LA CRISIS ACTUAL Y LAS LUCHAS DE CLASE DE 2011-2013

En 2007, tras el desplome de la burbuja inmobiliaria que la había mantenido en alto, la economía mundial se sumió en una profunda depresión. Los propietarios de viviendas estaban con el agua al cuello. Las empresas se vieron desbordadas. El desempleo se disparó. Y lo que es más dramático, la arquitectura financiera de la economía mundial estaba a punto de derrumbarse. Los ministros del gobierno, al entrar en escena, emprendieron una acción coordinada para evitar que se repitiera la década de 1930. Poco después, esos mismos ministros se vieron obligados a aplicar medidas de austeridad para garantizarles a los obligacionistas que seguían manteniendo el control de la catástrofe a cámara lenta.

Los empleados públicos fueron despedidos; los que se libraron vieron sus salarios reducidos. Las escuelas, las universidades y los hospitales sufrieron recortes masivos. Mientras tanto, a pesar de la crisis, los precios de los alimentos y del petróleo seguían siendo elevados. El desempleo también se mantuvo obstinadamente alto, especialmente el desempleo juvenil. Por último, a pesar de los esfuerzos de los políticos —o, quizás, precisamente a causa de esos esfuerzos—, algunas economías nacionales se vieron inmersas no en una ni en dos, sino en tres recesiones distintas en el intervalo de unos pocos años.

En estas condiciones, un número cada vez mayor de proletarios se ha visto obligado a depender de la ayuda del gobierno para sobrevivir, incluso cuando esa ayuda se encuentra bajo amenaza. Fuera de la relación salarial formal, prolifera la informalidad, desde el trabajo en negro hasta la pequeña delincuencia.

No obstante, pese a todo, tanto los asalariados como los no asalariados han respondido mayoritariamente a la aparición de esta crisis —que no es más que la última consecuencia de un declive económico que lleva durando décadas—, adaptándose a ella.1 Por supuesto, esto no fue universalmente cierto: muchos proletarios se pusieron a defender sus condiciones de vida. Entre 2008 y 2010 hubo manifestaciones, algunas de las cuales incluyeron bloqueos de carreteras y de refinerías. Hubo disturbios, así como incidentes de saqueo. Las huelgas generales paralizaron el trabajo durante un día entero. Los estudiantes ocuparon las universidades y los empleados del sector público los edificios gubernamentales. En respuesta a los cierres de fábricas, los trabajadores no solo tomaron sus centros de trabajo; en algunos lugares, también secuestraron a los jefes o quemaron las fábricas.

Algunas de estas acciones se produjeron en respuesta a los asesinatos de la policía o a los accidentes laborales. Muchas más tenían como objetivo detener la aplicación de políticas de destrucción de puestos de trabajo y de austeridad y revertir el aumento de la desigualdad y la corrupción. No obstante, como señaló Kosmoprolet, «los medios convencionales de lucha de clases no fueron capaces de ejercer suficiente presión en pro de sus demandas en ningún lugar, y las protestas fracasaron en todos los aspectos, a pesar de los enormes esfuerzos de movilización».2 Poco después, en 2011 —un año repleto de terremotos, fusiones nucleares e inundaciones—, una forma de lucha totalmente imprevista llegó a las costas del Mediterráneo.

1. EL MOVIMIENTO DE LAS PLAZAS

Comenzando en Túnez, el movimiento de las plazas se extendió por todo Oriente Medio y por el Mediterráneo antes de llegar al mundo angloparlante como Occupy. En realidad, había más diferencias que similitudes entre los numerosos movimientos de las plazas, de modo que podría parecer temerario tratar de hacer generalizaciones. Mas no somos nosotros, como comentaristas, los que establecen las conexiones, sino los propios movimientos, tanto en su forma de surgir como en su práctica diaria. Fenómeno internacionalista desde el principio, el movimiento de las plazas vinculó las luchas a través de un mosaico de países de altos y bajos ingresos. Oakland y El Cairo eran, de repente, «un solo puño».

A diferencia de las protestas antiglobalización —pero al igual que el movimiento antiguerra de 2003—, la creciente conflictividad no se circunscribió a una ciudad, ni saltó secuencialmente de una ciudad a otra. Por el contrario, las ocupaciones proliferaron por todos los centros urbanos, atrayendo a los asalariados precarios y a las temerosas capas medias, así como a los trabajadores organizados, a los habitantes de los barrios marginales y a los nuevos sin techo. Sin embargo, aparte de echar a unos cuantos dictadores de edad avanzada de sus butacas, el movimiento de las plazas no consiguió ninguna victoria duradera. Al igual que la oleada de protestas de 2008-2010, esta nueva forma de lucha resultó incapaz de cambiar la forma de gestión de la crisis, y mucho menos de desafiar el orden social dominante.

Aun así, el movimiento de las plazas sí que cambió algo: permitió a la ciudadanía, una estructura interclasista, reunirse y hablar de la crisis y de sus efectos en la vida cotidiana —en el norte de África les dio la posibilidad real de hacerlo—. Anteriormente, este tipo de debates solo se producían en privado: se hacía sentir a los individuos como responsables personales del desempleo, de la falta de vivienda, de la violencia policial arbitraria y de la deuda; nunca se les daba la oportunidad de discutir soluciones colectivas a sus problemas. Solo por eso, todo lo que se habló en las ocupaciones no fue baladí.

A medida que se desarrollaba el movimiento, la propia actividad de los ocupantes se convirtió en el principal tema de debate. ¿Qué debían hacer para defender las plazas contra la policía? ¿Cómo podrían extender el movimiento a nuevas zonas? La popularidad de estos debates, incluso fuera de las propias ocupaciones, sugería que una parte creciente de la población reconocía ahora que el Estado era impotente para resolver la crisis. Al mismo tiempo, nadie tenía idea de qué hacer con esa certeza. Las ocupaciones se convirtieron en espectáculos. Los ocupantes eran espectadores de su propia actividad, a la espera de saber cuál había sido su propósito todo ese tiempo.

El principal problema al que se enfrentaban era que la propia forma en la que se reunían los hacía demasiado débiles para suponer una amenaza real para el orden reinante. Las ocupaciones afectaban a todo el mundo, pero, con la excepción de los sin techo, no afectaban a nadie directamente. Los ocupantes se encontraron unos a otros, pero a costa de abandonar las situaciones concretas —barrios, escuelas, centros de trabajo— que podrían haberles dado ventaja. En consecuencia, no controlaban ningún recurso material ni ningún enclave o territorio, aparte de las propias plazas.3 Era raro que se llegara a las ocupaciones como delegado de un barrio o de un centro de trabajo y, mucho menos, como integrante de alguna otra fracción social. Los ocupantes tenían poco que ofrecer a los demás, salvo sus propios cuerpos y sus gritos de «indignación» que resonaban en las hasta entonces estériles plazas centrales. Fuera de algunas ciudades del norte de África, se mostraron en gran medida incapaces de transmitir su indignación desde las plazas a la vida cotidiana, donde una actividad autónoma implicaría necesariamente un mayor número de personas y riesgos más importantes.

En este contexto, los ocupantes optaron por un conjunto de reivindicaciones negativas: «ash-sha'b yurid isqat an-nizam» [«el pueblo quiere que caiga el régimen»] y «que se vayan todos». No obstante, deshacerse de los gobiernos, revertir la austeridad y bajar el precio de los alimentos y de la vivienda, incluso en las condiciones más favorables, ¿podrían ser acaso demandas realizables? Si se pudiera impedir la aplicación de medidas de austeridad, ello podría espantar a los titulares de deuda pública, forzando así el Estado a la quiebra. Para que nos hagamos una idea de la profundidad del abismo: ni siquiera los partidos políticos más oportunistas —con la posible excepción del Tea Party en EE. UU.— han estado dispuestos a asumir este reclamo.

Y, sin embargo, sin la capacidad de exigir una reflación, por no hablar de la reindustrialización de la economía, ¿qué queda sino los intereses seccionales de varias fracciones del proletariado —y otras clases—? Si no tienen más remedio que aceptar el statu quo económico, ¿cómo pueden estas fracciones repartirse un conjunto limitado de recursos, tanto de limosnas públicas como de empleo privado, sin enemistarse entre sí? Es bastante fácil decir que no queda más remedio que hacer la revolución, pero ¿cuál será esa revolución?

En el siglo XX los proletarios pudieron unirse bajo la bandera del movimiento obrero, con el objetivo de reconstruir la sociedad como una mancomunidad cooperativa. Las coordenadas de esta antigua forma de liberación se han desbaratado por completo. La fuerza de trabajo industrial estaba antes comprometida con la construcción de un mundo moderno; podía entender que su trabajo tenía una finalidad más allá de la reproducción de la relación de clase. Ahora todo esto se antoja ridículo. La mano de obra industrial lleva décadas reduciéndose. El complejo petrolero-automovilístico-industrial no está construyendo el mundo, más bien lo está destruyendo. Y como un sinnúmero de proletarios están empleados en puestos de servicio sin futuro, tienden a no ver ningún propósito en su trabajo, aparte del hecho de que les permite «arreglárselas». Muchos proletarios producen hoy poco más que las condiciones de su propia dominación. ¿Qué programa se puede articular sobre esta base? No hay ningún sector de la clase que pueda presentar sus intereses como portadores de un significado universal. Por ello, un proyecto positivo tendría que abrirse paso a través de una cacofonía de intereses seccionales.

En lugar de eso, el movimiento de las plazas tomó forma como un nuevo tipo de frentismo. Reunió a todas las clases y fracciones de clase que se habían visto afectadas negativamente por la crisis, así como por las medidas de austeridad que siguieron a los rescates empresariales. De esta manera, la clase media en declive, los asustados pero con empleo seguro, los precarios y los nuevos desempleados y los pobres de las ciudades se unieron como una apasionada muestra representativa de la sociedad, puesto que ninguno de ellos podía aceptar las opciones que la crisis les había puesto delante. Sin embargo, sus razones para no aceptar tales opciones no eran siempre las mismas. En el norte de África, estos frentes pudieron movilizarse para derrocar gobiernos, pero en este caso su éxito fue precisamente su fraccionamiento.

Nuestro argumento es que el movimiento de plazas adoptó esta forma por una razón. En esencia, aunque ciertamente no en todas sus manifestaciones, su lucha era una lucha antiausteridad. El hecho de que tuviera este carácter debería parecernos extraño. Todas las cabezas pensantes parecían saber, en 2008, que una profunda recesión, comparable a la de la década de 1930, no debía provocar la austeridad, sino su contrario, es decir, un gasto fiscal masivo. Algunos países de renta baja —China, Brasil, Turquía e India, entre otros— tomaron esta vía, a menudo de forma limitada y solo después de experimentar profundas recesiones. Pero, en su mayor parte, los países de renta alta no siguieron ese camino. ¿Dónde está el tan cacareado capitalismo verde, que se suponía que iba a encaminar la economía mundial por una nueva vía? Los últimos años parecen haber brindado la oportunidad de que el capital se reinvente totalmente como el salvador de la humanidad. Eso no ha sucedido. Nuestra sensación es que es precisamente la profundidad de la crisis lo que ha obligado a los países de renta alta a recortar sus presupuestos. Están encerrados en la danza de los muertos.

Como mostraremos a continuación, esos Estados se han visto obligados a bailar ante dos presiones contradictorias. Por un lado, han tenido que pedir préstamos y gastar para evitar la deflación. Por otro, se han visto obligados a aplicar una política austera para frenar el crecimiento de lo que ya era una deuda pública masiva —que se ha producido durante décadas de escaso crecimiento económico—. Este girar en círculos no ha resuelto la crisis; no obstante, ha atenuado sus consecuencias, de modo que se ha convertido en la crisis de ciertos individuos o sectores de la sociedad y no de la sociedad en su conjunto.

Eso es lo que ha dado a las luchas un carácter particular: al aplicar austeridad frente a la crisis, el Estado hizo parecer que también tenía el poder de revertir dicha crisis. En resumen, parecía que actuaba de forma irracional. Según los ocupantes de todo el mundo, si el Estado estaba actuando de forma irracional, entonces tenía que ser el resultado de la corrupción: este había sido cooptado por los intereses del dinero. Mientras que, de hecho, lo que parecía ser la fuerza del Estado era en realidad su debilidad. La austeridad es un síntoma de la incapacidad del Estado —frente a décadas de lento crecimiento y crisis periódicas— de hacer algo que no sea seguir contemporizando. Eso es lo que, por el momento, ha hecho. El orden reina.

2. UN PATRÓN DE ESPERA4 CON UNA PÉRDIDA GRADUAL DE ALTITUD

El actual malestar económico comenzó ciertamente como una crisis financiera.5 Los valores respaldados por hipotecas y swaps de incumplimiento crediticio se convirtieron de repente en los temas de un interminable discurso televisivo. Lehman Brothers se hundió. AIG recibió un préstamo de 85.000 millones de dólares. El Reserve Primary Fund «rompió el dólar», provocando el colapso de los mercados de papel comercial. En tanto que garantes últimos del préstamo, los bancos centrales pudieron evitar que los flujos financieros se congelaran por completo, previniendo así que se repitiera la Gran Depresión. ¿En qué punto nos encontramos ahora, cuatro años después del final de la «Gran Recesión»? ¿Cómo debemos entender la crisis? ¿Fue simplemente un revés momentáneo en la autopista hacia El Siglo Chino? Los últimos acontecimientos sugieren lo contrario.

Tras recuperarse en 2010 de dos años de profunda recesión, las tasas de crecimiento del PIB per cápita en los países de renta alta comenzaron a desacelerarse en 2011 y 2012.6 En este último año, crecieron a una tasa de apenas el 0,7%. La recuperación ha sido históricamente débil —solo equiparable, en términos de duración y gravedad de esta recesión, a la Gran Depresión— y se está debilitando aún más. De hecho, en el conjunto de los países de renta alta, el PIB per cápita en 2012 todavía estaba por debajo de su máximo de 2007. Eso ha dificultado enormemente la reducción del desempleo —sobre todo teniendo en cuenta que, mientras tanto, la productividad laboral ha seguido aumentando—. Los niveles de paro alcanzaron un máximo del 10% en EE. UU. y hasta un 12% en la Eurozona; desde entonces, apenas han bajado.7 A mediados de 2013, sigue creciendo: en Chipre, los niveles de desempleo han alcanzado el 17,3%; en Portugal, el 17,4%; en España, el 26,3%, y en Grecia, el 27,6%. El paro juvenil, en esos mismos países, ha alcanzado proporciones astronómicas: 37,8%, 41%, 56,1% y 62,9%, respectivamente.8

Más potencialmente explosivos son los recientes desarrollos en los llamados mercados emergentes que parecían —al menos, por un instante— capaces de tirar del carro de toda la economía mundial. Ahora, todos están en retroceso. En Turquía y Brasil, las tasas de crecimiento del PIB per cápita cayeron precipitadamente, en 2012, hasta el 0,9% y el 0%, respectivamente. Los gigantes chinos e indios también se están desacelerando. En China, a pesar de uno de los mayores programas de estímulo de la historia mundial, las tasas de crecimiento económico cayeron, en términos per cápita, del 9,9 en 2010 al 7,3 en 2012. En India, estas tasas cayeron aún más, del 9,1 en 2010 al 1,9 en 2012 —esta última es la tasa de crecimiento per cápita más baja de la India desde hace más de dos décadas—.

No obstante, a pesar de la debilidad extrema de la recuperación y de los niveles de desempleo obstinadamente elevados, en los países de renta alta reina un nuevo consenso: el momento keynesiano ha terminado, los gobiernos deben recortar el gasto.

A medida que la crisis evoluciona más allá de su acto inaugural, queda claro que el verdadero problema no es la falta de regulación de las finanzas. El verdadero problema es el aumento de la población excedente junto con el capital excedente.9 En todo caso, los bancos son ahora demasiado cautelosos, demasiado reacios a asumir riesgos. La miseria es la tendencia a largo plazo del modo de producción capitalista, pero está mediada por la deuda. A nivel internacional, estos fondos aparecen principalmente como un exceso de dólares: eurodólares a mediados de los 60, petrodólares en los 70, dólares japoneses en los 80 y 90 y dólares chinos en los 2000. En tanto que dichos dólares exploran la tierra en busca de rendimientos —ya que no se utilizaron para comprar bienes—, han provocado un rápido descenso del precio del dinero y, a su vez, han hecho estallar una serie de burbujas, muchas de las cuales se han producido en América Latina a mediados de la década de 1970, en Japón a mediados de la década de 1980 y en Asia Oriental a mediados de la década de 1990. En el período previo a esta crisis se produjeron las burbujas bursátil e inmobiliaria de Estados Unidos de 1998 a 2007.10

Figura 1: El excedente de capital y el excedente de población como circuitos de desintegración del capital y el trabajo.

A la par que los índices bursátiles y los precios de la vivienda en Estados Unidos subían, los individuos con activos financieros se sentían más ricos. El valor de sus activos se elevó hasta las nubes. Dicho aumento de valor provocó entonces un descenso a largo plazo de la tasa de ahorro. Y así, a pesar de la disminución de las tasas de inversión, de la ralentización a largo plazo de las tasas de crecimiento económico y del intenso empobrecimiento de la mano de obra, el consumo impulsado por la burbuja mantuvo el ritmo de la economía —y no solo en Estados Unidos—.

La economía estadounidense absorbió el 17,8% de las exportaciones internacionales en 2007, mientras que sus importaciones equivalían al 7% del PIB del resto de países. Basta con decir que fue un enorme estímulo para la economía mundial. Pero el consumo basado en la deuda no se distribuyó de forma equitativa entre la población de EE. UU. Los proletarios descubren gradualmente lo superfluos que son para el proceso de producción capitalista; la demanda de su trabajo se mantiene a la baja. En consecuencia, los salarios reales de los trabajadores se han estancado durante los últimos 40 años. Esto ha provocado un cambio masivo en la composición de la demanda estadounidense. El consumo depende cada vez más únicamente de los gustos cambiantes de los más ricos: el 5% de los que más ingresos perciben representa el 37% del gasto, y el 20% de los que más ingresos perciben alcanzan a representar el 60,5%.11

Ahora, con la caída de los precios de la vivienda y de la bolsa, el efecto riqueza se está produciendo a la inversa.12 Los hogares están pagando las deudas ya acumuladas y tratan de reducir su relación entre la deuda y los activos. Como resultado, las empresas no están invirtiendo, por mucho que bajen los tipos de interés. Y aún queda mucho camino por recorrer. La deuda total —Estado, empresas y hogares— es de aproximadamente el 350% del PIB en Estados Unidos. En Reino Unido, Japón, España, Corea del Sur y Francia, los niveles de deuda total son aún mayores, hasta el 500% del PIB.13 El desapalancamiento no ha hecho más que empezar. Mientras tanto, la desaceleración de los países de renta alta se ha transmitido a los de renta baja por el estancamiento o la disminución de las importaciones de EE. UU. y la UE. El resultado es una presión sobre el gasto público, desde dos ángulos:

1) Los gobiernos se ven obligados a gastar para evitar el regreso de la recesión. Si no son capaces de aprobar grandes programas de estimulación, entonces dependen de los aumentos automáticos del gasto —o del mantenimiento del gasto ante la caída de los ingresos—. La deuda bruta sobre el PIB en los países del G7 pasó del 83% en 2007 al 124% en 2013. En los últimos seis años, el gobierno de Estados Unidos se ha endeudado más que toda la producción anual del país en 1990... ¡solo para evitar que la economía cayera en picado! ¿Por qué les cuesta tanto a las economías mantenerse en pie?

En resumidas cuentas, ha habido poco endeudamiento privado, a pesar de los tipos de interés a corto plazo del 0% y los tipos a largo plazo históricamente bajos. El hecho de que la gente siga ahorrando en lugar de pedir prestado, en toda la economía privada, ha abierto la llamada «brecha del gasto». La economía privada se reduciría si el gobierno no interviniera para llenar ese vacío. El objetivo del estímulo fiscal actual no es reiniciar el crecimiento; eso solo ocurriría si la gente gastara el dinero que dicho estímulo puso en sus bolsillos. En cambio, ese dinero se está usando para pagar sus deudas. En la crisis actual, el objetivo del gasto público es ganar tiempo para dar a todo el mundo la oportunidad de reducir la relación entre la deuda y los activos sin provocar una deflación.14

Mientras tanto, en lo más alto de la economía internacional, algunos Estados están experimentando con otras formas de restaurar la salud de los balances privados: están tratando de aumentar el valor de los activos en lugar de reducir las deudas. La Reserva Federal de EE. UU. y el Banco de Inglaterra, junto con otros bancos centrales, se han dedicado a la «flexibilización cuantitativa». Compraron los bonos a largo plazo de sus propios gobiernos, reduciendo los tipos de interés. De este modo, los inversores se vieron empujados a salir de los mercados de bonos, donde los rendimientos estaban cayendo, hacia activos más arriesgados. El éxito temporal se tradujo en un repunte de las cotizaciones bursátiles. La esperanza era que el aumento de los precios redujera la retroalimentación entre la deuda y los activos de las empresas y los hogares ricos no mediante el pago o la cancelación de sus deudas, sino más bien volviendo a inflar el valor de sus activos. El problema es que los efectos de la flexibilización cuantitativa parecen durar solo lo que dura la propia flexibilización. Los mercados de valores no están subiendo porque la economía se esté recuperando. Una racha de malas noticias —y lo que es peor, la noticia de que los bancos centrales pondrán fin a la relajación cuantitativa— hace que estas burbujas bursátiles en miniatura se desplomen.

Más aún, solo ahora está quedando claro el efecto que la flexibilización cuantitativa ha tenido, fuera de Estados Unidos y el Reino Unido, en la economía mundial. Y lo que es más importante: fue la causante del aumento inmenso de mercancías como pueden ser comida o combustible —llenando de miseria el mundo de los pobres y orquestando los disturbios de comidan que precedieron directamente la Primavera árabe—.15 Al mismo tiempo, la flexibilización cuantitativa también ha dado lugar a enormes operaciones de compraventa de divisas: los inversores de todo el mundo se han endeudado a tipos de interés extremadamente bajos en Estados Unidos para invertir en los «mercados emergentes». Eso fortaleció las monedas de algunos países de bajos ingresos, debilitando gravemente lo que antes había sido una vigorosa maquinaria de exportación. Los Estados de los países de bajos ingresos contrarrestaron ese debilitamiento con enormes programas de estímulo fiscal —confiando en parte en las entradas de capital extranjero para hacerlo—. Ese estímulo explica por qué los países de bajos ingresos pudieron recuperarse tan rápidamente de la Gran Recesión, en comparación con los países de altos ingresos. Pero se recuperaron no sobre la base de un aumento real de la actividad económica, sino a través del tipo de auge de la construcción alimentado por las burbujas que arrastró a los países ricos en la década del 2000. Ahora, con la posibilidad de que la flexibilización cuantitativa llegue a su fin, no solo se ha puesto en peligro la débil recuperación de EE. UU., sino aparentemente también la recuperación alimentada por las burbujas de los mercados emergentes. Los Estados tendrán que seguir gastando para evitar que los arreglos temporales que han puesto en marcha se desmoronen.

Tabla 1: Tasas de crecimiento porcentual del PIB per cápita.

Tabla 2: Deuda pública en porcentaje del PIB.

2) Pero hay una segunda presión sobre los gobiernos: en Estados Unidos y la Unión Europea, el estímulo ha dado paso a la austeridad para tranquilizar así a los obligacionistas. En Grecia, Irlanda, Italia, Portugal y España los tipos de interés a largo plazo subieron rápidamente en relación con el bono alemán a diez años. Grecia ha tenido que declararse en suspensión de pagos parcialmente, mientras que en otros lugares las medidas de austeridad han sido necesarias para evitar que los tipos sigan subiendo. El problema es que la deuda pública ya era grande en 2007, cuando comenzó la crisis.

Este hecho ha sido totalmente ignorado por los keynesianos. En los últimos 40 años, la relación entre la deuda y el PIB ha tendido a aumentar durante los periodos de crisis, pero se ha negado a bajar, o ha aumentado aún más, durante los periodos de auge. Los Estados han sido incapaces de utilizar el crecimiento durante estos años de auge para pagar sus deudas, ya que a cada nuevo ciclo era más débil. Cualquier intento de pago corría el riesgo de socavar los períodos de crecimiento cada vez más frágiles. Como resultado, las deudas estatales aumentaron, lenta pero seguramente, en muchos países de renta alta. Pero el crecimiento de esa deuda solo mitigó una implacable desaceleración de las tasas de crecimiento. Las tasas de crecimiento del PIB per cápita cayeron, década tras década, en los países de renta alta, desde el 4,3% en los años 60, al 2,9% en los 70, al 2,2% en los 80, al 1,8% en los 90 y al 1,1% en los 2000.

Así, al comienzo de esta crisis, los niveles de deuda ya eran mucho más altos que en 1929. Por ejemplo, en vísperas de la Gran Depresión, la deuda pública estadounidense estaba valorada en un 16% del PIB; diez años más tarde, ascendía al 44%. En cambio, en vísperas de la crisis actual, en 2007, la deuda pública estadounidense ya estaba valorada en un 62% del PIB. Solo cuatro años más tarde alcanzó el 100%.16 Por eso, el aumento de los niveles de deuda ha hecho surgir el fantasma del impago en todos los países de renta alta.

Los elevados niveles de deuda estatal, arrastrados de décadas anteriores, limitan la capacidad de los Estados para endeudarse hoy en día. Necesitan conservar munición para mantener, durante el mayor tiempo posible, su capacidad de recurrir a líneas de crédito baratas. Asimismo, necesitarán crédito cuando intenten capear las próximas olas de turbulencia financiera. La austeridad en medio de la crisis ha sido el resultado paradójico. Los Estados necesitan convencer a los obligacionistas de su capacidad para frenar la deuda ahora, con el fin de preservar la capacidad de endeudamiento más adelante. Algunos Estados —Irlanda, Grecia, Italia, España, Portugal— parecen haber alcanzado ya el límite de sus créditos.

Estas dos presiones —gastar para evitar la deflación y recortar el gasto para evitar el impago— son implacables por igual. En consecuencia, la austeridad no es solo la clase capitalista atacando a los pobres; tiene su base en el crecimiento excesivo de la deuda estatal, que ahora está llegando a un punto muerto —como ocurrió en los países de bajos ingresos a principios de la década de 1980—.

Grecia está en el centro de la tormenta de austeridad resultante, tras haber sido rescatada dos veces por la UE y el FMI. El primer paquete de rescate llegó en mayo de 2010 y el segundo en julio de 2011. El hecho de que vaya a ser necesario un tercer paquete, en 2014, parece casi inevitable. Para conseguir estos rescates Grecia se vio obligada a aplicar al menos cinco paquetes de austeridad distintos, el peor de los cuales se aprobó en junio de 2011. Antes de 2015 habrán sido despedidos 150.000 trabajadores del sector público, mientras que por el camino: (1) los salarios se han reducido en un 15%, (2) se ha aumentado la edad de jubilación, (3) el gasto en pensiones y prestaciones sociales ha disminuido un 36%, (4) se han privatizado parcialmente muchos servicios públicos —teléfonos, agua y electricidad—, así como puertos, minas y aeropuertos de propiedad estatal y (5) se han subido los impuestos sobre la renta y sobre las ventas.

Los profundos recortes llegaron, de nuevo, en julio de 2013, cuando se despidió a 25.000 empleados públicos, a pesar de los altos niveles de desempleo en el sector privado. Como resultado de la austeridad, los ingresos griegos se redujeron en una quinta parte entre 2007 y 2012. Dado que esa contracción también supuso una reducción de los ingresos públicos, las medidas de austeridad no han hecho más que alejar a Grecia del saneamiento fiscal. Al igual que muchos países de bajos ingresos en la década de 1980, el ajuste estructural ha hecho que Grecia sea cada vez más dependiente de la financiación exterior.

En Portugal, España e Italia se han aplicado medidas de austeridad similares, con menor intensidad. Pero incluso en EE. UU. se ha producido el cierre de escuelas, el aumento de los costes de las matrículas y de la sanidad y la desaparición de las prestaciones de jubilación. Los trabajadores del sector público han sido despedidos en masa; los que quedan han visto recortados sus salarios.

La acción coordinada de los bancos centrales, la ayuda masiva a las empresas financieras, el aumento de los niveles de deuda estatal y, ahora, para evitar sustos en los mercados de bonos, el giro hacia la austeridad: todo ello ha evitado que la Gran Recesión se convierta en otra Gran Depresión. La forma en que se emprendieron estas operaciones ha centralizado aún más el control en manos de los ministros de los gobiernos de Estados Unidos y Alemania, que funcionan como gastadores y prestamistas de último recurso para la economía mundial. Pero como es evidente —dados los altísimos niveles de endeudamiento público y privado, el crecimiento económico lento o incluso persistentemente negativo, y los elevadísimos niveles de desempleo (sobre todo juvenil), en muchos países—, las turbulencias están lejos de haber terminado.

Nos gusta pensar que el periodo actual es un patrón de espera. Pero observamos que la economía no deja de perder altura. Por esa razón, el patrón de espera solo puede ser temporal. Tal vez sea posible que, milagrosamente, la economía mundial adquiera la suficiente velocidad, pise el acelerador y se eleve por los cielos. Pero existen «importantes riesgos a la baja». El giro hacia la austeridad está poniendo en peligro la estabilidad que se pretende apuntalar, ya que la austeridad significa que los gobiernos están haciendo menos para compensar la falta de gasto en el sector privado. Esto hace surgir, una vez más, el fantasma de la deflación; un programa indefinido de flexibilización cuantitativa sigue siendo la única fuerza que se opone a las presiones deflacionistas. Sin embargo, incluso sin deflación, sigue siendo muy probable que las actuales turbulencias económicas acaben con una crisis. Al fin y al cabo, los impagos de la deuda soberana, cuando se examinan a escala mundial, no son tan raros: se producen en oleadas y desempeñan un papel importante en el desarrollo global de las crisis.

¿Pueden los Estados desafiar de alguna manera el funcionamiento de la ley del valor, aumentando masivamente sus deudas sin disminuir las tasas de crecimiento futuras esperadas de sus economías? Los que creen que podrán hacerlo verán sus tesis puestas a prueba en el próximo periodo. No podemos descartar la posibilidad de que tengan razón: después de todo, una acumulación masiva de deudas —en manos de empresas, hogares y estados, y siempre de forma novedosa— ha aplazado el inicio de una nueva depresión una y otra vez, durante décadas. ¿Quién puede decir si el patrón actual se mantendrá solo durante unas pocas semanas más o durante unos cuantos años?

No obstante, para que se mantenga, será necesario que no se produzca un estallido, en algún lugar de la economía mundial, que ponga a prueba la solidez de la arquitectura financiera mundial una vez más. Puede que AIG fuera demasiado grande para quebrar, pero Italia es demasiado grande para ser salvada. La eurozona ha sido sacada del abismo varias veces, pero su crisis no se ha resuelto definitivamente. Potencialmente más turbulenta es la posibilidad de que la desaceleración en curso en los BRIC dé paso a lo que se llama eufemísticamente un «aterrizaje duro». Eso parece estar ocurriendo ya en India y Brasil, pero la verdadera preocupación sigue siendo un estallido en China. El estímulo masivo del gobierno, desde 2007, solo ha exacerbado el exceso de capacidad en la construcción y la fabricación. Los bancos están ocultando un gran número de préstamos incobrables en una enorme «banca sumergida». Lo más revelador es que se ha producido un aumento extremadamente rápido de los precios de la vivienda, órdenes de magnitud mayores que la burbuja inmobiliaria que acaba de estallar en Estados Unidos. El gobierno chino nos asegura que «esta vez es diferente», pero el gobierno estadounidense dijo exactamente lo mismo a mediados de la década de 2000...

3. EL RETORNO DE LA CUESTIÓN SOCIAL

El modo de producción capitalista está atrapado, en la actualidad, en una profunda crisis; sin embargo, debemos cuidarnos de la tendencia a confundir la crisis de este modo de producción con una debilidad del capital en su lucha con el trabajo. De hecho, las crisis tienden a fortalecer la mano del capital porque, debido a los despidos masivos, la demanda de trabajo cae a la vez que su oferta aumenta. Solo eso debilita la posición negociadora de los trabajadores. Pero aún más: si bien es cierto que el capital sufre pérdidas en el curso de una recesión, no es menos cierto que los capitalistas individuales rara vez se enfrentan a una amenaza vital como resultado de esas pérdidas. Por el contrario, son los trabajadores los que, en una recesión, se ven amenazados con la pérdida de sus puestos de trabajo y, por tanto, con la pérdida de todo lo que tienen. Las crisis debilitan la posición de los trabajadores en tanto que trabajadores.

Por eso, en medio de una crisis, los capitalistas pueden argumentar —con razón, desde el punto de vista de muchos trabajadores— que el restablecimiento de la tasa de ganancia debe anteponerse a todo lo demás. Mientras los trabajadores acepten los términos de la relación de clase, se encuentran con que sus vidas —incluso más que las de los capitalistas— dependen de la salud del sistema. El restablecimiento de la tasa de ganancia es la única manera de crear puestos de trabajo, y en ausencia de un asalto masivo a la existencia misma de la sociedad de clases, los proletarios individuales tienen que tratar de encontrar puestos de trabajo o mantenerlos. Por eso no es de extrañar que muchos trabajadores hayan respondido al inicio de la crisis aceptando medidas de austeridad. Es debido a tal vulnerabilidad, ahora más que nunca, que los capitalistas y sus representantes están impulsando sus intereses y definiendo lo que se necesita para restaurar la salud del sistema de manera que les beneficie directamente.

Así, la austeridad nunca significa solo reducciones temporales del gasto social en medio de una recesión económica. Los programas de gasto social no solo se han recortado, sino que se están desbrozando o eliminando por completo. En muchos países, la crisis se está utilizando como palanca para destruir los derechos que se han mantenido durante mucho tiempo, incluido el derecho a organizarse. Y en todas partes, dicha crisis ha servido de excusa para centralizar aún más el poder en manos de tecnócratas, que actúan al servicio de los Estados más poderosos —Estados Unidos o Alemania—. Estas maniobras no son meros ajustes cíclicos en respuesta a una recesión económica. Se trata de restablecer los beneficios de la manera más directa posible: suprimiendo los salarios. La noción keynesiana de que los Estados podrían, si actuaran racionalmente, convencer de alguna manera al capital para que, en medio de una recesión, no aprovechara su ventaja, es pura ideología.

Paradójicamente, es por estas mismas razones por las que las crisis se asocian no con una continuación de la lucha de clases según las líneas normales, sino más bien con una «actividad de crisis».17 Las luchas autoorganizadas estallan con más frecuencia: grandes manifestaciones y huelgas generales, disturbios y saqueos, ocupaciones de lugares de trabajo y edificios gubernamentales. En medio de una crisis, los trabajadores descubren que solo pueden perder si siguen jugando según las reglas del juego del capital. Por eso, cada vez más trabajadores han dejado de seguir esas reglas. En su lugar, están comprometidos en luchas que, sin necesariamente desafiar su existencia, desafían los términos de la relación capital-trabajo.

La cuestión que se plantea es la siguiente: ¿qué tipo de luchas espontáneas llevan a cabo los proletarios hoy en día? En Endnotes 2, nos centramos en la aparición y expansión de las poblaciones excedentes, como la encarnación humana de las contradicciones del capital. Por ello, fuimos criticados en algunos sectores. Después de todo, las poblaciones excedentes contribuyen poco a la acumulación de manera directa; carecen de la influencia de los trabajadores productivos tradicionales, que pueden paralizar el sistema retirando su trabajo. Además, las poblaciones excedentes pueden ser marginadas, encarceladas y condenadas a guetos. Se les puede comprar con el clientelismo, se puede permitir que sus disturbios se apaguen solos. ¿Cómo podrían las poblaciones excedentes llegar a desempeñar un papel clave en la lucha de clases?

A finales de 2010 las poblaciones excedentes respondieron ellas mismas a esta pregunta. El 17 de diciembre Mohamed Bouazizi se prendió fuego frente a una comisaría de policía en Sidi Bouzid. Dos días después, Hussein Nagi Felhi se subió a un poste de electricidad en la misma ciudad, gritó «no a la miseria, no al desempleo» y se electrocutó. En pocos días, los disturbios se extendieron a casi todas las ciudades y, en pocas semanas, el presidente huyó. En el mes siguiente, los actos de autoinmolación, como bengalas de señalización, iluminaron los barrios bajos del norte de África: en Argelia, en Marruecos, en Mauritania y en Egipto.

Abdou Abdel-Moneim, un panadero egipcio, se inmoló el 17 de enero de 2011, después de que se le negara una asignación de harina subvencionada. Las relaciones tradicionales de mecenazgo se estaban rompiendo.18 Esta era una de las caras de la moneda que asfixiaba a los pobres de Egipto. La otra, puesta de manifiesto por el brutal asesinato de Khaled Said bajo custodia policial el año anterior, era el aumento de la represión a manos de las fuerzas de seguridad del Estado. Fue en este contexto en el que los jóvenes activistas egipcios, siguiendo el ejemplo del derrocamiento de Ben Ali en Túnez, decidieron enfrentarse a Mubarak. Significativamente, comenzaron sus marchas el 25 de enero —un día tradicionalmente reservado para homenajear a la policía— desde los barrios más pobres de El Cairo y añadieron «pan» a sus ya promulgadas demandas de «libertad» y «justicia social», lo que hizo que la gente de estos barrios se echase a la calle. Envalentonada por el ejemplo de Túnez, esta nueva lucha amalgamada, compuesta por fracciones de clase cuyas luchas se habían desarrollado previamente de forma aislada, se extendió rápidamente a cada gran ciudad —a diferencia de la fracasada huelga-manifestación del pan en Malhalla, en 2008—.

Y así, si las autoinmolaciones fueron el momento inicial de esta lucha, las protestas antigubernamentales que las siguieron fueron su culminación. Las tácticas de la actual ola de lucha se solidificaron: (1) disturbios masivos, capaces de difundirse ampliamente, pero a menudo centrados en un territorio; (2) la transformación de ese territorio en una ocupación, un centro de debate y exhibición —y de confrontación con la policía—; (3) intentos de extenderse desde ese centro a las zonas circundantes mediante manifestaciones salvajes, asambleas de vecinos, huelgas de solidaridad y bloqueos.

Por supuesto, los habitantes de las barriadas no fueron los únicos ni los principales integrantes de esta nueva ola. ¿Quién más estaba en las plazas? Paul Mason, periodista de la BBC que estuvo sobre el terreno en la mayoría de los movimientos, identificó tres fracciones de clase, que desempeñaron todas ellas un papel clave en el movimiento de 2011: los graduados sin expectativas de futuro, la clase baja juvenil y los trabajadores organizados.19 Es el primero de estos grupos —es decir, diseñadores gráficos endeudados, auxiliares administrativos empobrecidos, becarios no remunerados y, en el norte de África, titulados apuntados en largas listas de espera para puestos de trabajo burocráticos— el que ocupa el centro del relato de Mason. No obstante, echando la vista atrás a ese año, es evidente que las luchas de estos graduados descontentos solo se volvieron explosivas cuando fueron invadidas y desbordadas por los pobres. En Egipto, como ya se ha expuesto, las protestas de enero despegaron porque los jóvenes activistas comenzaron sus marchas en los barrios marginales. Lo mismo ocurrió en Inglaterra: un punto de inflexión clave en las protestas estudiantiles de 2010 fue la entrada de los jóvenes y los impacientes, los cuales salieron en masa a protestar por la interrupción del Subsidio de estudios.20

Se trata aquí de una cuestión más amplia: en la medida en que las protestas de 2011 se generalizaron, tendieron a hacerlo de manera que desestabilizaron sus demandas centrales. Hubo una presión hacia la generalización que, sin embargo, no logró unificar a la clase. Al fin y al cabo, ¿qué significa exigir la libertad en un mar de chabolas de El Cairo? No hay ninguna posibilidad de que se integren —como trabajadores/consumidores normales— en ninguna economía, ya sea la de un Egipto autocrático o liberal. Del mismo modo, ¿qué significa luchar contra la subida de las matrículas junto a los jóvenes de las urbanizaciones? Es probable que queden excluidos de la misma economía a la que los universitarios quieren acceder. Por eso, las alianzas entre universitarios y jóvenes pobres han sido tensas. No obstante, debemos ser claros: esta tensión no es la misma que la de los 60, dividiendo a los jóvenes de clase media de los de clase trabajadora.

Esto se debe a que la educación superior se ha transformado profundamente en el medio siglo transcurrido desde 1968. En los países ricos, las universidades están pobladas no solo por los hijos de la élite, sino también, y en gran medida, por hijos de la clase trabajadora. Estos estudiantes suelen trabajar hasta llegar a la universidad. Aun así, acumulan enormes deudas para obtener un título. En ese sentido, la llamada era neoliberal supuso la globalización de la miseria y, a su vez, la de la esperanza. La educación desempeña aquí un papel central: el sueño americano —la libertad a través de la empresa privada— se universalizó mediante la ampliación del acceso a la educación universitaria. El «get yourself a degree» ha sustituido al «enrichissez-vous» de Guizot.

En todas partes, las familias intentan enviar al menos a uno de sus hijos a la escuela —incluso Mohamed Bouazizi estaba invirtiendo dinero en la carrera de su hermana—. En este contexto, «el tamaño de la población estudiantil significa que es un transmisor de malestar para un sector de la población mucho más amplio que antes. Esto se aplica tanto en el mundo desarrollado como en el sur global. Desde el año 2000, la tasa de participación global en la educación superior ha crecido del 19 al 26 por ciento; en Europa y Norteamérica, un asombroso 70 por ciento completa ahora la educación postsecundaria».21 Por esta razón, las décadas de 1990 y 2000 fueron una época no solo de derrota de clase, sino también de compromiso de clase. Ahora, ese compromiso ha sido sacudido, o socavado, por la crisis. Los niños están jodidos, lo cual era esperable: alguien tenía que pagar, y era más fácil suprimir sus futuros, con un golpe de tecla, que quitarles los puestos de trabajo reales a los trabajadores mayores. En Egipto, hoy en día, el desempleo es casi 10 veces mayor para los graduados universitarios que para las personas que solo han pasado por la escuela primaria. La crisis se ha convertido en un conflicto generacional.22

Para Mason fue la «falta de síntesis» entre, por un lado, las luchas de las dos fracciones juveniles y, por otro, las de los trabajadores organizados, lo que rompió la fuerza de los movimientos de protesta: de ahí la disyuntiva entre el «bloque negro» que destrozaba Oxford Street y los manifestantes del TUC que se concentraban en Hyde Park para la mayor y más ineficaz manifestación sindical de la historia británica.23 De ahí también, podríamos añadir, la tensa relación entre el sindicato de estibadores ILWU de la costa oeste de Estados Unidos y Occupy. Desde el primer bloqueo portuario, el 2 de noviembre, contra la represión de Occupy Oakland, hasta el segundo bloqueo, el 12 de diciembre, en defensa del sindicato en Longview, las tensiones aumentaron porque ambas partes temían ser cooptadas.

Las cosas se desarrollaron de forma similar en Grecia. En parte como respuesta a los ocupantes de la plaza Syntagma y a otros movimientos sociales, los sindicatos griegos anunciaron huelgas generales de un día. Pero a pesar de su alta participación, estas huelgas solo tuvieron un impacto mínimo, el cual fue disminuyendo con el tiempo. La reacción de los sindicatos fue aumentar la frecuencia de las huelgas generales, ampliándolas a veces hasta 48 horas en lugar de las 24 habituales; sin embargo, las huelgas siguieron siendo accesorias a las manifestaciones y disturbios masivos que tenían lugar en los mismos días, en los que los delegados sindicales quedaban reducidos a espectadores.24

La tensa relación de los trabajadores con los movimientos de protesta más amplios solo se superó en Egipto —aunque, incluso allí, solo fue momentáneamente—. En los últimos días del régimen de Mubarak, los trabajadores comenzaron a formar organizaciones autónomas, separadas de los corruptos sindicatos estatales. Cada vez más trabajadores se declararon en huelga contra el régimen. Mason describe este proceso de contagio con una frase tomada de un psiquiatra entrevistado en El Cairo: lo que vio fue «el derrumbe de muros invisibles»,25 refiriéndose a los muros entre fracciones de trabajadores. En los hospitales, los médicos, las enfermeras y los porteros empezaron a hablar de igual a igual, a hacer reivindicaciones juntos. Los muros cayeron.

El argumento central de Mason es que, si estos muros no se derrumbaron en otros lugares, fue debido a un choque entre formas organizativas: mientras los graduados sin expectativas de futuro y la juventud urbana de clase baja formaban redes, los trabajadores seguían organizándose en jerarquías. Sin embargo, en este caso se produjo un límite más profundo que no solo afecta a la forma de la lucha, sino también a su contenido. Había un verdadero conflicto de intereses en el movimiento de las plazas.

Entre los manifestantes, había quienes vivían la crisis como una exclusión del empleo seguro: estudiantes, jóvenes trabajadores precarios, minorías racializadas, etc. Pero entre los que ya estaban incluidos en el empleo seguro, la crisis se vivió como una amenaza más para su sector. En resumen, los«jóvenes» estaban excluidos de un sistema que les había fallado, mientras que los trabajadores organizados estaban preocupados por intentar preservar lo que sabían que era un statu quo muy frágil. Dicho statu quo tenía que ser protegido tanto frente a los ataques del régimen de austeridad como frente a las hordas de estudiantes y de pobres que intentaban abrirse paso. Eso quedó claro tras las protestas, cuando, siguiendo la costumbre, los «jóvenes» pasaron a ser «inmigrantes», robando puestos de trabajo a ciudadanos que lo merecían. En este caso, nos interesa la cuestión del contenido de la lucha. Pero ¿por qué luchaban los manifestantes en 2011?

4. PARA SER LIBERADOS DEL YUGO DE LA CORRUPCIÓN

El Cairo y Túnez, Estambul y Río, Madrid y Atenas, Nueva York y Tel Aviv... una gran cacofonía de reivindicaciones se desplegó en los espacios ocupados de estas ciudades. Pero si una reivindicación destacaba, de entre las muchas, era la de acabar con el «capitalismo de amiguetes». El shibboleth26 de los ocupantes era la «corrupción», sacar el dinero de la política era su objetivo. En todas las plazas se encontraban carteles pintados con asco: los empresarios y políticos corruptos habían destruido la economía. Bajo el manto de la liberación de los mercados, se ayudaban mutuamente a conseguir el botín. Tal vez eso aclare algunas de las otras reivindicaciones genéricas de los movimientos: las demandas de «democracia» e «igualdad» eran precisamente demandas de que todos contaran como lo mismo en un mundo en el que algunos individuos contaban claramente mucho más que otros.

Al oponerse a la corrupción, los ocupantes se encontraron con dos posiciones mutuamente contradictorias. (1) Criticaban el neoliberalismo en función de sus propios ideales: querían erradicar la corrupción —las dádivas a los amiguetes— para establecer unas condiciones equitativas para el juego de las fuerzas del mercado. Al mismo tiempo, (2) pedían la sustitución del neoliberalismo por una forma más igualitaria de mecenazgo: querían redirigir el mecenazgo gubernamental de las élites a las masas —un rescate popular que sustituyera al rescate de los bancos—. Merece la pena detenerse en estas reivindicaciones, para tratar de entender qué había detrás de ellas y por qué su atractivo era tan universal en todo el movimiento global de las plazas.

Los izquierdistas suelen pensar en el neoliberalismo como una conspiración para consolidar el poder de clase.27 Sin embargo, en su propia presentación —como agenda tecnocrática— el neoliberalismo se preocupa ante todo por oponerse a la corrupción, en forma de «búsqueda de rentas» por parte de «intereses especiales». Lo que se supone que debe sustituir a la búsqueda de rentas es la competencia del mercado, con su promesa de resultados justos. En este sentido, el neoliberalismo no consiste tanto en desplazar el equilibrio de poder del Estado al mercado, sino en crear un Estado compatible con la sociedad de mercado: un Estado capitalista. La paradoja, para los ideólogos neoliberales, es que sus reformas han conducido en todas partes a un aumento de la desigualdad y, concomitantemente, a la captura del poder del Estado por una clase extremadamente rica (centrada en las finanzas, los seguros y el sector inmobiliario, así como en el ejército y la extracción de petróleo). Esta clase ha llegado a representar, a través de acuerdos dudosos y rescates, el epítome de la corrupción. El neoliberalismo proporciona entonces un marco con el que oponerse a sus propios resultados.

Pero ¿qué es exactamente la corrupción? Definirla de forma precisa es bastante difícil. En muchos sentidos, la corrupción simplemente nombra la imbricación del capitalismo con antiguos regímenes no capitalistas. La corrupción es entonces sinónimo de clientelismo. Tanto las élites no capitalistas como los notables advenedizos compiten por hacerse con fracciones del Estado. Luchan por la propiedad de los flujos de ingresos; así, por ejemplo, las élites pueden controlar la importación de harina o dirigir las empresas estatales que tejen textiles. Las élites utilizan entonces los ingresos generados por el Estado para financiar a sus séquitos, que intercambian su lealtad por una parte del pastel. Allí donde los derechos de propiedad siguen constituyéndose políticamente, todo el mundo —desde el más humilde cobrador de billetes hasta el más alto político— debe entrar en el juego de los sobornos y las coimas.

La modernización es, en parte, un proyecto de erradicación de los acuerdos de patrocinio. Mediante la centralización del Estado, el aumento de la eficiencia fiscal y la sustitución de las transferencias directas a los electores por inversiones en infraestructuras y subvenciones específicas, la modernización obliga supuestamente a todo el mundo a asegurarse los ingresos no mediante la captura del Estado, sino compitiendo en los mercados. Por supuesto, la modernización sigue siendo lamentablemente incompleta en este sentido. El carácter incompleto del proyecto modernizador fue uno de los principales objetivos de los programas neoliberales de ajuste estructural. Pero, lejos de implicar el fin de la corrupción, la modernización del Estado —ahora bajo un disfraz neoliberal— en realidad la exacerbó. En el contexto de una economía mundial en decadencia, las reformas neoliberales tenían pocas posibilidades de ampliar la participación en los mercados, en ciclos virtuosos de crecimiento —esto era especialmente cierto, ya que el neoliberalismo estaba asociado a una disminución de las inversiones públicas en infraestructuras, sin las cuales el crecimiento económico moderno es casi imposible—.

Lo que el neoliberalismo consiguió, pues, fue hacer más discreta la corrupción, al tiempo que la canalizaba hacia las altas esferas de la sociedad. La corrupción es ahora menos omnipresente, pero implica sumas de dinero mucho mayores. El soborno a pequeña escala de los funcionarios ha sido sustituido por el soborno a gran escala de los acuerdos de privatización corruptos y los proyectos de inversión pública, que van a parar a los clientes más ricos. Los miembros de la familia de los dictadores, sobre todo de Gamal Mubarak, se han convertido en los principales objetivos del odio popular por esa razón. Los enormes pagos que reciben parecen aún más atroces ahora que (1) se supone que el Estado está erradicando la corrupción, y (2) los de abajo ya no están en el juego. Por eso el neoliberalismo es sinónimo de desigualdad: cuando se deshacen las viejas formas de patronazgo con la promesa de que nuevas fuentes de riqueza vendrán a sustituirlas, el fracaso de esa promesa revela que lo nuevo es una versión del viejo patronazgo, solo que ahora más atroz, más injusto.

En los países de renta alta se produjo un proceso similar de neoliberalización. Sin embargo, el objetivo de las reformas en los países ricos no era el clientelismo del antiguo régimen, sino el corporativismo socialdemócrata. Este último había sustituido al primero a lo largo del siglo XX; ahora, él mismo debía ser desmantelado. Una vez más, la tan cacareada liberación del mercado debía beneficiar a todos. Cuando el crecimiento económico no apareció, el neoliberalismo solo significó que las dádivas se habían canalizado hacia arriba.

Este proceso fue quizás más claro en las costas del norte y del este del Mediterráneo, donde los fondos estatales —y los flujos de dinero caliente— se canalizaron hacia la inversión en infraestructuras. Desde finales de los años 80 hasta la crisis de 2008, las economías de España, Grecia y Turquía se mantuvieron a flote en gran medida gracias a un enorme auge de la construcción. La construcción es, por su propia naturaleza, una forma temporal de estímulo: se puede emplear a mucha gente para construir una red de carreteras, pero solo se necesita a unos pocos para la conservación o el mantenimiento una vez que esa red se ha construido. Por esta razón, los proyectos de desarrollo urbano pueden compensar un descenso de la rentabilidad solo temporalmente. El auge de las infraestructuras no hace más que aplazar la crisis, ya que bloquea el excedente de capital en la expansión del entorno construido.

Cuando esta máquina de crecimiento se queda sin combustible, a veces deja atrás ruinas impresionantes pero inútiles. La corrupción aparece hoy en día en forma de aeropuertos vacíos en rincones aislados de España, bloques de torres a medio construir con vistas a un puerto ateniense y planes para un centro comercial en un barrio pobre de Estambul. Lo que hace que estos proyectos sean corruptos no son los tratos con información privilegiada que hicieron que los organismos gubernamentales desperdiciaran su dinero en chorradas. En realidad, esos acuerdos solo aparecieron como corruptos a posteriori: cuando los turistas dejaron de venir, el mercado inmobiliario se hundió y el gasto de los consumidores disminuyó. En ese momento, los tratos con información privilegiada dejaron de verse como acompañantes relativamente inofensivos del crecimiento económico. Por el contrario, empezaron a parecerse al antiguo clientelismo, pero ahora, con sumas de dinero mucho mayores en juego —debido a la mayor capacidad de endeudamiento de los Estados en el período previo a la crisis— y también, con un círculo de beneficiarios mucho más reducido.28

En el Reino Unido y en Estados Unidos, la corrupción también fue un tema recurrente en UK Uncut y OWS.29 No obstante, en ambos países, la demanda de acabar con la corrupción no era una cuestión de proyectos de construcción turbios y sobornos políticos. Por el contrario, esa demanda se formuló en respuesta a los gigantescos rescates corporativos orquestados tras el colapso de Lehman Brothers y RBS. Pero la misma regla es válida aquí, como en cualquier otro lugar: lo que hizo que estos rescates fueran «corruptos» fue menos las circunstancias turbias en las que se hicieron que el hecho de que no parecían tener nada que ver con la restauración del crecimiento económico —es decir, la creación de puestos de trabajo, etc.—.

Al oponerse a estas diferentes manifestaciones de corrupción, los ocupantes de las plazas parecían promover dos ideas un tanto divergentes.

1) El propósito de hacer que los ricos sientan el dolor de la crisis y de la austeridad que le siguió. Al fin y al cabo, los ideólogos neoliberales sostenían que todo el mundo debía asumir la «responsabilidad personal» de sí mismo y de sus actos; en este sentido, todos debían aspirar a ser pequeñoburgueses. El objetivo de este discurso eran los sindicatos, así como cualquier persona que recibiera prestaciones del Estado. Sin embargo, como hemos visto anteriormente, las mayores limosnas no fueron para los sindicatos ni para los ultrapobres, sino, de forma bastante visible, para los ultrarricos. Se forraron como bandidos, mientras que todos los demás sufrían la crisis económica y la austeridad. Sacar el dinero de la política significaría obligar a los ultrarricos a asumir la responsabilidad de sus propios actos.

2) En la medida en que los políticos venales estaban recortando las ayudas a los pobres mientras entregaban dinero a los ricos, los ocupantes exigían no una nivelación del campo de juego, sino más bien su inclinación a favor de ellos. El mecenazgo del Estado debería alejarse de los peces gordos y dirigirse a los electores populistas —«la nación»—. Así, los ocupantes exigieron un rescate popular, tanto por un sentido de lo que a menudo se llama «justicia social» como porque, como buenos economistas keynesianos, esperaban que un rescate popular devolviera la salud a la economía.

Detrás de esta segunda exigencia se esconde una verdad cada vez más evidente: una gran parte de la población ha quedado al margen del crecimiento económico de las últimas décadas y no hay ningún plan para que vuelva a participar. En todos los países de renta baja el patrocinio directo del Estado a los pobres —un fundamento crucial del Estado clientelista— se ha ido erosionando gradualmente, mientras que los acuerdos de privatización benefician a una escasa capa de la élite. La sociedad limitada, en la que los pobres habían podido disfrutar de algunos de los beneficios del proyecto nacionalista, se está desmantelando.

Cabe señalar que este desmantelamiento tiene un aspecto generacional especialmente importante en los países en desarrollo donde las tasas de crecimiento de la población son elevadas. Los políticos saben que las medidas populistas no pueden reducirse de forma generalizada sin provocar la ira de las masas y, potencialmente, una rebelión masiva. En su lugar, el Estado procede sector por sector. Comienza por quitar los privilegios aún no realizados a la siguiente generación. Este proceso está claramente en marcha en el cada vez más reducido sector urbano formal de Egipto, que ahora representa aproximadamente el diez por ciento de la mano de obra (incluyendo el procesamiento de alimentos, los textiles, el transporte, el cemento, la construcción y el acero). Los jóvenes se ven excluidos de los «buenos» empleos. En su lugar, se ven confinados en el sector informal no agrícola, que absorbe más de dos tercios de la mano de obra.

Sin embargo, el Estado no solo se ha retirado. Cuando ya no puede permitirse mantener su parte del trato patrimonial, el Estado sustituye las dádivas a los pobres por la represión policial. De este modo, las líneas de patrocinio se contraen y se reorganizan: la policía y el ejército se benefician de un mayor acceso al patrocinio, incluso cuando muchos otros sectores pierden dicho acceso. La policía y el ejército llegan a emplear a una fracción de los que, de otro modo, se habrían encontrado fuera del nuevo sistema de patrocinio, pero emplean a esa fracción solo para mantener al resto a raya. De ahí el potente simbolismo de Bouazizi y Abdel Moneim. Un cuerpo quemado para señalar la represión policial, el otro para señalar la ruptura del patrocinio popular del Estado. Estas dos experiencias están directamente entrelazadas.30

Es por estas razones que la policía se ha convertido en la manifestación más potente, amén del símbolo más odiado, de la corrupción. La expansión y militarización de las fuerzas policiales parece ser el peor signo de los tiempos. Los Estados de todo el mundo están demostrando que están dispuestos a gastar enormes cantidades de dinero en pagar a la policía, construir prisiones, etc., incluso mientras recortan la financiación de escuelas y hospitales. Los Estados ya no están orientados, ni siquiera superficialmente, a tratar a sus poblaciones como fines en sí mismos. Por el contrario, los Estados ven ahora a sus poblaciones como amenazas a la seguridad y están dispuestos a pagar para contenerlas.

Esta contención es una realidad cotidiana, especialmente para los sectores marginados del proletariado. Como la policía suele estar mal pagada, a menudo complementa sus ingresos con sobornos y coimas que se extraen de los pobres. Las interacciones cotidianas con la policía revelan así que ésta es una de las últimas beneficiarias de la antigua corrupción. Al mismo tiempo, al exprimir a los sectores más vulnerables de la población, la policía impone la nueva corrupción: aplasta cualquier resistencia a una élite neopatrimonial cada vez más rica.

La policía no solo extrae dinero de los pobres, sino que también busca sangre. El crecimiento de las fuerzas policiales ha ido acompañado en todas partes de un aumento de la violencia policial arbitraria y de los asesinatos policiales, que a menudo son el detonante de los disturbios. Cada vez que otro cuerpo cae al suelo, una parte de la población recibe el mensaje alto y claro: «ya no nos importas; vete». Este mismo mensaje se muestra, de forma más puntual, en las protestas contra la austeridad. La policía está ahí, en la primera línea del conflicto, asegurándose de que la población se mantenga a raya y no se queje demasiado de la injusticia de todo ello.

La oposición a la corrupción tiene así una base real en la experiencia inmediata de los manifestantes. La lucha contra la corrupción registra una amarga experiencia de quedar fuera, en un doble sentido. Por un lado, los individuos no pueden disfrutar de la creciente riqueza de la nueva economía globalizada, que se manifiesta en el consumo conspicuo de los nuevos ricos. Por otro lado, esos mismos individuos se encuentran con que han sido igualmente excluidos de los antiguos sistemas de mecenazgo, que también eran sistemas de reconocimiento —ya sea en su forma de antiguo régimen u obrerista—. Así, quejarse de la corrupción no es solo registrar los extremos a los que ha llegado la desigualdad o la injusticia con la que se redistribuye la riqueza hacia arriba en tantos contratos turbios. Se trata también de denunciar la falta de reconocimiento, o el miedo a perderlo: la corrupción rampante significa que, en un nivel básico, uno no cuenta realmente —o corre el riesgo de no contar— como miembro de la nación. Lo que ocupa el lugar de una comunidad nacional es solo la policía, como árbitro de la sacudida. ¿Qué podría reparar esta situación y restaurar la comunidad? Las ocupaciones fueron en sí mismas un intento de responder a esta pregunta.

5. EL PROBLEMA DE LA COMPOSICIÓN

Los manifestantes de 2011 expusieron sus cuerpos y su sufrimiento en las plazas públicas para revelar las consecuencias humanas de una crisis social implacable. Pero no permanecieron mucho tiempo en ese espacio conceptual. Los ocupantes optaron espontáneamente por la democracia directa y la ayuda mutua, para así mostrar a los poderes fácticos que otra forma de socialidad es posible: es posible tratar a los seres humanos como iguales en cuanto a su derecho a hablar y a ser escuchados.

En el transcurso de las ocupaciones, los modelos de organización horizontalistas tendieron a convertirse en fines en sí mismos. Frente a un poder estatal implacable y/o insolvente, los ocupantes se volvieron hacia dentro para encontrar en su autoactividad una comunidad humana en la que ya no eran necesarias la jerarquía, el liderazgo o la diferenciación de estatus. Bastaba con estar presente en las plazas para ser tenida en cuenta. No era necesaria ninguna otra afiliación o lealtad; de hecho, otras afiliaciones se veían a menudo con recelo. De este modo, las protestas antigubernamentales —que tenían como objetivo echar a los plutócratas de sus cargos— se convirtieron en protestas antigubernamentales en otro sentido. Se convirtieron en antipolíticas. Por supuesto, esta transformación no debe verse únicamente como una progresión: marcó una oscilación en la orientación de los manifestantes, desde el exterior al interior y de nuevo al exterior.

Buscar los precursores de esta característica del movimiento de las plazas ha resultado difícil. El horizontalismo del movimiento se dio en Argentina, en 2001. El movimiento también reprodujo las formas —la toma de decisiones por consenso, sobre todo— de las protestas antiglobalización y, antes de eso, de las protestas antinucleares. Pero el movimiento de las plazas era diferente porque las ocupaciones duraban mucho tiempo. Por ello, los ocupantes se vieron obligados a tomar como objeto su propia reproducción.31 Su capacidad para persistir en las plazas —para ocuparlas durante el tiempo necesario para tener un impacto— fue su única fuerza; su ventaja fue que se negaron a marcharse. Adoptaron formas de gobierno que, según ellos, eran mejores que las que se ofrecían en esta sociedad quebrada y rota.

Puede que el precursor más relevante de esta característica de los movimientos se encuentre en una ocupación de plaza anterior, una que parece no haber sido una referencia directa para los manifestantes de 2011. Se trata de la plaza de Tiananmen. A pesar de sus simplificaciones, el filósofo italiano Giorgio Agamben captó algo del espíritu de Tiananmen, de una manera que es premonitoria del movimiento de protesta de 2011. En La comunidad que viene Agamben, hablando de «un heraldo de Pekín», caracteriza a Tiananmen como un movimiento cuyas demandas genéricas de libertad y democracia desmienten el hecho de que el verdadero objeto del movimiento era componerse a sí mismo.32 La comunidad que se reunió en Tiananmen estaba mediada «no por ninguna condición de pertenencia» ni «por la simple ausencia de condiciones», sino más bien «por la pertenencia misma».33 El objetivo de los manifestantes era «formar una comunidad sin afirmar una identidad» en la que «los seres humanos copertenecen sin ninguna criterio de membresía representable».34

Agamben afirma que, al desvincularse de todos los marcadores de identidad, los ocupantes de Tiananmen se convirtieron en «cualesquiera singularidades».35 Estas cualesquiera singularidades siguen siendo precisamente lo que son, independientemente de las cualidades que posean en un momento dado. Según Agamben, al presentarse de este modo, los ocupantes encallaron necesariamente en la lógica de representación del Estado: el Estado trató de fijar a los ocupantes en una identidad específica que pudiera ser incluida o excluida como tal. Así, Agamben concluye «allí donde estas singularidades manifiesten pacíficamente su ser-en-común, habrá un Tiananmen y, tarde o temprano, aparecerán los tanques».36

Formar una comunidad mediada por la propia pertenencia, en el sentido de Agamben, significa lo siguiente: (1) La comunidad se compone de todos los que están allí por casualidad; no hay otras condiciones de pertenencia. (2) La comunidad no media entre identidades preexistentes, en una política de coalición, sino que nace ex nihilo. (3) La comunidad no busca el reconocimiento del Estado. Se presenta, en el límite, como una alternativa al Estado: la democracia real o incluso la superación de la democracia. (4) La tarea de dicha comunidad es animar a todos los demás a abandonar sus puestos en la sociedad y unirse a la comunidad como «cualquier singularidad». Esta descripción coincide con la autoconcepción de los ocupantes de 2011. Ellos también querían ser cualquier singularidad, aunque se refirieran a sí mismos de una manera menos filosófica.

Pero debemos ser claros: para Agamben, Tiananmen ya consistía en cualquier singularidad. La separación entre estudiantes y trabajadores que impregnaba la plaza, hasta los detalles de dónde podía uno sentarse, queda completamente fuera de su relato. No obstante, a pesar de los fallos como descripción, su relato capta algo de la orientación normativa de los movimientos. Porque parece que en Tiananmen —como en la Plaza del Sol, la Plaza Syntagma y el Parque Zucotti— los participantes creían estar más allá de las determinaciones de la sociedad en la que vivían. Los manifestantes de 2011 ciertamente se sentían así: se propusieron luchar contra el capitalismo de amiguetes sobre esa misma base.

Pero lo cierto es que los manifestantes seguían firmemente anclados a la sociedad de la que incluso sus plazas formaban parte. Eso quedó bastante claro en las divisiones entre los participantes de más «clase media» y los pobres. Pero no era solo eso: individuos con todo tipo de afinidades preexistentes tendían a congregarse en tal o cual rincón de la plaza. Se instalaron en círculos, con las solapas abiertas hacia el interior. Más insidiosas fueron las divisiones por género. La participación de las mujeres en las ocupaciones tuvo lugar bajo la amenaza de violación por parte de algunos de los hombres; las mujeres se vieron obligadas a organizarse para su autodefensa.37 Tales divisiones no eran disolubles en una unidad que solo consistía en la toma de decisiones por consenso y en la cocina colectiva.

Esta es la cuestión: el hecho de que los movimientos de 2011 se presentaran como ya unificados, como ya más allá de las determinaciones de una sociedad horrible, significaba que sus divisiones internas solían ser repudiadas. Al ser repudiadas, esas divisiones solo podían aparecer como amenazas para el movimiento. Esto no quiere decir que las divisiones internas se suprimieran sin más: más bien se trataba de que las divisiones solo podían resolverse -dentro de los límites de las plazas- formando otro comité o promulgando una nueva norma de actuación.38

De este modo, el movimiento se vio obligado a mirar hacia dentro porque se le impidió mirar hacia fuera. Sin la capacidad de salir de las plazas y entrar en la sociedad —sin empezar a desmantelar la sociedad— no hay posibilidad de deshacer la relación de clase en la que se basan las divisiones internas del proletariado. Así, los ocupantes fueron contenidos dentro de las plazas, como en una olla a presión. Fracciones de clase que suelen mantener las distancias entre sí se vieron obligadas a reconocerse y, en ocasiones, a convivir. En las tensiones resultantes, el movimiento se encontró con lo que llamamos el problema de la composición.

El problema de la composición designa el problema de componer, coordinar o unificar las fracciones proletarias en el curso de su lucha. A diferencia del pasado —o al menos, a diferencia de las representaciones ideales del pasado— ya no es posible leer las fracciones de clase como si ya se compusieran a sí mismas, como si su unidad se diera de alguna manera «en sí misma» —como la unidad del trabajador artesanal, de masas o «social»—. Hoy en día no existe tal unidad ni se puede esperar que llegue a existir con nuevos cambios en la composición técnica de la producción. En ese sentido, no hay un sujeto revolucionario predefinido. No existe una conciencia de clase «por sí misma», como la conciencia de un interés general, compartida entre todos los trabajadores. O mejor dicho, tal conciencia solo puede ser la conciencia del capital, de aquello que unifica a los trabajadores precisamente separándolos.

La composición de la clase aparece así, hoy, no como un polo de atracción dentro de la clase, sino como un problema no resuelto: ¿cómo puede la clase actuar contra el capital, a pesar de sus divisiones? El movimiento de las plazas pudo —por un tiempo— suspender este problema. La virtud de las ocupaciones fue crear un espacio entre una imposible lucha de clases y un tibio populismo, donde los manifestantes pudieron unificarse momentáneamente, a pesar de sus divisiones. Eso supuso un salto cualitativo en la intensidad de la lucha. Pero, al mismo tiempo, significó que cuando los manifestantes se enfrentaron al problema de la composición se encontraron con un problema imposible de resolver.

Así pues, los ocupantes se unieron eludiendo el problema de la composición. Nombraron su unidad de la forma más abstracta: eran «ciudadanos indignados» o «el 99%». Habría sido anticuado decir que eran la clase obrera o el proletariado, pero habría dado igual: todo universal es abstracto cuando la unidad que nombra no tiene existencia concreta. Por estas razones, la unidad de los ocupantes era necesariamente una unidad débil. Solo podía mantenerse mientras los ocupantes pudieran contener las divisiones que reaparecían en el interior de los campos, divisiones que ya estaban presentes en las relaciones sociales cotidianas: raza, género, nación, edad, etc.39 ¿Es posible abordar el problema de la composición desde el ángulo opuesto, partir de las divisiones dentro del proletariado y, sobre esa base, plantear la cuestión de la unidad?

Tal vez solo aplazando la unidad, haciendo aparecer las divisiones como tales, los proletarios se vean obligados a plantear la cuestión de su unificación real frente a su unidad-en-la-separación para el capital. Para unirse realmente, los proletarios tendrán que convertirse en el más allá de esta sociedad y no de manera imaginaria, sino relacionándose entre sí, materialmente, fuera de los términos de la relación de clase.

¿Por qué el proletariado está hoy tan desesperadamente dividido, en comparación con el pasado? Esta pregunta puede precisarse más: ¿por qué las divisiones dentro del proletariado aparecen tan claramente en la superficie de la sociedad? ¿Cómo ha llegado la política de identidad a sustituir a la política de clase?

En el pasado parecía posible renegar de las identidades no clasistas sobre la base de una identidad de clase que lo abarcaba todo. Esa negación se apoyaba en las continuas transformaciones del modo de producción: el capital había creado la clase obrera industrial y parecía que ahora atraería a más y más trabajadores a las fábricas —o bien, que todo el trabajo se transformaría según la moda de las fábricas—. A medida que la clase obrera industrial crecía en tamaño y fuerza, se esperaba que fuera más homogénea. La fábrica haría que las divisiones de raza, género y religión fueran intrascendentes, en comparación con la pertenencia de clase, que era la única identidad que importaba, al menos según el movimiento obrero.

Nos gustaría sugerir que esta visión del futuro solo era posible sobre la base de una elevada demanda de mano de obra en la industria. Por supuesto, una alta demanda de trabajo nunca ha sido realmente una característica regular de las sociedades capitalistas —los largos auges son realmente escasos en la historia del capital—. Sin embargo, se puede decir que la demanda de mano de obra industrial era típicamente más alta en el pasado que desde la década de 1970. En efecto, los trabajadores eran atraídos hacia el sector industrial no completamente, sino de forma tendencial. Esto tenía efectos: cuando la demanda de mano de obra en la industria es alta, el capital se ve obligado a contratar a trabajadores que normalmente están excluidos de los segmentos de producción de alto valor añadido, ya sea por razones de género, raza, religión, etc. Una alta demanda de mano de obra rompe, sobre esa base, con los prejuicios tanto de los directivos como de los trabajadores. Se supone que lo que sigue es una convergencia material de los intereses de los trabajadores.

Esa convergencia tomó forma, al menos hasta cierto punto, en el transcurso del movimiento obrero.40 Por ejemplo, en EE. UU. la mecanización de la agricultura en el Sur desplazó a los aparceros negros, lo que impulsó su migración a las florecientes ciudades del Norte. Allí, los negros fueron absorbidos por las fábricas y, consiguientemente, por los sindicatos de trabajadores. La integración de los trabajadores negros en los sindicatos no se produjo sin lucha, ni se completó nunca. Sin embargo, ya se había puesto en marcha en los años 60.

Entonces, esta integración se topó con límites externos. Justo cuando la puerta de la integración empezaba a abrirse, se cerró de golpe. La demanda industrial de mano de obra se redujo, primero a finales de los años sesenta y luego, de nuevo, en los años de crisis de principios de los setenta. Los últimos contratados fueron los primeros en ser despedidos. Para los negros estadounidenses, las cárceles sustituyeron a los puestos de trabajo. El crecimiento de la población carcelaria se correspondió estrechamente con el descenso del empleo industrial.

Un giro similar se produjo a escala mundial. Durante el auge de la posguerra, los países de bajos ingresos se integraron tendencialmente en el club de las naciones industrializadas. Pero solo se integraron cuando el boom de la posguerra estaba llegando a sus límites. De hecho, se integraron precisamente porque estaba llegando a sus límites: al intensificarse la competencia, las empresas se vieron obligadas a recorrer el mundo en busca de mano de obra barata. Una vez que el boom dio paso a una larga recesión, esa integración se rompió.

Lo que ha sucedido desde 1970 es que la población excedente ha crecido constantemente. En esencia, el crecimiento de la población excedente puso en marcha la integración de clases; la integración se convirtió en fragmentación. Esto se debe a que la demanda industrial de mano de obra es baja. Con muchas solicitudes para cada puesto de trabajo, los prejuicios de los directivos —por ejemplo, ciertas «razas» son perezosas— tienen efectos reales, al determinar quién consigue o no un «buen» trabajo. El resultado es que algunas fracciones de la clase se acumulan en la cola del mercado laboral. Lo que hace que esas fracciones no sean atractivas para ciertos empleadores las hace muy atractivas para otros, sobre todo en los trabajos en los que una alta rotación de empleados no supone realmente un coste para los empleadores. La existencia de una gran población excedente crea las condiciones para la separación de un segmento superexplotado de la clase, al cual Marx llamó población excedente estancada. Esa separación refuerza los prejuicios entre los trabajadores privilegiados, que saben —en cierta medida— que consiguieron sus «buenos» empleos gracias los prejuicios de los empresarios. También refuerza las identidades no clasistas entre los excluidos, ya que esas identidades son la base de su exclusión.

Aun así, aunque el capital ya no supera las divisiones, la propia naturaleza revuelta de las nuevas divisiones parece debilitarlas, en cierto modo. Dado que se trata de un proceso continuo, quizá podamos decir que, tendencialmente, el despliegue de la ley general de la acumulación de capital socava las formaciones identitarias estables en todos los segmentos del mercado de trabajo. Cada vez hay más personas que caen en la población excedente; cualquiera es potencialmente susceptible de ello. Progresivamente, la distinción estable/inestable es la que regula todas las demás distinciones dentro de la clase trabajadora. Eso lleva a una sensación generalizada de que todas las identidades son fundamentalmente inesenciales, en dos sentidos:

1) No todo el mundo, incluso dentro de los sectores más marginales de la clase, está excluido de los empleos estables y del reconocimiento público. La época actual ha visto el ascenso de personas procedentes de poblaciones marginadas a las cumbres del poder. El hecho de que haya muchas mujeres directoras de empresas —y un presidente negro en Estados Unidos— da la impresión de que ningún estigma, ninguna marca de abyección, es totalmente insuperable.

2) Pero además, la propia naturaleza de la precariedad es la de disolver las posiciones fijas. Muy pocos proletarios identifican alguna de sus cualificaciones o capacidades como determinantes de sí mismos. En un mundo sin seguridad no puede haber ninguna pretensión de normalidad, de identidades que permanezcan estables en el tiempo. En su lugar, las vidas se improvisan, sin un sentido claro de progresión. Todos los estilos de vida están mercantilizados, sus partes son intercambiables. Estas características de un proletariado fragmentado estaban presentes en las plazas.

6. CONCLUSIÓN: PUNTOS DE NO RETORNO

¿Qué viene ahora? Es imposible decirlo de antemano. Lo que sabemos es que, al menos por el momento, vivimos y luchamos dentro del modelo de retención. La crisis se ha estancado. Para que la crisis se estanque, el Estado se ha visto obligado a emprender acciones extraordinarias. Es difícil negar que las intervenciones estatales, en los últimos años, han parecido un último esfuerzo desesperado. Los tipos de interés están tocando fondo en el cero por ciento. El gobierno está gastando miles de millones de dólares, cada mes, solo para convencer al capital de que invierta en una gotera. ¿Por cuánto tiempo? Y sin embargo, durante este tiempo, al menos, las intervenciones estatales han funcionado. La crisis se ha petrificado, y con ella la lucha se ha petrificado.

En efecto, desde que la crisis se ha petrificado, la lucha de clases sigue siendo la de los más ávidos y la de los más desfavorecidos. Todos los demás esperan que, si agachan la cabeza, sobrevivirán hasta que comience la verdadera recuperación. Mientras tanto, los que participan en la lucha están en su mayoría perdidos en sus propias falsas esperanzas: esperan que se pueda convencer al Estado de que actúe racionalmente, de que emprenda un estímulo keynesiano más radical. Los manifestantes esperan que se pueda obligar al capitalismo a deshacerse de los compinches y a actuar en interés de la nación. Es poco probable que abandonen esta perspectiva —mientras parezca remotamente plausible—, pues las luchas contra la austeridad están ellas mismas atascadas en un patrón de espera. Se enfrentan a la objetividad de la crisis solo en la impasibilidad del Estado en respuesta a sus demandas.

Contemplamos, de cara al futuro, tres escenarios:

1) El patrón de espera podría mantenerse por un tiempo, de modo que una segunda ola de lucha, como la de 2011-2013, podría surgir dentro de sus confines. Esa segunda ola puede seguir siendo tibia, como lo fue a menudo su predecesora. Pero también es posible que se fortalezca sobre la base de los vínculos reales que se han creado en los últimos años. Si eso ocurre, podríamos asistir al resurgimiento de un movimiento democrático radical, más popular que el de la época antiglobalización. Este movimiento no se centraría necesariamente en las ocupaciones de plazas; podría anunciarse mediante alguna otra táctica imposible de prever. Este movimiento, si es capaz de encontrar un punto de apoyo, podría ser capaz de renegociar los términos en los que se está gestionando la crisis. Por ejemplo, los manifestantes pueden ser capaces de endosar las consecuencias de la crisis a los ultrarricos: con una nueva Tasa Tobin, con impuestos progresivos sobre la renta o con limitaciones a los salarios de los directivos. Tal vez los manifestantes formen organizaciones importantes, con capacidad de presionar para que se ponga fin a la violencia policial arbitraria y se desmilitaricen parcialmente las fuerzas policiales. Tal vez se consiga que los Estados árabes aumenten los niveles de empleo público y así absorber la acumulación de graduados universitarios en paro. En cualquier caso, aunque se obtuvieran todas estas demandas, sería como formar un consejo de trabajadores en la cubierta del Titanic. Estarían autogestionando un barco que se hunde —aunque, hay que reconocerlo, dado que los icebergs se están derritiendo, aún se desconoce contra qué chocaría ese barco—.

2) El patrón de espera podría mantenerse por un tiempo, pero la segunda oleada de lucha, dentro de sus confines, podría ser radicalmente diferente a la primera. Tal vez —tomando el ejemplo del movimiento de las plazas— los proletarios vean una apertura para un nuevo sindicalismo de base, más o menos informal. Este sindicalismo, si contagia a la enorme masa de trabajadores de servicios no organizados del sector privado, podría transformar radicalmente los términos en los que se gestiona la crisis. Sobre esta base, sería posible abordar el problema de la composición desde el otro lado. Los trabajadores de la comida rápida están actualmente en huelga en Estados Unidos, exigiendo la duplicación de sus salarios. ¿Qué pasa si tienen éxito y ese éxito actúa como una señal para que el resto de la clase salga a las calles? Es importante recordar que un cambio masivo en los términos de la lucha de clases no siempre se corresponde con un aumento de la intensidad de la crisis. Los momentos objetivo y subjetivo de la relación de clase no se mueven necesariamente en sincronía.

3) Por último, podría producirse una intensificación de la crisis, un tocar fondo a escala mundial, empezando por una profunda recesión en India o China. O bien, la reducción de la flexibilización cuantitativa podría descontrolarse. El final del patrón de espera trastocaría todos los aspectos de la era que hemos descrito. La nuestra ya no sería una crisis de austeridad, sino algo totalmente distinto, que afectaría a sectores mucho más amplios de la población. Culpar a los políticos corruptos ya no sería posible —o, al menos, ya no sería útil—, puesto que se cerraría la posibilidad de una gestión estatal de la crisis. Esto no quiere decir que la revolución aparezca de repente sobre la mesa como la única opción que queda. Empeorar no es necesariamente mejorar. Las divisiones en el seno del proletariado son profundas y no hacen sino agravarse con el aumento de la población excedente. Es perfectamente posible imaginar que las fracciones de clase se volverán unas contra otras, que el odio mutuo y el asegurarse de que nadie mejora lo más mínimo en comparación con los demás tendrán prioridad sobre hacer la revolución.