas del malestar acumulado surgieron con una serie de huelgas, ocupaciones y marchas entre enero y noviembre de 2009. La refinería de petróleo Lindsey vio acciones salvajes que parecían un retroceso a una era anterior de la lucha de clases británica, cuando los trabajadores ocuparon el sitio en respuesta a que el nuevo contratista italiano IREM entregase un alto porcentaje de sus nuevos contratos a trabajadores italianos y portugueses. Estas huelgas llevaron rápidamente a acciones de solidaridad a nivel nacional —ilegales en el Reino Unido desde la Ley de Empleo de 1990— en otras refinerías de petróleo y, posteriormente, en centrales eléctricas. Aunque se crearon nuevos puestos de trabajo para apaciguar las demandas de una distribución del trabajo a partes iguales, los subcontratistas tuvieron que dar media vuelta y despedir a la mitad de estos trabajadores nuevamente en junio, lo que provocó una segunda ola. En marzo Ford Visteon fue declarada insolvente y puesta en suspensión de pagos, lo que resultó en el cierre de tres de sus fábricas. Alrededor de 610 trabajadores fueron despedidos al cierre de la jornada sin finiquito ni garantías de pensión. La ocupación de siete semanas de la fábrica de Belfast ganó un intenso apoyo de la comunidad cercana, donde vivían los trabajadores. Los trabajadores de Basildon destrozaron su lugar de trabajo —el cual no contenía maquinaria realmente valiosa— y luego realizaron un piquete de 24 horas. Los trabajadores de Visteon también ocuparon su centro en Enfield durante nueve días. Y, en octubre y noviembre, Royal Mail se declaró en huelga por la «modernización» del trabajo postal. Estas acciones fueron pequeñas, particularizadas y muy limitadas, pero coincidiendo con el inicio de una gran crisis y en un contexto histórico estéril, aparecieron como los primeros murmullos de un período de contestación que se aproximaba. Sin embargo, iban a resultar atípicas en relación con la ola que se avecinaba, en la que las luchas inmediatas de los trabajadores serían marginales: en la peculiar economía posindustrial de Gran Bretaña, incluso el problema de las luchas que rompen un «suelo de cristal» rara vez entra en la agenda.
Mientras tanto, las luchas en los campus universitarios localizadas y, en gran parte, independientes habían estado bullendo en segundo plano. Para algunas universidades los planes de reestructuración se habían establecido firmemente antes de que se materializara la crisis, a menudo por medio de sicarios externos cuyo fin único era realizar rápidamente recortes drásticos y reorganizaciones departamentales. Las tendencias hacia la privatización, la modernización y la subcontratación que se han acelerado en esta crisis ya avanzaban a buen ritmo en los años anteriores. Pero mientras estas condiciones generalizadas provocaron ondas de protestas entre 2007 y principios de 2009, los ataques de Israel en Gaza provocaron una ola nacional de ocupaciones universitarias. Aunque sin ninguna relación, estos fueron los precursores directos de las ocupaciones contra los recortes que siguieron. Los grupos anti recortes surgieron principalmente en la segunda mitad de 2009 cuando las cifras del Tesoro revelaron un recorte de 100 millones de libras esterlinas en la financiación de la educación prevista para el año siguiente, el primer recorte de este tipo desde la década de 1980. Los estudiantes respondieron rápidamente con contrademandas que eran tan imposibles como predecibles, la simple negación del anuncio en sí mismo: sin despidos, sin aumento en las tasas de matrícula, sin recortes de fondos, reducciones en el salario de los ejecutivos, garantía de libertad académica.26 Si bien la formulación de tales demandas en las condiciones actuales produce una reacción diferente, la brecha abierta por esta disonancia cognitiva en aquel momento permitió que el análisis comenzara a desarrollarse a través de una variedad de protestas, ocupaciones, acciones, grupos de discusión y textos colectivos. Era una brecha no solo entre cierto «realismo capitalista» y lo que este realismo descarta, sino entre nuestra capacidad para revisar a la baja las expectativas mantenidas durante mucho tiempo y la tasa de aceleración a la que las perspectivas realmente se estaban desvaneciendo: la lógica sistémica por la cual tanto el «no a los recortes» como el «graduado sin futuro» encuentran su acomodo en la agenda. Estas primeras luchas universitarias localizadas no comenzaron a partir de una identidad o programa positivo, estable y homogéneo. Además de pronunciar las impotentes súplicas de la antiausteridad y buscar la apariencia de los eslóganes de la década de 1960, se retomaron los mensajes desarrollados a través de los movimientos estudiantiles en Austria y Alemania, Nueva York y California: «No exijas nada, ocupa todo» y «No hay futuro».
DIENTES
En diciembre se produjo un cambio cuando el Nuevo Laborismo soltó una «navideña patada en los dientes», anunciando nuevos recortes de 135 millones de libras, esta vez específicamente para universidades, de forma adicional a los recortes generales por «eficiencia» de 600 millones de libras esterlinas a principios de ese mes. La embriaguez propia de la festividad entorpeció temporalmente la respuesta ante los primeros recortes en términos reales del gasto público por estudiante en décadas. Pero estas luchas pronto se intensificaron dentro de sus propios límites y comenzaron a desarrollarse ad hoc conexiones de solidaridad con otros campus. Sin embargo, a medida que se dejó a los departamentos individuales de cada universidad englobar y vincular de forma activa los recortes presupuestarios en sus propias agendas, los estudiantes permanecieron en gran medida atrapados en batallas locales y seccionales por despidos, recortes en la financiación sindical, erradicación de servicios y la aniquilación de los departamentos de humanidades no rentables. Uno a uno, los recortes golpean a las universidades de todo el país, dando como resultado una proliferación espontánea de actividades: gestos de solidaridad, jornadas de acción conjunta, carnavales, fiestas y encuentros. Para la primavera de 2010 ya se había producido una ola de ocupaciones, siendo la más destacada Middlesex, cuyo departamento de filosofía de tendencia izquierdista —uno de los pocos en el Reino Unido— fue amenazado con el cierre. Estas ocupaciones motivaron un mayor movimiento entre campus, pero con las ocupaciones también vinieron los daños a la propiedad y unos mayores niveles de represión. Cuando cincuenta estudiantes de Sussex ocuparon el edificio administrativo de la universidad, seis fueron expulsados por allanamiento y «mantener al personal como rehenes» en una protesta que terminó con la policía antidisturbios luchando contra los estudiantes en suelo universitario, mientras un vicerrector supervisaba la acción.
Las elecciones generales de mayo de 2010 fueron un importante punto de inflexión. Sin ningún partido político que lograra obtener el apoyo suficiente para ganar por completo, Gordon Brown —quien, a lo largo de su carrera en el Tesoro, había afirmado haber «puesto fin al auge y la caída»— renunció y el Reino Unido vio un gobierno de coalición de conservadores y demócratas liberales, la primera verdadera coalición desde la Segunda Guerra Mundial. Muchos estudiantes habían votado por los demócratas liberales de Nick Clegg según sus promesas preelectorales de no aumentar las tasas de matrícula, de lo que se retractaron casi al instante. El liderazgo Tory en medio de una severa crisis económica hizo resonar la era de Thatcher, pero esta vez con su pequeño y mentiroso aliado junto a ella, lo cual evocó sentimientos de mayor desprecio dentro del naciente movimiento estudiantil. La nueva coalición pronto publicó su revisión de gastos, fijando los presupuestos para cada departamento gubernamental hasta 2014-15, con el objetivo declarado de eliminar el déficit presupuestario estructural a través de recortes drásticos, en un horizonte móvil de cinco años. El vacío en la financiación de la educación debía llenarse mediante una importante reestructuración del sistema educativo: el Informe Browne, publicado al mismo tiempo, recomendaba eliminar el tope de las tasas de matrícula, las cuales deberían pagarse comprometiendo a los estudiantes universitarios con hacer frente a deudas del tamaño de una hipoteca.
Sin embargo, los latigazos repartidos por los Antiguos etonianos del gabinete gobernante no se limitaron a lo ya descrito. Como si le diera la bienvenida a un conflicto más amplio que no podía sino amenazar con surgir, el Estado asumió muchos otros temas simultáneamente con una serie de medidas de austeridad que afectaron a diversos estratos. Los drásticos recortes en el gasto público llevaron al surgimiento o removilización de múltiples grupos que cambiarían la dinámica de las luchas contra la austeridad. Antes de las elecciones, la campaña Save EMA, creada el año anterior, había hecho prometer a David Cameron que protegería la subvención de EMA.27 Incluso después de su elección, el secretario de Educación, Michael Gove, declaró oficialmente su compromiso con ella. No obstante, la Coalición anunció planes para recortar la financiación de EMA en un 90%. Se consideró innecesaria una votación parlamentaria debido a que se trataba de un gasto departamental en lugar de gubernamental, lo que indicaba para muchos que el gobierno ni siquiera los reconocía como sujetos. La campaña Save EMA realizó múltiples protestas en todo el Reino Unido en 2010 y luego comenzó a filtrarse en las manifestaciones centrales del movimiento estudiantil.
Al mismo tiempo, en Haringey —el distrito londinense donde se encuentra Tottenham— los residentes regresaron después de las vacaciones de verano para descubrir que ocho de los trece clubes juveniles habían cerrado misteriosamente. «Salvar los servicios juveniles de Haringey», un proyecto local de alrededor de 3000 miembros y de los cuales dos tercios eran jóvenes, se vio envuelto en una campaña larga y frustrante no solo para recuperar sus clubes juveniles, sino para descubrir en primera instancia qué es lo que les había sucedido realmente. El 10 de noviembre se vieron obligados a presentar una solicitud de libertad de información simplemente para obtener la confirmación de su cierre. Coincidentemente, el mismo día se produjo el acontecimiento que marcó la radicalización del movimiento antirrecortes. Aunque una parte de los movimientos antirrecortes universitarios y otros más generales habían cobrado un impulso creciente a lo largo de este período, el verdadero cambio cualitativo se produjo cuando el edificio que albergaba la sede de los conservadores en Millbank fue asaltado y ocupado por un grupo de estudiantes y jóvenes universitarios durante una manifestación estudiantil dirigida por un sindicato.
MILLBANK
Una semana antes David Willetts, Ministro de Estado de Universidades y Ciencia, había aceptado la Browne Review, pero estableció el límite de las tasas de matrícula en 9000 libras esterlinas, triplicándolas de la noche a la mañana. En respuesta, la Unión de Colegios Universitarios (UCU) y la Unión Nacional de Estudiantes (NUS) —ahora reconociendo las luchas estudiantiles espontáneas y, al menos, dotándolas de un marco nacional— convocaron una manifestación que atrajo a alrededor de 50.000 estudiantes universitarios de nivel A y de educación superior, así como a profesores y al resto del personal educativo. Sin embargo, no se trataba simplemente de las tasas de las matrículas; en juego también estaban la subvención de la EMA, el paro y la precariedad generalizada. El NUS y su entonces presidente Aaron Porter —que pronto se convertiría en un consultor educativo de 125 libras la hora— cooperó estrechamente con la policía en la preparación de la marcha, ayudó a diseñar la ruta y actuó como un perro guardián durante todo el día, garantizando que los manifestantes no se desviasen del camino establecido. La marcha debía pasar por Whitehall y Westminster y terminar en Tate Britain, donde Porter daría un discurso. Miles de personas no llegaron tan lejos.
En el exterior del Parlamento volaban mensajes de texto y tuits sobre cómo estaban comenzando las cosas en Millbank —el que una vez fue hogar del Nuevo Laborismo y que ahora era el hogar de los Tories— justo al final de la calle. Alrededor de 100 personas habían entrado al edificio gritando «¡Basura Tory, aquí estamos!», mientras que miles, en su mayoría escolares y estudiantes universitarios, habían inundado el patio y vitoreaban a los ocupantes de arriba. «¡Grecia! ¡Francia! ¡Ahora aquí también!». Cuando llegó el Grupo de Apoyo Territorial28 fueron atacados simultáneamente, a ras de suelo por la multitud y desde arriba con huevos, palos, botellas e incluso un extintor. Una fila de representantes de los NUS, de aspecto nervioso, unió sus brazos formando una cadena, tratando de evitar que entraran más, entre gritos de «¡Vosotros también sois Tories! ¡Qué vergüenza volverse azul!» Conversaciones enojadas y excitadas en la multitud: el estado moribundo de la NUS, el potencial derrocamiento de la Coalición. Hogueras encendidas, efigies de Cameron y Clegg quemadas, gente extasiada, sistemas de sonido reventados, una gran fiesta que duró varias horas. Muchos de los cánticos, pancartas y lemas sonaban familiares de las luchas universitarias del año anterior; un sentido al mismo tiempo de continuidad y discontinuidad. Este evento dramáticamente simbólico había inducido un cambio en el horizonte de posibilidades: desaparecido el inevitable aburrimiento y la inutilidad de las convencionales manifestaciones en el centro de Londres, en su lugar tomaba lugar la posibilidad de una diversión destructiva y poderosamente simbólica para una generación de niños nacidos después de los disturbios de Poll Tax.
Si bien la huelga como una forma importante de lucha había ido perdiendo su papel durante las décadas anteriores, la manifestación había crecido aparentemente como un medio para la expresión ordenada de la disidencia piadosa.29 Las limitaciones de esta forma se hicieron patentes en 2003, cuando la protesta más grande jamás realizada en el Reino Unido —contra la guerra de Irak— no logró hacer más que ayudar a establecer un consenso nacional de objeción cortés a lo inevitable.30 A lo sumo, la «violencia de una pequeña minoría» al margen de tales manifestaciones podría esperar crear algún espectáculo mediático que de otro modo faltaría por completo en la caminata hacia Speaker's Corner o Trafalgar Square. Así nos encontramos con una cierta racionalidad al estilo antiglobalización consistente en la «diversidad de tácticas», así como un tedioso ritual de dividir a los manifestantes entre «buenos» y «malos». La invasión de Millbank puso en marcha una crisis en este constructo. NUS, el gobierno y los medios cantaron inicialmente, por supuesto, la misma hoja de himno tradicional, con Aaron Porter describiendo a Millbank como la «despreciable» obra de una «pequeña minoría rebelde» y ofreciendo una consagrada arma de lucha como alternativa: la vigilia con velas. Habiendo salido de las sombras de los años de Blair, la NUS confirmó rápidamente su propia ilegitimidad en relación a un movimiento estudiantil que estaba en otra parte, haciendo algo mucho más apasionante. A partir de aquí, proliferarían tácticas menos educadas —destrucción de propiedades, lucha contra policías, ocupación de edificios— y los crecientes grupos de escolares enmascarados que formaban el núcleo de gran parte de estas acciones se parecían cada vez menos a una minoría de «anarquistas profesionales». En estas manifestaciones fuimos testigos repetidas veces de discusiones en la calle entre la gente debido a esta creciente fragilidad, incómoda ante la cesión de las distinciones convencionales. Calle Oxford; una mujer de aspecto adinerado, bolsas de la compra; gritando a un grupo de adolescentes encapuchados y de apariencia muy joven: «¿¡Por qué os tapáis la cara!? ¿No os dais cuenta de que no somos vuestro enemigo? ¡Os apoyamos, pero no os cubráis la cara!» El miedo a una pérdida del orden era palpable. Un periodista de The Guardian expresó su sorpresa después de hablar con los ocupantes de Millbank: «Entre las personas vestidas de negro también había niños, y varios estudiantes emocionados dijeron que esta era su primera manifestación».31 Las narrativas estándar de «agitadores externos» y «militantes» ahora estaban siendo desplazadas a la fuerza por una de «estudiantes radicalizados por los recortes». En su lugar, los medios ahora convocaron una nueva distinción de la aparición de grupos como el «Reino Unido Uncut» y los diversos activismos orientados a las artes que se desarrollaron a través de este movimiento. Ahora bien, la figura del «buen» estudiante manifestante, capaz de articular con mayor elocuencia su radicalidad, participando en recitales de poesía y performance, se oponía a los actos de destrucción y ocupación de bienes, aunque estos aspectos fueran inextricables.
CLASE MEDIA
Ha sido un tema recurrente de algunas interpretaciones del movimiento estudiantil y los disturbios el leer su relación, por analogía con los disturbios de la banlieue francesa y el movimiento CPE de 2005-2006, como otro caso de un movimiento estudiantil de clase media que se ve perturbado por elementos más lumpen —a veces con un trazado implícito de estos términos en el tradicional eje de reforma-revolución—. Es una verdad banal de ese momento que la distribución social de la miseria tendía a favorecer elementos del movimiento estudiantil que no estaban también presentes en las revueltas; sería difícil, por supuesto, encontrar en alguna parte de las revueltas el tipo de sentimientos liberal-progresistas de los estudiantes de la UCL que sabían perfectamente que habría muchos graduados con bastante peor futuro que ellos.
Pero sería una gran tergiversación entender esto como una cuestión de estudiantes de «clase media» a los que se les llenó «su» movimiento de alguna «clase inferior». Como era de esperar, hubo muchos estudiantes universitarios involucrados en estas luchas que no eran de clase media: en 2011 la tasa de participación en la educación superior del Reino Unido era en torno al 50%. Aunque la participación obviamente se distribuye a favor de los más adinerados, sigue siendo cierto que ir a la universidad es una actividad proletaria normal, y no es inusual que los niños de los Estados marginales aspiren a algún logro académico. Incluso se podría decir que la polarización en Gran Bretaña consiste más en a qué universidad vas y qué materia estudias que en si obtienes un título o no —el estudiante de comunicaciones de London South Bank frente al de filosofía-políticas-economía de Oxbridge o LSE; el licenciado en Literatura del call-center vs. el trabajador analfabeto con un oficio real—. Y con el deterioro general de la moneda en la educación superior, lo que alguna vez pudo haber sido visto correctamente como un privilegio se ha convertido cada vez más en una carga de deuda. En 2010 el estudiante británico ya mezclaba habitualmente estudios con empleos precarios a tiempo parcial para complementar su préstamo estudiantil, o bien dependía de la asistencia social —condiciones que empeoraron con la profundización de la crisis—. No fue, pues, un accidente ni una intrusión enteramente externa lo que desplazó al movimiento estudiantil hacia una composición más negativa y rebelde al sentir el vacío de sus propias demandas.
El movimiento estudiantil siempre fue, en cierto sentido, un movimiento «proletario», aunque uno en el que algunos miembros eran claramente menos proletarios que otros. La convención dicta a uno a imaginar que el lumpenproletariado es joven porque los jóvenes tienden a mezclarse con los ociosos e irresponsables, situándose como acostumbran en la frontera del mercado laboral. Pero la juventud, por supuesto, no es una clase: no se puede suponer que los participantes más jóvenes y los «niños de EMA» que entraron en el movimiento a partir de Millbank representaban en un sentido claro una clase distinta de los que ya estaban involucrados en el movimiento. Si bien la EMA podría ser necesaria para apoyar la formación profesional posterior a los 16 años, en lugar de la académica, al mismo tiempo no era un tema fundamentalmente separado de las tasas universitarias: tanto los recortes a la EMA como los aumentos de tarifas universitarias podrían afectar potencialmente a las mismas personas, que podrían necesitar apoyo financiero para continuar su educación después de los 16 años para luego ir a la universidad. Y la misma persona podría verse afectada simultáneamente por el cierre de clubes juveniles, e incluso por las detenciones y los registros. Pero lo que se puede decir con certeza aquí es que los futuros recortes de ese momento golpearon duramente no solo a los más pobres, sino también a los más jóvenes: mientras que los que ya estaban en la universidad podrían sobrevivir con tarifas moderadas durante sus últimos años, aquellos un par de años por debajo tendrían que hacer frente a 9.000 libras por año durante toda su educación universitaria, si es que consiguieran llegar tan lejos, pues perderían el apoyo estatal para sus estudios preuniversitarios, ingresarían a un mercado laboral más duro y así sucesivamente. Y, por supuesto, los jóvenes tienden a ser menos acobardados en sus interacciones con la policía, ya que aún no han sido completamente adiestrados en esos asuntos…
OCUPACIÓN
Tras el entusiasmo de Millbank tuvo lugar otra gran ola nacional de ocupaciones —unas treinta y cinco en total— que proporcionaron lugares para la planificación de las futuras acciones. Los estudiantes se estaban volviendo cada vez más combativos en relación con la policía; por ejemplo, una ocupación armó un sistema de monitoreo personalizado para mapear la acción policial durante las protestas. Las ocupaciones creaban sitios web y cuentas de Twitter, páginas de Facebook, etc. para comunicarse las 24 horas del día entre sí y con el público en general. Atrajeron a una gran cantidad de visitantes: profesores, intelectuales, activistas, actores, escolares. Pero eran fundamentalmente incapaces de convertirse en algo realmente conflictivo: en su mayor parte, las administraciones universitarias simplemente los toleraban, y cualquier intento de intervenir disruptivamente en los flujos de la vida universitaria cotidiana, como el de Goldsmiths donde los estudiantes ocuparon la biblioteca, servía para deslegitimar inmediatamente las ocupaciones a los ojos del cuerpo estudiantil en general. Con estas luchas ostensiblemente dirigidas a defender la educación, la interrupción de la universidad apareció como una táctica inmediatamente contradictoria, dejando que la mayoría de estas ocupaciones subsistieran en una cooperación incómoda con las autoridades universitarias, funcionando como base para la planificación de manifestaciones más grandes. Grupos en Brighton, frustrados por los límites de las ocupaciones de sus campus, comenzaron a hacer esfuerzos para incorporar incluso a estudiantes más jóvenes, visitando escuelas para alentar huelgas y protestas.
Los días 24 y 30 de noviembre la NCAFC y la ULU,32 ambas recién movilizadas después de Millbank, convocaron paros y protestas nacionales para estudiantes de todas las edades, alentando su propagación: «[...] escribe los detalles con tiza en el suelo a la salida de tu centro educativo [...], pide que la gente "viralice el mensaje" —es decir, que se lo envíen a sus amigos para que estos se lo reenvíen a los suyos [...]—, envía mensajes de texto a todos tus amigos en diferentes institutos y universidades diciéndoles que te has ido de clase».33 En este tiempo, una nueva red de estudiantes más jóvenes, los llamados «Estudiantes de Educación Superior y Escolares Contra los Recortes», se mantuvo en constante comunicación con los grupos universitarios. Había mucha más gente joven en estas manifestaciones y la atmósfera era como una gran fiesta. Al igual que los disturbios que lo siguieron, la policía no estaba preparada para Millbank, reclutando solo a 225 oficiales para una multitud prevista de 20.000 y que en realidad llegó a los 50.000. En consecuencia, las manifestaciones posteriores vieron una mayor presencia policial, más violencia y la implementación de kettling.34 Esta táctica parece haber sido utilizada por primera vez en Londres en 1995 contra personas discapacitadas en una protesta por los derechos de las personas con discapacidad frente al Parlamento, antes de ser afinada en las protestas ante la OMC de 1999 y empleada nuevamente en las protestas del Primero de Mayo de 2001. A pesar de ello, la inclinación del sistema judicial hacia el castigo rápido y severo de los activistas —enviándolos a los Tribunales de la Corona, donde las penas son mucho más severas— no tuvo tal precursor.35 Esto pareció haber sentado un precedente para el castigo de los alborotadores en el agosto siguiente. Que Edward Woollard, el estudiante que arrojó un extintor de incendios desde el techo de Millbank, fuera arrestado por intento de asesinato y luego sentenciado a dos años y medio de cárcel por desorden violento resultó en la aprobación por una gran parte del público. Sin correr riesgos, un superintendente en jefe para el extremismo doméstico, designado una semana antes, inició una operación de inteligencia para monitorear la peligrosa incitación de los «elementos marginales», mientras que el 24 de noviembre el Met inundó el centro de Londres con mil policías adicionales del Gran Londres, equipados con equipos antidisturbios y monturas. Bloqueando a los manifestantes de Parliament Square —su lugar típico de contención forzada—, estas protestas se caracterizaron por las grandes persecuciones, con estudiantes corriendo por callejones traseros, esquivando y tratando de burlar a la policía hasta que finalmente los acorralaban. Las atmósferas iniciales eran festivas, con equipos de sonido para dubstep y grime, muchos bailes y bengalas de colores; pero. a medida que pasaban las horas, la multitud se frustraba y comenzaba a destrozar y prender fuego a las cosas. Después de varias horas de baile, intercaladas con enfrentamientos violentos, finalmente liberaron a todos. Alrededor de la ciudad, aquellos que no quedaron atrapados en los cercos participaron en una serie masiva de acciones fugaces, protestando y ocupando lugares en las universidades y escuelas de todo el país.
PALO
Aunque la violencia se había estado acumulando y proliferando a lo largo de las protestas, el día de la votación en diciembre, cuando previsiblemente se aprobarían los aumentos de tarifas, fue el pináculo de la acción policial. La respuesta policial a Millbank fue la implementación general del kettling, cargas montadas sobre las multitudes y, cada vez más, ataques generalizados contra los manifestantes: la porra a la cabeza. El hecho de que la composición de estas protestas ahora involucrara una mezcla de estudiantes más jóvenes y turbulentos parecía solicitar respuestas cada vez más duras por parte de la policía. El día de la votación se instalaron hospitales de campaña para atender a las víctimas previstas y se atendió a una treintena de manifestantes por lesiones en la cabeza, lo que generó más de cincuenta denuncias registradas ante el IPCC. Un estudiante de Middlesex, Alfie Meadows, fue golpeado con una porra cuando intentaba escapar de un cerco en Parliament Square y tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital para una cirugía cerebral inmediata que le salvó la vida.36 Otro manifestante, Jodi McIntyre, fue arrancado de su silla de ruedas y arrastrado por el suelo por unos policías. Estas fueron solo las historias que atrajeron la atención de los medios y el público general, siendo promovidas por amigos y grupos de apoyo, pero hubo muchos más casos de este tipo.
Todo Westminster se estableció como una serie de hervideros masivos, algunos móviles, otros más rígidos, que provocaron estallidos frustrados de lucha. En un gesto hipersimbólico, un manifestante enmascarado logró liberarse y escalar Whitehall, antes de romper las ventanas del Tesoro. La gente prendió fuego a todo lo que pudo encontrar, incluido el árbol de Navidad gigante en Parliament Square, para mantenerse caliente en medio de unas temperaturas gélidas. Recibimos un mensaje para decir que la Galería Nacional estaba siendo ocupada por una turba a toda velocidad. Mientras tanto, en Regent Street, se produjo otro ataque altamente simbólico, esta vez contra una institución británica caricaturesca, cuando un automóvil que transportaba al Príncipe Carlos y Camila al London Palladium para un Espectáctulo Real de Variedades fue atacado por manifestantes que gritaban «¡que les corten la cabeza!». Que un manifestante lograse atizar a la consorte del heredero con un palo, a través de la ventana abierta del automóvil, aparentemente hizo que las autoridades sintieran escalofríos por la proximidad de la «turba». Pero un gran grupo estuvo encerrado en un cerco hermético en el puente de Westminster sin comida, agua ni instalaciones sanitarias durante horas en el frío helado, algunos necesitaron tratamiento por problemas respiratorios, dolores en el pecho o magulladuras en las costillas por el aplastamiento sufrido.
En enero, mientras los ojos se volvían hacia otra ola de lucha que ahora se estaba gestando en el mundo árabe, el Parlamento definitivamente votó a favor de recortar la subvención de la EMA. Si bien la presencia de niños más jóvenes y más turbulentos había dotado de dinamismo y entusiasmo a un movimiento estudiantil más limitado, hubo una relativa falta de participación recíproca de los estudiantes universitarios el día de la EMA. En el mismo mes, la prensa informó a los residentes de Haringey que el consejo había acordado oficialmente recortar los servicios para jóvenes en un 75%. Un concejal afirmó erróneamente que ya se había consultado a la comunidad y que todo estaba bien, ya que había una plétora de organizaciones voluntarias listas y dispuestas a intervenir para hacerse cargo del trabajo adicional. Luego, el consejo alertó que, si la comunidad no cooperaba con los recortes, sería a expensas de los niños «discapacitados y abusados»,37 pero que felizmente se comprometería y ofrecería una consulta sobre el 25% restante. Los trabajadores jóvenes de Londres pronto notaron la creciente tensión en torno a estos temas y algunos comenzaron a predecir disturbios.38
Con el pago de la matrícula y los votos de la EMA perdidos y sin nada tan concreto en el horizonte, las protestas posteriores se volvieron caóticas, teatrales, divertidas y frustrantes. La «Marcha por la Alternativa» del TUC (Congreso de Sindicatos) en marzo de 2011 fue la segunda manifestación más grande jamás realizada en suelo británico, sacando a las calles de Londres a gran parte del movimiento obrero remanente y proporcionando otro esqueleto organizativo para los elementos más caóticos y heterogéneos que habían surgido a través del movimiento estudiantil. El punto de destino de todas las marchas dirigidas por los sindicatos era Hyde Park, el que alguna vez fue el lugar de los disturbios del Sunday Trading Bill de 1855 —considerados por Marx en su momento como el presagio de la revolución inglesa venidera—,39 principal punto de reunión del movimiento cartista y de la Liga Reformista; durante mucho tiempo un escenario estándar para la realización de gestos políticos, a una distancia segura de las instituciones y escaparates del centro de Londres. Una buena parte del estimado cuarto de millón de personas presentes ese día caminaron penosamente por la vieja y cansada pista de Hyde Park, para que el líder del Partido Laborista, Ed Miliband, que se tambaleaba sobre un pedestal, les asegurara que podían relajarse, porque había llegado «la alternativa»: no era necesario reducir el déficit a través de medios tan desagradables. A medida que se desarrollaba el movimiento estudiantil, el número de manifestantes había llegado a su límite de tolerancia para tales formas, prefiriendo quedarse atrás y conservar energía para actividades de ruptura más orgánicas y espontáneas, partiendo de una u otra de las diversas marchas.
En Oxford Circus la plataforma UK Uncut estaba llevando a cabo un día de acción contra las corporaciones que evaden impuestos y la policía rodeó de forma protectora a las más grandes y caras. Las furgonetas antidisturbios rodearon por completo la Apple Store que, sin embargo, estaba repleta de compradores; Topshop, empapado en pintura y graffiti, con varias ventanas rotas, ahora estaba fortificado con hordas de policías antidisturbios. Cerca de allí los cienciólogos repartían panfletos que imitaban la estética de los periódicos socialistas. Nuestro día consistió en llegar a la reciente destrucción de una acción que acababa de caducar, tras haber sido dirigidos al lugar mediante un tuit o SMS. Todo se sentía más fugaz y móvil que los sucesos anteriores previos a la votación, y podías ir saltando de bolsillo en bolsillo de acciones o intervenciones; algunas reales, algunas actuadas. BHS ocupado por poetas; una mujer trajeada persiguiendo un billete humano de 20 libras; una banda de Robin Hoods cabalgando, durante horas, en caballos imaginarios. De nuevo, una mezcla de estudiantes, escolares, artistas, anarquistas; grupos pequeños y diversos en un gran flujo móvil; una masa enjambre en una tangente a la marcha sindical principal, pero aún logrando ocupar grandes áreas del centro de Londres. Piccadilly estaba ahora bajo asedio y el Ritz había sido destrozado. Una distinción espacial más nítida en formas divergentes de acción parecía indicar una concentración reducida y un alcance más amplio, en comparación con las concentraciones de las manifestaciones precedentes. Reino Unido Uncut había ocupado Fortnum and Mason, la tienda de comestibles favorita de la Reina, y algunos ocupantes estaban en el balcón bebiendo botellas de champán que se habían llevado. La atmósfera exterior se volvió tensa cuando la policía antidisturbios ingresó al área y comenzó a formar filas en todas las calles laterales. Aquel día parecía una táctica deliberada el evitar tener que acorralar a la gente simplemente insinuando esa posibilidad como una amenaza. Tras aquellas largas y violentas horas de contención en diciembre, el miedo al kettling era enorme, y cualquier indicio provocaba que multitudes enfurecidas se abalanzaran sobre los policías hasta que estos retrocedían. Un grupo de manifestantes la rodeó momentáneamente, coreando «¡cercad a la policía!»; una mujer posó para una foto, sosteniendo una tetera y con un cartel que decía «Cameron, no enciendas la maldita tetera»; un hombre gravemente herido se tambaleó, la sangre le chorreaba por la cara, en estado de shock y cargado de adrenalina: «¡están locos!» Preocupados por su vida, suplicamos a la policía por paramédicos o una ambulancia: «No, ese no es mi trabajo, amor». El hombre sangrando salió corriendo de la multitud. Cuando comenzó un cercamiento, la multitud se volvió loca tratando desesperadamente de romper las líneas policiales y estallaron violentas peleas, que al final se disiparon por el intento de allanamiento de un banco. Las calles estuvieron rebosantes hasta tarde, y mientras deambulábamos por la ciudad esa noche para tener una idea del daño, casi todos los bancos con los que nos cruzamos habían sido destrozados. Al término del día algunos activistas hicieron un primer intento abstracto de establecer una conexión con la Primavera Árabe: Trafalgar se convertiría en Tahrir. La policía tuvo pocas dificultades para controlarlos, y no fue hasta después de que la ola de Gran Bretaña se apagó en agosto que un movimiento de plazas internacional más consciente brotó en aluvión…
En abril de 2011 la estrella del reggae y DJ, Smiley Culture —emblema clave de una cultura afrocaribeña naturalizada en Londres desde sus canciones Cockney Translation y Police Officer, de la década de 1980— murió de una puñalada en el corazón durante una redada policial en su casa, antes de su próximo juicio por un cargo relacionado con las drogas. El informe del IPCC, que se ocultó tanto al público como a su propia familia, desestimó el incidente y concluyó que no hubo conducta delictiva.40 Ese mismo mes, con la entrada en vigor de los recortes al sistema de prestaciones, el desempleo volvió a aumentar —sobre todo, como siempre, entre los jóvenes— desde el altiplano al que había llegado en 2009 tras el primer estallido de la crisis… Pero, de repente, la nación quedó estupefacta ante la boda real. En los días previos la policía realizó una serie de intervenciones preventivas, envió cartas de advertencia, arrestó a presuntos activistas y destacados estudiantes que protestaban y realizó paradas y registros generales en todo Londres. Sesenta personas arrestadas durante la marcha estudiantil anterior tenían condiciones de libertad bajo fianza que no permitían la entrada al centro de Londres la semana de la boda, y se llevaron a cabo una serie de redadas en okupas conocidas en busca de muestras de ADN y otras pistas de identidad, con el pretexto de estar detrás de piezas de bicicletas robadas. Los «alborotadores» fueron retenidos bajo custodia, sin que se les indicase su liberación hasta que los recién casados lo sellaron de manera segura con el «beso del balcón» público. El día de la boda, el centro de Londres se convirtió en una zona de detenciones y registros abierta a todo aquel que estuviera encapuchado, disfrazado, borracho o incluso cantando, incurriendo en un posible cargo de incitación a la violencia.41 Estos movimientos hacia la tolerancia cero y la acción preventiva se habían desarrollado a lo largo de las luchas estudiantiles, con estudiantes arrestados por cosas tales como «no cumplir con la orden de irse cuando la policía cree razonablemente que usted puede cometer delitos».42 Esto preparó el escenario para las estrategias de «vigilancia total» que se unirían y consolidarían durante y después de los disturbios.
El movimiento estudiantil había llegado rápidamente a sus límites y se había convertido en espuma, disipada y desordenada, sin un horizonte positivo real salvo divertirse a expensas de la policía. Donde había habido vagas apariencias de un programa positivo en momentos de este movimiento, siempre habían resultado dudosos, poco entusiastas, teñidos con el cinismo básico de cierto «realismo capitalista». Todo lo que estaba disponible como marco para la unidad era un ligero conjunto de demandas generales negativas: detener los recortes. E incluso esto parecía, y finalmente resultó, imposible. ¿Qué otra cosa hacer entonces sino armar el caos? Al menos eso significaría que habían peleado. ¿Y qué respuesta podría invitar esto sino un mayor aumento de la vigilancia? Ese, en última instancia, era el «significado» de Millbank. Así como la sonrisa siniestra del Gato de Cheshire se intensifica a medida que se disuelven sus partes aparentemente más contingentes, a través del desarrollo de estas protestas la policía se había convertido cada vez más en la presencia visceral del Estado frente a su supuesta retirada o retroceso. Sin embargo, de alguna manera, la consolidación de un enemigo abstracto en uno tangible significó que la ciudad, que se esconde detrás de la policía, se sintió, al menos por momentos fugaces, más expuesta y vulnerable, más alcanzable y quebradiza.
ENJAMBRE
Un breve documental publicado por The Guardian a finales de julio presentó a adolescentes de Haringey discutiendo el impacto del cierre de clubes juveniles. Chávez Campbell, un adolescente local de Wood Green, que limita con Tottenham, señaló que la pérdida de un espacio fijo y protegido «corta las raíces y los vínculos de los niños, haciendo que no tengan adónde ir».43 Expulsados a las calles, los niños eran más propensos a ser atrapados por pandillas y más vulnerables al acoso policial. Campbell concluyó el documental con una famosa predicción:
Creo que va a ser un enjambre, creo que la gente va a estar tratando de encontrar cosas que hacer, la gente va a querer trabajos, y eso va a ser frustrante [...]. Va a haber disturbios, habrá disturbios, habrá disturbios.
Este era el clima en el que le dispararon a Mark Duggan en Ferry Lane, Tottenham, alrededor de las 18:15, siguiendo su taxi. Nunca ha estado claro qué pasó exactamente, pero sabemos que le dispararon en el pecho. Los intentos de reanimarlo fracasaron y los paramédicos que acudieron al lugar rápidamente se dieron la vuelta para alejarse, con la cabeza gacha. Los engranajes habituales se pusieron rápidamente en marcha: una investigación iniciada por el IPCC y la escena acordonada. Como suele ser el caso, el IPCC parece dedicarse primero a hacer de relaciones públicas limitando los daños que pueda sufrir el nombre de la policía, comunicando a los medios la afirmación de que hubo un intercambio de disparos entre los oficiales de Duggan y Trident, una afirmación que sería desacreditada solo unos días después, en medio de una ola nacional de disturbios iniciada en nombre de Duggan, cuando se demostró que la única prueba, una bala alojada en una radio de la policía, en realidad había sido disparada con un arma policial. La policía no informó a la familia de Duggan sobre su muerte y cuando presionaron para obtener información sobre dónde estaba, después de escuchar a través de los medios que había estado involucrado en un incidente, simplemente les dijeron que siguieran una ambulancia aérea desde Tottenham. Siguiendo este helicóptero unas pocas millas al sur hasta el Hospital Whitechapel, solo encontraron al oficial de policía que había resultado herido en la escena.
En ausencia de cualquier comunicación oficial de la policía, rápidamente comenzaron a circular rumores en el vecindario de que Duggan había sido ejecutado deliberadamente, y algunos evidentemente estaban preocupados por las posibles consecuencias: a la mañana siguiente, David Lammy, el parlamentario local, pedía calma ante la «angustia» comunitaria. En retrospectiva, es obvio que se estaba formando una dinámica típica de disturbios y, de hecho, probablemente era más obvio aún en ese momento para cualquiera de los presentes que tuviera el más mínimo conocimiento de la historia reciente de disturbios urbanos, que los policías no solo habían matado a un joven negro, sino también a un residente de la finca Broadwater Farm, con su larga y dramática historia de relaciones antagónicas con la policía, y ahora estaban fallando de nuevo en proporcionar cualquier información a la familia o a la comunidad. Después de años de crear tensión en una propiedad que ya se consideraba un área problemática grave a principios de la década de 1970, la muerte de Cynthia Jarrett a manos de la policía en octubre de 1985 precipitó una revuelta extraordinariamente violenta en la que la policía fue objeto de un ataque armado, que culminó con la muerte de PC. Keith Blakelock.44 En la década de los 2000, con los proyectos de regeneración y la disminución de las estadísticas delictivas en el vecindario, esos sucesos podrían parecer cosa del pasado. Pero la policía todavía consideraba a Tottenham en general como un punto crítico para los delitos (de negros) con armas de fuego, el tráfico de drogas y la violencia relacionada con pandillas, por ello la vigilancia policial punitiva se había intensificado en los últimos años alrededor de «La Granja», como lo había hecho en otros vecindarios similares. Al menos un día antes de que estallaran los disturbios, John Blake, que había crecido aquí con Duggan, lo vio venir:
Aquí hay hostilidad, incluso podría haber un levantamiento, no lo puedes saber. Mark mantuvo unida a Broadwater Farm.
Al caer la noche del viernes 5 de agosto unas 400 personas se reunieron en la casa de los padres de Duggan en la finca para presentar sus respetos, en un ambiente ya de por sí tenso. Pero no fue sino hasta la una de la tarde del día siguiente que la policía convocó a los representantes de la comunidad a una reunión. En este punto, se les advirtió claramente sobre el potencial de disturbios, pero se remitieron al IPCC, y aun así no enviaron a nadie para discutir asuntos con la familia o la comunidad; tal vez el ejemplo de Keith Blakelock se mantuvo para la policía, al igual que el de Cynthia. Jarrett lo hizo por los residentes de Broadwater Farm. Aproximadamente a las 17:30, bajo la atenta mirada de las cámaras del Circuito Cerrado De Televisión de The Farm, una pequeña multitud de manifestantes se reunió y salió de la propiedad hacia la estación de policía, encabezada por el destacado activista de Broadwater Farm, Stafford Scott, para exigir una explicación. Pero los oficiales subalternos que quedaron en la estación sólo podían responder ante el IPCC y la Operación Tridente, que tenían su base en otro lugar. Por lo tanto, no se cumplieron las demandas de diálogo con un oficial superior y la multitud creció y se sintió cada vez más frustrada.
Cualquiera que, por razones políticas, quiera sostener que «Los Disturbios» estuvieron completamente libres de «demandas», una mera cuestión del «lenguaje negativo del vandalismo», etc., necesitará como mínimo ofrecer alguna explicación sobre cómo se separarían estos hechos, en los que hubo demandas claras —en pancartas, en cánticos, en intentos de negociar con la policía— de la ola de disturbios en la que se desencadenaron y que no se habrían producido en su ausencia. Otros momentos clave de la ola de disturbios en los que dominaron dinámicas antipoliciales comparables, como Hackney, Salford y probablemente Brixton, también parecen requerir esa explicación. Sin duda, en todos estos casos fue prominente un modo de comportamiento negativo y violento, pero es que exigir no es pedir cortésmente.
CONTAGIO
A medida que avanzaba la noche, la composición cambió cuando las madres e hijos volvieron a casa, quedó una masa de aficionados al fútbol, un mayor número de jóvenes y de diversidad étnica significativa, además de la comunidad negra local, así como la turca, la polaca, la británica blanca. etc. A las ocho de la noche, la policía antidisturbios apareció para proteger la estación de una multitud ruidosa, pero aún no violenta. Una niña de 16 años se adelantó para presionar nuevamente en las demandas, tal vez arrojando algo, y en respuesta los policías avanzaron, empujándola y atacándola con los escudos antidisturbios y las porras. Este parece haber sido el momento en que la lógica emergente de la acción de la multitud entró en acción y la manifestación de la comunidad se convirtió en disturbio. Incluso una multitud que sabe muy bien de antemano lo que podría ocurrir, se enfrenta al conflicto de ser el primero en moverse, lo que impide que el motín en sí mismo sea un acto claramente intencional; ningún individuo o grupo puede simplemente decidir unilateralmente iniciar las revueltas, a menos que estas ya están en proceso. Esta es la razón por la cual el gatillo que le da desenlace aparece muy a menudo como un acto relativamente menor de la policía que une a una multitud en indignación contra ellos; pero tales puntos de inflexión no surgen de la nada, sino que se producen a partir de una dinámica creciente, en la que la multitud desempeña un papel activo. Veinte minutos después la multitud estaba atacando los autos de policía cercanos, prendiéndoles fuego y empujando uno hacia Tottenham High Road como una especie de barricada en llamas. Luego rompió las líneas policiales para atacar la estación de policía, arrojando ladrillos, botellas, huevos. El malestar ahora se estaba extendiendo por toda la zona. Alrededor de las 22:15 se incendió la oficina de correos de Tottenham y en media hora más coches de policía y un autobús de dos pisos. El supermercado Aldi y la ahora famosa tienda Carpetright también acabaron en llamas más pronto que tarde, y a esta última la acompañaron varias casas de particulares. Se reclutaron más policías, incluidos especialistas del Grupo de Apoyo Territorial, armados, con perros y caballos, con refuerzos de la Policía de la Ciudad de Londres. Estos llegaron entre abucheos y cánticos: «Queremos respuestas», «Sin justicia no hay paz», «Descanse en paz, Mark Duggan», «Estas son nuestras calles». Intentaron sellar las calles laterales para evitar que se extendiera el motín, mientras los helicópteros habituales volaban sobre sus cabezas. Pero ya habían perdido definitivamente el control de los acontecimientos.
Durante la noche se rompieron las ventanas del juzgado local y se prendió fuego al servicio de libertad condicional de al lado, mientras que el club Opera House al cual Mark Duggan solía acudir quedó intacto: una selección precisa de objetivos, a diferencia de la especie de irracionalidad aleatoria de la multitud que los asustados y los antipáticos han percibido tradicionalmente en las multitudes alborotadas desde Gustav Le Bon. En el primer ejemplo claro del tipo de saqueo masivo que se asociaría con la ola de disturbios en su conjunto, los disturbios se extendieron de la noche a la mañana al cercano Tottenham Hale Retail Park, donde casi todas las tiendas fueron saqueadas y un supermercado ardió. Alrededor de las tres de la mañana en Wood Green, otro vecindario cercano, se iniciaron algunos incendios y se saquearon muchas tiendas. Pero, de nuevo, se evidenció cierto tipo de discriminación, pues aparentemente se perdonó una tienda de ropa llamada «Botín», así como el bazar. Según la mayoría de los informes, hubo poca violencia en estos lugares, esta actividad se centró principalmente al inicio de la mayor racha de «compras proletarias» selectivas que el país jamás haya visto.
La rápida transformación en el centro de Tottenham de una revuelta contra la policía al saqueo generalizado no fue nada particularmente sorprendente: cuando una gran conflagración contra la policía brinda cobertura suficiente, es completamente habitual que el siguiente paso involucre saqueos, ya sea como una forma de aprovechar las oportunidades o como otro gesto de desorden hacia el capital y el Estado.45 Las tiendas accesibles a las multitudes en los disturbios, por lo general acabaran saqueadas. Las apelaciones a factores como el «consumismo» son completamente superfluas aquí, ¡Como si el deseo de apropiarse de bienes materiales necesitara de una base ideológica para explicarse! Aparte del saqueo, cuando las tiendas están a mano, constituyen uno de los objetos obvios para la violencia de la multitud, junto a las instalaciones de las instituciones y los mobiliarios y vehículos disponibles en la calle, los cuales se quemarán de manera espectacular y obstructiva. Brixton 1981 también se convirtió rápidamente en una oleada de saqueos, una vez que las multitudes crecientes y agresivas expulsaron a la policía del área; también, Brixton y Handsworth 1985, Meadow Well 1991, Brixton 1995, pero no así Broadwater Farm 1985, donde la mayoría de las tiendas habían cerrado durante mucho tiempo. Una distinción de 2011 fue tal vez la rapidez con la que los medios ubicuos de comunicación instantánea permitieron que se corriera la voz de que la policía estaba en la retaguardia, lo que inició una bola de nieve de oportunidades con el fin de aprovechar esto como venganza contra las tiendas que, por ejemplo, habían rechazado solicitudes de empleo, como afirmaría retrospectivamente un saqueador. Así, el famoso comunicado de mensajería Blackberry que circuló ampliamente cuando el desorden se extendió hasta el domingo 7 de agosto, llamando a los alborotadores a abandonar las acciones más destructivas y disfrutar de la mercancía gratis para todos:
Para todos en edmonton enfield woodgreen, desde todas partes del norte, nos vemos en la estación de enfield town a las 4 en punto!!!! Empezad a salir de donde estéis y encontraos con vuestros niggas. A la mierda los federales, traed vuestra rabia y vuestras maletas, coches, furgonetas, martillos!! Enviad esto a vuestros grupos, aseguraos de que ningún soplón se entere!!! Da igual de dónde seas, ponte las botas, únete a la fiesta y arma jaleo, simplemente arrampla con todo. La policía no puede detenerlo. Pero nada de incendios!! Difunde!!!!!
Vale la pena recordar, sin embargo, que a menudo se apela al estado contemporáneo del desarrollo de los medios de comunicación para explicar la proliferación de disturbios: los buscas y los «teléfonos portátiles» de la década de 1990, la radio CB en 1981… Cualquier despliegue espontáneo de malestar social como este tiene lugar en un contexto moldeado significativamente por la «oferta» de las tecnologías de comunicación actuales, tecnologías cuyo rápido desarrollo y proliferación ha sido una de las dinámicas más destacadas de la era. Pero estas solo pueden aportar una forma débil de causalidad, dando forma a las posibilidades más que impulsando las cosas.
Y si bien estas acciones ciertamente deben tomarse en serio como uno de los aspectos más destacados del conjunto de la ola de disturbios, debemos evitar las explicaciones que proyectan tales actos como indicadores esenciales del «objetivo de los disturbios», como si la ola de disturbios nacionales fuera una especie de recipiente que podía contener un contenido singular y homogéneo. Ningún evento social a gran escala, ningún levantamiento como este, puede leerse directamente como la simple expresión de un contenido interno, ya que los actores y las circunstancias involucrados son demasiado heterogéneos para ser susceptibles al tipo de reducción que se pretende. Todos tienen sus propias razones, muchas de las cuales sin duda son comunes, pero sería una falacia pensar que uno podría abstraer de este lío algún tipo de metaintención social singular sin ejercer una violencia teórica significativa sobre el objeto. Mejor centrarse en mapear las contingencias objetivas y subjetivas de las que la ola de disturbios fue consecuencia y rastrear la lógica de su desarrollo. Y en esta lógica es claro que el saqueo, por dramático que fuera, se inició solo en el espacio ya abierto por unas revueltas anti policiales.
El domingo por la mañana, mientras continuaban los disturbios en el área de Tottenham, ocho policías estaban siendo atendidos en el hospital y hubo informes de transeúntes atacados. A las siete la policía convocó la primera de una serie de reuniones de crisis, reclutando miles de refuerzos en Londres desde otras regiones. Las condenas oficiales comenzaron a emitirse desde los lugares habituales: Oficina del primer ministro, MP Local, comandante de la Policía Metropolitana. A medida que las redes sociales, en particular el servicio de mensajería encriptado de Blackberry, se llenaron de especulaciones e incitaciones, la policía se dio cuenta de que Enfield, un área bastante cercana a Tottenham, era prominente como un posible punto de erupción. El carnaval de Hackney se canceló preventivamente en el último minuto, aunque esto no impidió que los disturbios se extendieran esa noche por Dalston, acabando con el saqueo de varios comercios y el centro comercial de Kingsland. El carnaval de Brixton se llevó a cabo según lo planeado, pero cuando los sistemas de sonido se apagaron y una tensión notable llenó el aire de la noche, un joven fue perseguido, arrastrado por el suelo y metido a la fuerza en una camioneta de la policía. Unos cientos de jóvenes, en su mayoría encapuchados, se reunieron y comenzaron a atacar. Cadenas de tiendas como Vodafone, H&M, Footlocker, WHSmith, Currys y JD Sports fueron saqueadas; en KFC y McDonalds rompieron las ventanas; Footlocker y Nando's fueron incendiados después de robar las cajas registradoras. Pero, en otra muestra de la selectividad de la multitud, el cine Ritzy, situado muy centralmente y con sus muchas ventanas, no se tocó.
Como se anticipó, cientos de jóvenes se reunieron al caer la tarde en el centro de Enfield, en un destino aparentemente acordado de antemano. Y, por supuesto, una gran cantidad de policías los recibieron. Los disturbios estallaron esporádicamente y, de manera muy hábil —en respuesta directa a la presencia policial—, los alborotadores trataron de evitarlos para atacar tiendas, vehículos, etc. A las 21:30 la policía intentó convertir Enfield en un «área estéril», trayendo cientos de policías antidisturbios, perros, etc. Dispersada, la multitud salió corriendo para atacar y saquear un centro comercial, llevándose a su paso televisores y alcohol. Alrededor de las 00:45, tres oficiales fueron llevados al hospital tras ser atropellados por un vehículo. Luego, durante la noche, la ola de disturbios se extendió a muchas otras partes de Londres: Denmark Hill, Streatham, Islington, Leyton, Shepherd's Bush, Walthamstow; incluso Oxford Circus vio algunos disturbios. Multitudes de jóvenes se reunieron en las calles de Londres, esperando que se desencadenaran disturbios locales. Los enfrentamientos entre multitudes inquietas y expectantes y la policía a veces ocurrieron sin que estallasen motines, lo cual es una demostración negativa de que el motín es un evento social emergente, en lugar de algo producido por una decisión singular intencionada.
MEDIACIÓN
Saqueos esporádicos; escaparates destrozados; incendios provocados: una mezcla de las características generales de los disturbios. Aquí encontramos que cualquier intento de una narración singular de los eventos necesariamente comienza a desmoronarse, debido a su gran difusión y proliferación en una multiplicidad de incidentes locales. Así, la ola de disturbios se convierte para nosotros en un objeto diferente, que necesita un tipo diferente de abstracción o resumen. Algo mucho más allá de sus raíces en unas pocas historias locales particulares de abyección y lucha antipolicial y algo necesariamente más «teórico». Al mismo tiempo, pasamos definitivamente de luchas particulares inmediatas a un evento mediático nacional, en el que las prácticas se difunden no solo lateral y localmente de boca en boca o en las redes sociales, sino por una conciencia creciente, cristalizada en la cobertura de los principales medios y comunicados de prensa oficiales que anuncian que gran parte del país se está levantando en una especie de revuelta. Y es en gran parte desde este punto de vista que nos vemos obligados a rastrear los eventos lo mejor que podemos. Los propios alborotadores, por supuesto, no están limitados al nivel de las luchas inmediatas, sino que se relacionan con ellas en la medida en que están mediatizadas socialmente, tanto en un nivel de contagio lateral como también uniendo las representaciones nacionales a través de los principales medios de comunicación. Con la forma inherentemente mimética en la que tales luchas proliferan, una discusión sobre esta mediación se vuelve inevitable.
El lunes por la mañana, mientras continuaban los disturbios, surgieron las primeras dudas sobre la afirmación de que hubo un intercambio de disparos entre Duggan y la policía. A las 12:30 horas Scotland Yard anunció la cuadruplicación del número de policías en la capital. Mientras tanto, la Policía Metropolitana finalmente ofreció una disculpa por su gestión de la muerte de Duggan a su familia; el IPCC, por otro lado, culpó a la policía por la falta de información. A primera hora de la tarde las tiendas comenzaron a cerrar en áreas que esperaban disturbios a medida que circulaban rumores en las redes sociales sobre nuevos objetivos. Fue en este punto que el centro de Hackney surgió como el punto álgido de los lunes con el que comenzamos este artículo. Mientras los disturbios se extendían desde Hackney Town Hall hasta Pembury Estate, Well Street y otras áreas de Hackney, 15 millas al sur, en Croydon, multitudes de jóvenes se reunieron para atacar tiendas, autobuses y transeúntes. Alrededor de las 19 horas, jóvenes corrieron por los vecindarios periféricos, saqueando y provocando pequeños incendios. Dos horas después los eventos se habían extendido al centro de la ciudad, donde se iniciaron varios incendios más grandes y severos, incluido el de la tienda Reeves Furniture, ahora famosa como emblema fotogénico de los aspectos más destructivos de los disturbios. Un hombre recibió un disparo; un chico blanco de clase media fue perseguido y golpeado; a otro hombre le quitaron su scooter y también fue golpeado.
Simultáneamente, en Ealing, multitudes que nuevamente parecían haber sido organizadas a través de las redes sociales se movieron para atacar áreas ricas —automóviles, cafés, boutiques y propiedades comerciales— aparentemente sin interés en saquear. Los transeúntes fueron agredidos. Un hombre de 68 años fue atacado cuando intentaba apagar un incendio en un basurero y falleció posteriormente. En Birmingham, alrededor de 200 alborotadores incendiaron una comisaría de policía vacía en un área del centro de la ciudad e intentaron atacar el centro de la ciudad. La policía los repelió con oficiales adicionales, pero más tarde en la noche los chavales regresaron para saquear muchas tiendas. En Battersea, los transeúntes identificaron a los alborotadores como «azules, amarillos y rojos», miembros de pandillas locales que aparentemente habían pedido una tregua para la noche. En Camden, algunas tiendas fueron atacadas y los enfrentamientos con la policía antidisturbios llegaron a Kentish Town y Chalk Farm. En Peckham, un grupo de cien alborotadores vitoreó cuando incendiaron una tienda, gritando «el West End se va abajo». Ciclistas y motociclistas fueron desmontados violentamente con piedras, llevándose sus vehículos. Con esta letanía de eventos caóticos y a menudo oscuros que llegaron a formar un carrusel de depravación lumpen, girando en bucles apenas cambiantes a tonos cada vez más quejumbrosos y moralizantes, la versión autorizada de los disturbios comenzó a consolidarse: esto no podía ser todo «sobre» Mark Duggan; no, fue obra de una subclase salvaje y trastornada46 para obtener todo lo que podían, en el mejor de los casos debido a un «consumismo» exacerbado, en el peor de los casos porque provenían de los pozos negros urbanos, de la «Gran Bretaña rota», en la que carecen de la autoridad de una figura paterna adecuada que los corrija. La «inmoralidad» o la «criminalidad» se habían convertido de alguna manera en variables independientes, surgiendo de la nada, antropomorfizándose en un monstruoso sujeto lumpen para aterrorizar a los grandes y buenos hombres de la nación.
ESCORIA
Pasando al martes 9 de agosto, conocido como el día nacional del «disgusto generalizado»,47 los principales puntos de generación de la ola de disturbios en el centro de Londres, con sus largas historias locales de antagonismo con la policía —Tottenham, Brixton, Hackney— ya se estaban calmando. Los distritos del interior de Londres estaban inundados de policías de todo el país. Pero el malestar persistió en los distritos exteriores de Londres y ahora se había extendido al oeste y al norte, mucho más allá de Londres. Entonces vinieron las diversas respuestas de la comunidad, comenzando con los farisaicos escuadrones de limpieza de la mañana y terminando con los comerciantes turcos y kurdos armados y los grupos de vigilantes de extrema derecha por la noche. El escuadrón de limpieza —un nuevo tipo de lo que podríamos llamar autoorganización comunitaria «antiabyecta»— desempeñó su papel como el polo positivo en un maniqueísmo en desarrollo, proyectado como todo lo que los alborotadores no eran. La solidaridad y la responsabilidad social con que se reunieron estas personas, simbolizadas por sus escobas y guantes de goma —que en su mayor parte eran meramente simbólicos, ya que los barrenderos empleados por el Estado ya habían hecho el trabajo temprano en la mañana— estaba en supuesto contraste con la anomía atomizada y bestial de los alborotadores: meros vándalos, ausentes de toda comunidad, ciudadanos que habían fracasado y, por lo tanto, habían sido arrojados justamente al estado de naturaleza allí abajo. Como uno de ellos llevaba escrito en su torso: «los saqueadores son escoria». En los discursos que ahora se despliegan, se borran definitivamente las subjetividades positivas constituidas en rebeliones locales contra esta lógica. No hay agencia aquí; sin razón, sin intención, sin agravio, sin causa, sin voluntad, sin moralidad, no hay comunidad: solo un gran agujero en la sociedad en el que caen los malos. Los políticos, por supuesto, se cuidaron de ser fotografiados en medio de esta convulsión petulante; «¡Boris! ¡Boris! ¡Boris!» —gritó la brigada de escobas, mientras el bufón Tory de cabello despeinado aparecía para apuntarse al aplauso colectivo antichav—.
Los engranajes de la reacción política estaban ahora comprometidos. A las 11 de la mañana, David Cameron hacía sus primeras declaraciones fuera del Número 10, tras acortar sus vacaciones para volver a Londres. Anunció la destitución del Parlamento y que habría 16.000 policías en las calles de Londres a partir de esa noche. Más al norte, en Birmingham, Nick Clegg fue abucheado e interrumpido mientras intentaba evaluar los daños. Durante el día se introdujeron medidas especiales para permitir el procesamiento de un gran número de personas que ya habían sido arrestadas y que ahora aparentemente estaban apiñadas en celdas hacinadas e insalubres, sin comida ni agua. Mientras tanto, a nivel internacional, un portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán pidió a la policía británica que «ejerciera moderación» y que las organizaciones de derechos humanos debían investigar el tiroteo de Mark Duggan. Los medios sirios cubrieron los disturbios en profundidad, centrándose en la posibilidad de que se utilizase al ejército; el Estado libio describió los disturbios como un «levantamiento popular». En Egipto las redes sociales se llenaron de debates sobre si los disturbios deberían ser vistos como la llegada de la Primavera Árabe a Inglaterra. La Policía Metropolitana describió los eventos del lunes por la noche como «los peores que han visto que se puedan recordar» y afirmó que usarían balas de plástico si fuera necesario. Esta sería la primera vez que se haría en Gran Bretaña continental —Irlanda del Norte ya había tenido, por supuesto, su parte—. Con la esperanza de detener la ola de jóvenes que salían a las calles para participar en los eventos, los ayuntamientos comenzaron a enviar advertencias por correo electrónico y SMS a los padres, aconsejándoles que mantuvieran a los niños adentro. Incluso el mundo en línea vio sus propias manifestaciones de comportamiento relacionado con disturbios. Los artículos deportivos y de ocio más vendidos de Amazon ahora incluían bastones extensibles estilo policía y bates de béisbol, cuyas ventas habían aumentado un 5000% en las 24 horas anteriores. Y alrededor de las 15:30, los piratas informáticos tumbaron el sitio web de Research in Motion en represalia por la advertencia de que los datos de los usuarios de Blackberry serían entregados a la policía.
A medida que la tarde avanzaba y muchos comenzaban a esperar el regreso de los disturbios, las tiendas comenzaron a cerrar. En algunas áreas, especialmente áreas fuertemente turcas y kurdas como Dalston y Walthamstow, permanecieron abiertas, pero custodiadas por grandes grupos de vigilantes. A las 17:25 el IPCC anunció que Mark Duggan no había disparado ningún tiro antes de que un oficial de la policía lo matase. Parecía extraño —de hecho, todavía lo es ahora—, que publicaran información tan potencialmente explosiva en ese preciso momento. Sin comida en casa y con todas las tiendas cerradas, nos dirigimos a la única zona donde todo parecía estar abierto: el tramo de restaurantes turcos en Kingsland Road que tenía su propia protección. Algunas tiendas y bancos habían sido destrozados la noche anterior, pero el área normalmente atestada de tráfico ahora era un pueblo fantasma. En Dalston Junction un pequeño grupo cristiano solitario cantaba himnos desafinados al anochecer. Al llegar al tramo del restaurante, cientos de turcos destacaban en la calle, joviales, pero listos para los problemas: en su mayoría hombres jóvenes, aunque también chicos y chicas de mediana edad, incluso familias enteras. Pero en el restaurante éramos los únicos clientes, solos con la muzak. El personal estaba de buen humor; había un sentido de solidaridad comunitaria palpable. Afuera, unos tipos cargaban fardos de bates de béisbol; la extraña sirena a todo volumen; se veían policías patrullando de arriba a abajo la calle, aparentemente más para anunciar su presencia que para cualquier otra cosa. Pasamos un rato entre la multitud. Se formó una manada frente a la sala de billar Efes, con un hombre claramente a cargo dando órdenes en turco a los soldados de infantería, pero no ocurrió nada. Esta multitud estaba tan emocionada como los alborotadores de Pembury de la noche anterior, vanagloriándose en su sentimiento de fuerza colectiva. En un momento, unos pocos adolescentes, en su mayoría blancos y con capucha, se apresuraron a través de la congregación, visiblemente en guardia. Una turba de hombres turcos comenzó a seguirlos por la calle, girando y silbando para pedir refuerzos, erizados por una posible pelea, pero no llegó a nada. Un poco más tarde, una pareja negra apareció más abajo en la calle y la multitud se enfureció una vez más..., pero ellos solo estaban allí, al igual que nosotros, para conseguir comida.
Nos metimos en una tienda de alimentación medio cerrada. Mostrando spray de pimienta y una vieja porra extensible de la policía, el joven turco en el mostrador se jactó: «tío, ¡nunca he estado tan equipado como ahora!» Su compañero blandió un pesado trozo de alambre rígido a modo de cachiporra improvisada. «No tenemos otra opción, ya sabes, este es nuestro sustento; si perdiéramos este negocio, todo desaparecería». Afuera la multitud de vez en cuando se abría paso hacia los vehículos policiales, esas furgonetas negras blindadas de aspecto brutal que avanzan por la carretera en convoy. Vimos gente adentro, entre siete u ocho, seguidos por un número similar de camionetas antidisturbios blancas normales. Mientras este largo convoy se abría paso entre la multitud, muchos silbaron y vitorearon estridentemente ante la señal de arrestos masivos, tratando a los policías como héroes. Un policía joven con un sombrero blando deambulaba por la calle, canalizando el consenso nacional: «no es político; ahora es solo violencia sin sentido —estas personas solo están destrozando cosas y saqueando—, no tiene nada que ver con ese tiroteo». De camino a casa nos cruzamos con dos policías que detenían y registraban a tres adolescentes negros que hablaban tensos; no era por ser negros.
Dieciséis kilómetros al sureste, en el viejo y racista Eltham, la autorganización comunitaria contra los disturbios tenía algunos matices diferentes. Una multitud de vigilantes de alrededor de 200 a 300 personas se reunió en la calle con el objetivo declarado de proteger a su comunidad: en su mayoría hombres, algunos afirmando ser miembros de la EDL (Liga de Defensa Inglesa), fanáticos de los clubes de fútbol Charlton Athletic y Millwall, este último asociado desde hace mucho tiempo con vandalismo de extrema derecha. El líder de EDL Stephen Lennon proclamó: «Vamos a detener los disturbios; la policía obviamente no puede manejarlo». Se oyeron amenazas en el aire de que un «negrata» «recibiría esta noche». Multitudes de vigilantes similares se reunieron en Enfield, y aparecieron sikhs con espadas envainadas y palos de hockey en Southall. Siniestros signos de lo que podría aguardar —visiones de conflictos intercomunitarios—, pero poco más: todo pasó sin incidentes ya que, mientras continuaban las conflagraciones generalizadas en otras partes del país, Londres ya se había calmado significativamente —en respuesta a tal autodefensa comunal, o quizás al despliegue de 16.000 policías—. Las multitudes de vigilantes persistirían en salir por Eltham incluso el jueves, un día después de que estallara la ola de disturbios nacionales y dos días después de que hubiera disminuido en Londres, todavía con el objetivo declarado de proteger a sus comunidades de los alborotadores, solo para comenzar su propio motín contra la policía cuando estos llegaron a despejar el área. Por lo tanto, la ambivalencia política de las comunidades que se organizan en defensa propia, ya sea contra la policía o contra otra comunidad, se hizo evidente. Por una lógica social perversa, la movilización de unas pocas comunidades del interior de Londres definidas territorialmente contra los procesos de abyección y racismo policial, cuyos efectos secundarios se extendieron por todo el tejido social, había precipitado más autoorganizaciones territoriales que a menudo eran racistas y que entendieron su papel como un órgano policial: expulsando a lo abyecto de la comunidad. Muchos en la comunidad kurda y turca, tradicionalmente de izquierda, llegarían a distanciarse de las formas en que su autoorganización pragmática se había incorporado a este discurso, expresando solidaridad con los alborotadores de Tottenham un par de semanas más tarde en una marcha hacia el norte desde Kingsland Road hasta el área del estallido original.
El martes por la noche los disturbios continuaron en Birmingham, Bristol y Nottingham, y se extendieron a Manchester, Salford, Bury, West Bromwich, Leicester, Gloucester, Wirral, Sefton y Wolverhampton. Aunque la policía afirmó lo contrario, es tentador preguntarse si la reasignación masiva de policías a Londres dio a los manifestantes más oportunidades en otros lugares. Sea cual sea la explicación, el martes por la noche fue el día en el que el país, más allá de Londres, realmente ardió: en Nottingham, alrededor de las 22:30 horas, 30 o 40 hombres incendiaron una estación de policía; en Liverpool una multitud de jóvenes se congregó a las 23:30 arrojando cohetes a la policía y asaltando comercios; en la estación New Street de Birmingham, la policía luchó contra hasta 200 saqueadores que habían atacado tiendas e incendiado automóviles; se disparó contra la policía, incluso contra un helicóptero, y se lanzaron cócteles molotov; a partir de las once de la noche en Gloucester, una pequeña ciudad con mercado provincial, se produjeron disturbios y saqueos; en Manchester, aunque es la tercera fuerza más grande del país, la policía perdió el control del centro de la ciudad cuando se produjeron saqueos e incendios provocados en la zona comercial. Pero los eventos más dramáticos probablemente ocurrieron en Salford, una ciudad de unos 250.000 habitantes en el área de Manchester, donde se inició otro motín contra la policía.
Salford: predominantemente blanca, desempleo por encima del promedio, decimoquinta zona más pobre del país. Alrededor de las 15:00 horas del martes comenzaron a circular rumores sobre la posibilidad de disturbios y se informó sobre «comportamientos amenazantes» en la principal calle comercial. En respuesta, la policía descendió en masa. A la vuelta de la esquina de Brydon Estate, filmaron a cientos de jóvenes acumulando ladrillos rotos. Se desplegó policía antidisturbios, pero fueron emboscados de inmediato con intensos niveles de violencia y multitudes mucho más grandes de lo que habían previsto. Mientras ardía el fuego y un centro comercial fue saqueado, superados en número y abrumados, persistieron en tratar de dispersar a la multitud. En un momento, entre 600 y 800 alborotadores estaban atacando a un grupo de 30 policías con piedras, y a las 19:40 se ordenó a los agentes que se retiraran de Salford, tiempo durante el cual el supermercado Lidl fue saqueado e incendiado, junto con varios automóviles en el estacionamiento. También se incendió la oficina de una asociación de vivienda local y se saqueó una tienda, quemando la casa familiar que había sobre ella. A partir de las 22:45, la policía local fue reforzada por agentes de otras diez patrullas y volvió a entrar en Salford para recuperar gradualmente el control. Si bien hubo saqueos, como siempre, lo notable de Salford fue el enfoque violentamente antipolicial de los eventos. Se trataba de otra área desfavorecida que estuvo sujeta a un aumento de detenciones y registros y la juventud de Salford había seguido el ejemplo de los alborotadores en otras partes del país, utilizando la ola de disturbios como una oportunidad para vengarse.
INDIGNACIÓN
Mientras los disturbios ardían con fuerza durante la noche, alrededor de la una de la mañana ocurrió un incidente fatal: atropello y fuga en el área de Winson Green en Birmingham. En otro ejemplo de autodefensa de la comunidad, alrededor de 80 asiáticos británicos habían estado protegiendo negocios locales cuando un automóvil golpeó a algunas personas en la multitud a alta velocidad, matando a dos hombres e hiriendo gravemente a un tercero que luego murió en el hospital. Este evento deprimente vino a proporcionar la guinda del pastel del «disgusto general» a escala nacional, con los medios repitiendo sin cesar las súplicas de Tariq Jahan, padre de uno de los asesinados, llamando a la solidaridad intercomunitaria y a que la gente «se calme y vuelva a casa». Winson Green limita con las áreas de Handsworth y Lozells, ambas con antecedentes recientes de disturbios. En 2005 estas áreas habían estallado en disturbios raciales intercomunales entre afrocaribeños y asiáticos, después de que se extendieran rumores sobre la violación en grupo de una niña negra. Entonces, con los rumores que circulaban de que el conductor del automóvil había sido negro y que el atropello y la fuga habían sido un asesinato orquestado deliberadamente, con un automóvil que de alguna manera supuestamente se usó para «atraer» a los hombres a la carretera antes de que fueran atropellados con otro vehículo: el espectro de disturbios raciales en toda regla asomaba la cabeza, con miembros de la comunidad musulmana circundante preparándose para la imposición de represalias. El discurso de Jahan fue una intervención directa a esta situación local, diciéndole a los jóvenes enfadados que lo evitaran, que «crecieran» y no aumentaran las tensiones existentes. Pero, descontextualizado como un videoclip insignia en el espectáculo mediático nacional, el discurso de Jahan llegó a representar la voz sensata y moral de la nación en general contra la locura de los alborotadores en general. Separado de su referente local, tal discurso llegó a implicar que aquellos que continuasen los disturbios a lo largo del país serían cómplices de la violencia que, entre otras cosas, le había costado a un padre su hijo. Y como tal, pareció funcionar.
Más tarde se supo que el incidente había sido un accidente, que algunos de los implicados realmente conocían a las víctimas y que un policía involucrado en el caso había mentido bajo juramento; los 8 acusados de asesinato fueron absueltos y se inició una investigación del IPCC sobre la conducta de la policía. Muchos de los involucrados también resultaron ser blancos. Las asociaciones del incidente con el comportamiento desenfrenado o la violencia antiasiática de los negros locales se evaporaron, dejándolo como un evento desafortunado, pero altamente contingente. De hecho, las dinámicas sociales más aterradoras que estaban en juego en este caso eran menos una cuestión de disturbios en sí mismos que de una posible lucha intercomunitaria que surgía desde comunidades racial y territorialmente definidas, autorganizadas contra la propagación de los disturbios y contra los saqueos. El martes se puso esta perspectiva sobre la mesa, desde las brigadas de escobas hasta los turcos con bate de béisbol, desde la comunidad asiática de Birmingham hasta la EDL. Pero no entre los negros. A partir de esta lógica social ambivalente, un consenso nacional distorsionado forjó rápidamente la arrogancia contra la asocialidad de los alborotadores mientras la exposición de los horrores de los disturbios se emitía sin cesar en nuestras pantallas: el incendio de un almacén de alfombras y todos los pisos encima de él, el incendio de un antiguo negocio familiar de muebles, el atraco a un estudiante malasio desconcertado y, finalmente, el pobre y noble Tariq Jahan.48
Aquí, claramente, se sumaban tipos diferentes de incidentes: por un lado, el incendio provocado que se presenta como una práctica habitual de las multitudes alborotadas; por el otro, delitos contingentes a los disturbios mismos, que simplemente ocurren en medio del caos social general. Los atracos, por supuesto, ocurren todo el tiempo en Londres; los atropellos con fuga tampoco son inusuales, aunque parecen tener la costumbre de ocurrir en medio de la acción frenética de un disturbio.49 Agrupados como aspectos de «Las Revueltas» —un extraño objeto sintético—, realmente parecía que había habido algún tipo de aumento ex nihilo de «criminalidad simple y pura», una irrupción inexplicable de inmoralidad no adulterada en la sociedad británica, tal y como los discursos autoritarios del Estado, los medios y demás insistían.50 A menos que este objeto se descomponga en sus eventos y dinámicas constitutivas, a menos que cuestionemos la coherencia de este objeto, «Las Revueltas», terminaremos limitados a crear una u otra interpretación del mismo conjunto de incidentes según nuestra mayor o menor «radicalidad política»: Cameron dice que «los disturbios consisten en actos criminales»/yo digo que se tratan de «política»; el Estado y los medios ven una falta de espíritu comunitario subyacente a las revueltas/yo digo que «se vaya a la mierda con su comunidad, yo estoy con los alborotadores»; Cameron dice que «los disturbios consisten en actos criminales»/yo digo «¡Genial!». Lo que sigue solo puede ser una especie de débil lucha retórica en la que el oponente ni siquiera participa. Y por impresionante que sea la lucha que aún podamos ofrecer, la mayor parte del terreno ya está concedido en la aceptación de un objeto fundamentalmente espurio. No podemos responder a la pregunta de en qué consistían «Las Revueltas» con una respuesta unívoca y singular, puesto que no consistían ni podían consistir en nada, al menos en el sentido de expresar una intencionalidad esencial, un agravio, deseo, etc, singular y unificado. Como eventos sociales emergentes, los disturbios —e incluso más aún, las olas de disturbios— se abstraen de los contextos de los que se nacen para desarrollarse en formas y patrones totalmente irreductibles a cualquier factor único, ya sea subjetivo u objetivo.51
Mucho mejor, entonces, descomponerlos en las cadenas de eventos y lógicas sociales altamente sobredeterminadas que en realidad son. Cuando hacemos eso, lo que queda no es simplemente un caos empirista de hechos e incidentes, sino una marea creciente de acciones que se desarrollan espontáneamente, una mecánica perceptible de agitación social por la que una manifestación comunitaria contra la policía bastante estándar se convierte en una serie de disturbios, lo cual crea un espacio libre de policías para el saqueo, lo cual luego se extiende a un ritmo sorprendente, facilitado en primer lugar por la escala de la conflagración inicial y, en segundo lugar, por la ubicuidad de los medios de comunicación laterales; lo cual otras comunidades reconocen como una causa común con los alborotadores del Tottenham para salir luego, en medio del desorden generalizado, a generar sus propios disturbios antipoliciales. De esta forma, el creciente contagio precipita una crisis nacional más amplia de la ley y el orden mientras la policía lucha por responder, en cuyo contexto prolifera una masa caótica de comportamientos normalmente mantenidos a raya en periodos de «paz social» y frente a los cuales las comunidades se sienten obligadas a autoorganizarse contra la ruptura del orden. Esta autoorganización amenaza entonces con estallar en luchas intercomunitarias, lo que obliga a la formación de un disgusto general a escala nacional por todo lo que se desarrolla, antes de que todo se apague todos nos vamos a casa y comienzan las represalias y los encarcelamientos masivos. Las últimas ascuas del fuego se desvanecieron en Liverpool y Manchester ese miércoles y solo la Liga de Defensa Inglesa seguía llevando las antorchas en Eltham, por una ola de disturbios que tenía sus raíces más claras en el antirracismo.
CASTIGO
El precedente establecido al final de las luchas estudiantiles, la vigilancia tecnológica y la respuesta punitiva cada vez más severa, se consolidó como forma de gestión estatal de los disturbios. Y además el país estaba excepcionalmente bien equipado para ello, habiendo caminado sonámbulo hasta convertirse en una de las naciones más vigiladas del mundo, con aproximadamente una cámara de televisión de Circuito Cerrado por cada 11 a 14 personas. Lo que siguió fue una de las mayores investigaciones en la historia de la policía, la Operación VERA, en la que cientos de especialistas rastrearon imágenes de vídeo en una carrera para identificar las miles de caras captadas por las cámaras. Y aunque una nueva generación de manifestantes estudiantiles había sentido que había aprendido su primera lección crucial al adoptar tácticas de «black block», cubrirse la cara no parecía ofrecer ninguna garantía de protección en el caso de los disturbios. La gran extensión de la cobertura de la CCTV —especialmente en áreas designadas como «problemáticas»— proporcionó la capacidad tecnológica para que los detectives rastrearan a las personas durante horas o incluso días, tratando de encontrar tan solo un vistazo de sus rostros desenmascarados y, en el proceso, ensamblar montajes incriminatorios de cada uno, sus acciones sucesivas y, sobre todo, sus redes. A las pocas semanas de los disturbios 4000 personas habían sido arrestadas, en su mayoría hombres y en su mayoría entre las edades de 18 a 24 años. El hecho de que los primeros grupos de sospechosos en ser detenidos fueran los más fáciles de identificar —cuya información era vinculada fácilmente en la base de datos de la policía— permitió al gobierno asegurar con confianza a la nación que los disturbios no fueron obra de una persona promedio, un ciudadano británico normal, sino la de «criminales conocidos». Efectivamente, la policía había identificado inicialmente y recordado después a las personas que le eran más familiares, más cercanas, aquellas a las que el excomisionado de policía metropolitana Ian Blair se refirió con tanta franqueza como «propiedad de la policía».52 ¿Pero por qué la policía se referiría a esas personas como «de su propiedad»? Porque en cierto sentido sí los poseen: sus sólidos antecedentes penales justifican que estén constantemente accesibles, controlados a voluntad. Como propiedad de la policía se definen, un tanto tautológicamente, por la criminalidad, como si esta fuera un rasgo de carácter distintivo. Y como se nos ha recordado en repetidas ocasiones, los actos de los alborotadores no son simples delitos como cualquier otro, sino la criminalidad per se; criminalidad pura y dura. Que el único contenido que se encuentra en los disturbios —y, por implicación, en los alborotadores— sea la criminalidad misma ejemplifica la lógica de la abyección que opera aquí, convirtiendo a quienes se amotinaron en mera «propiedad»; un bulto homogéneo e ilegítimo que puede ser separado y apartado a voluntad, como madera muerta, de un todo social que funciona de otro modo.
Esta homogeneidad percibida aparecería en la condena generalizada de actos muy diferentes de acuerdo a normas completamente distintas de las que se aplicarían en circunstancias normales sin disturbios. Con su sentencia ejemplarizante de los alborotadores el Estado parece reconocer implícitamente el carácter real del motín como un evento social emergente. A diferencia de los delitos individuales, como lógica socialmente generalizadora, el motín implícitamente pone en juego a la sociedad misma; en lugar de ser una suma de los actos particulares, estos actos se convierten en instancias de esta lógica general. De esta forma, cada uno puede ser juzgado, en última instancia, frente a la sociedad en su conjunto. La respuesta del jefe de policía de la Policía del Gran Manchester fue clara:
Si como individuo sales a robar, eso es malo, pero si sales en una multitud, eso es algo mucho más grave [...] porque amenaza a la sociedad misma. Tenemos que ser honestos, en tanto que oficiales de policía, somos una delgada línea azul [...], el sistema solo funcionará si la gran mayoría de las personas cumplen la ley.53
Todavía no se ha establecido definitivamente el tamaño necesario de esta mayoría. Pero que la delgada línea azul sufriera al menos un estiramiento drástico, que la ciudad se volviera fugaz, pero palpable, vulnerable y quebradiza, significaba que cada evento y acción era potencialmente explosivo. Este punto había quedado claro en las protestas estudiantiles, pero aún más claro en los motines, y sus respectivas represiones en parte lo reflejaban.
Todo esto fue seguido por una avalancha de sentencias llamativas: 16 meses por robar un helado, 6 por una botella de agua y 5 por robar un par de pantalones cortos. En los periódicos abundaban tales ejemplos tragicómicos. El desorden y la amenaza de desorden se desdibujaron, a veces incluso siendo tratadas por igual. Amed Pelle, de 18 años, pasó casi dos años en la cárcel por publicar mensajes en Facebook, incluyendo uno que se entendía que incitaba a los disturbios en Nottingham —«Disturbios en Nottz, ¿quién se apunta?»— y otro con un claro mensaje contra la policía —«matad a un joven negro y mataremos a un millón de policías, haremos disturbios hasta que seamos dueños de las ciudades»—. La misma sentencia se le dio a Dwaine Spence, quien aparentemente lideró una multitud joven y enojada de 40 personas en el «alboroto» a través de Wolverhampton, atacando a la policía. Pero mientras que el caso de Amed Pelle involucró expresiones que sugerían intención y motivación, otras actividades en las redes sociales que condujeron a condenas fueron más ambiguas. Y el castigo severo por tal intención no requería que hubiera ninguna consecuencia real. Aunque nadie se presentó en McDonald's, el punto de encuentro del evento de Facebook «Smash Down in Northwich Town», excepto la policía, su creador recibió cuatro años de cárcel. La misma sentencia se le impuso al pobre joven que, en estado de ebriedad, creó un sitio web llamado «Los Disturbios de Warringtons», a pesar de que no acabó habiendo ninguno. Y esto, por supuesto, constituye el lado oscuro de las redes sociales, cuyo contenido primero puede ser incautado por la policía y luego tratado, a voluntad, como si ya fuera constitutivo de la realidad.
Dejando a un lado los ejemplos más llamativos, la mayoría de los cargos fueron por robo, daño a la propiedad y la vaga, pero, en este punto de la ola de luchas, omnipresente, categoría de «desorden violento». A mediados de octubre de las 2000 personas que comparecieron ante el tribunal de magistrados por cargos más leves, el 40% había recibido sentencias de prisión inmediatas, en comparación con el 12% en 2010. Pero como en el caso de los disturbios estudiantiles anteriores, muchos incidentes menores se enviaron directamente a los Tribunales de la Corona —donde más del 90% de los casos terminan en prisión—, cuyas sentencias de los alborotadores fueron aproximadamente un 18-25% más altas que en contexto de paz social. Ciertos tribunales de Londres en particular se convirtieron en tamices industriales que permanecían abiertos las 24 horas del día para apartar rápidamente a los miles de alborotadores quienes, frente a la cuádruple tasa de custodia del momento, se vieron obligados a esperar en celdas debajo del edificio o en la sala del tribunal, a menudo abarrotada. El espectro de candidatos en las elecciones a la alcaldía de Londres de 2012 propondría la estandarización de este laborioso espectáculo en sus brillantes folletos de campaña. Y si esta exhibición no fuera suficiente para apaciguar a una nación hambrienta de «justicia», el primer ministro pronto aconsejaría a los consejos locales que deberían considerar retirar los cheques de asistencia social, cada vez más reducidos, a todas aquellas familias que albergasen a un alborotador, o incluso, tal vez, desalojarlos —indicando a una masa de padres en pánico qué deberían echar a sus hijos delincuentes de casa para salvar sus hogares—. Como repitió Nick Clegg:
Si sales y destrozas las casas de otras personas, quemas autos, saqueas y destrozas tiendas, en otras palabras, si no muestras ningún respeto por tu propia comunidad, entonces, por supuesto, es necesario que te preguntes si la comunidad debe apoyar que vivas allí [...]. El principio de que, si obtienes algo de la comunidad, tendrás que devolverlo, es muy, muy importante.54
Comunidad, comunidad, comunidad. ¿Quién está dentro y quién está fuera? Clegg evidentemente entiende muy bien la lógica. Una comunidad sin cualidades, definida negativamente en su totalidad: la masa aglomerada de todos aquellos que no destrozan casas ajenas, queman autos, destrozan tiendas, etc. ¿Qué tiene en común esta comunidad? Solo el hecho de no rebelarse, al menos en la medida en que alguien más pueda desempeñar ese papel. Las revueltas producen a la comunidad que abyecta al alborotador que se rebela contra esta abyección; la comunidad produce los abyectos que se rebelan contra esta abyección para hacerla comunidad. La sentencia cierra el círculo de la abyección, sella los límites de la comunidad en la ley y, en caso de que no nos hubiéramos dado cuenta, los políticos prominentes intervienen para engrasar todo el asunto con una legitimidad adicional. Menos mal, porque los límites de esa comunidad, marcados por una delgada línea azul, habían comenzado a ponerse en duda seriamente. Solo se percibían como la delgada línea de una sonrisa impersonal, tensa y vacilante.
La lógica social de la abyección no da tregua. Después de los disturbios la radicalización de la interminable reestructuración bajo la actual coalición conservadores-demócratas avanzó sorprendentemente. Mientras hablaba con dureza, el Estado comenzó a hacer algunos ajustes cautelosos destinados a evitar eventos similares. Cada soplo de protesta se encontró con un bloqueo policial completo. En el aluvión que dejó la ola fallida brotó Occupy, pero al menos en este contexto, de algún modo más triste, aún más derrotado que todo lo que le había precedido. Los disturbios habían dejado al país atónito y en silencio, la masa de gente involucrada en las luchas contra la austeridad había quedado en gran medida en pausa, silenciada, con la boca abierta y las cabezas giradas, abandonada a la contemplación del espectáculo de los disturbios consumiéndose a sí mismos. Los primeros intentos de protesta posteriores a los disturbios indicaron una deflación total. La marcha contra la reforma de las pensiones del 30 de noviembre de 2011 en el centro de Londres se parecía a un cortejo fúnebre estatal, con aproximadamente un oficial de policía por cada dos manifestantes y una valla de control de multitudes de acero sólido de tres metros de altura para canalizarlos en una versión reducida e hipercontrolada de esa ya limitada caminata. Mientras que el embotellamiento del movimiento estudiantil había proporcionado la intensa proximidad física y la compresión para generar calor y escalar la tensión, el cordón de acero nos dejó completamente fríos; era el otoño convirtiéndose en invierno. Las luchas contra la crisis no solo se habían debilitado por la total ilegitimidad de sus demandas y la magnitud de la represión sistemática que siguió a los disturbios, sino que los disturbios también unificaron al país en general contra los enemigos internos, la escoria que había cargado a un país ya asolado por la crisis con una enorme factura adicional, estimada en alrededor de quinientos millones de libras.55 ¡Seguramente con ese peso nosotros también nos hundiríamos, como aquellos pobres griegos!
En una ceremonia de inauguración olímpica a un par de millas de los sitios de los disturbios de Hackney, mientras el orden es garantizado con un dispositivo policial al estilo paramilitar, se convoca un espectáculo patriótico de la desordenada historia de Gran Bretaña, en el que se enfrentan punkis blancos y chavales negros del distrito cercano de Bow contra el burgués de la Revolución Industrial con sombrero de copa; una explosión multicultural anárquica de la que nos sentimos orgullosos e incluidos. Un año después de la muerte de Smiley Culture, Dizzee Rascal trasladó al escenario la última de las subculturas negras autónomas de Londres. Doreen Lawrence lleva la antorcha por el sureste de Londres que encendió la mecha de 1981, que asesinó a su hijo en 1993 y donde el EDL concluyó en la ola de disturbios de 2011. Justo afuera, una manifestación de Masa Crítica —normalmente tolerada por la policía— está delimitada con fuerza. Los jóvenes negros continúan siendo detenidos y registrados múltiples veces más que cualquier otro grupo, mientras que un reconocimiento silencioso de que puede haber problemas con esta situación se filtra lentamente a través del panorama político posterior a los disturbios, tal como sucedió a principios de la década de 1980. Y, al menos en este sentido, puede decirse que estos disturbios «han funcionado». La persecución de los supuestos «irresponsables» vuelve a aumentar, junto a la limpieza clasista de las propiedades de Londres gestionada por el Estado. La tan esperada muerte de Thatcher desencadenó un estallido nacional de schadenfreude cuando los supervivientes de la década de 1980 llegaron al centro de Londres para celebrar borrachos algo que se sentía vagamente como una victoria: al menos la sobrevivimos.
Haría falta ser bastante optimista para encontrar en todo esto presagios literales de revolución o de construcción de lucha de clases. A lo sumo, durante unos momentos candentes, algunos finalmente se pusieron en pie y fue emocionante mientras duró. La huella de ese júbilo tal vez persistirá en la memoria política de una generación, pero no imaginemos que esta ola podría, por sí misma, haber hecho otra cosa que estrellarse y dejar atrás una larga marea de reflujo. Las luchas contra la austeridad no tenían adónde ir, ninguna posibilidad real, salvo una alegre irrupción en alguna nueva situación estridente, siempre sin objetivo ni horizonte positivo; todo demandas imposibles; los únicos modos significativos de lucha —al menos para hacer pasar un mal rato a policías y demócratas— por definición, fuera de los límites, solo podían invitar a un castigo cada vez mayor. La ola más amplia de luchas había alcanzado su punto máximo y amenazaba con estallar al enfrentarse a esta imposibilidad. Habría necesitado algún evento exógeno dramático para impulsarlo más allá: otro terremoto en las profundidades del mar, tal vez, de las placas vibratorias de la economía global, o alguna resonancia armónica importante de las convergencias globales de lucha. Pero eso no sucedió, y aquí la ola se cruzó con la más longeva dinámica social de la abyección que haría que su inevitable choque fuera aún más repentino y catastrófico.
Los alborotadores contra la policía también estaban obligados, en el mejor de los casos, a despotricar en su ilegitimidad contra una lógica policial que los convierte en tales. En sí mismos tales disturbios, por supuesto, nunca constituirán un desafío significativo para un Estado capitalista cuyo aparato represivo enormemente hipertrofiado es solo el anillo exterior alrededor de estructuras sociales profundas de consentimiento que se solidifican aún más a medida que sus abyectos luchan contra ellas, incluso reproduciendo la función de la policía a nivel de autoorganización comunitaria. Aun así, pueden darnos una buena impresión de cómo se ve la «delgada línea azul» en una crisis. Y no evaluemos moralmente estos disturbios a la manera de un izquierdismo venerable que podría haberlos tomado como un retroceso al pasado —antes de que los trabajadores maduraran y realmente comenzaran a organizarse para ganar— porque el movimiento obrero está totalmente fuera de actualidad, desaparecido hace mucho tiempo, al igual que tal medida normativa. Y al reconocer la tristeza, la catástrofe de esta ola, no finjamos que había otra manera obvia en la que podrían haberse desarrollado los acontecimientos, si tan solo hubiéramos jugado la carta correcta —pues si tal carta hubiera estado realmente en nuestra mano, casi con certeza habría salido—. Las oleadas de lucha pasadas no necesitan generales de sofá. Pero si podemos deshacernos de la mierda en la que se apelmazan estas experiencias y mirarlas honestamente, al menos podemos tener la esperanza de averiguar dónde estamos ahora. Atrapados en modos de lucha que se vuelven contra nosotros. Residuos de una clase positiva que nos pertenece solo a expensas de otros. Y para ellos: la clase marcada en su propio ser como mero objeto de repugnancia. Clase declarada por el imperio de la ley y aplicada por la patrulla policial. Así, la clase, al menos, se pone en juego.